viernes, 11 de septiembre de 2026

LA FIESTA DEL FIN DEL MUNDO


Se pregunta Silvia Bardelás sobre ese curioso fenómeno que nos permite a los seres humanos asistir de forma lúdica, con un refresco y unos nachos, a la contemplación del apocalipsis en una sala de cine. Ahora incluso con sillones reclinables. Cabría responderle que se hizo toda la vida y bastaría recordar el gran éxito que tuvieron las películas de catástrofes que curiosamente siempre proliferan en sociedades en crisis. No obstante Bardelás introduce un matiz interesante. No se trata ya de pagar una entrada y comprarse unas palomitas para ver como Nolan diserta y te muestra la construcción de la bomba atómica y su explosión o ver el exterminio en “la Lista de Schindler”. Ambos son acontecimientos históricos pasados que se revisitan. Ahora, con la amenaza real del cambio climático o el advenimiento de una nueva era de intolerancia, también podemos pagar para entretenernos viendo como nos consumimos. Podemos entrar al cine huyendo de la enésima ola de calor a 45 grados, para ver al fresco y con aire acondicionado la devastación del planeta









Resaltar que no se trata ya de la posibilidad de ver un espectáculo pirotécnico que convierte el fin del mundo en un flim de aventuras  como “Greenland”. O de disfrutar de distopías en mundos post apocalípticos como “Soy leyenda” o “the last of us”. Hoy, podemos ir al cine a ver nuestra propia degradación y al análisis del fin de los tiempos tanto físicos como sobre todo morales. En “la vida de Chuck” asistimos al relato de lo que pudo haber sido y no es. En un primer acto prodigioso y excelentemente narrado Mike Flanagan nos dibuja el “this is the end” de the Doors de un típico barrio residencial. Con excelente pulso narrativo vamos viendo como los móviles y la tv dejan de funcionar, las plantas pierden vigor, la luz se va y como incluso las estrellas se van apagando en un escenario nihilista en el que el ser humano se da cuenta demasiado tarde de su propia responsabilidad en este proceso autodestructivo en el que ya no va a venir un ET a recordarnos que cuidemos nuestra casa. Y Flanagan (y Stephen King autor del relato) en los dos actos siguientes que componen el tríptico nos recuerda que pudimos tener un mundo diferente en el que seres humanos que no se conocen son  capaces de construir algo armónico y musical que funciona a partir de la anécdota de una chica que toca la batería en plena calle. Maravillosa la escena del baile improvisado en un lugar cualquiera en contraste a la melancolía (que recuerda a la de Lars Von Trier) del fin de los tiempos, en lo que lo primero que falla es la comunicación que ahora es digital.




Dice Santiago Beruete en su libro “Filosintesis” que no hemos sabido cuidar nuestro jardín y que por eso se muere. Y que toda esperanza pasa por asumir una conciencia viticultora en la que cada cual asuma que todos tenemos nuestra responsabilidad a la hora de mantener el planeta- jardín libre de malas plantas y aseado. La metáfora es tan bonita como naif ya que olvida en parte la dimensión moral. En la película “Anniversary” Diane Lane es una profesora de filosofía que en principio ha cuidado maravillosamente su jardín. Es la matriarca de una familia de espíritu felizmente capriano en la que reina la tolerancia y la camaradería, el libre pensamiento, la conciencia responsable y el buen humor. Pero a ese jardín armónico se incorpora como pareja de uno de sus hijos una nueva flor de aspecto cándido y precioso (para la que en un acierto de casting absoluto el director ha escogido a la protagonista de “Los Bridgerton”). Un ejemplo de belleza, amabilidad de porcelana y buenos modales, que no obstante resulta ser una recluta perfecta de esa nueva era negacionista que cree firmemente que los viejos principios democráticos están podridos y caducos y es imperioso instaurar un nuevo orden, mundial por supuesto. Ese en el que el individuo pierde sus derechos en favor de una nueva era totalitaria e intolerante.  




La película nos va narrando a través de las sucesivas celebraciones de aniversario del matrimonio en la casa familiar, la degradación ética, familiar y global de ese presunto jardín en el que reinaba el libre pensamiento y los valores. Y el personaje de Diane Lane, profesora de filosofía que tuvo como alumna al germen de la intolerancia, aunque lo detecta a tiempo, nada puede hacer para evitar el derrumbe social y el apocalipsis moral.

Curioso como “Anniversary” tal vez sin pretenderlo está íntimamente relacionada con otros dos films que abordan el tema. Por un lado “Civil war” de Alex Garland, se convierte en el perfecto espejo, ya que si en “anniversary” nunca salimos del jardín familiar y no vemos la devastación exterior, la película de Alex Garland nos muestra el pavoroso paisaje tras la batalla.  Un nuevo desolation row. Y nos plasma las consecuencias a pie de calle de todo lo visto en ese ámbito familiar en el que nunca se sale de la casa con piscina. Esa que era paz y camaradería al comienzo y que con la implantación de lo totalitario ya no sirve ni como bunker. Ambas protagonistas son testigos directos pero pasivos del apocalypse now. Tanto Diane Lane como Kirsten Dunst resultan ser dos private eyes de excepción del desmoronamiento de una sociedad. Y asisten en primera fila, derrotadas, aterradas e impávidas a la fiesta del fin del mundo según lo describe Natalia Castro Picón.



Curiosos los paralelismos también entre “anniversary” y otra película que afronta el gran problema del ser humano desprovisto de moral, sin atributos. Y que retrata sin piedad una sociedad que asume su degradación con asombrosa naturalidad. Nos referimos a la escalofriante “la zona de interés”. En ambas apenas vemos el horror exterior que sí nos muestra en contraplano Alex Garland en “Civil war”. Pero si en “anniversary” asistimos a una versión siglo 21 de lo que ya nos mostraba Frank Borzage en “Tormenta mortal”, en la que los intelectuales contemplan con pavor la instauración de un nuevo régimen, en “la zona de interés” se da un paso más en el análisis ético del ser humano sin conciencia. Jonathan Glazer radiografía con una frialdad quirurjica milimétrica como la banalidad del mal es capaz de convivir con el horror mientras se prepara una merienda de cumpleaños.



Queda preguntarse si la mirada del espectador que busca respuestas o simplemente distraerse durante dos horas es inocua a este tipo de relatos que nos tocan tan de cerca y en primera persona. Se supone que el hombre ilustrado busca en el séptimo arte enaltecer sus sentidos, emociones, intelecto y pasiones. Pero no queda claro si nuestra mirada ingenua ante la pantalla es la del sujeto pasivo que observa como un epicúreo la belleza estética del desastre apocalíptico o bien se reactivan los resortes éticos ante discursos tan contundentes. La cuestión sigue siendo si entre una palomita y otra, tomamos un trago de refresco valorando la hermosura del plano o bien somos conscientes de que la conciencia simplemente estaba adormecida, echando una pequeña siesta y admitimos que ciertas películas no son sólo un pasatiempo lúdico. Se atreven a formular dialécticas sobre nuestro tiempo en forma de excelente celuloide. Lo que es palmario es que nunca podremos decir que el cine no nos avisó.


viernes, 28 de agosto de 2026

EL CLUB DE LOS POETAS ABANDONADOS

 


En ocasiones conviene recordar que no todo el mundo puede formar parte del equipo del entusiasta profesor Keating en “El club de los poetas muertos”. Se ha convertido en una especie de totem fílmico aquella escena en la que el profesor lleva a sus alumnos a contemplar los retratos de antiguos alumnos ya fallecidos mientras les susurra el “carpe diem”. Esa invitación a la creatividad y a construirse a sí mismos lleva a los alumnos a reunirse en una cueva mientras beben y recitan versos y soflamas al creer haber roto ciertas cadenas. Aunque siempre me llamó particularmente la atención aquella escena en la que colocados en fila y a orden de silbato, cada alumno tomaba aire, cogía carrera y decía una frase presuntamente aleccionadora antes de dar con fuerza una patada a un balón. Una implosión de energía liberada para exprimirle el jugo a la vida, según el profesor Keating. Es el momento exacto en el que, a poco que se reflexione, se advierte que en ese ejercicio naif hay algo que no termina de cuadrar. Y más aun si se piensa en todos aquellos que jamás pertenecerán a ese club, ni glorificarán el carpe diem gritando al viento oh capitán mi capitán!



El concepto de poeta maldito fue glosado por Paul Verlaine citando a Baudelaire y Rimbaud entre otros. Y a la hora de perfilar sus características se refería a su vida atormentada y a la incomprensión de la sociedad de su tiempo.  Poetas que fueron víctimas de la censura y el escarnio público y que en muchas ocasiones su estilo de vida y su obra representaban a la perfección al poeta rechazado por la sociedad, que se entregaba al desenfreno para mitigar el tedio que les suponía habitar un mundo que no les comprende y sobre el que sienten un profundo y pronunciado hastío. Existe una segunda acepción de poeta maldito, muy relacionada con la anterior, y es el del poeta torturado presa de mil anhelos que rompe folios sin parar y bordea la autodestrucción dado que considera que ninguno de sus versos están a la altura de la suprema belleza a la que aspiran. Incapaces de lograr la maldita perfección en un tortuoso camino a caballo entre el sacrificio y la belleza. En ocasiones con el suicidio como telón de fondo. Pasacal Quignard afirma en “morir de pensar” que el razonamiento y aun más si es en el anhelo y la indagación poética conducen inexorablemente a la melancolía. Y que tanto el pensador como el poeta navegan en muchas ocasiones entre brumas y sin brújula



En este contexto y con estos antecedentes se produce el estreno de “Un poeta”, película colombiana dirigida por Simón Mesa que nos narra las desventuras y miserias de un poeta fuera de espacio y tiempo. Malviviendo cual Dante su particular purgatorio existencial. Desastrado, sufriendo humillaciones hasta de su propia familia que lo ve como una carga, de designio claramente fatalista y errático, y para colmo en su condición de outsider sin rumbo, siendo víctima de la sociedad cultureta de hoy, aquella que desde organismos públicos varios e instituciones dice gestionar la cultura, constituyéndose esta en el autentico veneno de la serpiente, lo que la película retrata sin piedad. Sería muy reduccionista afirmar que “Un Poeta” es la crónica de un fracasado y un canto a la derrota. La película va mucho más allá, mostrándonos un caleidoscopio que convierten al protagonista, en una mixtura entre el Jorobado de Notre Dame de Victor Hugo, las ilusiones perdidas, una revisión fantasiosa, prosaica y cruel del ingenioso hidalgo de la Mancha y la filosofía vital de supervivencia de barrio del Chavo del Ocho

Un derrotado en el primer asalto que vive de forma ilusoria y choca una y otra vez frontalmente con una realidad que destruye sus molinos de viento de un plumazo. No obstante, su obstinación en la creencia de un mundo poético que está ahí, a la vuelta de la esquina esperándonos a todos, le harán levantarse con una mezcla de insistencia y resignación estoica una y otra vez. En el colmo del delirio y haciendo de la derrota dignidad este ser vapuleado, del que Ubeimar Rios  hace una composición extraordinaria, no dudará, en un instante ebrio en disertar sobre la función social de la poesía en plena calle y frente a un homless como único espectador. Resumen de lo dolorosamente poético y atribuladamente arriesgado de su quijotesca empresa Y aún más, haciendo gala de los paralelismos anunciados cree vislumbrar la chispa del genuino y auténtico talento literario en una joven de la que se convertirá en tutor haciendo de esta empresa un trasunto literario a la de la simpar Dulcinea en una versión colombiana de May fair lady de funestas consecuencias. Por tanto quien espere un dibujo fílmico del escritor atormentado cargado de tópicos alrededor del fracaso, lo bohemio, el alcohol y la vida disoluta, apercibirle de que aquí estamos lejos de los retratos crepusculares que el celuloide ha realizado con autores como Henry Miller o Charles Bukowski



Para Oscar Restrepo, el último ancla, su proyecto de Pigmalion,  tampoco resulta como se esperaba. Su posibilidad de acercarse al profesor Keating estimulando la creatividad  de otros no termina de cuajar. Una lástima que la chica esté lejos de ser el embrión de una nueva Carson McCullers, y para su desgracia este mucho más próxima a la pícara Chilindrina del Chavo del Ocho, la cual junto a su familia intentará sacar provecho económico del asunto.

Particularmente preciso el retrato que Mesa realiza una vez más sobre los popes oficiales de la cultura a los que “Un Poeta” coloca en su sitio. Quedan algunas cuestiones. Dada su condición humilde y viéndolo humillarse participando en un magazín televisivo entre recetas de cocina y casquería varia, cabe preguntarse si dada su bonhomía y su estoica actitud le veríamos lanzando un slogan y golpeando un balón como método infalible para revitalizar su carpe diem. Da la sensación de que los duros y sucesivos reveses vitales le harían torcer el gesto ante las proclamas vitalistas del profesor Keating, el cual no olvidemos también sale derrotado pese a su entusiasmo. Por otro lado, el concepto de poeta maldito, hoy en día tan manoseado y en el que se confunden muchas veces vidas disolutas con la obra en si misma, a nuestro protagonista le quedan un peldaño por debajo. Su desgracia vital y sobre todo artística van más allá de los corsés, etiquetas literarias y malditismo de vanguardia. Y en el fondo nos interpela a todos como sociedad. Tal vez no hayamos percibido aún que con una propuesta tan valerosa como “Un Poeta” no asistimos al fracaso de un hombre ridículo, incomprendido y abandonado a su suerte, sino a la radiografía de nuestro propio fracaso como sociedad, esa que se permite el lujo de menospreciar y tirar a la basura todo lo que este hombre representa sin atrevernos a mirarnos al espejo. Si hay un club de poetas abandonados, es debido a que los abandonamos nosotros

 

domingo, 10 de mayo de 2026

LA BESTIA DE LA GUERRA

 


Hay que confesar que en ocasiones, el aficionado al cine, llevado por una primigenia ingenuidad adolescente, se mete en innecesarios berenjenales y ejercicios contra natura visionando films contra los que de entrada tiene serios prejuicios. Luces rojas que advierten que no se debe tomar un desvío que puede llevar a una autopista al infierno fílmico o a un Silent Hill en forma de celuloide sin salida posible. En el caso que nos ocupa, tres son los severos prejuicios que ha habido que vencer. Ante todo el título. Nada menos que como “ángeles del desierto” han traducido el Dirty angels original. Que para un film que se desarrolla en contexto bélico se intuye que no va a remitir precisamente a aquellos ángeles perdidos con Montgomery Clift en la segunda guerra mundial, desolador melodrama con claro sabor neorrealista sobre la orfandad que detallaba como se truncaban las vidas de los más inocentes, los niños, en conflictos bélicos a gran escala. Tampoco estamos en la senda de "ángeles sin brillo" de Douglas Sirk. Por desgracia, este título nos lleva a los inefables aromas de otros ángeles, los de Charlie en misión bélica, lo cual no es precisamente el mejor augurio.

  

El segundo prejuicio viene dado por la constatación de que la velocidad a la que circula la realidad geopolítica actual es mucho mayor que la evolución de los clásicos géneros cinematográficos. En el desquiciado contexto sociopolítico actual, articular un proyecto cinematográfico en el que un grupo de soldados de élite norteamericanos se enfrascan en una peligrosa misión en Afganistan para liberar a unos rehenes, choca frontalmente, hoy más que nunca, con una realidad brutal. Y es que intentar en 2026 reproducir los viejos cánones genéricos mostrándonos una vez más al cuerpo de élite yanki como salvaguarda de las esencias democráticas occidentales y como libertador de pueblos oprimidos sin derechos, tropieza de forma grave con la realidad aberrante del énesimo bombardeo que nos muestra día tras día cualquier informativo. Luego convendría recordarles a ciertos directivos de los estudios que resulta como concepto un tanto delirante plantearse un “comando en el mar de china” o unos patos salvajes actualizados al siglo 21 ya que la realidad hoy es otra. Una muestra más del desquicie absoluto en el que viven los ejecutivos de Hoollyood  atrapados en una red de franquicias sin fin, remakes imposibles y repetición de fórmulas caducas.



Hay más. Ya que esta película pretende además presentarse como novedosa reformulación en clave feminista del asunto. Es decir, que conforme a los dictados de la nueva era, hoy se ha convertido en moda impuesta que ahora los doce del patíbulo en misión suicida lo forme un escuadrón exclusivamente femenino. En unos tiempos en los que ya se comienza a hablar de autodestrucción woke, este film se nos presenta como presunta avanzadilla feminista de lo políticamente correcto. Y si hemos visto desfilar por la nueva pasarela fílmica a actrices como Jessica Chastain o Angelina Jolie haciendo exactamente lo mismo que Jason Stathan ahora parece que el turno le toca a Eva Green. 

Y es aquí donde conviene decir basta de prejuicios, por cuanto la primera sorpresa que depara esta cinta es que contra todo pronóstico y adelantémoslo ya, Eva Gren está espléndida en su composición de soldado de mirada torva, herida en lo más profundo, de apariencia amoral, anárquica, individualista y mal hablada, pero cuyo rasgo distintivo es estar en continua batalla no con el enemigo, sino con el rígido y caduco estamento militar al que pertenece con el que mantiene una relación de desprecio mutuo. La protagonista odia profundamente en lo que se han convertido las guerras y sus ejércitos. Y fruto de ello es una rara avis, un verso suelto en el marco de las actuales guerras tecnológicas con drones y bombardeos teledirigidos desde una pantalla que han olvidado el factor humano.



Y es que en ocasiones los prejuicios no son sólo más que eso. Pese a todo lo dicho, estamos ante una película vibrante, bien narrada, áspera y que no solo retrata el desmoronamiento moral de un mundo en constante guerra sin sentido, sino que se permite certeros apuntes sobre la condición humana llevada al límite en tiempos en los que la brújula ética ha perdido completamente el norte. Los soldados de este film rememoran por momentos el fatum patológico y desesperado de cintas pesimistas como “En el valle de Elah”, aunque su apariencia formal parezca una nueva entrega de “The old guard”

Sorprende que esta película haya obtenido un sonoro fracaso comercial por cuanto se podría decir que es prima hermana de otras dos notables. Una mixtura a caballo y con muchas semejanzas entre “Mad Max Fury Road” y aquel extraño western de Ron Howard titulado “Desapariciones”. La pesimista soldado de inquebrantable independencia y tozudez que encarna una soberbia Eva Green, en su papel de nihilista y obstinada héroe a la fuerza, está muy cerca de aquella Charlize Theron huyendo del sumo patriarcado postapocalíptico con unas ninfas vírgenes en la película de George Miller. Del mismo modo que se acerca también a aquella Cate Blanchett que se adentraba en una misión también infinita y obsesiva en busca de sus hijas raptadas por los indios en el film de Howard.



Y es cierto que la coartada que se emplea es un tanto naif y rebuscada. Nada menos que tal y como sucedía en “Argo” utilizar el disfraz y el engaño. En este caso, hacer pasar al comando femenino por una ONG de ayuda humanitaria que reparte medicamentos para adentrarse en el corazón de los grupos extremistas talibanes y proceder al rescate de las ninfas sometidas, tal y como ocurría en “Mad Max Fury Road”.

El film, no exento de tópicos del género, no se queda sólo en la tensa acción vibrante, sino que afortunadamente se permite reflexiones sobre el presente. Eva Green en primera persona es consciente de que, aunque no haya leído a Nietzche, en el mundo actual se ha movido tantas veces y en tantas direcciones la línea que separa el bien del mal, se ha cruzado en tantas ocasiones, que el ser racional vive desnortado, azotado por una tormenta interna en la que todas las piezas del tablero han sido dilapidadas y la reflexión ética y la razón parecen haber pasado a mejor vida. Su forma obsesiva rayando en la locura de cavar a pala unas tumbas tanto de soldados como de afganos muertos en una refriega es el retrato del hombre moderno  absorto y sin respuestas en un mundo desquiciado.



Queda una película que no es redonda. Típico caso en el que un planteamiento desarrollado en la mesa de los estudios caduco, cargado de tópicos y fuera de foco puede ser superado en manos de un director con mano y personalidad (Martin Campbell) que aprovecha un guión cartesiano para ir más allá, dejar su firma y colar entre línea y línea a través de un personaje potente una radiografía lúcida y pesimista de un mundo sin brújula. A la vez que realiza un scanner bastante preciso de la bestia de la guerra. La soldado mal hablada, irascible, enfadada con el mundo y prima hermana de Harry el sucio se sorprende a si misma manteniendo una larga conversación sobre música con un afgano ¿Posibilista? Puede. Pero aquí Martin Campbell nos dice que tal vez no esté todo perdido. Y que el cine en ocasiones sirve para recordárnoslo