No puedo asegurarlo. Pero apostaría algo a que el ex agente de la CIA , asesino profesional, cazador de recompensas y lo que se tercie John Creasy (Denzel Washington) no ha visto “Sin Perdón”. Si lo hubiera hecho, tal vez hubiera tomado nota de la receta del asesino William Munny: para reconducir una vida plagada de excesos, matanzas y remordimientos sin que a uno le abrasen las llamas del mismísimo infierno cada día, hay que establecerse y mejor no beber ni gota. Ni probarlo.
Sin embargo, Creasy en “El fuego de la venganza”, lo primero que hace al cruzar El Paso en dirección a México es sacar la petaca. Bebe mucho y reza mucho. Hay quien sostiene que o bien se reza por devoción y fe o bien debido a que uno tiene muchos motivos por los que rezar, como diría Sidney Lumet, antes que el diablo sepa que hayas muerto.
Sin embargo, en esta ocasión parece ser el propio diablo quien cruza la frontera. Con barba de tres días y cegado por el sol. Abatido, en el pozo del cielo, respirando un constante sentimiento de ausencia. En un continuo exilio interior, perdido por los derroteros de lo inadecuado. Se podría decir que este tipo se encuentra en el auténtico corazón de las tinieblas. No se nos explica de momento en que turbios, amorales y delictivos asuntos ha estado metido. Al encontrarse con un viejo amigo de fechorías le pregunta “¿Crees que Dios nos perdonará lo que hemos hecho?. Los dos tienen muy claro que no.
John Creasy atraviesa una situación límite, difuminado, noqueado, a un paso del hombre desesperado de Gustave Courbet. Conviviendo con un sufrimiento continuo, un sentimiento inapelable de desajuste y torpeza. Como solución temporal ante tantas fugas morales el amigo le recomienda que se tome un respiro y acepte un trabajo fácil. De guardaespaldas. Un problema para esta especie de enchilada de samurai, loser errático y solitario lobo estepario, con códigos tan firmes como herméticos. “Tendré que hablar. Y ya sabes que eso no se me da nada bien”.
Como los caminos del señor y los otros son inescrutables nunca sabe uno dónde va a encontrar la redención. Al igual que uno no sabe en que esquina aparece una soberbia película para hablarnos de la culpa, el pecado, de la amargura del alma negra y del perdón. Eso sólo en su primera mitad.
Martin Sheen en “Apocalypse now” comenzaba la película diciendo aquello de yo deseaba una misión, y por mis muchos pecados me la dieron. Y Dante caminaba por el purgatorio sorprendido ante cada nueva estación. A Denzel Washington le encargan custodiar y hacer de guardaespaldas de una niña en Distrito Federal, dónde los secuestros están a la orden del día y la violencia campa a sus anchas. Le cuesta comenzar su trabajo tanto como a William Munny subir al caballo. Y para colmo, por si acaso fuese poco el no encontrar respuestas a su infinito dolor ni en las escrituras ni en la petaca, lo que le faltaba es que una monja capte al instante su agonía vital.
En su primer viaje para entregar a la niña en el colegio se encuentra con la Hermana Ana , religiosa del centro: “Hijo, ¿alguna vez ve la mano de Dios en lo que hace?” “no hermana, desde hace mucho tiempo”. Y en ese momento de gran lirismo la monja le intenta explicar que la Biblia dice que uno no se debe dejar vencer por el mal, sino que hay que vencer al mal con el bien. Pero en un prodigioso alarde de gran inspiración dramática, con una infinita tristeza en la mirada, Denzel Washington se adelanta y antes de que la monja termine el salmo le dice: “Lo sé, lo sé. Romanos capítulo 12, versículo 21. Yo soy el cordero que se perdió madre”.
Si largo es el camino que conduce de las tinieblas a la luz, en el caso de este pecador atormentado por mil llagas la procesión y el vía crucis tomaran un giro inesperado al entrar en contacto con la niña de nueve años a la que debe custodiar (adorable Dakota Fanning). Un ser inteligente y despierto que pronto se da cuenta que en realidad el guardaespaldas es un ser mucho más desvalido que ella y que es un osito grande al que hay que cuidar. Y John Creasy emprende un inesperado viaje hacia lo nuevo, una fuga hacia lo olvidado.
La infancia como catalizador remueve todos los resortes. Estamos ante una niña que para calibrar el talante y valía de su nuevo guardaespaldas le pone rápidamente a prueba con contundencia “Señor Creasy. Ha habido 24 secuestros en Distrito Federal en los últimos seis días. Son 4 al día ¿Qué opina?”. La primera toma de contacto es ruda, pero la determinación de la niña no se queda en preguntarle de dónde es, de qué estado, si tiene novia, por qué no está casado, etc etc. Va mucho más allá. Con preguntas con una carga de profundidad de este calibre: “¿Ser negro es positivo o negativo para ser un guardaespaldas en México?”. Lo extraordinario surge al contemplar el contraplano alucinado de Denzel Washington, que comprende que en una sola frase, la niña ha dado con muchas de las claves que han marcado su existencia.
Paso a paso se irá fragüando una confianza marcada a fuego. Un muestrario plagado de miradas cómplices y silencios que culminan rompiendo la gélida indiferencia inicial con la primera victoria de Dakota Faning, cuando consigue que ambos sonrían por primera vez juntos y acompasados. En armonía. Es una auténtica delicia ver como se desarrolla un invisible vínculo entre ambos que tiene dos momentos culminantes.
El primero es aquel en el que en una magnífica idea de guión el guardaespaldas logra mejorar los resultados de natación de la niña con sus peculiares y nada ortodoxos métodos educativos. Ahí averiguamos mucho sobre quien es Creasy y por lo que ha pasado. Enseñar a una niña a deleitarse con el sonido de un disparo es una lección de dudosa ética. Cuanto menos discutible. Y verla gritar una y otra vez “el disparo no me asusta” resulta un adiestramiento educativo tan ambiguo como efectivo. Tan subversivo como eficaz.
El segundo momento se produce cuando, en comunión total con la niña, el tormento y el éxtasis se aparten a un lado y se acaricie por unos instantes la paz. Siguiendo con los simbolismos religiosos que acompañan todo el metraje de “El fuego de la venganza” la niña le regala una medalla de San Judas, patrón de las causas perdidas. La va a necesitar. Estamos ante un momento de felicidad mágico y efímero antes de que suceda justo lo que las estadísticas marcaban.
Es entonces cuando nos damos cuenta de que esta película va a dar un paso más allá. Ya no se trata solo del vía crucis moral, de la agonía, la culpa y la redención. Es que ahora, desaparecida la niña, vamos a asistir a la resurrección del diablo. Aquel que no teme cruzar todas las fronteras y adentrarse como Dante, en el infierno. No hay límites a la hora de tratar y reencontrarse con esa gran conocida, la muerte.
El estallido de violencia que surge es el fuego purificador de la venganza, el sonido de las siete trompetas manejadas por un ángel exterminador que acaba de recuperar su frase totem de antaño. Y esa no está en la Biblia. Su nuevo catecismo lleva como firma un solo lema “las balas siempre cuentan la verdad”. Y por fin, aunque esta vez con una causa, Denzel Washington desatará toda la furia contenida haciendo lo que mejor sabe hacer, remover cielo y tierra en una catarsis desenfrenada para encontrar a la niña.
Toda esa segunda parte se convierte en un ejercicio visceral, fascinante y ciertamente violento. Sin cortapisas ni aditivos a la hora de desplegar sin compasión la ira de los dioses con la ayuda de una periodista (Rachel Ticotin) que le facilita los datos necesarios. Todos los fantasmas soterrados del pasado salen a la luz para desafiar un presente en el que la noción de sacrificio va tomando forma hasta adquirir solidez.
No obstante pese a todo lo dicho “El fuego de la venganza” alcanza su auténtica fuerza telúrica e inusual debido a su potente virtuosismo formal. A una forma de narrar sincopada y cuasi epiléptica que por una vez cobra todo su sentido y que se amolda perfectamente a un relato arrebatado y en crisis.
En este sentido, todos los vicios formales que se suelen atribuir a Tony Scott, a quien un amigo define en su forma de filmar como propia de Kiko Rivera DJ, se vuelven en su favor. Scott narra y monta su película a diferentes velocidades en un ejercicio de estilo agresivo y sensual a la vez.
Así pues, cada plano ayuda a mostrar el desequilibrio alucinado de la trama y su personaje central y dibuja el espejo de una urbe espontánea, contradictoria y tensa a un tiempo. Su fórmula de narración, inquieta e inquisitiva, busca captar múltiples impresiones como un fotógrafo que dispara su cámara sin descanso. Perfecto para retratar el caos moral y urbano. Lo acertado está en que Tony Scott usa su particular estilismo al servicio de la historia, sabiendo cuando cerrar el grifo del frenesí visual e incluso no mover la cámara si la ocasión lo requiere.
La experiencia se convierte, por tanto, en una narración visual vibrante, inestable, exuberante y elegante a un tiempo, aunque pueda parecer contradictorio. Muy lejos del clásico polar. Combinando ritmos acelerados y potentes con envolventes pausas alargadas de gran suavidad estilística. Una apuesta formal impresionista muy estudiada, acorde con cada estado de ánimo del protagonista y ambiental. Y si en algunos momentos fuertes el montaje parece rozar lo caótico, en otros depura la elegancia en las formas, alternando fogonazos visuales de pura adrenalina con indagaciones internas, travellings muy suaves y precisos que buscan indagar en el entorno psíquico y anímico de una realidad de múltiples caras (tan amable como desquiciada) que el individuo a duras penas puede controlar.
El resultado es una película notable. Tan poética como violenta. Tan lírica como vitriólica. Que afronta el tema de la última oportunidad agarrándose a la belleza como Baudelaire cuando se preguntaba “¿Qué hombre no querría, incluso a cambio de la mitad de sus días, ver su verdadero sueño posar sin velo alguno ante él?”.
A esa pregunta deberán dar una respuesta ética el guardaespaldas y la madre de la niña. Pero cuando hierve la sangre, no hay polar que valga. Su ética es tan contundente como visceral: “mátelos a todos. A cualquiera que haya tenido algo que ver”. Y es que para algunos, encontrar razones para vivir no es una ecuación complicada. Es tan sencillo como mirar y ver sonreir al ocupante del asiento trasero del conductor. O el delantero. O ambos.
A esa pregunta deberán dar una respuesta ética el guardaespaldas y la madre de la niña. Pero cuando hierve la sangre, no hay polar que valga. Su ética es tan contundente como visceral: “mátelos a todos. A cualquiera que haya tenido algo que ver”. Y es que para algunos, encontrar razones para vivir no es una ecuación complicada. Es tan sencillo como mirar y ver sonreir al ocupante del asiento trasero del conductor. O el delantero. O ambos.


























