viernes, 14 de noviembre de 2014

OTROS FILOS, OTRAS NAVAJAS





De los demonios de la guerra a los abismos del amor. Del devorador íntimo que corroe las entrañas a la inflamación del corazón. Historia e intrahistoria en un mismo segundo. Dignidad, compromiso e infamia. El gozo y la frustración. La memoria y la conciencia. Un viaje dramático y caóticamente gozoso amenazado por la impronta de las sombras. La invasión de tremendas incógnitas. Dos personas inmersas en un viaje laberíntico e innovador.
Vamos primero con la dama. Exploradora en infiernos brumosos. Todo parte de una anécdota.  Resulta ser que Joan Fontaine tiene una amiga. Y esta amiga dice tener un novio soldado. Pero aun no hay compromiso y el tiempo apremia. Estamos en 1942, en plena guerra mundial y el joven está a punto de partir hacia el frente. El caso es que cuando el soldado llega no viene solo, sino que le acompaña un amigo. Y la señorita pretende que Prudence (Joan Fontaine) vaya con ella a la cita y distraiga al otro, dejando el camino libre para que ella pueda estar a solas con el soldado y así arrancarle la petición de mano.    
El caso es que Prudence, o sea Joan Fontaine, casi siempre dispuesta a hacer el bien (menos en algunos episodios de su vida real y en “Nacida para el mal”) acepta sumergirse en lo enigmático. Se encienden las alarmas. Curioso que en la película que nos ocupa “Sé fiel a ti mismo” se llame precisamente Prudence. Pero aún así, conociendo el trato y manejo de Hollywood con sus estrellas, conviene ojear el expediente de la Fontaine y ver su historial. Si nos atenemos al guión de “Mujeres” de George Cukor, al comienzo de la película, se asignaba de forma discutible un animal al carácter de cada dama. Norma Shearer era el cervatillo, Joan Crowford un leopardo, Paulette Godard un zorro, Rosalind Russell una gata….y ¿con que animal se equiparaba a Joan Fontaine?….un desvalido cordero. Lo menos indicado para una cita a ciegas con un desconocido.





Sus pasos por el celuloide, salvo excepciones, son para echarse a temblar. Predispuesta a enamorarse perdidamente a golpe de primer vistazo del primer galán que se le pone delante. Ahí están los casos “Sospecha” “Rebeca” “Alma rebelde” o “Carta de una desconocida”. Y en ocasiones cayendo rendida ante tipos caraduras y misteriosos de los que nada sabe. Luego llegan los sufrimientos, los accesos de melancolía y las bajadas de tensión.
Sin embargo, pese a la imagen que los estudios intentasen proyectar de la actriz, nada hay que temer con Prudence, señorita resuelta de clase alta que contra el parecer de casi toda su familia, se alista en el ejército como voluntaria y soldado raso. El comienzo de la película es estremecedor, pues pronto descubrimos que se libran dos batallas. Una en el frente y a cañonazos. Otra en el salón de casa y por principios. La familia de Prudence, londinenses de alta sociedad aún creen que cerrando las cortinas y apagando la radio que narra los bombardeos se conjuran y  espantan todos los peligros. Su política es no hablar de política. Están convencidos de que en su particular burbuja de sedas y tapices pueden seguir con sus cócteles brindando a la salud de su opulencia.


Todo iría de perlas para ellos si no fuese por Prudence, ese caprichoso espíritu libre. En un formidable alegato ético, Prudence deja de lado la prudencia y les acusa de vivir anclados en el pasado y estancados en sus privilegios, de espaldas a la realidad. Y les advierte que los soldados que combaten en el frente tal vez estén comenzando a tomar conciencia de que no lo hacen para sustentar los privilegios de clase de los que viven tomando brandy tras las cortinas. Su compromiso con la libertad le lleva a ponerse el uniforme ante el avance de las tropas nazis. Y en los barracones se hace amiga de una chica que nos conduce a la cita a ciegas. Al repentino encuentro con la sorpresa.
Vamos pues con el caballero misterioso. Invadido por una larva introspectiva producto de una nausea. De entrada, parece no dar la cara ocultándose bajo su sombrero y la oscuridad de la noche. Cuando por fin enciende un cigarrillo vemos a un Tyrone Power enigmático, carcomido por infiernos interiores. Un hombre que pareciera salido de la pluma de Erich María Remarque o Scott Fitzgerald y que nunca haría migas con John Milius o Kathryn Bigelow, ya que para él la violencia no genera adicción ni dispara la adrenalina. En su ética no cabe el elogio de la barbarie ni siquiera de forma estética.






Al contrario. Moralmente tocado ante lo que ha visto en el frente, hastiado de los uniformes y de los horrores de la guerra, va incluso más allá de la frustración moral resignada de John Gavin en “tiempo de amar tiempo de morir”. Clive (Tyrone Power) es el ser transfigurado en sus entrañas tras una experiencia traumática.  No sólo es que sin conocer a Mafalda haya dicho hasta aquí, paren el mundo que yo me bajo. Estamos ante el atormentado héroe de guerra que ha dicho adiós a las armas. La vileza de lo vivido ha tocado sus fibras más íntimas y tiene muy claro que de la guerra y el combate no puede salir nada bueno salvo dolor, miseria,  pérdidas y humillación moral.
Curiosamente, el personaje recuerda y mucho al que el mismo Tyrone Power interpreta en “El filo de la navaja”. Ambos buscan sin descanso una paz interior que la guerra les ha arrebatado. Ambos padecen de heridas morales que tratan de restituir incluso poniendo tierra de por medio. Y sobre todo ambos exhiben un posibilismo utópico de raíz profundamente humanista.  Los dos son transgresores y rupturistas. Creen que existe otro mundo posible, una posibilidad de escape hacia horizontes limpios.





Si recordamos, la situación que vive Tyrone Power al comienzo del film de Edmund Goulding es muy similar a la que vive Joan Fontaine al inicio de “Sé fiel a ti mismo”. De cierta condescendencia, humillación y menosprecio por parte de la sociedad.  El clasismo bienpensante abomina de una opción libre y distinta que se rechaza por no ser propia de la clase que cree imponer las normas de conducta. Las puñaladas constantes con lengua viperina del acomodado y lenguaraz Clifton Webb acusando a Power de vago, indecente y caradura por no seguir su patrón de clase son idénticas a las que le dedica la venenosa Gladys Cooper a Joan Fontaine en “Sé fiel a ti mismo”.
No obstante, la dramaturgia de uno y otro film opera en distinta dirección. “Al filo de la navaja” propone un viaje de conocimiento interior y exterior (no confundir con la experiencia tibetana de Julia Roberts en “Come, reza, ama”  ni tampoco con la búsqueda del horizonte virgen y natural de raíz entre psicodélica y new age de “Hacia rutas salvajes” de Sean Penn) al margen de los condicionantes sociales y sobre todo de clase.
“Sé fiel a ti mismo” ofrece un discurso que en principio podría parecer más plano pero que en el fondo es tan ambiguo y complejo como el anterior. La colisión entre la comprometida voluntaria que lucha por las libertades y el personaje que huye de la bestia de la guerra da mucho juego. No es una simple atracción entre opuestos. Podría haberse planteado de forma panfletaria abogando por el film de tesis a favor del compromiso idealista de la soldado voluntaria. Sin embargo, aunque así parece, el film discurre narrativamente por una serie de corrientes alternas que permiten al espectador reflexionar sobre ambas opciones y sus motivaciones.






Prudence (Joan Fontaine) entiende la guerra como un mal necesario para conservar todas las conquistas ciudadanas, el respeto a los derechos civiles, las libertades, la cultura y las artes. Y como un freno al totalitarismo. Es un argumento discutible que por cierto, ha utilizado de forma lastimosamente demagógica más de un presidente antes de bombardear algún que otro país. Pero claro, aquí no hay trampa ni falsa demagogia. Joan Fontaine lo expresa de forma sincera y además, lo usa como mecanismo de defensa, ya que los bombardeos sobre Londres son inminentes.
Clive Briggs (Tyrone Power) considera la guerra un mal en si mismo. El cáncer irreversible que corroe las entrañas humanas en su máxima expresión. Y aunque ha sido condecorado varias veces por acciones heroicas salvando a compañeros de trincheras, eso para él supone la glorificación de todo cuanto detesta en la lucha entre seres humanos. Aunque es precisamente su humanismo el que le impide no ayudar a un herido en combate
Su historia de amor por tanto alcanza dos niveles de los cuales la película se nutre con una elegancia romántica que permite también el ejercicio de una jugosa dialéctica y la reflexión. Así pues, el aspecto puramente romántico pleno de melancolía regala escenas deliciosas y pasajes intensos cargados de sensualidad. Por otro lado el film ofrece un segundo plano de lectura basado en esa vivencia truncada.Una visión en la que cada opción ética determina lo personal. Y en la que para avanzar como pareja hay que vencer diferentes obstáculos, barreras que trascienden lo amoroso para adentrarse en lo moral.
Los vasos comunicantes son inevitables y lamentablemente, el romance se ve una y otra vez interrumpido por el conflicto bélico y las distintas posturas éticas. Incluso cuando escapan a un balneario de la costa huyendo del clima bélico, el panorama es desolador. Una imagen de los dos amantes en el exterior del hotel contemplando una preciosa vista es estropeada por las vallas de alambre de espino y las sirenas de alarma. Pero hay más. Eso les lleva a un interrogante continuo sobre otras vallas invisibles fundadas en diferentes opciones morales y vitales sobre el ser que están por resolver. Y ahí están las grandes bazas que juega muy sabiamente el film, ya que la pelota queda siempre en el tejado del espectador, que sacará sus propias conclusiones.

En la actualidad, los eufemismos son muy variados. Hoy se habla mucho de los ejércitos como fuerzas de paz y de ayuda humanitaria, interviniendo en conflictos varios. Sin embargo, aún hay una delgada línea roja, que separa a Prudence (Joan Fontaine) de Meg Ryan en “En honor a la verdad”. Como también la hay entre Clive (Tyrone Power) y Charlie Sheen en “Platoon”.
También se habla mucho de las películas de propaganda. Que las hubo y las hay. Y en casos como el que nos ocupa, se puede caer en esa tentación. No obstante, la compleja ambigüedad de la propuesta de la cinta de Anatole Litvak le hace alejarse a distancia de otros ejemplos mucho más evidentes. Aquí la línea separadora con los films amigos de la apología de brocha gorda es más gruesa que delgada. Vamos, que esto no es en el amor y en la guerra, ni la recluta benjamín, ni amar en tiempos revueltos. De eso nada. Todo depende de lo afilada que esté cada navaja, léase guión. Y cuando el guión está bien afilado, el apurado queda sino perfecto, de notable alto.        

viernes, 31 de octubre de 2014

SANSEACABÓ



Pues sí, sanseacabó. Los cines Groucho de Santander cerraron ayer. Se jodió el invento. O a tomar viento la bicicleta o a la farola, como cada uno prefiera. No es una mascarada, es tan real como la vida misma. En realidad, cierran pequeños negocios cada día, no es una novedad. Aunque Groucho lo ha hecho con estilo. Bien pensado, está muy bien escogido el momento para decir adiós. Con cierta ironía y una mueca de humor negro. En mitad de la semana de la presunta fiesta del cine. La víspera del día de difuntos. Para añadir más simbolismo al tema, la última película que proyectaron y que visioné en los Groucho trataba sobre otra despedida, sobre otra desintegración. Nada menos que “la desaparición de Eleanor Rigby”. Perfecto para una adiós que a algunos, como a la protagonista, nos deja huérfanos.
El señor de la foto es José Pinar, su dueño, taquillero, acomodador y lo que hiciese falta. Ayer bajó el telón tras diez años de duro esfuerzo y aventura. El ultimo bastión de resistencia y búsqueda por proyectar otro cine, al que hoy las plumas más escogidas se atreven a denominar cine “marginal”. Como lo oyen. Un cine que al parecer no bastó. Está visto que buscarse la vida para traer el último Oso de oro de Berlín o la última Palma de Oro de Cannes no ha sido suficiente. El IVA galopante, el ninguneo sistemático y las puñaladas traperas que ha sufrido han terminado en k.o en el décimo asalto.
Como siempre en este país, tarde, mal y nunca, todos (incluido yo) nos apuntamos a la hora del entierro. Y cuando voy ayer a estrechar su mano ¿qué me encuentró? A la prensa que siempre le ignoró tomando fotos de la incineración. Y cuando abro el periódico esta mañana ¿qué veo? Nada menos que una catarata de panegíricos. Y cuando pongo la radio ¿qué pasa? Pues el manoseado réquiem habitual cargado de glucosa y que a estas alturas ya no sirve.
No faltan las referencias a la nostalgia del cine, las bobinas que se paran, la luz que se apaga, los fotogramas inolvidables, la magia del celuloide y demás monsergas. Nostalgias impostadas y de manual, lecciones impartidas por quienes, en algunos casos, pasan demasiado tiempo a la sombra de la cultura oficial asociada al presupuesto público. Unos cines a los que jamás se les dedicó más allá de un breve en una esquina, a los que siempre se menospreció por proyectar cine “rarito”, ahora sirven para ejercicios de hipocresía sobre la pantalla que cierra sus ojos y el aroma del séptimo arte. Todo ello adornado, como no, con referencias a la poética de “Cinema Paradiso” y citas, faltaría más, de Groucho Marx. 





Si alguien piensa que aquí vamos a contribuir a semejante lágrima facilona con almíbar barato y de garrafón está muy equivocado. Esto requiere un análisis con la cabeza fría. Y ante todo entonar un mea culpa. Aunque en ocasiones se hizo, en este blog tal vez se debió hablar un poco más de las películas que se vieron en Groucho. Si no se ahondó más, tal vez fue por cuanto el balance a reseñar no era muy positivo. Sin ir más lejos “La desaparición de Eleanor Rigby” está lejos de ser una gran película. Aunque eso es lo de menos y tampoco sirve de disculpa.
No obstante, la desaparición de Groucho debiera llevar a un análisis más general, que es el fracaso no de un negocio privado, sino del balance cultural de una ciudad y sus espectadores, entre los que por supuesto me incluyo. Un fracaso sin paliativos ante una propuesta cultural, la única por estos lares, que abría sus puertas al cine más inesperado. Fuese noruego, coreano, búlgaro o uruguayo. Un lujo que no hemos sabido degustar como se merece y que, salvo los irreductibles, se ha ignorado.
El cierre de Groucho es por tanto una formidable puerta que la ciudad se cierra a si misma. Una bofetada cultural en plena cara a nosotros mismos. Un giro ciudadano que da la espalda a un cine, mejor o peor, pero en todo caso distinto al habitual pack de multisala. Un definitivo peldaño cultural de retroceso, en claro descenso sin freno y en caida libre, un trompazo escaleras abajo camino de las catacumbas de la mediocridad.
Por tanto, más que nostálgicos recuerdos a la magia del celuloide, lo que procede es un severo correctivo a nosotros mismos. Todos aquellos que decimos degustar este arte y tacita a tacita no lo mimamos lo suficiente hasta que cae en desgracia con la inestimable ayuda del 21% y ante la indiferencia general. Además, supone una radiografía muy nítida de qué tipo de  cultura se consume en la sociedad actual. Lamentablemente, el verbo consumir asociado a la cultura es correcto en estos tiempos. Verbo viciado y venenoso que por supuesto nunca se puede conjugar con cines Groucho.


En el colmo de lo nauseabundo, ayer escuché en una radio que lo de los Groucho tal vez sea un problema de mercadotecnia, de no haberse adaptado a la nuevas tecnologías digitales, junto a su rechazo al cine comercial. Argumentos de este tipo terminan resultando lógicos si pienso que la semana pasada entré en una librería y en el primer estante de novedades está un libro titulado “Por qué unas tiendas venden y otras no”. Al parecer, a eso andamos y así nos va.
No nos engañemos, Groucho era el refugio de unos pocos. Ajenos al mercado y mucho más atentos al género, al contenido. El resto de potenciales espectadores lo ignoró olímpicamente. Ver, oír y leer cómo se llora su desaparición (y quienes lo lloran) no sólo da grima sino que revela una hipocresía galopante. Más nos valdría buscarnos un espejo y llorar por nosotros mismos, que en más de una ocasión sobrados de vanidad damos la espalda a cuanto nos enriquece. Y si nos queda aliento pasmémonos ante el páramo cultural en el que nos movemos en ciertas provincias, mientras se da la puntilla a los últimos reductos, como es el caso.
Hace un par de años, asistí a una mesa redonda sobre la situación del cine en nuestra región. La mesa de ponentes, como de costumbre, estaba repleta de representantes culturales asociados al sector público. Seis ponentes en total. Podían haberse ahorrado cinco por cuanto el diagnostico era único: el cine vivía un alentador momento de relanzamiento y buena salud. No había duda. Los asistentes éramos tres.  Sí, es correcto, había más ponentes que asistentes. Y adivinen. El único empresario privado, el único emprendedor según el lenguaje actual que podía aportar algo sustancial sin ser un cargo público estaba sentado a mi lado entre el público de tres almas en pena. Ni siquiera había sido invitado. Era el propietario de Groucho. Que cada cual saque sus consecuencias. Las mías las tengo claras. No voy a llorar por Groucho, la indignación ante tanta hipocresía no lo permite.     

sábado, 4 de octubre de 2014

LAS ILUSIONES PERDIDAS




En 1789 se aprobó la declaración de derechos del hombre y del ciudadano. Ante tal envido, Olympe de Gouges se atrevió con un órdago y publicó en 1791 “la declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana”. No era una frivolidad ni una redundancia. De convicciones profundamente arraigadas proclamó aquello tan rotundo de “si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso debe tener también el derecho de subir a la tribuna”.
Sin embargo, no todo el mundo es Marie Curie, ni Simone de Beauvoir, ni Susan Sontag, Mary Wollstonecraft, ni Josephine Baker, ni Amelia Earhart por citar alguien que probó sus alas sin metáfora alguna.
Hubo (y hay) mujeres sobradas de inquietudes, impetuosas, dotadas de gran arrojo intelectual y valentía a la hora de defender sus derechos y su condición. Y que sin embargo ven truncados sus sueños, atrapadas en una maraña de intereses creados, normas sociales, imposiciones de clase, condicionantes políticos…a lo que hay que añadir la siempre peliaguda cuestión del compromiso marital cargado de hipotecas. Es el terreno de una solapada discriminación que asoma su feroz rostro entre licores espumosos y perfumes exquisitos.  

Este último aspecto era de capital importancia en la burguesía tradicional y en la nobleza, y ni siquiera la ilustración acabó con ello. Ya lo explica con diáfana claridad John Stuart Mill en “la sujeción de las mujeres” cuando dice: “El hombre no quiere únicamente la obediencia de la mujer, quiere sus sentimientos. Todos los hombres desean tener en la mujer más íntimamente relacionada con ellos, no una esclava forzada, sino una favorita. Por eso harán todo lo posible por esclavizar su espíritu. De ahí que todas las mujeres sean educadas desde su niñez en la creencia de que el ideal de su carácter consiste en no tener iniciativa, sometiéndose a voluntades ajenas”.
Es oportuno recordar que estas palabras fueron escritas en 1869. Y si tienen plena vigencia hoy o no lo dejamos a juicio del lector.
Dos recientes películas centradas en dos mujeres amputadas como tales van a servir para ilustrar la cuestión. Por una parte Georgina Spencer, Duquesa de Devonshire. Por otra, al otro lado del canal de la mancha Thérèse Desqueyroux. Las películas, “La duquesa” y “Thérèse D”, protagonizadas respectivamente por Keira Knightley y Audrey Tautou. 





Uno puede pensar que ambas tuvieron la desgracia de no llegar a tiempo de conocer a las nuevas musas del eco feminismo new age, como Eva Lootz o Yasmina Reza. O rompedoras como Caitlin Moran, que en un libro titulado “Cómo ser mujer” explica con ironía digna de mejor causa la importancia del color del vello púbico, el valor terapéutico de ir o no de compras, los mil y un nombres sexys con que bautiza a su “vestíbulo interior”, la relevancia del tacón como arma sexual femenina y el curioso sabor de la sangre menstrual.
Georgina Spencer y Thérèse Desqueyroux suponemos accederían a otras lecturas. No parece que “las amistades peligrosas” esté entre ellas. Tal vez “Moll Flanders”, Jane Austen, o quizás “las bostonianas” de Henry James, novela en la que una sufragista expone “me gustaría que los hombres nos admirasen menos y confiasen un poco más en nosotras. Hemos delegado demasiado en ellos y creo que tal vez ha llegado el momento de juzgarlos”.    
La primera escena de “La duquesa” es tan rotunda como directa. Mientras la aun doncella flirtea y juega alegremente al pañuelo con unos amigos, su madre (Chartlotte Rampling) y el duque de Devonshire (Ralph Fiennes) conciertan notarialmente las estrictas condiciones de su casamiento a sus espaldas.





Conste que la primera puñalada se la da su propia madre al comunicarle la noticia y manifestarle un falso e hipócrita pesar: Desearía que continuase con ella hasta que alcanzase la mayoría de edad, pero sería muy egoísta por su parte poner freno a la “felicidad” que le espera.
De forma implacable y sinuosa la nueva duquesa, menor de edad, forzada una y otra vez para concebir un varón, ultrajada de mil formas, unas más sutiles que otras, irá adentrándose en un vía crucis doloroso con diferentes paradas. El suntuoso mundo de porcelana, lienzos y tapices repleto de ornamento, palacios, fiestas, bailes, cortesía y oropel esconde en cada aposento un auténtico descenso a los infiernos con parada en el purgatorio de la subordinación. Un vaiven con tenebroso sabor a habitación cerrada, a tormento interior. Wellcome to the pleasure down, se titulaba una famosa canción.
Pronto la ingenuidad de la nueva duquesa, su actitud librepensadora, sus muchas inquietudes le jugarán una mala pasada. Durante una cena con unos políticos, un representante de la cámara manifiesta que no conviene ser radicales, que la libertad está bien pero con moderación. La mujer de ideas propias responde al instante que no se puede ser moderadamente libre ni moderadamente esclavo, que no hay término medio posible.





Pues bien, toda la película gira en torno a esa idea, que actúa como condena. Un vibrante y angustioso corredor sin retorno en el que todas las aspiraciones, amorosas, políticas, éticas, sociales y familiares se irán truncando una tras otra en una continua implosión sin descanso que le lleva a una conclusión atroz: la búsqueda entre tanto hastío disfrazado de machismo y clasismo de una felicidad mínima, moderada incluso, que le permita respirar.
Excelente el momento en el que ebria de alcohol y de tanto sopor, se tambalea como una muñeca, como un maniquí fuera de órbita en un salón de baile repleto de máscaras empolvadas que la miran con patetismo al no ser capaz de guardar las obligadas apariencias.
Ni siquiera se le concede un mínimo triunfo cuando inicia una aventura amorosa…el machismo clasista y misógino del duque y la intransigencia implacable de la madre (excepcionales ambos en sus roles) actuarán una y otra vez de cortafuegos. Estamos muy lejos de los corteses juegos y lances amorosos victorianos en la campiña tan celebrados en el cine actual. Aquí la realidad es más cruda y cruel.
Y cuando encuentra una amiga en su misma situación, esta utilizará su lecho para conseguir el favor del duque ¡ojo! no en su propio beneficio, sino para que este interceda y le permitan ver a sus hijos de los que está separada.






Este personaje, vital en la película, será poco a poco comprendido por Georgina, compartiendo ambas infortunios varios en un panorama desolador. En una misma escena de gran tensión son insultadas y vejadas por el duque por igual. Esposa y amante son para el patriarca dos cargantes y lloriqueantes bustos parlantes, más molestas que sus fieles perros de caza.
En ese coctel de lujo y vejación, la duquesa asiste a la crónica de su particular oprobio. Atrapada entre visillos en un opaco jardín eterno y oscuro, anulada como persona, terminará por adoptar un castrante pragmatismo que le permitirá fingir en los actos sociales como una marioneta más. Lucir moda, falsas sonrisas e indagar en las relatividad de los dogmas.
Saltamos a Francia. Para Thérèse, mujer hermética, lacónica e indescifrable, las cosas comienzan mal. Cuando uno concierta su boda en función del número de pinos que sumarán ambas familias, la ecuación no puede salir bien. El autoengaño de la vida palaciega dura muy poco, ya que para colmo Thérèse se hace confidente de su cuñada, amiga de juventud que sufre un amor prohibido, arrebatado, real y apasionado truncado por su familia por razones de clase y religión.





Ese espejo coloca a Thérèse definitivamente ante todo lo hueco y falso que rodea su aparente vida armoniosa carente de vida y de chispa. Ello le llevará a tomar decisiones drásticas que una vez fracasen, la sumen en un letargo sin fin, en un ser aislado y meditabundo, enrocada en un caparazón emocional y moral del que no es fácil salir. Esa imagen de los pinos ardiendo mientras Thérèse, auténtica naturaleza muerta, asiste inmutable e impasible al fuego fatuo del símbolo de su unión lo dice todo.  
Ambas películas afianzan su discurso al tomar como punto de partida a mujeres privilegiadas y rodeadas de lujos materiales que, pese a su posición, terminan perdiendo su condición humana convirtiéndose en parte del suntuoso decorado. En estatuas inertes. Sin embargo, los dos films son ambiguos en este sentido, por cuanto articulan un discurso con una tesis clara, pero no renuncian a la exquisitez del cine de época, a la qualité de última hornada como coartada. Regodeándose en la banalidad de los escenarios del arte.
Se diría que ambos directores juegan a la vez dos cartas. La del film con mensaje por un lado, y la de la vistosidad ornamental por otra. De tal modo que si lo primero no seduce, el espectador puede caer en la misma trampa que sus protagonistas. Esto es, verse inmerso en un paseo lujoso por los decorados, fotografía y ropajes detallistas del cine histórico de gran aparato y diseño.



El espectador que busque en estos dos retratos lances y requiebros sentimentales y heroínas impetuosas que al final vencen en la partida del amor contra toda convención social a la luz de hermosas campiñas se equivocará de película. Como las dos protagonistas, relegadas a la penumbra, vagará como un fantasma por fastuosos decorados y en última instancia verá, como el protagonista de Balzac, sus ilusiones perdidas.
Ahora bien,  quien busque un retrato ambiguo y amargo de la tenebrosa miseria de la condición femenina a merced de los designios de clase y del peso del yugo masculino encontrará perlas a su gusto. Y quien prefiera indagar en el desorden anímico y el desgarro ético preso de un pensamiento cautivo, tendrá mucho y bueno donde rascar. Eso sí, para penetrar en estas tormentas de hielo, mejor ir bien provisto. Un buen picahielos, por ejemplo.