viernes, 18 de enero de 2013

TERRITORIO INEXPLORADO

“No fue preciso pedir permiso a la naturaleza para proseguir viaje fuera del sendero trazado. Ella nos invitó. Y de su mano pronto hallamos nuevos acantilados, desiertos salados, cráteres desconocidos. Y claro está, nuevas especies. Buscar el fin del mundo supuso encontrar un nuevo comienzo” No lo digo yo, lo dijo Charles Darwin.  En las continuas relaciones entre el hombre y su entorno natural, en algunas artes, como el séptimo, salvo algunas excepciones, hace un tiempo que se abandonó cualquier pretensión de singularidad. No hablo ya de una perspectiva original.
Uno de los tópicos más contradictorios en el moderno cine americano se refiere al injusto tratamiento del campo, de los pueblos, del mundo agrario y rural. De los bosques y lo silvestre. En definitiva, de la naturaleza en su más amplia extensión. En el cine europeo no es que sea distinto, pero al menos se aporta una visión más naturalista y veraz, incluso reconocible. Véase como excepción “la cueva de los sueños olvidados” de Werner Herzog, tal vez una de las películas más estimulantes del año pasado. Si se afirma que en el moderno cine Usa el tratamiento es pobre y a la vez contradictorio es por dos razones. El mundo rural, lo que ellos mismos denominan la América profunda solo parece tener dos versiones posibles. Y por desgracia ambas están directamente relacionadas con la ciudad y las grandes metrópolis. Escasea una percepción autónoma. Es la eterna cuestión de los polos opuestos.


La primera visión es aquella que contempla la ciudad como ejemplo de lo confortable, seguro y sobre todo controlable por el ser humano. Y existen infinidad de películas en las que una vez los protagonistas se alejan de la ciudad y entran en medios rurales o bosques, las cosas se complican. Es verdad que los directores suelen aprovechar en los primeros minutos para mostrar hermosos paisajes vírgenes, pero que nadie se fíe. Al final, el campo se convierte en una ratonera sin salida. Y la naturaleza una amenaza. Pronto los móviles dejan de funcionar, la electricidad no va, el coche deja tirados a los protagonistas… Y de ahí a la angustia y el terror hay un paso. El precioso entorno natural, pronto se convertirá en un enemigo feroz cuando arrecien las tormentas. Y las cabañas terminan siendo la premonición de sonidos extraños en dolby stereo, crepitar de cosas en la oscuridad y alimañas varias. ¿Tiene esto una explicación? Por supuesto.
En todas esas películas, desde “Deliverance” hasta “Jeepers Creepers” pasando por las sucesivas “matanzas de Texas”, “the descent” “Eden lake” o incluso la reciente “The cabin in the Woods” se da una visión de la naturaleza muy relacionada con lo atávico. Con el primitivismo ancestral, con la ausencia de evolución. El paisaje humano con el que se suelen encontrar los turistas urbanitas suele ser progresivamente inquietante y muy poco digno de confianza. Es como si la ciudad fuese el refugio de un inmenso páramo salvaje y sin civilizar. Lugares al parecer propicios para ser habitados sólo por lunáticos, esquizofrénicos y descerebrados de todo pelaje. El mensaje reaccionario está a la vuelta de la esquina. Estas películas suelen tener un toque moralizante: los vicios y errores en la gran ciudad cometidos por el hombre moderno y el desafío y menosprecio a la naturaleza se terminan pagando caro. Es la venganza implacable de la ley natural.


Pero existe otra versión, en gran parte contrapuesta a la anterior, aunque igualmente reduccionista e injusta. Es aquella en la que el mismo urbanita en crisis, maltratado por la gran ciudad y sus chanchullos varios, ha de volver (de mala gana) al pueblo en el que creció. Ya saben “Sweet home Alabama” y similares. Aquí el mundo rural es un plácido lugar repleto de presuntos paletos y gente con una guasa peculiar que aun conservan sus costumbres y ritos ancestrales. Su instituto, su equipo de béisbol o rugby, sus platos típicos, sus vecinos chismosos pero simpáticos y su fiesta local, con las cervezas de toda la vida y el baile de rigor. Todas esas comedias también tienen un tono moralizante. El (o la) egoísta ejecutivo de ciudad redescubrirá a la luz del barbecho de su odiado pueblo todos los valores que había olvidado. Recibirá algún sabio consejo de algún personaje pintoresco, se reconciliará y hará migas con los que creía unos retrasados y para colmo casi siempre hay premio. No falla. Por allí está esperando el novio de la adolescencia o un apuesto soltero para redondear el círculo vicioso (nada que ver con Dorothy Parker). Sandra Bullock, Amy Adams, Renée Zellweger y compañía han pasado por el trance-fórmula... Y todas se quedan encantadas a vivir en el granero de los valores eternos de la América profunda. Incluso Russell Crowe y Diane Lane visitan las campiñas francesa e italiana y se transforman por arte de magia.


La pregunta sobre la que se pretende indagar, es si cabe la posibilidad de dotar de cierta personalidad a una película encuadrada en este segundo formato. Que, aun partiendo del tópico, sea capaz de interesar, que diga cosas, que emocione y permita reflexionar. Y todo ello metido en esa caja de zapatos codificada. Pues moderadamente, pero sí. En la interesante película que va a ser objeto de análisis se dan cita muchos de esos clichés: chico que huye de la ciudad al campo, vecinos que te ofrecen pasteles a la puerta, vecinita adolescente que sale con el capitán del equipo de rugby, gente que da consejos, fiesta en el instituto, paseos con perro, moralejas varias. Y sin embargo, estamos ante una película que merece mucho la pena.
Vamos con las presentaciones. El chico se llama Carter Webb (Adam Brody).  Atribulado y confuso aspirante a escritor, en la primera escena la recibe en la frente cuando le deja plantado su novia. Intentando poner remedio y tal vez siguiendo los sabios consejos de Walt Whitman “quien pretenda caminar una milla sin amor se dirige a su propio funeral envuelto en su propia mortaja” decide cambiar de aires y visitar el pueblo de su abuela, que vive sola. Resulta fácil empatizar rápidamente con este joven que parece moverse en el territorio favorito de Cameron Crowe. Un refugiado del corazón, golpeado y con la rodilla en tierra pero dispuesto a salir adelante con una honestidad de la que ya no se lleva.


Su lucidez, su franqueza, su aparente tranquilidad, su manera humanista de afrontar la vida y sus reveses sin aspavientos definitivamente conquistan. Existe en Carter,personaje reflexivo, un continuo interrogante interior sobre los enigmas del ser humano. Y aunque de entrada no está para juergas parece acogerse a la cita clásica recogida por Rafael Argullol:”Prefiramos, por encima de todo el don de la jovialidad: el de los hombres que todavía retienen al niño que fueron, el de los que conocen sin haber perdido la ilusión del conocimiento, el de los que han gozado sabiendo que el goce es inagotable, el de los que han sufrido con la voluntad de vencer al sufrimiento. Los joviales poseen la fuerza única para disparar dardos luminosos contra la oscuridad”.
Lo curioso del caso para Carter, es que si creía que iba a descansar, se equivocó de pueblo, ya que los problemas se multiplican “In the land of women”, título de la película. “Entre mujeres” en castellano.


El motor de la cinta son las relaciones humanas. Y Carter tendrá la responsabilidad y el privilegio de tratar intensamente con cuatro generaciones muy distintas de mujer. Vamos de menor a mayor. Una niña de diez años, Page (Mackenzie Vega), extraordinariamente sensitiva, inteligente y práctica, que cuando se entera de que su madre padece cáncer de mama, se pasa días enteros en Internet y en la biblioteca del pueblo informándose hasta el último detalle. Su hermana adolescente de 17 años (Kristen Stewart) aparentemente resuelta y contracultural, que tras su fachada de continuo enfado con el mundo esconde multitud de complejos y miedos que pronto salen a la luz. La madre de las dos anteriores (Meg Ryan) que cree haber perdido definitivamente su salud, el timón de su casa y el cariño de su familia. Y por último la abuela de Carter (Olimpia Dukakys) jovial y excentrica anciana irreverente que, no obstante, sabe muy bien de lo que habla y lo que le espera. Se podría añadir una quinta, la novia que acaba de dejarlo (Elena Anaya)  que está muy presente en sus pensamientos.
En ese panorama azul oscuro casi negro, Carter descubrirá pronto que todo el mundo que le rodea necesita tanta o más ayuda que él. Y que de un modo u otro, toda la tropa esta en un mismo barco que no tiene por qué zozobrar. Hay personas que solo necesitan estar para ayudar. El director, Jonathan Kasdan, sigue los pasos de otro personaje muy similar en una película de su padre, “Mumford” en la que un extraño con problemas llegaba a un pueblo y con tacto y sabiendo escuchar resolvía los problemas de sus vecinos.


Carter opera en igual sentido: “Una de las cosas de las que más me enorgullezco es saber escuchar” dice. Y de forma natural, lo que podía ser un catálogo de tópicos se convierte en una experiencia emotiva y de gran sensibilidad. El film trabaja en diversas direcciones tomando a Carter como eje de todo un entramado sentimental en el que, como es un buen tipo y excelente persona, se implica a fondo. Misión: ayudar a todos con sumo tacto. Su espíritu de camaradería es genuino y auténtico. Según su ideario “La vida es inesperadamente cruel y caótica y nunca responde como lo habías previsto. Y refugiarse en el miedo no es la solución”. Aplicando esa máxima, llega hasta a olvidarse un tanto de si mismo en su sincero afán por mejorar la salud emocional del barrio. Incluso se permite ciertas renuncias.


Si esta película no es una más se debe a varias razones, pero en primer lugar a una atenta mirada a cada personaje, que aunque partan de clichés, se elevan, laten y cobran vida propia, como en los mejores Kasdan. La segunda razón es que sus problemas, sus dudas y sus equivocaciones resultan muy reconocibles y cercanos, y sus alegrías y sus penurias están muy bien captadas e interpretadas. Sí, por Meg Ryan y Kristen Stewart también. La tercera es que comedia y drama, como en la vida, casan como un guante. La cuarta es que el director ha heredado lo mejor de su padre, narra con elegancia y pasión y sabe sacar excelente partido a pequeños momentos sublimes, como ese en el que la hija pequeña, valiéndose de una treta, convence a su madre para que le diga la verdad sobre el verdadero alcance de su enfermedad, realmente impresionante y muy emotivo. Y quinto, debido a que toda la película respira como un soplo de aire fresco, acompañada  por un puñado de canciones excelentes y contagiosas (genial el momento footting).


Y cuando eso sucede y la química y la emoción brota, uno se olvida de si la película transcurre en la ciudad o en el pueblo, ya que por una vez queda demostrado que el problema no son los tópicos, sino el tratamiento que reciben. Y aquí estamos ante personas de carne y hueso con problemas reales. Y las incógnitas que nunca se despejan están no en los polos, sino en ocasiones en el barrio de la abuela. Bien pensado, igual es que Carter ni siquiera se mudó al campo, se fue in the land of women, a territorio femenino, dónde los sentimientos y las convicciones son las cartas que se han de poner encima de la mesa para seguir adelante. Y sobre eso señores Darwin, Livingstone, Amundsen y Scott queda aún mucho por explorar. 
            

viernes, 21 de diciembre de 2012

UN PASEO MUSICAL



Ahora que se arrancan las últimas hojas del calendario, es momento de no olvidar las buenas costumbres y encender las luces de la sala. Si alguien pensaba que este año se libraría de la turra musical de fin de año es que no conoce lo muy previsible que es la sala oscura. Es hora de hacer balance musical y emocional de los últimos tiempos. En este caso el repaso intentará ser un pálido reflejo del camino de cualquier ciudadano x por la senda que como dijo Machado “no se ha de volver a pisar”. Una ruta con diez estaciones de parada usando canciones de los últimos tiempos. Vamos, de última hornada. Si uno sigue el sendero, prometo que en alguna parada y fonda hay hasta villancico, faltaría más.


Once upon a time. O érase una vez, un barrio, una calle, una esquina. Hubo un tiempo en que por estas fechas la gente jugaba a lanzarse corchos de botellas de champán de ventana a ventana mientras se descorchaban y se llenaban las copas. Y los corchos volaban en el espacio iluminado repleto de estrellas. Era cuestión de puntería acertar en el ojo de tu vecino favorito. No eran necesarias competiciones de sonrisas y los abrazos se compartían con naturalidad. El mundo no era perfecto aunque no dejasen de recordarnos que sí. Nos vendieron el paraíso y nosotros lo compramos. Y nos sentamos confortables en el estado de bienestar y en su reverso neoliberal. No todos, pero una gran mayoría era feliz si no salía de su calle. Jeff Lynne acaba de sacar un trabajo que evoca aquella época de canciones maravillosas como “she” de Charles Aznavour. Para glosar aquellos momentos en que creímos que el paraíso estaba en nuestra propia esquina, y que wath a wonderful world, un tema como “moment in paradise” queda perfecto.



 

Eran aquellos, tiempos no tan lejanos en los que no faltó quien se vino arriba. Y con razón. Tras cantar bajo la lluvia y gritar “salta” con Tequila, llegó el momento de despreocuparse y ser feliz. De disfrutar de la chispa de la vida sin pensar e la sociedad de las oportunidades. Ya lo dijo Hemingway, que el mundo era una fiesta. Y mucho antes Berlanga lo anticipó cuando recibió a los americanos a los compases de “Olé mi madre, olé mi suegra, olé mi tía”. Mucho después llegó el triunfo de la vistosa  sociedad de consumo repleta de derechos. “Objetivo Birmania” plasmó el momento con dos frases mágicas: “desidia aaah aaah al borde del mar” y “uf, vaya lío, los amigos de mis amigas son mis amigos”. Entretenidos en estas cosas mundanas llegamos hasta cantantes resultonas como Vega, que hace un año aun disfrutaba de la forma en que se puede ver en el vídeo. En el  país multiculor de los escaparates aun quedaba tiempo para reivindicarse. Y decir muy alto que esto no es "yo robot" ni somos maniquies. Como ella no hay dos.






Sin embargo, de forma extraña y sorpresiva, algo raro se comenzó a notar en el ambiente. Algo en principio inexplicable como les sucede a los protagonistas de “la invasión de los ladrones de cuerpos”. En este caso, no se trataba de nada alienígena, sino algo muy real que comenzaba a tomar forma. Y de pronto, uno desaparece y se vuelve invisible en una sociedad que no identifica y que le aparta. ¿Será una pesadilla pasajera?. La banda británica “Embrace” ya invitaba a buscar, a mirarnos a nosotros mismos y a los demás. Este vídeo pudo servir de aviso, pero no se le prestó demasiada atención. O en todo caso uno miraba a la chica, sin fijarse en su pesadilla-realidad. Si como le sucede a la protagonista, nos hemos vuelto transparentes, inexistentes a los ojos del mundo, algo pasa. ¿Será conveniente volver a leer a Kafka?. Son los primeros indicios.





Menos mal que de forma pasajera y desde todas partes surgen mensajes tranquilizadores. No hay que alarmarse dicen. Esto es, dice la versión oficial, como cuando hay un fallo de tensión. Se vuelven a activar los plomos y asunto solucionado. De todos modos y para mayor tranquilidad ahí está la neoyorkina Dayna Kurtz (nada que ver con el coronel Kurtz) que te recuerda muy suavemente que no eres el único que ha notado algo raro. Y que no estás loco. En la misma ciudad hay más como tu. Not the Only fool in the town. Si ella lo dice...





Pero claro, no tarda mucho en extenderse la sensación de evidentes fracturas, grietas y agujeros negros. Algunos signos del sistema fallan. Tras observar detenidamente, se comprueba que el asunto va a más. Ya no solo es la chica del comienzo, es que el mal se extiende y va a peor. Hasta el mismísimo Quique González con resaca ha detectado que nuestra esquina, nuestro barrio, nuestra aldea, en definitiva nuestro mundo no es el que era y que todo gira en un sentido absurdo. Y aunque pudiera echarse la culpa a que “algunos bares nos están envenenando” definitivamente esto parece mucho más serio. El ambiente está enrarecido. Mienten las portadas y tiemblan los estadios. El aviso es claro y lo peor es que cada vez parece más una advertencia. Es una tormenta que anticipa un largo y crudo invierno. Y los nubarrones no indican que vaya a escampar. 




En estos casos urge buscar explicaciones, detectar a los responsables y exigir al menos saber que pasa. Todo cuanto conocíamos parece tambalearse y  como dijo el clásico “exijo una explicación”. Pero cuando uno pregunta se queda desorientado. Parece ser que todo va bien, que no hay ningún problema y que todo está en su sitio. “En statu quo” como dice el protagonista de “Brick” película de Ryan Johnson. Puestos a preguntar qué demonios ocurre, tampoco hay que fiarse del responsable de área. Podemos mirar un poco más allá e incluso recurrir a la güija. Pero no hay manera. Por ejemplo, si uno pide explicaciones o desea informarse un poco más y pregunta a la compositora brasileña Rita Lee, esta le regalará a mitad de tema un impresionante solo de piano. Pero su respuesta es de sabio budista. La natural sapiencia del castellano viejo. Al parecer “son coisas da vida”.





Si uno queda insatisfecho con la explicación, tiene varias opciones. O cada cual se vuelve a su cuarto y para relajarse se pone música clásica para ahuyentar los males, o si es aficionado a las baladas,puede servir una dulce y hermosa canción de Judy Collins o Carly Simon. O bien, como las razones oficiales no cuelan uno puede acordarse de Luis Eduardo Aute, que ya nos advirtió de que este mundo de caramelo multicolor tenía truco. También se puede leer. Pero lo más probable es que si en ese momento se cuelan por la rendija de la puerta dos o tres recibos más tenebrosos que una película de Tim Burton asome cierta indignación y se opte por otra banda sonora más combativa y contundente. Por ejemplo, enchufarse en vena una ración de la banda “Alabama Shakes” que como su propio nombre indica no son de Soria. Eso sí, acompañado de algo acorde, como un buen ron añejo. Conveniente aumentar el volumen. Y por supuesto, el nivel de adrenalina sube.





No obstante, aunque el mundo se esté desmoronando el tiempo pasa, y puntualmente llegan las fechas navideñas. Con sus luces, sus buenos deseos de fraternidad, salud y prosperidad, y como no sus polvorones. Las fiestas  también traen añoranza y nostalgia para unos y cierto cabreo para los que las odian. Pero nunca fallan. Un paréntesis en el que es inevitable volver escuchar los villancicos que enternecieron a generaciones. Y aunque el panorama es el que es, no dejan de surgir tonadas que invitan a que las estrellas brillen. Como el de Fredrika Stahl, que por unos instantes permite flotar y traslada a un mudo de fantasía en el que todo es posible. Cerca de Nunca Jamás. 





Se olvidó decir que con el trasiego invernal y navideño habíamos olvidado bajar a la calle. Salir de nuevo a dar un paseo ya no deja lugar a dudas. Los indicios no mentían. Innumerables heridas pueblan el paisaje de la tragedia. Todo está a unos centímetros de convertirse en un auténtico páramo devastado. Como en “The road” o  en “Soy leyenda” que ahora ya no son fábulas futuristas. El mundo que describe la película “Hijos de los hombres” está a la vuelta de la esquina. Aquella misma esquina del escaparate juguetón. Al fondo del desolador paraje dantesco surge como una plegaria una voz. Ninguna solución podemos esperar ya de los que aún deciden. Sólo nos tenemos a nosotros mismos y hay que partir de cero. El mensaje es claro y contundente “people help the people”. O lo que es lo mismo, gente que ayuda a la gente. Muy alegórico que la artista se llame precisamente Birdy, ahora que tanto se necesita alzar el vuelo.





El epílogo no puede dejar esto con un nudo en el estómago. De eso nada. No todo está perdido en esta travesía con oleaje si tomamos nota. Quien haya llegado hasta aquí merece recibir buenas noticias. Básicamente que a este sombrío panorama hay que ponerle buena música. Hay que hacerle un quiebro y salir bailando dulcemente. Es hora de conjurar todos los fasntasmas saltando junto al fuego.  Con una amplia sonrisa. Mike Scott se encarga de ello. Ha reunido por enésima vez a The Waterboys para homenajear al poeta W.B Yeats, a cuyos versos ha puesto música. El encuentro ha dado excelentes frutos. Y le ha salido un trabajo redondo, vitalista, genuino.
Música y poesía serán pues el broche para agradecer cada visita y cada comentario a la sala oscura. También  sirve de cimiento para desear a todos los que por aquí pasan el mejor porvenir, felices fiestas, salud y viento favorable. Como decía la poeta María Elena Walsh, estación claridad, vamos llegando. 

                  

sábado, 15 de diciembre de 2012

OSCUROS LINAJES


Para el caso que nos ocupa vamos a comenzar con una cita. “Mi familia siempre ha sido muy extraña, supongo que como todas las familias de este mundo. A simple vista, parecía que todos estábamos firmemente ligados, unidos por unos lazos indestructibles, cohesionados por un cemento que nos amalgamaba en una visión unívoca de la existencia. Pero una observación más detenida me reveló pequeñas fisuras, tensiones ocultas y resentimientos diversos”. El párrafo pertenece al último y muy recomendable libro de la escritora Isabel Martínez Barquero, novelista y poeta que ha reunido para la ocasión un conjunto de relatos con la familia como eje vector. Lleva por título “Linaje oscuro”, de adorables ecos decimonónicos.
En él se conjugan de forma magistral dos conceptos que unidos dan como fruto un resultado tan hondo como brillante: Por un lado, una innata y asombrosa capacidad de observación de la naturaleza humana. Aplicando la minuciosidad del entomólogo, la paciencia del relojero, la refinada mirada siempre atenta a cada uno de los meandros, contradicciones y paradojas que encierra la institución familiar en sus diversas variantes, la autora demuestra un profundo conocimiento de lo que trata. Y lo mira de frente. Pero la cosa no queda ahí. Quien se adentre en sus páginas encontrará no sólo eso, ya que añadido a todo lo anterior el lector caerá presa del misterioso néctar que exhibe una narradora nata y apasionada, que se mueve con igual soltura dentro del costumbrismo como en las vertientes más psicológicas e incluso los impulsos criminales.



Un mosaico además, repleto de segundas lecturas y sorpresas inesperadas en lo temático. Y un festín en el exquisito manejo del idioma. Es tal la riqueza de matices que el proyecto en su conjunto no deja lugar a dudas. Su aparente sencillez es por tanto engañosa, ya que el atento lector, a poco que escarbe, descubrirá una obra de indudable personalidad y envergadura, capaz de aunar pasión, ironía y reflexión. Un viaje en el que los espejismos y las heridas abiertas conviven con un rico anecdotario que no excluye ni las espinas ni los enigmas, ni las sombras ni los abismos insondables que rodean al ser humano.
Decía Orson Welles que el impacto de toda obra importante es directamente proporcional a tres factores: la sacudida emocional e intelectual que provoca, el inmediato reconocimiento de lo que se nos cuenta como algo vivo e identificable y la infinidad de imágenes que evoca, sean de la experiencia propia o ajena.
Todas esas facetas “Linaje oscuro” las sobrepasa con creces. Centrándonos en el último apartado, este hermoso libro de relatos trae a la memoria personal pasajes varios sobre la faceta más íntima del ser.



También puede permitir e invitar al aficionado al cine a recuperar ciertas cintas relacionadas con el tema. Pero dada la alta calidad del libro no sirve cualquier cosa. Uno ha ido descartando propuestas como las de Ettore Scola o el almíbar simplista carente de aristas con el que hoy es descrita la familia occidental en el moderno cine americano. Aunque existan excepciones, como “Winter`s Bone”, “En la habitación” o “Las horas”.
Sin embargo, estos relatos van mucho más allá y en otra dirección. Teniendo en cuenta que cada lector es irrepetible y diferente, si nos pusiéramos a imaginar que clase de imágenes pudieran llegar a evocarse en el subconsciente del lector aficionado al cine, los resultados serían muy dispares. En mi caso particular, tal vez acudiría a cineastas mayores como Saura (La prima angélica) Buñuel (Viridiana) Victor Erice (El sur) o Montxo Armendariz (Secretos del corazón). No obstante, la experiencia literaria puede llevar a cotas aun más elevadas y terminar en lo más alto. Si la lectura de una obra de Tennesse Williams evoca los fotogramas de “La noche de la iguana”, la lectura de “Linaje oscuro” puede llevar a pensar en Ingmar Bergman. Tal es su profundidad y su alcance.
Por tanto, cuando uno lee un párrafo extraído del relato “los ingredientes secretos” que dice “miro a mi madre con lentitud. Me gusta observarla cuando está atareada y no es consciente de que mis ojos escudriñan todos y cada uno de sus gestos y acciones” a parte de terminar ese relato y los que le siguen, uno siente una imperiosa necesidad de revisar “Sonata de Otoño”, film de Ingmar Bergman de 1978.



Lo raro es vivir, decía Carmen Martín Gaite. Y hacerlo de forma digna y entusiasta sin que las sombras de Kafka, Paul Bowles o Chejov acechen es aun más complejo. En “Sonata de otoño” Bergman vuelve a enfrenarse a la carcoma, a mostrarnos su particular sinfonía de la vida de las marionetas humanas repletas de gritos y susurros. Una película de proporciones inabarcables que arrastra al espectador a un espejo nada deformado en el que se reflejan los complejos lazos familiares, la aflicción, el resentimiento, la soberbia, el perdón, la teología, el egoísmo y la ira.
El cuadro familiar es de altísimo voltaje. Un pastor casado con una mujer que no le ama pero con la que ha firmado un falso armisticio, un amable pacto de no agresión. Una esposa fría y desorientada por carencia de afecto, de carácter aparentemente suave, dócil y pusilánime que esconde un continuo debate interior, un inmenso dolor tapado por el manto de los buenos modales, con fantasmas familiares sin resolver. Hay más. Un hijo perdido pero muy presente, algo así como el reverso de “El sexto sentido”. Una hermana impedida psíquica y físicamente en la que vuelcan sus cuidados. Una búsqueda de refugio espiritual a una tormenta de hielo que no cesa. Y una carta que es a la vez una invitación y una plegaria. Como respuesta llegará la madre ausente, gran diva de la música y de si misma. Madre e hija tras largos años de ausencia se encontraran frente a frente.



El programa musical incluye un preludio de fingidas buenas maneras y afecto, un entreacto en el que asoma la implosión, humillaciones y velados reproches,  un plato fuerte con explosión restallante, un vendaval sin descanso y a tumba abierta. Y por fin los rescoldos del desolado campo de batalla. Todo en un continuo desfile por la pasarela del dolor más íntimo y lacerante, el reproche, la autocompasión y finalmente el acceso de ira. Una noche de insomnio será el marco en el que la hija intentará ajustar cuentas y resolver problemas de imposible solución. Una lucha feroz entre el raciocinio y lo instintivo. Entre el acceso de furia y la súplica de perdón. Y por encima de todo, un deseo último de aplacar y poner paz en el alma torturada. Por supuesto, de semejante combate sin remisión nadie sale indemne.



El encuentro de madre e hija no puede soslayar otro no menos volcánico para los aficionados. El de Ingmar e Ingrid. Bergman versus Bergman. Este apartado merece alguna consideración. Es imposible soslayarlo sabiendo todo lo que sabemos sobre la vida de Ingrid Bergman a partir del día en que se le ocurrió ver “Roma citta aperta” de Roberto Rosellini. El calvario que sufrió durante décadas tanto en Italia como sobre todo en Usa, es difícil de soportar para cualquier corazón sensible con la mente lúcida. Que en 1978, Ingrid Bergman se atreva con este vía crucis saltando al vacío asombra. Máxime, cuando ya había demostrado todo en el cine y estaba fuera de toda duda que es tal vez la mejor actriz de la historia.
No debió ser decisión fácil. Y menos bajo la batuta microscópica de Ingmar Bergman. Pero como dice el clásico, siempre hay una estación más dolorosa en el camino hacia el infierno de Dante. Por tanto, por si no hemos visto sufrir de mil maneras a Ingrid Bergman, desde “Encadenados” hasta “Atormentada” pasando por “Strombili” y “Juana de Arco” aquí llega al más difícil todavía. Nada menos que una diva del piano que abandonó a su marido y a sus hijos para correr mundo junto a sus amantes, y que alcanzada la gloria profesional y asomándose a su ocaso, ve como su confusa hija invierte la ecuación, se convierte en un remedo de Saturno y tras constatar que no la comprende intenta devorarla. ¿Estamos o no ante un linaje oscuro?
Ese plano soberbio en el que Liv Ullman contempla a su madre tocar el piano con el talento del que ella carece, intentando descifrarla, parece una mirada al abismo, al propio averno. Admiración, incomprensión, envidia y autocompasión se dan la mano de forma majestuosa en un solo plano. Que tiene su réplica en uno anterior igual de soberbio cuando toca la hija y escucha la madre.



Los muchos demonios interiores de madre e hija se afrontan de forma aparentemente diferente pero en el fondo idéntica. La madre mirando de soslayo al dolor, sin atreverse a enfrentarse a fondo a las deformidades del alma humana y sufriendo en tormentosos soliloquios, consciente de su soberbia y sus errores. Ya lo dijo Maquiavelo “la naturaleza de la soberbia es mostrarse insolente e indolente en la prosperidad y abyecta y humilde en la adversidad.” Por su parte la hija vive el autoengaño de una aparente y piadosa vida plácida que esconde un furioso y voraz apetito de venganza que nunca se verá saciada. Ese al que da rienda suelta cabalgando en alas de la ira y del que después se arrepentirá buscando la reconciliación, con su madre y con su espíritu.
Ambas se retuercen y cargan con una pesada losa de dolor pero algo finalmente las distingue. La madre no oculta e incluso exhibe su vida licenciosa, vestido rojo incluido. La hija finge ser un ejemplo de mujer comprensiva, sumisa y piadosa que canta en la iglesia y cuida de su hermana. El tiempo de forma implacable pasa, y la carcoma prosigue incansable su trabajo y corroe a ambas por igual.
El resto del cuadro no queda atrás. No conviene olvidar a ese marido que prefiere confesar sus más íntimos temores a su suegra que a su esposa. Ni a esa hermana cuyas entrañas despiertan en una escena escalofriante cuando avanza como un reptil por el suelo pidiendo su turno en el debate femenino de reproches, humillaciones y sangre hirviendo. Al final, Bergman nos asoma al cuarto oscuro del alma humana. Una ceremonia de seres sin brújula, refugiados en extrañas soledades abocadas al nihilismo.



Hay quien considera “Sonata de otoño” un Bergman un tanto tremendista y menor, lejos de su admirable trilogía del silencio. Se olvida tal vez que esos adjetivos no son aplicables al maestro sueco. Capaz de indagar en nuestras llagas más profundas y a la vez introducir gotas de humor e ironía a un drama sin paliativos. Un experto en radiografiar las distintas caras del ser vivo y sus tormentos a través del rostro. Un cineasta incomparable a la hora de poner en imágenes oscuros linajes.