Uno de los últimos fallidos fenómenos a nivel cultural es la resurrección de los superhéroes. No ya el héroe a secas sólo ante el peligro, sino el superhéroe. A grandes males, grandes remedios. Los sociólogos lo asocian a un movimiento pendular propio de todo periodo de crisis. Si quienes debieran ocuparse se ven incapaces, de forma espontánea y como reacción última siempre habrá quien se atreva a explorar más allá de la frontera. El deterioro de la sociedad de consumo y la quiebra de los pilares democráticos pueden empujar a algunos a buscar soluciones ensoñadoras, fantasmagóricas y ubicadas en el reino de la fantasía. El superhéroe entonces, no sería ya solo un mero divertimento que corre múltiples aventuras, vence a los malos y salva a la chica, sino que se convertiría en el guardián de la sociedad entera y sus valores olvidados.
Sin embargo, hasta ellos han sufrido un gran desprestigio. Hoy, en estos tiempos de ilusiones perdidas, todos sabemos que no será Batman con sus artilugios quien nos saque del atolladero. Eso sirve como fútil evasión, pero la realidad es tan aplastante que el malestar de la cultura implica que ya nadie espera milagros con capa y disfraz. Tampoco andamos sobrados de intelectuales que piensen y maduren soluciones globales a corto plazo. De ello ya se ocupó Nietzche en su demoledor ensayo “El ocaso de los ídolos” en el que de forma furibunda aplicaba su filosofía a martillazos tanto a los pensadores antiguos como a los valores decadentes de occidente.
Ante este panorama restan otras opciones: Por ejemplo, contratar a los achacosos mercenarios reclutados por Stallone. Mal negocio. Otra cosa. Se podría apostar por la respuesta contracultural. Pero Andrew Potter ya nos explicó que la contracultura se ha convertido en otro gran negocio. Existe también la opción de enfundarse uno mismo el pijama a lo Kick Ass, de resultados discutibles. En último término, como siempre, queda agarrarse y confiar en el ciudadano anónimo, el hombre o mujer de la calle que es capaz de alzarse y remover conciencias e incluso intentar con otros iguales dar un giro a la situación. Es curioso que finalmente nos acordemos por fin de ese que tantas veces fue descrito como el hombre sin atributos.
Por tanto, olvidando a Thor, Batman, el Capitán América, James Bond y cía ¿Qué nos ofrece el cine contemporáneo como ejemplo de hombre corriente e incluso héroe involuntario? ¿Quiénes son los Juan Nadie a día de hoy? Dos ejemplos van a servir para trazar una curiosa dialéctica. Dejemos que se presenten ellos mismos. El primero fue aquel que dijo “puede que yo no sea muy listo, pero sé lo que es el amor”. También dijo aquello de “Se puede decir mucho de una persona por como son sus zapatos, a dónde van, donde estuvieron, yo he tenido un montón de zapatos” y por supuesto dejó claro que “tonto es el que dice tonterías”. Por supuesto, es Forrest Gump. Un tipo ingenuo y muy entrañable, genuino, fiel amigo de sus amigos y enamorado de Jenny incluso antes de verla, cuando sólo había escuchado su voz. Aunque su niñez en Alabama fue difícil, un cúmulo de circunstancias puramente casuales y sus habilidades físicas le llevarán a ser todo un fenómeno de masas. Su expresión de incertidumbre mirando a su hijo pequeño y dudando de su capacidad como padre debido a que es consciente de su propia condición borderline, es de esos momentos impagables que de vez en cuando nos regala el cine.
El segundo es también otro tipo ingenuo e idealista, muy célebre en su comunidad y en el planeta entero por su vitalismo. Vive en una falsa burbuja- urbanización de lujo llamada Seaheaven. Una isla de la que no ha salido jamás. Debido a ello posee una mentalidad preadolescente. Mirándose al espejo por las mañanas imagina historias y dice cosas como “si no llego vivo a la cima, utilizad mi cuerpo como alimento alternativo ¡qué guarrada! pero aún así ¡comedme maldita sea, es una orden!”. También está enamorado perdidamente y a piñón fijo de una mujer, Silvia, a la que solo ha visto un par de veces. Se llama Truman Burbank y es observado en dos dimensiones. Por todo el planeta en la trama, y a su vez por el público en la sala de cine.
Ambas cintas nos presentan a dos tipos peculiares, distintos y únicos que se convertirán en el centro de la atención global. Pero ambas películas son muy diferentes. Mientras que “Forrest Gump” se encuadra dentro del clásico film río a la americana que apuesta por los sentimientos, “El show de Truman” es un incisivo film de tesis. Aunque bien mirado, ello es así sólo en teoría, por cuanto en la práctica ambos son dos auténticos concentrados de píldoras ideológicas, cada uno a su manera.
No voy a cometer la torpeza de meterme con el personaje Forrest Gump, al que resulta imposible odiar. Todo lo contrario, derrocha humanidad a raudales y a uno le encantaría tenerlo como vecino. Pero ello no impide decir algunas cosas respecto de quienes han configurado ese personaje y cuál es su papel en la trama. No se debe olvidar que el propio eslogan del film dice “the World will never be the same once you`ve seem it through the eyes of Forrest Gump” o bien “el mundo no volverá a ser el mismo una vez lo hayas contemplado a través de los ojos de Forrest Gump”. Luego no estamos sólo ante un melodrama autónomo de carácter sentimental, sino ante una fábula con moraleja y mensaje. Ningún problema habría si se tratase de lo primero, pues la película funciona estupendamente y posee muchos buenos momentos líricos en los que se logra la buscada empatía con el personaje y sus peripecias.
Todo da un giro muy importante y de gran calado cuando uno detecta y descubre que no sólo se va a ver el mundo bajo el prisma del entrañable Forrest, sino que el director y el guionista también tienen mucho que decir. Forrest hará las veces de correo diplomático. Es por ello que resulta coherente que Forrest no sea capaz de apreciar que es utilizado como objeto en un campeonato mundial de ping pong para estrechar lazos con el bloque del este. Del mismo modo que es coherente que Forrest no sepa a que ha ido a Vietnam. Su condición de borderline se lo impide. Su coeficiente intelectual le permite desarrollar su bonhomía y todo aquello que su aplastante sentido común y un corazón inmenso son capaces de dar. Por eso todas sus motivaciones son fruto del amor, la amistad o la lealtad. Lo que no es poco.
Sin embargo Robert Zemeckis y su guionista Eric Roth, edulcorando la novela de Winston Groom, no pueden evitar impartir lecciones de ciudadanía y consejos morales convirtiendo a Forrest Gump en un ejemplo del que todos tendríamos mucho que aprender. Un modelo a seguir a partir de un sinfín de enseñanzas. En el fondo, nuestra vida sería mucho mejor y más rica si no tuviésemos la fastidiosa manía de pensar. Todo se convierte automáticamente en más fácil y simple. Sin cuestionar nada ni plantearse ningún interrogante sobre el mundo en que se vive. Acogiéndose a una máxima que sirve para todo y que se convierte en leit motiv de la película. Esa que dice que “el mundo es una caja de bombones y nunca sabes cual te va a tocar”.
La doctrina Forrest, que más bien habría que denominar doctrina Zemeckis & Roth, pese a estar tamizada por el barniz sentimental emerge cristalina. Pasando por el mundo de puntillas se sufrirá menos ya que sólo se tendrán problemas sentimentales, como Forrest. El resto parece ser que nos los buscamos nosotros solos. Y como muestra sólo hay que ver el tratamiento que se da al resto de personajes de la función. A Jenny (Robin Wright) el azar le llevó a equivocarse de bombón. Y eso marcó su destino para siempre. Va de problema en problema y el guión termina castigándola muriendo de sida. Y sólo debido a que tuvo el valor de vivir y equivocarse. Debió hacer caso a Forrest y no haberse metido en líos.
El teniente Dan (Gary Sinise) también recibe lecciones éticas del presunto retrasado. No es conveniente pensar y atormentarse sobre las razones que te llevaron a participar en una guerra injusta y acabar mutilado en Vietnam. Mejor olvidar cuanto antes, o en todo caso dejarse adoctrinar y considerar que tuviste mala suerte y que, nuevamente, te tocó el bombón equivocado de la caja. Y por supuesto debe borrarse todo cuestionamiento político de la guerra y de la sociedad en la que vives y buscar lo simple. Por ejemplo, ir a pescar gambas en barco. Forrest te está esperando. Como dice la canción d’ont worry, be happy.
Una vez asumido el mensaje todo cuadra en la boda de Forrest, a la que todos los protagonistas acuden dóciles y solícitos con la lección aprendida y con la sumisión como bandera. Navegando por el río de la vida sin meditar ni cuestionar absolutamente nada. Sin hacerse demasiadas preguntas y atribuyendo cada avatar o desgracia a un bombón defectuoso. Estamos ante una representación inequívoca de “El hombre unidimensional” según Herbert Marcuse.
No obstante, un aspecto debe quedar claro y en ello la película es muy hábil. No puede exigirse otra cosa a Forrest dada su condición intelectual. La trampa dramática y moral consiste en que la película (no el personaje) pretende que todo el mundo se aplique esa misma doctrina, la cual conduce a lo que todo sistema de poder ansía. Y no estamos tan lejos del íntimo deseo controlador y en el fondo represor que ya reflejó Orwell de 1984, aunque el ambiente costumbrista lo impide. Estamos más cerca de Aldous Huxley en “Un mundo feliz” un modelo que puede hacerse extensible a todo sistema y que tiene un único propósito: fabricar una sociedad anestesiada en la que cada individuo termina por considerarse afortunado pese a mil desgracias propias o ajenas, ya que la vida es un don sin atenuantes de ningún tipo. Un mundo en el que se deben dar gracias continuamente olvidando injusticias y atropellos, como si ambas cosas fueran incompatibles.
Por suerte hay ejemplos distintos y personajes diferentes. Sin ir más lejos Ron Kovic, nacido el 4 de julio y cuya vida fue llevada a la pantalla de forma lúcida, brillante y acerada por Oliver Stone. Pero estábamos con Truman Burbank. Este, como Hamlet, practica el arte de hacerse el loco ya que hay cosas que no le cuadran en su entorno. Debido a ello está a punto de dar un vuelco a su vida: “Creo que me están manipulando ¿nunca has pensado Marlon, que tu vida ha sido conducida en determinada dirección? Estoy pensando en largarme”.
Truman es el perfecto ejemplo del ser racional que cuestiona el mundo en el que vive, un habitat carente de toda mutación, negado a lo ilusorio. Ello lleva a hacerse interrogantes y sacar conclusiones muy claras. Ante todo, Truman percibe que es el centro y paradigma de ese axioma con visos de conjetura que dice que toda realidad oculta un misterio. Incluso antes de desvelarse lo que oculta la tramoya ya piensa que su destino no debe estar construido sino que el rumbo lo ha de trazar él. Parece que hubiese leído a Habermass cuando decía que no se debe confundir tolerancia con sumisión. O más bien el ensayo de Vance Packard “Las formas ocultas de la propaganda” en el que se pone de manifiesto como determinados psicólogos y sociólogos se han convertido en publicistas con el fin de vendernos ideas de todo tipo para confundirnos.
Lo curioso es que toda la carga sentimental que nos ofrece “Forrest Gump” en “El show de Truman” es puesta al descubierto como un ardid para atrapar al personaje. Los recuerdos del álbum familiar, el reencuentro con el falso padre perdido o la amistad prefabricada del amigo son utilizados para remover el corazón de Truman y de la masiva audiencia televisiva del programa. Pero su falacia no se oculta al espectador en la sala de cine, que por cierto, ha pagado su entrada por ver una ficción, no para recibir revelaciones. Peter Weir pretende que tanto Truman como el espectador descubran al tiempo el final de la utopía. Truman ve el anzuelo y decide romper cadenas, cuestiona la autoridad del padre y ejercita su libertad al precio que sea. Detrás está Crhistoff (Ed Harris).Y más atrás Peter Weir. Pero la gran cortapisa de Weir (que también maneja hilos) es que puede hacer libre a Truman, pero no al espectador cuando salga por otra puerta, la del cine.
Un ejercicio curioso de carácter interactivo que aprobaría H.G Welles podría consistir en colocar a cada uno de ellos en el contexto del otro y ver que pasa. Si situamos a Truman en el Alabama de “Forrest Gump” sería como ver lo que ocurre con el personaje justo tras hacer mutis y finaliza el “Show de Truman”. Comprobaría que tras atravesar la puerta de su decorado artificial, los problemas en la vida real son aun más graves que los de la figurada, pero con una diferencia: dispondría de cierta libertad para pensar, actuar y se rebelaría contra las injusticias y el orden establecido. No obstante se debe realizar una precisión. Debemos tener en cuenta que trasladar a Truman al contexto Forrest supone instalarlo no en la realidad, sino en otra ficción, ante la cual volvería a rebelarse. En todo caso el resultado sería una redundancia.
Colocar a Forrest Gump en el marco idílico de Seaheaven es una ecuación que conduce a la nada más atroz. Viviría encantado de la vida, y no haría absolutamente nada. Seguiría la rutina marcada sin problemas y se sentiría francamente bien gozando del aprecio de sus falsos vecinos. Disfrutaría de su nuevo corta césped en un lugar de ensueño. Y si un día le da por correr, se toparía con un incendio de pega y daría media a vuelta a casa sin cuestionar nada. Todo ello nos podría llevar a considerar que “El show de Truman” es un film más audaz y valiente y que “Forrest Gump” resulta más conformista. Aunque no todo es tan claro. Pese a todo lo visto, no hay que olvidar que la principal motivación de ambos es amorosa, y que el final de la película de Zemeckis es más realista e incluso agridulce, mientras que el de Peter Weir resulta triunfalista y un tanto tramposo, ya que Truman no ha vencido al sistema practicando su particular rebelión en la granja, sino que su lucha acaba de comenzar.
Otro jugoso experimento podría consistir en buscar su conexión ¿Qué pasaría si Truman se encontrase con Forrest en la famosa parada de autobús? Seguramente Forrest intentaría contarle algún pasaje de su vida. Como Truman es educado escucharía, pero en cuanto saliese el tema de que la vida es como una caja de bombones, Truman, a estas alturas ya curado de espantos, replicaría como hace al comienzo de la película cuando su falsa mujer dice que “viven una vida llena de bendiciones” a lo que él responde “cuéntame algo que yo no sepa”. Aunque a decir verdad, me inclino más por la idea de que antes de despedirse con cortesía (no exenta de grandes dosis de ironía) le aplicaría la frase que a él también le enseñaron desde niño: “por si no nos vemos luego, buenos días, buenas tardes y buenas noches”.
Independientemente de lo que cada cual pueda disfrutar con cada film, aplicando el imperativo categórico de Kant surge una pregunta ¿qué preferimos? Y el interrogante no persigue decantarse por una cinta o por otra. Intenta dar un paso más. Desde luego resultaría digna de análisis una sociedad adormecida repleta de adorables conformistas, felices Forrest Gumps y tenientes Dans anestesiados por su propia caja de bombones, por más que los personajes resulten tipos entrañables. Otra opción sería una sociedad plagada de Trumans y Silvias, idealistas, críticos, capaces de llegar a defender sus ideas aunque desde el control aumenten la presión de la marea y el oleaje. Expuestos a ser considerados alucinados o locos delirantes cuando exponen y llevan a la práctica sus razones. Personas ingenuas pero tenaces y con criterio. Ciudadanos que jamás se dejarán manipular. Las películas duran dos horas. Una vez en la calle, a cada cual le corresponde preguntarse (o no) en que sociedad vive.

























