De los demonios de la guerra a los abismos del amor. Del
devorador íntimo que corroe las entrañas a la inflamación del corazón. Historia
e intrahistoria en un mismo segundo. Dignidad, compromiso e infamia. El gozo y
la frustración. La memoria y la conciencia. Un viaje dramático y caóticamente
gozoso amenazado por la impronta de las sombras. La invasión de tremendas
incógnitas. Dos personas inmersas en un viaje laberíntico e innovador.
Vamos primero con la dama. Exploradora en infiernos
brumosos. Todo parte de una anécdota. Resulta
ser que Joan Fontaine tiene una amiga. Y esta amiga dice tener un novio soldado.
Pero aun no hay compromiso y el tiempo apremia. Estamos en 1942, en plena
guerra mundial y el joven está a punto de partir hacia el frente. El caso es
que cuando el soldado llega no viene solo, sino que le acompaña un amigo. Y la señorita
pretende que Prudence (Joan Fontaine) vaya con ella a la cita y distraiga al otro,
dejando el camino libre para que ella pueda estar a solas con el soldado y así
arrancarle la petición de mano.
El caso es que Prudence, o sea Joan Fontaine, casi siempre
dispuesta a hacer el bien (menos en algunos episodios de su vida real y en
“Nacida para el mal”) acepta sumergirse en lo enigmático. Se encienden las
alarmas. Curioso que en la película que nos ocupa “Sé fiel a ti mismo” se llame
precisamente Prudence. Pero aún así, conociendo el trato y manejo de Hollywood con
sus estrellas, conviene ojear el expediente de la Fontaine y ver su
historial. Si nos atenemos al guión de “Mujeres” de George Cukor, al comienzo
de la película, se asignaba de forma discutible un animal al carácter de cada dama.
Norma Shearer era el cervatillo, Joan Crowford un leopardo, Paulette Godard un
zorro, Rosalind Russell una gata….y ¿con que animal se equiparaba a Joan
Fontaine?….un desvalido cordero. Lo menos indicado para una cita a ciegas con
un desconocido.
Sus pasos por el celuloide, salvo excepciones, son para
echarse a temblar. Predispuesta a enamorarse perdidamente a golpe de primer
vistazo del primer galán que se le pone delante. Ahí están los casos “Sospecha”
“Rebeca” “Alma rebelde” o “Carta de una desconocida”. Y en ocasiones cayendo
rendida ante tipos caraduras y misteriosos de los que nada sabe. Luego llegan
los sufrimientos, los accesos de melancolía y las bajadas de tensión.
Sin embargo, pese a la imagen que los estudios intentasen
proyectar de la actriz, nada hay que temer con Prudence, señorita resuelta de
clase alta que contra el parecer de casi toda su familia, se alista en el ejército
como voluntaria y soldado raso. El comienzo de la película es estremecedor,
pues pronto descubrimos que se libran dos batallas. Una en el frente y a
cañonazos. Otra en el salón de casa y por principios. La familia de Prudence,
londinenses de alta sociedad aún creen que cerrando las cortinas y apagando la
radio que narra los bombardeos se conjuran y espantan todos los peligros. Su política es no
hablar de política. Están convencidos de que en su particular burbuja de sedas
y tapices pueden seguir con sus cócteles brindando a la salud de su opulencia.
Todo iría de perlas para ellos si no fuese por Prudence,
ese caprichoso espíritu libre. En un formidable alegato ético, Prudence deja de
lado la prudencia y les acusa de vivir anclados en el pasado y estancados en
sus privilegios, de espaldas a la realidad. Y les advierte que los soldados que
combaten en el frente tal vez estén comenzando a tomar conciencia de que no lo
hacen para sustentar los privilegios de clase de los que viven tomando brandy
tras las cortinas. Su compromiso con la libertad le lleva a ponerse el uniforme
ante el avance de las tropas nazis. Y en los barracones se hace amiga de una
chica que nos conduce a la cita a ciegas. Al repentino encuentro con la
sorpresa.
Vamos pues con el caballero misterioso. Invadido por una
larva introspectiva producto de una nausea. De entrada, parece no dar la cara
ocultándose bajo su sombrero y la oscuridad de la noche. Cuando por fin
enciende un cigarrillo vemos a un Tyrone Power enigmático, carcomido por
infiernos interiores. Un hombre que pareciera salido de la pluma de Erich María
Remarque o Scott Fitzgerald y que nunca haría migas con John Milius o Kathryn
Bigelow, ya que para él la violencia no genera adicción ni dispara la
adrenalina. En su ética no cabe el elogio de la barbarie ni siquiera de forma
estética.
Al contrario. Moralmente tocado ante lo que ha visto en el
frente, hastiado de los uniformes y de los horrores de la guerra, va incluso
más allá de la frustración moral resignada de John Gavin en “tiempo de amar
tiempo de morir”. Clive (Tyrone Power) es el ser transfigurado en sus entrañas
tras una experiencia traumática. No sólo
es que sin conocer a Mafalda haya dicho hasta aquí, paren el mundo que yo me
bajo. Estamos ante el atormentado héroe de guerra que ha dicho adiós a las armas.
La vileza de lo vivido ha tocado sus fibras más íntimas y tiene muy claro que
de la guerra y el combate no puede salir nada bueno salvo dolor, miseria, pérdidas y humillación moral.
Curiosamente, el personaje recuerda y mucho al que el mismo
Tyrone Power interpreta en “El filo de la navaja”. Ambos buscan sin descanso una
paz interior que la guerra les ha arrebatado. Ambos padecen de heridas morales
que tratan de restituir incluso poniendo tierra de por medio. Y sobre todo
ambos exhiben un posibilismo utópico de raíz profundamente humanista. Los dos son transgresores y rupturistas. Creen
que existe otro mundo posible, una posibilidad de escape hacia horizontes
limpios.
Si recordamos, la situación que vive Tyrone Power al
comienzo del film de Edmund Goulding es muy similar a la que vive Joan Fontaine
al inicio de “Sé fiel a ti mismo”. De cierta condescendencia, humillación y
menosprecio por parte de la sociedad. El
clasismo bienpensante abomina de una opción libre y distinta que se rechaza por
no ser propia de la clase que cree imponer las normas de conducta. Las puñaladas
constantes con lengua viperina del acomodado y lenguaraz Clifton Webb acusando
a Power de vago, indecente y caradura por no seguir su patrón de clase son
idénticas a las que le dedica la venenosa Gladys Cooper a Joan Fontaine en “Sé
fiel a ti mismo”.
No obstante, la dramaturgia de uno y otro film opera en
distinta dirección. “Al filo de la navaja” propone un viaje de conocimiento
interior y exterior (no confundir con la experiencia tibetana de Julia Roberts
en “Come, reza, ama” ni tampoco con la
búsqueda del horizonte virgen y natural de raíz entre psicodélica y new age de “Hacia
rutas salvajes” de Sean Penn) al margen de los condicionantes sociales y sobre
todo de clase.
“Sé fiel a ti mismo” ofrece un discurso que en principio
podría parecer más plano pero que en el fondo es tan ambiguo y complejo como el
anterior. La colisión entre la comprometida voluntaria que lucha por las
libertades y el personaje que huye de la bestia de la guerra da mucho juego. No
es una simple atracción entre opuestos. Podría haberse planteado de forma
panfletaria abogando por el film de tesis a favor del compromiso idealista de
la soldado voluntaria. Sin embargo, aunque así parece, el film discurre
narrativamente por una serie de corrientes alternas que permiten al espectador
reflexionar sobre ambas opciones y sus motivaciones.
Prudence (Joan Fontaine) entiende la guerra como un mal
necesario para conservar todas las conquistas ciudadanas, el respeto a los derechos
civiles, las libertades, la cultura y las artes. Y como un freno al totalitarismo.
Es un argumento discutible que por cierto, ha utilizado de forma lastimosamente
demagógica más de un presidente antes de bombardear algún que otro país. Pero
claro, aquí no hay trampa ni falsa demagogia. Joan Fontaine lo expresa de forma sincera y además, lo usa como mecanismo de
defensa, ya que los bombardeos sobre Londres son inminentes.
Clive Briggs (Tyrone Power) considera la guerra un mal en
si mismo. El cáncer irreversible que corroe las entrañas humanas en su máxima expresión. Y
aunque ha sido condecorado varias veces por acciones heroicas salvando a
compañeros de trincheras, eso para él supone la glorificación de todo cuanto
detesta en la lucha entre seres humanos. Aunque es precisamente su humanismo el
que le impide no ayudar a un herido en combate
Su historia de amor por tanto alcanza dos niveles de los
cuales la película se nutre con una elegancia romántica que permite también el ejercicio de una jugosa dialéctica y la reflexión. Así pues, el aspecto puramente
romántico pleno de melancolía regala escenas deliciosas y pasajes intensos cargados de sensualidad. Por otro lado el film ofrece un segundo plano de lectura basado en esa vivencia truncada.Una visión en la que cada opción ética determina lo personal. Y en la que para avanzar como pareja hay que vencer
diferentes obstáculos, barreras que trascienden lo amoroso para adentrarse en lo moral.
Los vasos comunicantes son inevitables y lamentablemente, el romance se ve una y otra vez interrumpido por el conflicto bélico y las distintas posturas éticas. Incluso cuando escapan a un balneario de la costa huyendo del clima bélico, el panorama es desolador. Una imagen de los dos amantes en el exterior del hotel contemplando una preciosa vista es estropeada por las vallas de alambre de espino y las sirenas de alarma. Pero hay más. Eso les lleva a un interrogante continuo sobre otras vallas invisibles fundadas en diferentes opciones morales y vitales sobre el ser que están por resolver. Y ahí están las grandes bazas que juega muy sabiamente el film, ya que la pelota queda siempre en el tejado del espectador, que sacará sus propias conclusiones.
Los vasos comunicantes son inevitables y lamentablemente, el romance se ve una y otra vez interrumpido por el conflicto bélico y las distintas posturas éticas. Incluso cuando escapan a un balneario de la costa huyendo del clima bélico, el panorama es desolador. Una imagen de los dos amantes en el exterior del hotel contemplando una preciosa vista es estropeada por las vallas de alambre de espino y las sirenas de alarma. Pero hay más. Eso les lleva a un interrogante continuo sobre otras vallas invisibles fundadas en diferentes opciones morales y vitales sobre el ser que están por resolver. Y ahí están las grandes bazas que juega muy sabiamente el film, ya que la pelota queda siempre en el tejado del espectador, que sacará sus propias conclusiones.
En la actualidad, los eufemismos son muy variados. Hoy se
habla mucho de los ejércitos como fuerzas de paz y de ayuda humanitaria,
interviniendo en conflictos varios. Sin embargo, aún hay una delgada línea
roja, que separa a Prudence (Joan Fontaine) de Meg Ryan en “En honor a la
verdad”. Como también la hay entre Clive (Tyrone Power) y Charlie Sheen en
“Platoon”.
También se habla mucho de las películas de propaganda. Que las hubo y las hay. Y en casos como el que nos ocupa, se puede caer en esa tentación. No obstante, la compleja ambigüedad de la propuesta de la cinta de Anatole Litvak le hace alejarse a distancia de otros ejemplos mucho más evidentes. Aquí la línea separadora con los films amigos de la apología de brocha gorda es más gruesa que delgada. Vamos, que esto no es en el amor y en la guerra, ni la recluta benjamín, ni amar en tiempos revueltos. De eso nada. Todo depende de lo afilada que esté cada navaja, léase guión. Y cuando el guión está bien afilado, el apurado queda sino perfecto, de notable alto.
También se habla mucho de las películas de propaganda. Que las hubo y las hay. Y en casos como el que nos ocupa, se puede caer en esa tentación. No obstante, la compleja ambigüedad de la propuesta de la cinta de Anatole Litvak le hace alejarse a distancia de otros ejemplos mucho más evidentes. Aquí la línea separadora con los films amigos de la apología de brocha gorda es más gruesa que delgada. Vamos, que esto no es en el amor y en la guerra, ni la recluta benjamín, ni amar en tiempos revueltos. De eso nada. Todo depende de lo afilada que esté cada navaja, léase guión. Y cuando el guión está bien afilado, el apurado queda sino perfecto, de notable alto.


















