miércoles, 21 de diciembre de 2011

DOS NIÑOS BELGAS

Hay quien considera que la suerte y la casualidad están mucho más cerca del destino de lo que parece. Ahora que termina el año, a uno le da por pensar que curiosa y extraña es la vida, benevolente y agradecida en ocasiones, cruel y tremendamente injusta otras. Tiene tantas variantes que puede ser hasta juguetona y caprichosa cuando se lo propone. No se si fruto del azar o del marketing, un niño ha sido protagonista casi absoluto del último y más reciente panorama cinematográfico. Por supuesto ha habido más a lo largo del año, pero particularmente, otro niño del que me ocuparé más adelante, no ha tenido la misma suerte. Es hora de hacer justicia. Vamos por tanto a hablar hoy de dos niños a los cuales la diosa fortuna ha tratado de forma muy desigual. El primero casi no necesita presentación. Aunque llega desde Bélgica tiene un padre adorado en los cinco continentes, y viene apadrinado por dos tipos de lujo, Spielberg y Jackson.
A este muchacho las cosas siempre le han ido bien. Ha corrido aventuras por todo el mundo que han entusiasmado a generaciones. Este periodista metido a detective,  con su perro y su espíritu aventurero, inquieto y perspicaz, soluciona enigmas y hace frente a los malvados con absoluta solvencia. Que yo sepa, pese a que se enfrenta a innumerables peligros, el chico del tupé siempre sale airoso. Y sus andanzas gustan tanto que las salas se llenan para ver como triunfa.Como tan solo he leído un solo tebeo del personaje Tintin, no voy a entrar en si la adaptación es más o menos fiel o si el cromatismo cuadra o no. No puedo realizar ese tipo de ejercicio que dejo para los auténticos conocedores de los tebeos. Lo que si puedo hacer es valorar el film por si mismo y sobre todo encuadrarlo dentro de la carrera de su director. La culpa no es mía. Son muchos los que han escrito y dicho que estamos ante una posible traslación del mundo de Hergé al de Spielberg, de modo que este último habría llevado la historia a su terreno, concretamente a los territorios propios del profesor Jones, más conocido por Indiana.
En cuanto al film en si mismo, he de decir que me produce una sensación de extrañeza. Nunca termino de saber si estoy ante un film animado para niños o ante una historia adulta. Tanto la intriga como el comienzo me parecen propios de un film standard para todos los públicos, incluso con cierto rigor y seriedad en la trama. Pero ello se ve desmentido cada dos por tres con apariciones de sujetos que me descolocan y chistes visuales propios de un slapstick puramente infantil. Para dejarlo claro con un ejemplo, Tintin es tomado en serio a si mismo como personaje, es frio, calculador y presume de inteligencia detectivesca. Pero otros personajes parecen más propios de una parodia, como la pareja de policías de nombre castellano o el capitán de barco. Supongo que en los tebeos será así, pero el resultado cinematográfico es un híbrido que en mi opinión no empieza mal, pero que poco a poco va perdiendo el rumbo, pese a aciertos parciales.

















Curiosamente, contra todo pronóstico, uno de los mayores defectos de esta cinta se encuentra precisamente en uno de los aspectos más alabados: su inmaculada y precisa pericia técnica. Su perfección resulta tan apabullante, tan impecable que termina no solo restando frescura al conjunto, sino convirtiendo en rutinarias las persecuciones y peleas varias que se suceden a lo largo de todo el metraje. Hasta tal punto es así, que uno pierde esa sensación inequívoca de vivir junto al personaje el peligro inminente que sería necesario para acompañarle en la aventura, pues las perfectas imágenes no respiran y al final se ven ahogadas en el marasmo de un conjunto con una pulcritud formal intachable, pero carente de vida.
Resulta increíble, pero la verdad es que me he aburrido, y mucho, en un film de Spielberg. Y nunca pensé que sucediera tal cosa y que encima tuviera la oportunidad de escribirlo. Y ahora llega lo verdaderamente curioso si no fuese triste, el archiconocido argumento esgrimido por los más puristas de que parece un film al estilo Spielberg, y más concretamente una copia de Indiana Jones. Lo leí y escuché en muchas partes, pero curiosamente nunca nadie explicó con claridad a que Indiana Jones se referían, pues no son todos iguales.
Vayamos por partes. Yo aquí del Spielberg primigenio veo muy poco, por no decir nada, salvo su firma. No veo nada del implacable pulso narrativo de “El diablo sobre ruedas”. No veo nada que se asemeje a esa obra maestra de la aventura y el terror titulada “Tiburón”. Y por supuesto, no veo absolutamente nada que me recuerde la vibración aventurera que uno siente cuando se sienta a contemplar por ejemplo, el fascinante prólogo de “En busca del arca perdida”. Igual es que se confunde la mecánica narrativa vía ordenador con el hecho de que cada plano, no solo sea un formidable ejercicio de virtuosismo, sino que tenga verdadera alma y conduzca necesariamente al siguiente. Aquí hay precisión mecánica, pero cargada de rutina y carente de vida propia. Y el modelo no es para nada Indiana Jones. No se a quien o quienes se les ha ocurrido tal cosa. Tintín, tan bien vestido, tan pulcro y matemático, carece de la sorna y sentido del humor de Indiana, que en el fondo, sobre todo en la primera entrega, nos conquista por que es irónico, amante del peligro, un tanto jeta, vividor y mujeriego. A Tintin, con pinta de ser el sabelotodo de la clase, le faltan todavía varios cocidos y mucha vida. El hecho de que se vivan aventuras exóticas y existan persecuciones varias no significa que ambas propuestas se asemejen.


Curiosamente, a mi me hizo recordar otro paralelismo, pues los papeles Tintin y Hadocck no son muy distintos en su tratamiento de los trazados por Luke (Skywalker) y Han Solo en otra saga que nadie ha citado. El final de esta película me resulta francamente agotador, sobre todo en ese tramo de pelea de gruas (¿a lo transformers?) que tal vez aparezcan en el tebeo, no lo se, pero que acaban con la paciencia de cualquiera. Por cierto, el perrito Milú está desaprovechado, aparece y desaparece en escena sin rigor alguno. ¿Valoración final?. Pues muy sencilla. Salgo de la sala con la sensación de haber visto la segunda parte de “El secreto de la pirámide”. No creo necesario añadir más, ya que como no he leido los tebeos, la aparición del dibujante Hergé como homenaje, pues ni fu ni fa.
















Vamos con el segundo niño. Es el de la foto con camiseta roja. Justo en este momento está hablando por el movil, que encima no es suyo. Voy a hacer los honores y me encargo de la presentación. Y oh Sorpresa, también es belga, también es medio rubio, y también porta un mechón de pelo un tanto rebelde que se le pina hacia arriba. Y miren por donde también tiene dos padrinos cinematográficos. Pero cuidado,aparentemente este chico tiene poco de modélico. Es muy pero que muy rebelde, orgulloso, temerario y pertinaz, como la sequía pero al revés, aunque no le veremos soltar lágrima alguna y eso que razones no le faltan para ello. Y eso si, va como el otro muy deprisa a todas partes. Vamos, que no para quieto un segundo. Dicho esto, afirmo ya sin más dilación que no me parece ni mucho menos una casualidad que los hermanos belgas Jean Pierre y Jean Luc Dardenne hayan realizado “el niño de la bicicleta” (le gamin au velo) justo este año, lo cual parece un homenaje muy particular y un tanto a la contra no de Tintin, sino de un niño belga cualquiera de hoy en día, lo que resulta francamente atractivo.















Para este muchacho que proviene de una familia desestructurada las cosas no son tan fáciles. Más que perseguir unicornios perdidos, lo que hace durante media película es huir y buscar otro tesoro para él mucho más importante: Su relación truncada con su padre, y por extensión una relación familiar. No hace falta recordar con que mimo ha tratado el padre de Tintin a su criatura. Este muchacho en principio no tendrá tanta suerte. El suyo lo ha dejado en una residencia de acogida y pasa olímpicamente de él. Y los hermanos Dardenne nos dan una auténtica lección de cine sobre hasta donde puede llegar la obstinación infantil a la hora de perseguir lo que se desea. Lo que en principio es una agria crónica social, dura y realista, va tornándose poco a poco hacia los márgenes de un cuento delicioso, sin dejar en ningún momento de ser veraz. Aunque pueda parecerlo, y aunque su héroe en principio esté un tanto desamparado, los Dardenne le buscan refugio emocional y nunca llegan a los duros extremos de “Rossetta” o “El silencio de Lorna”.
















Sin embargo, aquí también hay que hacer frente a muchos y variados peligros (auténticos), aventuras con riesgo (muy real), un bosque prohibido y sobre todo la aparición de un hada madrina que lleva el rostro de una Cecile de France absolutamente maravillosa. Su matizada y profunda interpretación guarda múltiples capas sobre los deseos y la personalidad de una mujer generosa y solidaria que se refugia en una peluquería y que nos da a todos una auténtica lección no solo de cine, sino de vida. Su modelo de enseñanza es el ejemplo y la palabra, como Atticus Finch. Si señores, estamos ante una película mucho más grande de lo que aparenta. Y no son necesarios alardes circenses ni persecuciones estrambóticas. Basta con una cámara que sabe captar multitud de matices reconocibles. Que sabe escrutar el rostro humano y llegar a lo más hondo. El camino que se recorre no va a ser fácil y habrá obstáculos, los propios que nos pone la vida. Pero al final flota un manto de optimismo.
Tampoco es necesario usar complejísimos sistemas de captura en movimiento. Este es un film que mira cara a cara a la pupila de los actores, a su sonrisa y a su dolor. Cada mirada de los dos protagonistas penetra de forma fulminante mostrándonos verdades como puños. Y de ahí se extraen auténticas pepitas de oro sobre el mundo de la infancia, los lazos afectivos, la dificultad de crecer, el necesario y reconfortante apoyo en los demás y el sano espíritu de camaradería compartida que puede llegar a alcanzarse con quien menos se espera. Una auténtica lección de tolerancia. Y de cine. Y es que a la chita callando y sin hacer ruido coviene decir que estamos ante una de las peículas del año. 















 
Tintín va a ser objeto de otros dos films. Al parecer tendrá una trilogía para él solo. Son las cosas de ser un chaval famoso, aunque sea belga. Su perro fiel le acompañará en todas ellas. El chico de los Dardenne, el niño de la bicicleta, no necesita tanto alarde, se basta y se sobra con una sola película, espléndida por cierto. No tiene perro que le ría las gracias, pero se agarra a su bici como si fuese su particular amuleto, y por cierto, tiene amigos de verdad. Sin salir de su barrio belga ha aprendido en poco más de hora y media ciertas lecciones sobre la vida de esas que se guardan para siempre. El espectador también.  

miércoles, 30 de noviembre de 2011

REQUIEM POR LOS QUE VAN A MORIR















El análisis de algunas películas debiera comenzar como y donde al comentarista le parezca o tenga a bien. En el caso de  “Melancholía”, vamos a seguirle el juego a su director. Por cierto, no es que esté mal escrito, es que los distribuidores tienen por costumbre no traducir las obras de los autores de prestigio. Sus razones tendrán. Así pues, decía, este comentario fílmico estará también estructurado, pero en seis partes. Preludio, que va a ser breve, incidente, prólogo, primera parte (Justine), segunda parte (Claire), y una última que vamos a denominar Lars Von Trier.
Preludio: Que en realidad es un aviso. Las hamburguesas de El Corte Inglés no son ni mucho menos lo que eran. Me comí una justo antes de ver el film. Que yo sepa siempre hubo dos tamaños, el normal y el extra grande, que era enorme. Ahora, sin avisar y conservando la nomenclatura, resulta que han eliminado la supergrande y han introducido un tamaño mini, que es el que te dan cuando pides “la normal” de toda la vida, que ahora según ellos es la grande. Resumiendo, la hamburguesa normal es hoy una cosa minúscula y sin chicha. Y la grande es la que antes era de tamaño normal. Cuando se lo digo poco puedo hacer ¿Ah, usted ha pedido la normal, no? Pues eso le hemos traído. La discusión kafkiana se eterniza sin solución posible. Que cada cual saque sus conclusiones, pero conste que si incluyo estos detalles pre partido es por que creo que influyen en el estado de ánimo a la hora de ver un film. Otro tanto sucede con el apartado segundo.
El incidente: Sentados en la sala oigo gente hablando justo detrás cuando llevamos minuto y medio de metraje: ¿Esto es ya la película? Puesss será, contestan ¿seguro? ¿tu crees? “esa yo creo que es la que salía en spiderman 2 ¿no?”. Todo esto con música de Wagner de fondo. Como voy bien acompañado, la que se sienta conmigo presa de cierta ira se vuelve e interviene. A ver si lo reproduzco literal: “Vamos a ver si se dan ustedes cuenta de que sus comentarios de texto no aportan absolutamente nada a la trama. Están de más ¿les queda claro?”. Hasta yo me asusto. Fin del incidente.















Prólogo. En esas lamentables condiciones, y bajo los efectos de una cutre hamburguesa mini presencio uno de los arranques cinematográficos más poderosos y subyugantes que uno recuerda de un tiempo a esta parte. La armonía entre las sucesivas estampas y el acompañamiento musical, extraído del preludio de “Tristan e Isolda” de Wagner, suponen un impacto total que sumerge al espectador en un deleite difícil de describir. Son planos casi estáticos de clara raigambre pictórica en los que se despliega un poderío visual sin límites sobre la base de aparentes trozos vivos de naturaleza muerta. Es cierto que se pueden aventurar influencias, muchas, pero eso no resta un ápice de potencia al conjunto, que ya desde el comienzo tiende hacia el onirismo, la contemplación y lo operístico. Imágenes con auténtico nervio donde el constructivismo, Alain Resnais, el arte prerrafaelista, Brueghel, Carl Sagan y hasta ecos de Edward Hopper se dan la mano sin chirriar en absoluto. Insisto, ello no condiciona la entraña de un minucioso montaje que hipnotiza absolutamente fruto de una imaginería visual desconcertante, extraña y muy hermosa a un tiempo. Emotiva en todo caso. Un prologo que deslumbra por cuanto se eleva al más puro cine, el que reside en el poder intrínseco de la imagen como generadora de arte con mayúsculas. Una cosmovisión poblada de multiples texturas cargadas de fisicidad. La apuesta es alta y arriesgada. Decía Hitchcock que toda película debía comenzar generando un terremoto en el espectador, y de ahí ir hacia arriba. Áquí aun quedan 120 minutos de película. Veamos.
De forma demasiado abrupta el film cambia absolutamente de registro en su capítulo dedicado (aparentemente) a los episodios de Justine y Claire, los cuales se van a analizar conjuntamente. Y ahí es cuando hay que comenzar a hilar muy fino a la hora de comentar, ya que la cinta lo merece. En principio la trama se desarrolla al hilo de la boda que la primera celebra con sus familiares y amigos. Pero lo que en realidad nos narra es el lento pero inexorable, implacable camino hacia al cataclismo del escaso equilibrio emocional de la protagonista para elevarse y reconciliarse consigo misma cuando por fin reina el caos. “Hay algo terrible en la realidad, y no se lo que es” decía Monicca Vitti en “desierto rojo” de Antonioni. En este tramo, Lars Von Trier vuelve a sus tiempos cámara en mano, y como no, vuelve a darnos otro ejemplo de sus maravillosas virtudes y por desgracia de sus defectos de casi siempre. Dibuja con trazo fino y penetrante la relación entre las dos hermanas y el frágil equilibrio que preside todo el enlace, favorecido por dos interpretes entregadas a la causa. Se insinúa desde el comienzo que esa celebración nupcial es un trago incómodo que conviene digerir cuanto antes. Y se nos hace intuir de forma muy sutil que hay un soterrado y tenebroso mundo interior, malos augurios y un aura de fatalismo de consecuencias imprevisibles. Ese caballo que se niega a cruzar el puente actúa como ente revelador.















Todo ese cerrado microcosmos viciado no deja de tener un claro eco metafórico, y toda la comitiva nupcial, la orquesta completa, aunque se supone que se sabe la partitura, empieza a desordenarse y a desafinar, y su solista principal, la novia del mundo, no puede con semejante empeño. Tanto es así, que más que novia parece mártir que necesita liberarse de toda atadura ligada a la comunidad y a lo convencionalmente mundano. Poco a poco el espectador va impregnandose de esa tupida maleza donde el pavor y el vértigo convierten en doloroso trance ese amago de evento en el que se intentan guardar las apariencias. Esas que ocultan el ahogo, el desgarrador grito existencial que va adueñándose del clima.
Se llega a duras penas a cortar la tarta. Pero la eterna e infinita angustia en la que depositamos nuestro pesar no se va ni dando un lacerante y vertiginoso paseo a caballo. De forma estremecedora vuelve a sonar Wagner como leit motiv por tercera vez. Curioso, dado el tema podría haberse tirado de algún réquiem, el de Bizet por ejemplo, o de la Pasión según san Mateo de Bach, pero se ha preferido ir por el lado del romanticismo al más puro estilo germánico. Y es entonces, a la tercera audición, cuando comenzamos a detectar ciertos desajustes y entramos en el terreno de la redundancia innecesaria. Ya habíamos intuido perfectamente lo frágil y quebradizo del ambiente familiar y laboral. Sobran pues las gratuitas exhibiciones de Charlotte Rampling (que por cierto, a los que estaban sentados detrás les hizo mucha gracia) las de John Hurt robando cucharas, y por supuesto todo lo referente al jefe que pretende explotar a la débil novia incluso el día de su boda con miradas lascivas y proposiciones ridículas.
Todo ello arroja un bloque desequilibrado, con fascinantes momentos excelsos en los que el director sabe sacar petróleo de la evanescencia y del pánico en la escena. Esa cámara que se mueve entre los invitados permite al espectador extraer a través de la sugerencia mucha información sobre su estado de ánimo y sus miedos. Pero luego hay otros pasajes decididamente obvios, reiterativos y prescindibles, que solo pretenden despejar incógnitas que ya estaban resueltas. ¿O es que no sabíamos todos lo que no iba a suceder en el dormitorio y si en el jardin?.
En el segundo tramo (Claire) la ecuación se complica extraordinariamente. Se toman otros ángulos que arrojan nuevas perspectivas. No se trata ya solo del choque melancólico y brutal de Justine contra el mundo, ni de la confrontación (otro choque) cargada de mutua dependencia entre las dos hermanas. Ahora resulta que un planeta de nombre Melancholía se acerca peligrosamente a la tierra. Y Lars Von Trier nos impone de nuevo otro lento pero inexorable viaje hacia el Apocalipsis. Now, por supuesto. Es su particular y lírico argameddon, repleto de íntimos recovecos que afectan al espíritu. Un trance de nuevo con una fuerte carga operística en el que se contraponen dos formas de ver el final absoluto. Por un lado, la angustiosa de Claire, presa de una ansiedad progresiva y creciente, que se palpa a cada latido, en cada exhalación al respirar. Por otro, la de quien se siente cómoda inmersa en el caos (Justine) y de forma estoica mira de frente una realidad irrefrenable muy reconocible para ella. Hasta tal punto que incluso se ve con fuerzas para organizar el rito de la ceremonia final, correspondiendo así a su hermana, que organizó su boda. En todo caso, un seductor viaje contra reloj por las distintas caligrafías del yo cargado de fatalismo.















Dentro de ese éxtasis y progresivo delirio romántico cabe rescatar, una vez más, momentos de auténtica inspiración visual y emocional, junto con otros de afectada trascendencia operística, como ese que nos presenta a madre e hijo bajo un manto de nieve incapaces de avanzar. Estamos ante un catártico deep impact, una implosión demoledora que devuelve al hombre (en este caso la mujer) a su estadio más primitivo. Y las dos heroinas se convierten en una suerte de diosas griegas castigadas por una ignota mitología cósmica. No así el personaje masculino que adolece de menor definición. Asi pues, esa vuelta al origen resulta sugerente. Y  Aunque se poseen complejos catalejos ultramodernos, se descartan y al final será un primitivo palo con una simple argolla de alambre el que marque el timming de la distancia a la tierra del planeta que se acerca, midiendo su circunferencia. Otro tanto cabe decir del final, que nos devuelve casi a Platon y su caverna. En última instancia, la auténtica inspiración se da la mano en todo momento con el plúmbeo esteticismo en un torbellino arrollador en su irregularidad, pero que pese a todo no defrauda.
El último apartado lo habíamos denominado Lars Von Trier. Y se incluye precisamente para dar gusto al director. Este decidió no terminar su película aquí. Pues bien, vamos a complacer al personaje y juguemos a su juego. Tras el pase de la cinta en el festival de Cannes decidió incluir un epílogo en forma de rueda de prensa de alto voltaje, declarándose ferviente admirador de Hitler y del movimiento nazi, del cual, según él, hay muchas enseñanzas positivas que extraer y cosas que aprender. También arremetió de forma furibunda y sin venir a cuento contra la directora Suzanne Bier, poniendo en tela de juicio la capacidad de las mujeres cineastas y vertiendo insultos sobre ella claramente machistas.
Hay quien le disculpa argumentando que los artistas de verdad tienen estas cosas y que no hay que prestar mayor atención, que una cosa es su obra y otra sus excéntricas salidas de pata de banco. En absoluto. Quiero pensar que esa rueda de prensa fue un premeditado acto deliberado, perfectamente calculado, milimetrado hasta el más mínimo detalle para conseguir sus efectos. Lo contrario sería sencillamente abominable,aunque no lo descarto. el esperpento incluyó incluso la participación estelar de Kirsten Dunst, que interviene en el acto e intenta aparentemente frenar la cadena de despropósitos de forma infructuosa. Por supuesto el citado epílogo termina muy bien. Dicen que “Melancholía” no fue premiada en el palmarés a excepción de la interpretación femenina. Grave error. Para un polemista y provocador nato como este, no hay mejor premio que el que Cannes le concedió este año emitiendo un solemne comunicado en el que se le declaraba persona non grata. Eso si, temporalmente, pues la vigencia del castigo termina a final de año, supongo que para que pueda presentar su próxima obra el año que viene.
















Lars Von Trier es un buen cienasta, excelente en algunos casos, irregular y tedioso otros, no tan original como él cree. En ningún caso un autor mayor. Pero su vergonzoso y continuo marketing de si mismo a costa de procaces polémicas y su calculada, constante y vomitiva autopromoción es absolutamente injustificable, bochornosa y lamentable. Le define y no precisamente para bien. Claro que nunca se sabe, como va vendiendo por ahí que es una mezcla de genio e idiota inclasificable, y como nos cuenta que es un artista maldito que usa sus presuntas depresiones como inagotable fuente de inspiración, pues no sabemos cual será lo próximo que saldrá de su boca. En ocasiones se habla y diserta mucho sobre el concepto de inteligencia emocional. Muy pocas se hace sobre su reverso, la estupidez emocional.
Ahora bien, sus exégetas son numerosos, lo se. Este hombre que se considera y es considerado por muchos un artista total, cree muy iluso estar a la altura de los grandes maestros. Hay quien le considera el nuevo Dreyer, la resurrección de Bergman, el Antonioni de la nueva era. Por supuesto se considera y le consideran más allá de Tarkovski y tan complejo como Visconti o Bresson. O al menos a su altura. Pero no perdamos tiempo con comparaciones inútiles, es Lars Von Trier, el mismo que es capaz de rodar, es cierto, planos inspirados e historias sugerentes, pero que en mi opinión todavía a día de hoy no ha entregado esa majestuosa obra maestra absoluta que tanto se preconiza. El culpable no es otro que él mismo. Esta última película es ejemplo de ello. Tiene momentos sublimes pero analizada en su conjunto peca de un exceso de grandilocuencia.















Cabe por tanto hacerse la siguiente pregunta ¿Puede una obra ser víctima de un exceso de autoría? ¿Es posible ese supuesto? Pues si, este es el caso. Hay muchos que fracasan por defecto, por falta de inspiración o talento o por desconocimiento del medio. No es su caso. Lars Von Trier, cineasta ambicioso, siempre dispara por elevación y termina errando por exceso. Este es un autor que construye siempre limusinas hermosas pero hipertrofiadas, tan enormes que terminan teniendo problemas al encarar una simple curva. Y todo ello lleva a una reflexión final. Este señor muy capaz y dotado para el cine tiene un problema y acabo de dar con él. No es un planeta el que se dirige hacia la tierra para arrasarla, es el inmenso e inabarcable ego de su autor el que se nos viene encima, con todas sus virtudes y defectos. Ante ello, dos soluciones tiene el espectador. La primera es rendirse a su belleza indiscutible pero intermitente y postrarse desnudo a la luz de la luna como hace Kirsten Dunst a medio metraje reconfortándose ante la epicúrea belleza de lo que se avecina. La segunda es buscar desesperadamente refugio ante el posible empacho de una egolatría sin límites. No hay término medio. Lo digo por cuanto los de la fila de atrás se marcharon a los 45 minutos de metraje.          


miércoles, 23 de noviembre de 2011

CUESTIONES DOMESTICAS















Uno de los debates más curiosos que se están produciendo en el ámbito musical procede del matrimonio que han formado el legendario Lou Reed y el grupo Metállica (vale, para no ser injustos y no hacerlos de menos digamos que también tienen su particular leyenda). Juntos y no sé si revueltos han editado un cd que está dando mucho que hablar. ¿Son compatibles los mundos musicales de la banda trash heavy con el del heredero más díscolo de la Velvet Underground? Como siempre sucede, hay opiniones para todos los gustos. Hay quien está encantado, hay quien dice que ambos abren nuevos caminos en sus respectivas carreras, hay quien se muesta ecléctico y sugiere que ¿por qué no? y por supuesto está el sector más purista que opina que no puede ser. Que es una abominación y que por mucho que se agite, el agua y el aceite no se mezclan ni a la de tres. En mi opinión, en principio cualquiera puede ponerse a cantar con cualquiera, aunque desde luego a uno se le ocurren combinaciones que chirriarían muy mucho. No voy a poner ejemplos facilones que luego las introducciones se eternizan.
Vámonos al cine. Aquí otro curioso maridaje está haciendo furor. El de la escritora y dramaturga Yasmina Reza y el director Roman Polanski. Ambos se han puesto manos a la obra y han adaptado para el cine el texto teatral de la francesa “carnage”, por estos lares “Un Dios Salvaje”. Polanski lo ha dirigido y lo protagonizan actores de mucho nombre dentro del escaparate actual. La cinta se exhibió en el festival de Venecia, donde por lo visto llamó mucho la atención, y ahora llega a España donde está recibiendo numerosos elogios. Incluso se habla de ella y sus intérpretes como futuribles premiados en esa gala que afortunadamente para todos los aficionados vuelve a presentar Billy Cristal.















Yo que me pregunto tantas cosas, algunas sin sentido aparente, no sé como no se me había ocurrido esta: ¿Puede uno llegar a experimentar en el cine sensaciones idénticas a las que se recogen en la trama de un film pero inversamente proporcionales a lo que se pretende con este? Igual la pregunta es un tanto retorcida y pluscuamperfecta, pero trataré de explicarlo por el camino. Al final a lo mejor se entiende algo.
No es lo mismo entrar a ver un film de un desconocido con actores que no conoces y de cuyo guionista jamás has oido hablar que enfrentarse a esta película. Estamos hablando de Polanski, sobre el que aun se conserva un estupendo buen sabor de boca tras el visionado de “el escritor”. El autor de “Repulsión” “Chinatown” o “La semilla del diablo” por citar solo tres. Es más, incluso cuando uno está a punto de comprar la entrada el subconsciente le traiciona y está a punto de decir, no “déme para la sala 4” o para “un dios salvaje” sino “déme dos entradas para la última de Polanski” .Y luego está el maridaje con la siempre controvertida e irónica Yasmina Reza, la misma que en una entrevista a propósitio de su obra “Arte” manifestaba que había que reivindicar con fuerza el término “frivolidad”. Declaraciones que, dicho sea de paso, uno nunca sabe que porcentaje tienen de provocación.















Así las cosas, la visión de esta película viene un tanto marcada por lo que sabemos y hemos visto de los artífices. La cuestión, como decía al comienzo, es si el maridaje entre el quimérico inquilino y la francesa de rompe y rasga cuaja. No voy a demorarlo más, esto es una chapuza pseudo intelectual y con pretensiones que sobrepasa con creces el ridículo más espantoso. Solo faltan las risas enlatadas. Si, como en las telecomedias que protagoniza Charlie Sheen. Un cúmulo de tópicos insufribles sobre la sociedad burguesa, la inmadurez de los adultos y las convenciones sociales con vuelta de tuerca a la caverna más cutre que produce auténtico sonrojo.
“Creo que voy a vomitar” dice Kate Winslet. Yo también, se lo aseguro. El cúmulo de lugares comunes, arquetipos sin desarrollar y fáciles chistes sin gracia alguna se suceden en lo que pretende ser un ácido retrato de la sociedad contemporanea que se queda en un sobado manual a lo readers digest absolutamente indigesto. Y encima tan previsible como un chupa chups, y eso que pretende sumarse a la teoría del caos, lo que le viene muy grande a esta tontería.
La historia es conocida. Para solucionar una incidente nimio, se reunen dos parejas adultas que de entrada conservan a la fuerza ciertos modales y exquisiteces formales, para luego ir perdiéndolas paulatinamente hasta llegar al patetismo. Lo curioso es que eso nunca tendría por que afectar al film, que degenera en una película bochornosa y de tercera regional. Y es que este rollito light muy propio de la muy moderna Yasmina Reza poco tiene que ver con el turbio y en ocasiones sórdido mundo de Polanski. Y ahí está el problema. La francesa, que nos cree tontitos, pretende darnos una clase intensiva de sociología. Cree estar descubriéndonos con cada frase un nuevo continente, con réplicas siempre con segundas intenciones en lo que ella cree que es una disección aguda del matrimonio, la paternidad, la pareja, el rol de la mujer y no se cuantas cosas más. Como no se profundiza en absolutamente nada y se reitera una única situación hasta la nausea, lo que queda es un episodio elitista y para enteradillos de las famosas matrimoniadas que emite tv. Todo muy cultureta y muy cool. Pero el resultado no pasa la prueba del algodón. Solo hay que poner en casa los primeros cinco minutos de “¿Quién teme a Virginia Wolf?” para dejar esta fantochada a la altura del betún y ponerla en evidencia.












 No se crean, podría terminar perfectamente aquí, pero desafortunadamente, queda lo peor. Por ejemplo, un tratamiento fílmico del espacio escénico paupérrimo. Filmar en un único apartamento podría haber dado lugar a un ejercicio de estilo interesante. No le voy a pedir a Polanski que alcance las cimas del maestro Hitchcook en “La soga”. Tampoco le voy a exigir el tour de force de Mankiewicz en “la Huella”. Pero él mismo había sabido ser mucho más penetrante y había sabido captar los sentimientos a flor de piel y la tensión de cuatro personajes en un solo decorado en esa maravilla titulada “La muerte y la doncella”, de lo que esto no es sino una mala sombra caduca. Claro que este artefacto se nos presenta como ácida comedia. Supongo que para que nos riamos de nosotros mismos y reflexionemos sobre lo mal que está la raza humana. No necesito este bodrio para eso, que lo único que me confirma es que estoy viendo un fraude protagonizado por grandes estrellas con presunta coartada cultural.
Pero incluso ahí falla. Para redondear el fiasco, atentos al despropósito de los actores, cuyos personajes no son tales, sino que cada uno es un mero arquetipo de una idea preconcebida en la preclara mente de Yasmina Reza. Juzgue el lector. Kate Winslet, es la asesora financiera sin vida privada, y salvo en los primeros minutos, no termina en ningún momento de dar con su personaje, mal diseñado por cierto. Jodie Foster naufraga en un texto imposible cargado de millones de tópicos sobre lo políticamente correcto. Es ama de casa pero, cuidado, está escribiendo una tesis sobre una tribu africana (¡hay que fastidiarse!) y en su casa no se fuma. John C.Reilly, representante del mundo obrero, aparenta ser bonachón y conciliador, en todo momento es presentado de forma nauseabunda como menos inteligente que el resto, y por tanto, pronto saca un primitivismo de pacotilla ¿propio de la clase obrera, Yazmina?. Pero la peor parte se la lleva Crhistoph Waltz y su delirante y cínico abogado, el cual ha de cargar con una trama paralela vía movil sobre corporaciones corruptas y medicamentos caducados absolutamente paupérrima, decadente, y mil veces vista (me refiero a la trama, por supuesto). Y es que pese a su título esta es una película poco salvaje y si muy domesticada.















Es entonces cuando vuelvo a la pregunta rara esa que me hacía más arriba. Y la respuesta es si. Sí que se pueden seguir los sentimientos que despierta la trama pese a que uno aborrezca todo este mejunje. Y si al principio uno comienza el visionado esperanzado y con ánimo, poco a poco me voy irritando paulatinamente con lo que se me ofrece, hasta llegar al cabreo absoluto ante el despropósito vergonzante y exhibicionista de los últimos diez minutos. La escena que marca el punto de no retorno es esa en la que el tramposo abogado coge el teléfono para hablar con la madre del otro haciéndose pasar por su médico. Justo ahí me doy cuenta de que esto es, definitivamente, una auténtica tomadura de pelo sin solución. La película dura 79 minutos y se hace larga. Ahora lo entiendo. Quizá le sobren 75. O quizás no debió meterse Polanski en semejante abrevadero y al menos yo me habría ahorrado mi tiempo, que no es que sobre.
Todo esto sirve al menos para sacar tres conclusiones. La primera, que hasta un gran director puede firmar un soberano gatillazo y hacer un borrón. No pasa nada. Al fin y al cabo tampoco sería la primera vez. Algo parecido pensará Lou Reed respecto de lo suyo. La segunda, que Yasmina Reza no es Jean Claude Carriere, por poner un caso. Y la tercera y última,  es más honda y compleja. Si este texto es representativo de la más aguda intelectualidad del siglo XXI y propio de un análisis profundo de la cultura que vivimos, agárrense que vienen curvas. Y no es que con intelectuales así demos la razón a la tesis del film y vayamos camino del salvajismo propio  de Golding y “El señor de las moscas”. Es que vamos camino del insulto a la inteligencia del espectador, en mayor grado incluso que cualquier película taquillera que solo busca entretener. Por cierto,se me olvidaba,con propuestas como esta, también vamos camino del sopor.    

viernes, 18 de noviembre de 2011

LA DUDA METODICA
















En ocasiones uno pierde el tiempo haciéndose test sin utilidad de ningún tipo. Alguna dosis de lúdico masoquismo debe haber, ya que en la medida de lo posible uno trata de huir de todo tipo de encuestas ajenas. El caso es que sin venir a cuento me encuentro interrogándome a mi mismo en un hipotético casting sobre cuales serían los dos o tres personajes vivos del panorama cinematográfico actual con los que me tomaría un café y mantendría a ser posible una larga conversación. Intimo y personal como decía la película. Como las reglas las pongo yo, han de ser de ahora mismo, no valen las viejas glorias retiradas y como para dar un poco de picante al asunto dispongo exactamente de tres minutos de reloj para elegir al personaje. No voy a engañar a nadie ni a hacer trampas. Este es el relato auténtico de lo sucedido durante esos tres minutos.
Como hombre tópico, poco original y con la luz corta puesta, he de decir que a toda velocidad la testosterona se dispara y empiezan a aparecer mujeres de todo tipo y condición. Ya puestos, me digo, no nos vamos a privar de nada y me voy a dar el capricho de dejar volar la imaginación a su libre albedrío. Sorprendentemente, la primera en hacer acto de presencia, que nadie me pregunte la razón, es Gong Li. Y me veo poniendo cara de tonto mientras le pregunto avergonzado que pasó con Zhang Yimou, y como fue la experiencia corrupción en Miami. O sea que pierdo el tiempo haciendo de reportero malo. El asunto no da mucho más de si. Cibyll Shepherd: Con ella la charla empezaría mal, mas o menos así. A ver, ¿como es posible que hayas terminado haciendo de lesbiana que persigue a veinteañeras en una serie de tv?.Tras ella toman cuerpo Toni Colette y Katherine Keener. La cita sería, digo yo, para preguntarles si les gusta hacer más de guapas o si se cabrean cuando las ponen de feas. Pero no se dejen embaucar. Si surgen es por el puro placer de tenerlas delante. No me sorprende, aunque seguro me faltaría conversación, al igual que con Sophie Marceau o Emily Blunt, ante las que me quedaría literalmente off. Pero sigamos. Hay que ser rápidos que el reloj corre.




















Se me ocurre que con quien si habría tema y largo sería con Joely Richardson, con la que puedo hablar de ella, de su padre, de su madre, de su abuelo, de su tia Lynn, de su cuñado, pero ¡lástima! me vengo abajo cuando me acuerdo del fatal desenlace de su pobre hermana. Mejor no. Dentro de la avalancha de nombres que llegan a borbotones me doy cuenta que no debo perder ni un minuto con las mas jovencitas tipo Michelle Monahan o Amanda Seyfried a las que seguro no les gusta ni el café ni la tertulia. Y aunque pueda resultar jugoso, no se lo que daría de si la cosa con otras tipo María Bello, Olivia Williams, Amy Adams, Naomi Watts, Rachel Weisz, Asia Argento o Cecile de France. Creo que no tardaría mucho en ponerme en evidencia y me mandarían pronto a paseo y con viento fresco. ¿Franka Potente? ¿Y de que hablamos?¿de lo mucho que corría en una película y de cómo se ha estancado su carrera ahora? Busquemos bien, por favor, que ya he perdido más de minuto y medio.
Joan Allen, Annette Bening, Valeria Bruni-Tedeschi o Hillary Swank no me parecen nada mal, pero resulta que en el colmo de la poca originalidad y como el rayo me llega otra idea facilona de patio de colegio: las hermanas Deschanel. Y ya me veo de forma estúpidamente compulsiva haciendo de limpia parabrisas, mirando a derecha e izquierda continuamente para ver quien es más guapa de las dos. Como la cosa me marea sigo buscando. Carrie Anne Moss, Deborah Kara-Unger o Famke Jensen me imponen, creo que me dan miedo y que me van a propinar una soberana paliza en cualquier momento. Me pasa lo mismo con Nick Nolte o Sean Penn. Hay que ir con cuidado. Es entonces cuando de forma potente aparecen en escena Lena Endre, Melissa Leo y Emmanuelle Seigner, tampoco se por que. O si, no nos engañemos. Lo mismo que Vera Farmiga en su versión “up in the air”, aunque viendo como acaba con Clooney, mejor seguimos. Voy de sorpresa en sorpresa, y esto sepone cada vez más dificil ya que de ahí salto nada menos que a Tilda Swinton, Lena Olin, Laura Morente, Laura Linney, Laura Pausini (ahí va, que no, que esa es cantante, fuera, fuera),Karin Viard, Jenna Elfman y Marie Louise Parker, esta última supongo que para que me cuente como va lo suyo con las hierbas (weeds), por que otra razón no veo. Tengo un subconsciente un tanto raro por cuanto de ahí me desplazo hasta gente como Ellen Barkin, Rosario Dawson, Debra Messing y ¿Joely Fisher? ¿Natasha hendstridge? No digamos sandeces. Puestos a hablar de Debras, igual mejor Debra Winger, digo yo. O Emma Thompson. Y si no Barbara Hershey en su versión “eternamente amigas” (beaches en inglés). Angélica Huston podría hablarme de su padre, los rodajes y ese paseo por el amor y la muerte con Jack. El caso es que muevo mucho la baraja, demasiado, pero no me decido y el segundero continua su marcha...
























Cuando se van a cumplir dos minutos me doy cuenta que la cita puede servir para poner a gente en su sitio y despacharme a gusto. ¿Pero se puede saber que haces anunciando cosméticos? Esto vale para Jane Fonda, Isabella Rosellini (que pensarían sus padres), Andie Macdowell, Halle Berry y hasta para Penélope. O sea que le dices que si a Pantene (por que tu lo vales) y no a Lars von Trier. Que me lo explique. Anne Heche, donde anda usted metida que no la veo el pelo. Sandrita Bullock, ¿dejarás de poner algún día cara de payasete?. Señora o señorita Lopez, Jennifer ¿no le avergüenza un poco que de usted solo se hable de su culo? ¿En cuanto lo había asegurado, dice?. Angelina y Richard Gere, me aburren soberanamente vuestros marketings publicitarios de ayuda humanitaria. Señores Robert De Niro  Al Pacino y Gerard Depardieu ¿pueden hacer el favor de dejar de insultarse a si mismos?. Nicolas Cage, ¿por que no te operas? Ah que ya lo has hecho, vaya. Catherine Deneuve, te has pasado siete pueblos con el botox. Señores Roland Emmerich y Michael Bay. Stop, Stop, Stop. Yo con estos no me tomo un café. Me acabo de dar cuenta. La cuestión no es soltar fáciles rapapolvos, eso no me reporta nada en el fondo.
No lo entiendo, cualquiera en su sano juicio ya se hubiese acordado de inmediato de la Bellucci por ejemplo, o de Julianne Moore o Sharon Stone, o bien de Nicole, Cotillard, Sarandon, Scarlett, Blanchet, Binoche, Cameron, Zeta-Jones y compañía. Y por supuesto hubiera reparado en santa Meryl Streep, Helen Mirren, Julie Cristhie, Judy Dench o Stefanía Sandrelli. Pero no ha sido el caso hasta ahora, las cosas como son, aunque aun dispongo de tiempo. Si admito y no se si entonar un enorme mea culpa por haber pensado un instante y por otras obvias razones en Maria Grazia Cuccinotta y Lucy Lawless, lo cual considero imperdonable existiendo Kate Winslet, por favor. O la Pfeiffer, Robin Wright, Carole Bouquet o Isabelle Huppert por poner un caso. Centrémonos. No se me aparecen de momento españolas, supongo que por que con Leonor Watling ya tuve un encuentro casual y real en una librería, lo mismo que con Naijwa Nimri en plena cafetería de un curso de verano. Tampoco de entrada aparecen caballeros. Y ahí es cuando me voy dando cuenta de lo corto de miras que estoy siendo. Se trataba de un café con un personaje vivo del cine actual. Y por fin reparo (me queda menos de un minuto) en que lo de las mujeres atractivas está bien, pero es muy, pero que muy facilón. Y luego son todos y todas unos ególatras caprichosos. A lo que hay que añadir que yo no soy nada mitómano. Ya lo tengo. Por eso no dejo de hacer circunloquios y todos los intentos fracasan sin remedio.
Cambio de planes. Para un reposado café sobre cine y otras hierbas igual se saca mucho más jugo en una larga conversación con Oliver Stone (que me explique lo de JFK otra vez) o Polanski, con Sussanne Bier( que me explique que le han parecido los comentarios que le dedica Lars Von Trier) o John Boorman (que me explique lo que quiera). De Kenneth Branagh podría extraer petroleo. Y ya puestos  de John Williams, Alexandre Desplat o Thomas Newman, o el matrimonio Frank Marshall y Kathleen Kennedy. O conocer todos los pormenores del guionista de la mano de Lawrence Kasdan o Robert Benton. No les cuento nada si me pongo con Bertrand Tavernier u Olivier Assayas. Ahí si que hay materia.
El auténtico jugo está detrás de la cámara. Janusz Kaminski o John toll darían un juego tremendo. Y Michael Mann. Pero no voy a pensar en Woody ni por un momento no sea que sea un tío soso o tenga mal día y me lleve el chasco. Preferiría un cara a cara Diane Keaton Mia Farrow y contemplar expectante que sucede. El tiempo se agota. Robert Redford me podría explicar todo el asunto Sundance y es un señor que piensa mucho y bien. ¿Kusturica tal vez? ¿James Foley? ¿Lynch? ¿Cronemberg? ¿Paul Thomas Anderson? ¿Kim Ki duk? ¿Clint? Tic, tac, tic, tac. ¿John Milius? ¿Wenders? Me tomo un vaso de agua. Si he de elegir un español, no tengo duda, Elías Querejeta, y si me ponen contra la espada y la pared y he de elegir solo uno, con el que tendría una extensa conversación total sobre la vida, el cine, la política, el arte, la música y cuanto surgiera, por fin lo empiezo a tener claro. Si fuese norteamericano, Cameron Crowe, venga con Frances Mcdormand o sin ella. Si fuese sudamericano Adolfo Aristarain, aunque solo hablase él, que sería lo más probable. De oriente con Chen Kaige, y de las antípodas con Peter Weir o Vincent Ward. El tiempo se ha agotado y aquí estoy, sigo instalado en la duda metódica y sin haber tomado una decisión en firme. Aunque parezca mentira acabo de perder al solitario y me quedo sin café, soy un inútil. Estoy fuera de tiempo. Por último, iba a decir, si fuese europeo, creo que saborearía la compañía, el buen rollo y los conocimientos de uno que es casi como de casa, Nanni Moretti. Esa hubiese sido la elección. Y pasaría mucho de la sudafricana Charlize Theron, aunque me cueste un poco escribirlo.

















Con ese espíritu de sana camaradería marca del italiano voy a ver su última película “Habemus Papam” que es en el fondo de lo que va a tratar esto. Si, ya se que la introducción ha quedado muy larga. En esta cinta Moretti tiene que lidiar una vez más con una cuestión que le trae de cabeza desde hace tiempo y que se ha convertido en un auténtico engorro. Me explico. Moretti es a día de hoy de cara al aficionado y en parte por culpa suya y de muchos de sus films un auténtico personaje. No es Antoine Doinel ni Woody pero el espectador tiene una imagen muy fijada en la retina respecto de este intelectual de izquierdas, pelín neurótico, reflexivo y poseedor de una ironía y un sentido del humor muy particulares. Le hemos visto viajar en vespa, ir al médico, ironizar sobre la política y la sociedad contemporáneas, hablar consigo mismo. En fin, por verle, le hemos visto hasta perder un hijo en pantalla y lo hemos sufrido con él. Todo ello convierte cada nuevo estreno del italiano en un encuentro con el personaje Moretti, que por otro lado, no sabemos cuanto posee de autobiográfico. Y eso se ha ido convirtiendo hasta en una exigencia del aficionado que espera reencontrarse con el artista y sus neuras.
















Semejante situación coloca al director en una tesitura que le lleva o bien a contar sus historias autónomas que no siempre y necesariamente tienen que ver con el personaje que él mismo ha creado, o bien a dar contento a la parroquia proporcionando otra ración de si mismo. En “Habemus Papam” se queda en un término medio intentando cuadrar una ecuación imposible. Decide contar la historia que le interesa, pero incorpora de forma secundaria y tangencial a su personaje. Y ahí está la dificultad. Encajar su personaje-tipo en cada discurso y cada trama no siempre es fácil, y en este caso el espectador me parece que quiere y pide más Moretti y menos Papa, aunque esté interpretado de forma sublime por Michel Piccoli.
De hecho, todas las opiniones de amigos y crónicas que he tenido oportunidad de leer afirman que lo mejor del film está en su primera media hora, cuando el personaje Moretti, camuflado esta vez de psicoanalista ateo, intenta desbloquear la mente vaticana del papa recien elegido que ha sufrido una crisis de ansiedad en el momento de dar el saludo papal ante la multitud en Roma. Y es cierto que esa primera media hora está deliciosamente narrada. Para los que esperaban que el agnóstico italiano fuese a disparar con munición de alto calibre y a cañonazos, se equivocan. Moretti, utiliza en esta ocasión aparente bala de fogueo, pero que hiere mortalmente. Convierte el Vaticano en un instituto adolescente que más que elegir al nuevo pontífice parece que está eligiendo al delegado de curso. Huye de las intrigas de palacio e infantiliza a toda la curia. Muchos son los prelados que lejos de ambicionar el poder huyen del pontificado como de la peste. Curioso. La aparición de Moretti es sencillamente espectacular, con ese caos calmo tan peculiar suyo, con ese aire distraído pero a la vez observador. Sus primeras indagaciones en suelo sagrado son irónicas y muy surreales, y su lengua permanece, como no, tan afilada como de costumbre.
















Y uno no puede evitar acordarse de “El discurso del rey”, donde se plantea un tema muy similar. Surge entonces la pregunta. ¿Por qué aquella fue un rotundo éxito de crítica y público y esta ha pasado desapercibida? Muy sencillo, la cinta británica es un film muy conservador en su mensaje que vuelve a narrarnos el sempiterno temita del triunfo de la voluntad pese a las dificultades, sean estas del tipo que sean. “Habemus papam” cuenta de forma mucho más abierta y amarga una historia donde el hombre se cuestiona a si mismo en cuanto ser racional. Y se interroga a solas sobre el sentido último de la trascendencia y lo sagrado. La película pronto abandona a Moretti y sus graciosas disquisiciones, para entrar en lo que verdaderamente importa, esto es, lo que Kant tantas veces se preguntó: La necesidad o no de tener un fundamento divino para nuestros actos y nuestra existencia. Kant sustituye los mandamientos divinos y la jerarquía religiosa por una indagación racional del hombre sobre su existencia y sus patrones éticos. Y a esa meditación racional y mística dedica Michel Piccoli la segunda parte de la película, La cual resulta menos divertida, cierto, pero mucho más profunda. El director parece haber leído a Unamuno y su San Manuel Bueno Martir.

















Moretti, además, se permite el sueño de todo agnóstico de izquierdas. Saca al Papa a la calle, lo viste de paisano y le hace tropezar con el común de lo diario. Lo mete en el metro y hasta se permite conversar con viandantes anónimos e ir al teatro. Pero ojo, todo ello no se hace como hábil ridiculización o burla fácil, si no que forma parte de un proceso de indagación, de introspección puramente racional, ética y filosófica, donde el sumo pontífice se olvida paulatinamente de la jerárquica y rígida norma eclesiástica y racionaliza y reflexiona sobre todo cuanto ve y el papel que se le pide representar. Por supuesto llega a sus propias conclusiones, que por cierto, nada tienen que ver con la apoteosis última de “El discurso del rey”, sino que nos lleva a un final que sobremanera para todo fiel creyente católico supone un mazazo sin paliativos. El director, en un gesto de honestidad, sabe colocarse en la postura del creyente auténtico que pierde a su guía espiritual en la tierra, y lo que ello supone de quedar a la intemperie. Y lo hace con un majestuoso y escalofriante plano de desolación de una plaza de San Pedro abarrotada que no deja indiferente.

Y aunque Moretti parezca adoptar en otros aspectos una posición light propia de algunos intelectuales y pseudo filósofos,  de esos que dan recetas de todo a cien para que “entendamos” en dos lecciones cuestiones sobre ética y filosofía, su discurso en realidad es más profundo. Está por tanto muy lejos de libros como “el filósofo en zapatillas” de Nicholas Fearn, y mucho más cerca de “Hablemos de Dios”  ensayo epistolar a cuatro manos en el que Amelia Valcarcel y Victoria Camps, dos agnósticas, se interrogan sobre la ética del laicismo, el peso de la religión y su pervivencia actual y la conciencia crítica de la reflexión laica, en un libro a tumba abierta donde lo mismo se cita a Habermass que a San Agustin, a Shoppenhauer y San Pablo indagando desde la reflexión en el fenómeno religioso y confrontándolo a la moral individual y la ética laica.













Lástima que Moretti no termine de profundizar en el fenómeno religioso al estilo de cintas como “de dioses y hombres” y prefiera cargar mucho más las tintas en el peso que el poder comporta en determinadas instituciones. Y luego ahonda en cuestiones muy suyas, como tratar de meter aunque sea con calzador el espíritu deportivo dentro de un sistema anquilosado, y disparar también contra los psicoanalistas y su barata presunción. No todos los chistes funcionan y hay altibajos, pero Piccoli, en el fondo rememora una constante en Moretti: La reflexión constante y el cuestionamiento como norma, algo que ya se daba cita en otros films suyos, uno de los cuales se titula miren por donde “la misa ha terminado”. Pues eso.     

viernes, 28 de octubre de 2011

ENIGMAS DE OTRO MUNDO



















“Innecesario y aburrido remake de un clásico del cine fantástico”. “Decepcionante y absurda revisitación sin sentido que suple el ingenio de su glorioso predecesor con un festival de efectos especiales”. “film sin alma, aparatoso, estridente y que basa su presunto gancho en unos efectos especiales que se convierten en protagonistas de una sosa y mareante función”. “film gratuito, ostentoso, un carrusel de sustos gore sin orden ni concierto a mayor gloria del público adolescente ávido de escenas fuertes”. “Una muestra más de que la falta de ideas en el Hollywood moderno lleva a intentar inútiles y descabellados proyectos que en nada mejoran el original”. Podría seguir, pero que nadie se equivoque. Son extractos de algunas de las críticas que recibió “La cosa” (the thing, 1982) con motivo de su estreno. Conservo las críticas. El fracaso fue rotundo y sin paliativos. Y no vale aducir que por aquellas fechas la gente llenaba los cines y hacía colas para ver otra versión del extraterrestre (ET) y que eso perjudicó su carrera comercial. No sirve por que el que nos ocupa se estrenó mes y medio antes en todo el mundo, y para cuando el otro llegó pidiendo volver “a mi caaasa” , esta cinta ya había desaparecido de los cines. Lo que si sirve es para por fin aclarar algunas cosas. Ahora, treinta años después, por fin lo entiendo todo. Si, todo aquello que no entendí en el año 1982, ahora cuadra perfectamente en el año 2011, cuando se estrena un remake disfrazado de precuela del film de Carpenter. A la versión 2011, se le ha recibido también de uñas, ya antes de su estreno. Y después ha recibido calificativos que van desde el desdén hasta la injuria y que no son muy distintos a los que recibió el film de John Carpenter.
















Y es que la mitología cinéfila tiene estas cosas. Hay quien se ha enfadado muchísimo, como si se estuviese gestando un remake de “Apocalipse Now” protagonizado por Justin Timberlake. O uno de “Taxi driver” protagonizado por Justin Bieber. Tocar un film de culto para generaciones de aficionados se ha convertido en una herejía. Vamos a ser sinceros, incluso yo mismo torcí el gesto un tanto airado cuando me enteré del asunto. Por eso las críticas que he conservado durante décadas, y que jamás entendí, ahora cobran sentido. Respondían a la misma indignación que todo aficionado amante del cine de Howard Hawks y concretamente de “el enigma de otro mundo” versión 1951, debió sentir cuando supo del estreno de una película sobre el mismo tema y que venía realizada por lo que entonces era un joven y prometedor realizador. Tocar el nombre Hawks y el Niby, ahí es nada. Estoy convencido que cualquier película les hubiera desagradado, molestado y hasta indignado, de la misma forma que indignó el “psicosis” de Gus Van Sant mucho antes de proyectarse en pantalla alguna.
Es una cuestión visceral que puede llegar a comprenderse en el aficionado, pero que me parece imperdonable en el analista. Sobre todo por que todos los que despreciaron con saña la película de 1982 olvidan algo esencial: “La cosa” de John Carpenter en ningún caso es un remake del film de Niby y Hawks, sino una aproximación libre al texto literario que le sirvió de base, Who goes there? obra de John W Campbell Jr, y sino veamos: “una mano de siete tentáculos se convirtió de pronto en una masa de mutilada carne que rezumaba un licor amarillo verdoso. El ser se lanzó sobre uno de ellos y el hombre descargó el hacha sobre lo que parecía ser, sin serlo, una extraña cabeza. Se oyó un terrible crujido y aquella carne hecha jirones y desgarrada se levantó nuevamente, desafiante, mientras una sombra de destructora amenaza penetró en el cuerpo de todos los hombres, aterrados”. Esos y otros muchos fueron los retos de Carpenter, y los resolvió entregando una obra descomunal que ahora es de nuevo revisitada en 2011 por otro director, en este caso novel, Matthijs Van Heijningen.
















Ante "the thing" en su versión de 2011, pueden adoptarse dos posturas. La primera, Olvidarse de él como ha hecho mucha gente. Total, todo lo que puede ofrecer esta historia lo podemos extraer tanto del estupendo clásico de 1951 como de la visión de 1982. La segunda opción es aventurarse y ver que ofrece en realidad esta nueva entrega y comprobar si en realidad es una operación comercial inoperante o hay algo más. Tras mucho pensarlo, pasé de la primera a la segunda opción. Confieso que entré a ver el film de 2011 con la intención de valorarlo por si mismo y olvidarme de lo que ya conocía. Pero ello resulta imposible, el film de Heininjen no te deja. Sobre todo por que se plantea como una precuela que teóricamente narra lo sucedido en la base noruega de forma que pueda conectarse un film con otro en cuanto a los sucesos, y que finaliza justo donde comienza el de Carpenter. En realidad, aunque ello es así, la precuela es en el fondo un remake sin disimulo alguno. Es más, se busca de forma insistente y obsesiva la identificación con el film anterior, olvidándose, eso si, del de 1951, el cual desde aquí recomiendo. Esta operación, que puede parecer suicida, cuenta sin embargo con varios alicientes. El primero, que se reproduce de forma muy fiel y fidedigna todo el aparato escénico y de diseño de producción hasta el más mínimo detalle. Quien recuerde la visita a la estación noruega en el film de Carpenter, se encontrará aquí con una reproducción exacta de todas las estancias y pasillos y con una fotografía francamente conseguida que calca el mismo tono cromático, tanto en exteriores como en interiores. La sensación ambiental de haber vuelto al lugar de los hechos es practicamente exacta, incluida la estancia donde se guarda el bloque de hielo.
El ritmo narrativo, sobre todo en su primera media hora, busca también esos medios tiempos y tiempos muertos del film anterior. Y el diseño de algunos personajes es también deudor del film previo. Se nota que existe un respeto casi reverencial hacia el film de Carpenter. Incluso podría decirse que lejos de buscar autonomía propia, el film de 2011 intenta hacer con el de 1982 lo que el propio ente extraterrestre, capaz de copiar exactamente las células de cualquier ser vivo. Aquí se trataría de asimilar celuloide. Y es cierto que por momentos se consigue cierta atmósfera semejante a la anterior, y que la devoción y el respeto por la obra previa son no solo evidentes, si no extremos, lo que provoca que no se haga trizas ni se machaque el antecedente, tal y como sucedió con “la niebla”.














Es curioso, por cuanto estamos ante una operación de mímesis de similares características a la llevada a cabo hace unos meses con el cine ochentero en “Super 8”, solo que con una diferencia que beneficia al film de Abrams. Es mucho más facil escanear y devolver a la vida el espíritu de films entretenidos y joviales como “exploradores” o “los goonies”, que resucitar la atmósfera de una compleja obra maestra con mayúsculas. Y ese es el auténtico talón de aquiles de “la cosa” versión 2011. Pretende medirse con un auténtico monstruo cinematográfico. Una obra cumbre donde se dan la mano forma y fondo de manera modélica. Carpenter es un narrador a la manera clásica, y dota de una inigualable textura a su relato que lo convierten en un elegante pasaporte hacia el horror nihilista difícil de imitar.
Por lo pronto, el film de 2011 nace con un espectador que posee mucha información sobre el tema. Todo lo contrario que el de 1982, cuyas primeras fascinantes imágenes provocan una insólita extrañeza. Un desasosiego e incertidumbre producto de una situación irracional, inexplicable, de la que solo surgen interrogantes inquietantes, infinitas preguntas sin respuesta que descolocan a los protagonistas y al espectador. Un lugar en el que en principio no pasa nada, se convierte paulatinamente  en un foco de sombríos y fatales presagios que estallarán de forma aberrante,atroz y voraz. Y ello es narrado por Carpenter con mano maestra y sobre la base de una premisa que llevará hasta sus últimas consecuencias. El piloto Mcready juega una partida de ajedrez contra un ordenador y al perder arroja su whisky sobre él destrozándolo. Auténtica metáfora de la película. El ser humano inteligente se enfrentará también a lo largo de todo el film a algo que lo supera con creces, intentará vencer con inteligencia, pero de forma determinista y oscura el film se encamina hacia un oscuro pozo sin fondo en una batalla perdida. Hacia la nada más escalofriante. Es la derrota del hombre, individualmente y como grupo. Y al final solo queda la autodestrucción, la aniquilación total.

















Ese fatum puramente nihilista impregna los poros de cada fotograma y del protagonista, quien pese a tener inequívocos aromas de western, posee  una carga introspectiva y reflexiva de héroe a disgusto muy particular, sabedor, casi desde el comienzo, de que la batalla está perdida. La razón irá dando paso sin tregua y sin pausa a las sombras más oscuras y siniestras en la base nevada de la Antártida. Y pese a que se suelen valorar las espectaculares apariciones del ente sin forma, que liberan una tensión acumulada, siempre he considerado que el verdadero valor de “la cosa” está en su progresivo, obsesivo e inalterable camino hacia la nada más abstacta, abyecta y atroz. Y muchos de sus valores están en su poder de sugerencia, que lleva a ideas cada vez más aberrantes sobre el destino que espera a los personajes. Es por ello que sus momentos más terroríficos están en aparentes y sugestivos tiempos muertos. En este sentido, la visita al campamento noruego es ejemplar. Carpenter nos muestra muy despacio y con suaves travellings el devastado escenario y los restos de algo que no se comprende, pero que se adivina enigmático, brutal, inenarrable. Otro tanto ocurre con el descubrimiento de la inmensa  nave espacial en medio del hielo, de gran hermosura visual, pero que da a los protagonistas la verdadera dimensión de que se están enfrentando a algo muy superior. O la inquietante autopsia de un ente indescriptible. O el pavoroso visionado de un vídeo recogido en la base noruega. O el abatimiento de Blair ante el ordenador al comprobar los datos que este arroja sobre el alienígena. O la desolación de Mcready hablando solo y dejando su fúnebre y tétrico testamento de lo ocurrido en un magnetófono, siendo plenamente consciente de que nadie va a sobrevivir. Todo ello sobre la base de un score fúnebre, escalofriante de Ennio Morricone y narrado con una elegancia y sentido del ritmo asombroso.














Y es ahí, entre plano y plano donde asoman los aromas de Lovecraft y las montañas de la locura, donde se da cita el infierno de Dante, donde aparecen tintes que recuerdan a Joseph Conrad y el corazón de las tinieblas,o de Edgar Allan Poe, sin perder de vista ciertos ecos de William Burroughs y del Nietzche más desaforado, el de Ecce Homo. Carpenter confiesa haber tenido muy en cuenta a Delacroix y su cuadro “la barca de Dante" también conocido como "Dante y Virgilio en los infiernos” así como todas sus versiones pictóricas como “la balsa de la medusa” de Gericault. Y es que el director se emplea a fondo a la hora de plasmar su visión del averno, del infierno más dantesco. Como si a la tierra hubiera llegado la versión más aberrante y perversa del mal, justo a un lugar inhóspito donde residen curiosamente doce hombres que conocerán de primera mano el apocalipsis en primera persona. Si, esta película no descarta tampoco una lectura bíblica.
Por tanto, no estamos solo ante un extraordinario film fantástico, con ciertos aromas de western clásico combinado con insertos del whodonit de Agatha Christie. Estamos ante una obra de profunda raigambre filosófica donde el determinismo de raíz nihilista vence al ser racional y que incluso permite lecturas diversas al amparo de una muy lúcida visión de la paranoia humana, la cual para colmo está expuesta con un pulso narrativo maestro. Su capacidad de sugerencia es tal que hasta Oliver Stone afirma que vio este film un par de veces antes de acometer “JFK”, cinta que también trata de un héroe enfrentado a un monstruo inabarcable de múltiples cabezas.















Obvia decir que los responsables de la versión de 2011 no alcanzan esas cimas, aunque estoy seguro que son conscientes de ello. No basta con fotocopiar el clima y ciertas soluciones visuales. Su visión, sin ser despreciable ni arrojar una mala película, está más a ras de suelo. Un terror en la Antártida que funciona como mecanismo narrativo pero que ciertamente se queda a cierta distancia de la obra cumbre que es el film de Carpenter.
De entrada, el ente digitalizado da mucho menos pavor, desde luego. Aun así, la idea de introducir a una paleontóloga mujer como private eye del relato, con el buen hacer de Mary Elizabeth Winstead, parece una solución acertada. Sobre todo para marcar cierta distancias con Kurt Russell en 1982, al que pese a todo aquí se homenajea a través del personaje del piloto. Y puede decirse que se consigue, aunque con menos fuerza que en el oiriginal, suspender la incredulidad del espectador cuando este personaje desaparece y vuelve a aparecer y sembrar las dudas en el equipo. Al igual que se palpa cierto pulso narrativo.
















En conjunto podría afirmarse que, pese a que los personajes estén menos trabajados, y la amplitud de miras  sea menor, esta nueva versión 2011 es en si mismo un film aceptable y curioso. Ahora bien, no todo el mundo narra como Carpenter, y las muchas deudas asumidas con el anterior film son muy evidentes. Y ni que decir tiene que esto nada tiene que ver con la propuesta de Howard Hawks y Niby, la cual daría por si sola para un artículo, razón de que no se incluya aquí. Habría que ver si esta gente, tan estudiosa del film de los 80, ha visto el de 1951, o ha leido el relato de Campbell. Podríamos llevarnos alguna sorpresa. Concluyendo, que estas operaciones de escaneado reflejan algo que ya se comentó y valoró respecto de “super 8”. Allí se hacía una pregunta retórica que ahora se repite ¿Es que el señor Van Heininjen no tiene nada propio y personal que contar?. En esas estábamos hace unos meses, y en las mismas seguimos ahora.    



viernes, 14 de octubre de 2011

REBECCA PIDGEON: CAMALEONICA


















Una de las frases que se repite con insistencia a lo largo de la obra de teatro de Terence Rattigan “The Winslow boy” hasta convertirse en su leit motiv es “que se haga lo justo”, auténtico motor de la acción, la cual no obstante toca muchos otros temas de índole personal, familiar, social y hasta político. La obra conoció dos adaptaciones cinematográficas, una clásica, concretamente de 1948 protagonizada por Robert Donat y Margaret Leighton y otra posterior en la década de los 90 de la que se encargó David Mamet y que protagonizaron Nigel Hawthorne (espléndido) y un Jeremy Northam realmente inspirado. Este último interpreta al prestigioso y en apariencia arrogante abogado sir Robert Morton, que ha de defender al cadete Winslow, al que se acusa de haber sustraido cinco chelines de la escuela naval, lo que le cuesta la expulsión. El asunto, que crea gran conmoción familiar, llegará hasta la cámara de los comunes, donde se debatirá mucho más que la injusta expulsión y las cinco monedas de marras. Es una cuestión de ética, de salvaguardar la dignidad y honor personal y familiar ante nada menos que la corona y el pueblo inglés. Sir Robert Morton llega a decir “hacer justicia es sencillo, lo difícil es hacer lo justo”. Vamos a agarrarnos a esa frase, que encierra no pocos interrogantes y derivadas abiertos al debate.













Y sirve de excusa esa frase, pues ya va siendo hora de hacer lo justo con una actriz que pertenece por derecho propio a ese grupo de excelentes intérpretes que jamás tendrán una estrella en el paseo de la fama ni pasarán al olimpo de la mitología cinéfila, y no por falta de méritos. Estaba un tanto olvidada esta sección relativa a la operación rescate de aquellos menos favorecidos por la diosa fortuna. Si alguien merece que de una vez se le haga justicia es la mujer que, precisamente en ese film, se convierte en uno de los pilares básicos de la trama hasta resultar inolvidable. La hermana del cadete e hija del clan, Margaret Winslow, librepensadora, lectora compulsiva, activa sufragista, confesa feminista y fumadora avant la lettre. La interpreta esa gran actriz y más cosas según veremos llamada Rebecca Pidgeon.


Parece casi un tópico decir que esta mujer ha vivido a la sombra de su pareja, el dramaturgo, guionista y director David Mamet. Como todos los tópicos no es ni mucho menos cierto. Es verdad que ha tenido papeles en las películas de Mamet, primero secundarios, como en “Homicidio” o “State and Main” y más tarde cobrando un merecido protagonismo, caso de “El ultimo golpe” “the spanish prisoner” o la ya citada “El caso Winslow”. Curiosamente en todas ellas compone personajes inteligentes, para los cuales está especialmente dotada. Huelga decir que hacer de tontita suele resultar más facil, eso si salvo que seas inteligente, como le pasaba a Marylin, en cuyo caso las cosas cambian, por utilizar un título de Mamet que convendría rescatar. En el caso que nos ocupa esta claro que su marido le regala papeles jugosos y de enjundia, y ella simplemente los aprovecha.
Rebecca Pidgeon, que no es extraordinariamente alta, ni rotundamente guapa ni atesora un cuerpo escultural, posee sin embargo un atractivo especial, genuino, sobre todo cuando le da por usar el sarcasmo y sacar a pasear su innata ironía. En “la trama” y “el último golpe” compone dos mujeres fatales que aparentan no serlo, siempre peligrosas, siempre con la navaja del sentido del humor afilado. A todo ello ayuda su sólida formación teatral. Esta es una actriz que interpreta con todo el cuerpo, comenzando por el uso dramático que siempre da a su cabello, pasando por su particular sonrisa maliciosa y terminando con una mirada penetrante,  tremendamente peculiar y transmisora de datos.
















Aunque posteriormente ha vuelto ha trabajar con su marido en “Cinturon rojo”, film a recuperar, su composición en “El caso Winslow” es de esas que no se olvidan. En ella sabe ser hija tolerante, hermana comprensiva, novia repudiada, deseada desde la adolescencia por un ser de segunda al que jamás amará y de caracter impetuoso, valiente y tenaz.
Sus duelos dialécticos con Jeremy Northam son antológicos, similares a los que tendrá aunque en otro registro con Gene Hackman en su siguiente película. En esos choques de trenes con el sexo opuesto Margaret Winslow se reafirma a si misma practicando con elevadas dosis de pasión, sarcasmo, cinismo e inteligencia la más pura flema británica, esa que siempre oculta un verdadero volcán tapado por las formas. Un personaje dónde la lucha feminista y sufragista se dan la mano con los prejuicios hacia determinado tipo de hombre, justo el que encarna el arrogante abogado. Su relación viene marcada por diferentes enfrentamientos absolutamente vibrantes y que convergen en una conversación final, absolutamente deliciosa, pasional, emotiva e irónica que remata una película redonda que se nos ofrece como una auténtica pieza de cámara con interpretaciones de lujo.



En realidad todo el film es una auténtica lección de austero y clásico cine victoriano que por su profundidad de campo y alcance pasa por la piedra a otras muchas producciones fastuosas de época que se quedan solo en la epidermis. Por cierto, con una banda sonora magnífica que puntúa los momentos álgidos de un retrato familiar extremadamente minucioso. Un film extraordinario sobre el que habrá que volver con más detenimiento.
Sin embargo, la faceta como actriz de Rebecca Pidgeon no se limita a participar en las películas de su marido. Ha trabajado en films nada despreciables e interesantes como “Edmond” “Cat City” o un curioso film que da la vuelta al más puro estilo Bollywood titulado “Provoked”, e incluso se ha permitido meterse en un extraño coctel de espionaje y acción titulado “Red”, un pasatiempo junto a Helen Mirren y John Malkovich, que no son mala compañía. También ha hecho mucho teatro.


¿Terminamos aquí? Pues no, ni mucho menos, ya que Rebecca también es cantante, faceta en la que también ha tenido un discreto discurrir. Es más, ella misma se define como song & songrwiter, o lo que es lo mismo, cantante y compositora. Ha practicado el bluegrass cercano al jazz, y hasta ha coqueteado con el country. Y ella solita se embarcó no hace mucho en una gira titulada “wine, woman and song tour” en la que presta ayuda con su música y su apoyo organizando conciertos gratuitos a las granjas vinícolas afectadas gravemente por la crisis en un programa titulado wine of the rocks. Ha publicado tres discos. Y es evidente que no ha triunfado.
















La vamos a dejar con un tema que ella ha intentado llevar a su terreno. Y conste que se ha metido en un auténtico campo minado en esta ocasión. Lo digo por cuanto se trata de una versión de un tema mítico de los Beach Boys, y a nadie se le escapa que sus fans son legión, y pueden sentirse un tanto ofendidos al escuchar una versión muy peculiar de uno de sus temas clave. Rebecca le aporta un tono menos surfista y playero y mucho más intimista y naif, una versión bucólica y pastoril acorde con una visión más cercana al toque que podria darnos un cantautor que pretende susurrarnos dulcemente al oido lo que en su versión original no deja de ser un auténtico y potente hit. El resultado aunque resulta ocurrente, delicado y muy personal muestra perfectamente cuales son tanto sus virtudes como sus límites. Ahí dejo el tema.Volviendo a su carrera de actriz, sería una pena que se fuese diluyendo en el olvido su sensualidad y su saber hacer. Por si acaso estaremos atentos a la evolución de esta actriz camaleónica de muchas caras, y que muda de piel constantemente sin dejar de ser ella misma.