miércoles, 21 de diciembre de 2011

DOS NIÑOS BELGAS

Hay quien considera que la suerte y la casualidad están mucho más cerca del destino de lo que parece. Ahora que termina el año, a uno le da por pensar que curiosa y extraña es la vida, benevolente y agradecida en ocasiones, cruel y tremendamente injusta otras. Tiene tantas variantes que puede ser hasta juguetona y caprichosa cuando se lo propone. No se si fruto del azar o del marketing, un niño ha sido protagonista casi absoluto del último y más reciente panorama cinematográfico. Por supuesto ha habido más a lo largo del año, pero particularmente, otro niño del que me ocuparé más adelante, no ha tenido la misma suerte. Es hora de hacer justicia. Vamos por tanto a hablar hoy de dos niños a los cuales la diosa fortuna ha tratado de forma muy desigual. El primero casi no necesita presentación. Aunque llega desde Bélgica tiene un padre adorado en los cinco continentes, y viene apadrinado por dos tipos de lujo, Spielberg y Jackson.
A este muchacho las cosas siempre le han ido bien. Ha corrido aventuras por todo el mundo que han entusiasmado a generaciones. Este periodista metido a detective,  con su perro y su espíritu aventurero, inquieto y perspicaz, soluciona enigmas y hace frente a los malvados con absoluta solvencia. Que yo sepa, pese a que se enfrenta a innumerables peligros, el chico del tupé siempre sale airoso. Y sus andanzas gustan tanto que las salas se llenan para ver como triunfa.Como tan solo he leído un solo tebeo del personaje Tintin, no voy a entrar en si la adaptación es más o menos fiel o si el cromatismo cuadra o no. No puedo realizar ese tipo de ejercicio que dejo para los auténticos conocedores de los tebeos. Lo que si puedo hacer es valorar el film por si mismo y sobre todo encuadrarlo dentro de la carrera de su director. La culpa no es mía. Son muchos los que han escrito y dicho que estamos ante una posible traslación del mundo de Hergé al de Spielberg, de modo que este último habría llevado la historia a su terreno, concretamente a los territorios propios del profesor Jones, más conocido por Indiana.
En cuanto al film en si mismo, he de decir que me produce una sensación de extrañeza. Nunca termino de saber si estoy ante un film animado para niños o ante una historia adulta. Tanto la intriga como el comienzo me parecen propios de un film standard para todos los públicos, incluso con cierto rigor y seriedad en la trama. Pero ello se ve desmentido cada dos por tres con apariciones de sujetos que me descolocan y chistes visuales propios de un slapstick puramente infantil. Para dejarlo claro con un ejemplo, Tintin es tomado en serio a si mismo como personaje, es frio, calculador y presume de inteligencia detectivesca. Pero otros personajes parecen más propios de una parodia, como la pareja de policías de nombre castellano o el capitán de barco. Supongo que en los tebeos será así, pero el resultado cinematográfico es un híbrido que en mi opinión no empieza mal, pero que poco a poco va perdiendo el rumbo, pese a aciertos parciales.

















Curiosamente, contra todo pronóstico, uno de los mayores defectos de esta cinta se encuentra precisamente en uno de los aspectos más alabados: su inmaculada y precisa pericia técnica. Su perfección resulta tan apabullante, tan impecable que termina no solo restando frescura al conjunto, sino convirtiendo en rutinarias las persecuciones y peleas varias que se suceden a lo largo de todo el metraje. Hasta tal punto es así, que uno pierde esa sensación inequívoca de vivir junto al personaje el peligro inminente que sería necesario para acompañarle en la aventura, pues las perfectas imágenes no respiran y al final se ven ahogadas en el marasmo de un conjunto con una pulcritud formal intachable, pero carente de vida.
Resulta increíble, pero la verdad es que me he aburrido, y mucho, en un film de Spielberg. Y nunca pensé que sucediera tal cosa y que encima tuviera la oportunidad de escribirlo. Y ahora llega lo verdaderamente curioso si no fuese triste, el archiconocido argumento esgrimido por los más puristas de que parece un film al estilo Spielberg, y más concretamente una copia de Indiana Jones. Lo leí y escuché en muchas partes, pero curiosamente nunca nadie explicó con claridad a que Indiana Jones se referían, pues no son todos iguales.
Vayamos por partes. Yo aquí del Spielberg primigenio veo muy poco, por no decir nada, salvo su firma. No veo nada del implacable pulso narrativo de “El diablo sobre ruedas”. No veo nada que se asemeje a esa obra maestra de la aventura y el terror titulada “Tiburón”. Y por supuesto, no veo absolutamente nada que me recuerde la vibración aventurera que uno siente cuando se sienta a contemplar por ejemplo, el fascinante prólogo de “En busca del arca perdida”. Igual es que se confunde la mecánica narrativa vía ordenador con el hecho de que cada plano, no solo sea un formidable ejercicio de virtuosismo, sino que tenga verdadera alma y conduzca necesariamente al siguiente. Aquí hay precisión mecánica, pero cargada de rutina y carente de vida propia. Y el modelo no es para nada Indiana Jones. No se a quien o quienes se les ha ocurrido tal cosa. Tintín, tan bien vestido, tan pulcro y matemático, carece de la sorna y sentido del humor de Indiana, que en el fondo, sobre todo en la primera entrega, nos conquista por que es irónico, amante del peligro, un tanto jeta, vividor y mujeriego. A Tintin, con pinta de ser el sabelotodo de la clase, le faltan todavía varios cocidos y mucha vida. El hecho de que se vivan aventuras exóticas y existan persecuciones varias no significa que ambas propuestas se asemejen.


Curiosamente, a mi me hizo recordar otro paralelismo, pues los papeles Tintin y Hadocck no son muy distintos en su tratamiento de los trazados por Luke (Skywalker) y Han Solo en otra saga que nadie ha citado. El final de esta película me resulta francamente agotador, sobre todo en ese tramo de pelea de gruas (¿a lo transformers?) que tal vez aparezcan en el tebeo, no lo se, pero que acaban con la paciencia de cualquiera. Por cierto, el perrito Milú está desaprovechado, aparece y desaparece en escena sin rigor alguno. ¿Valoración final?. Pues muy sencilla. Salgo de la sala con la sensación de haber visto la segunda parte de “El secreto de la pirámide”. No creo necesario añadir más, ya que como no he leido los tebeos, la aparición del dibujante Hergé como homenaje, pues ni fu ni fa.
















Vamos con el segundo niño. Es el de la foto con camiseta roja. Justo en este momento está hablando por el movil, que encima no es suyo. Voy a hacer los honores y me encargo de la presentación. Y oh Sorpresa, también es belga, también es medio rubio, y también porta un mechón de pelo un tanto rebelde que se le pina hacia arriba. Y miren por donde también tiene dos padrinos cinematográficos. Pero cuidado,aparentemente este chico tiene poco de modélico. Es muy pero que muy rebelde, orgulloso, temerario y pertinaz, como la sequía pero al revés, aunque no le veremos soltar lágrima alguna y eso que razones no le faltan para ello. Y eso si, va como el otro muy deprisa a todas partes. Vamos, que no para quieto un segundo. Dicho esto, afirmo ya sin más dilación que no me parece ni mucho menos una casualidad que los hermanos belgas Jean Pierre y Jean Luc Dardenne hayan realizado “el niño de la bicicleta” (le gamin au velo) justo este año, lo cual parece un homenaje muy particular y un tanto a la contra no de Tintin, sino de un niño belga cualquiera de hoy en día, lo que resulta francamente atractivo.















Para este muchacho que proviene de una familia desestructurada las cosas no son tan fáciles. Más que perseguir unicornios perdidos, lo que hace durante media película es huir y buscar otro tesoro para él mucho más importante: Su relación truncada con su padre, y por extensión una relación familiar. No hace falta recordar con que mimo ha tratado el padre de Tintin a su criatura. Este muchacho en principio no tendrá tanta suerte. El suyo lo ha dejado en una residencia de acogida y pasa olímpicamente de él. Y los hermanos Dardenne nos dan una auténtica lección de cine sobre hasta donde puede llegar la obstinación infantil a la hora de perseguir lo que se desea. Lo que en principio es una agria crónica social, dura y realista, va tornándose poco a poco hacia los márgenes de un cuento delicioso, sin dejar en ningún momento de ser veraz. Aunque pueda parecerlo, y aunque su héroe en principio esté un tanto desamparado, los Dardenne le buscan refugio emocional y nunca llegan a los duros extremos de “Rossetta” o “El silencio de Lorna”.
















Sin embargo, aquí también hay que hacer frente a muchos y variados peligros (auténticos), aventuras con riesgo (muy real), un bosque prohibido y sobre todo la aparición de un hada madrina que lleva el rostro de una Cecile de France absolutamente maravillosa. Su matizada y profunda interpretación guarda múltiples capas sobre los deseos y la personalidad de una mujer generosa y solidaria que se refugia en una peluquería y que nos da a todos una auténtica lección no solo de cine, sino de vida. Su modelo de enseñanza es el ejemplo y la palabra, como Atticus Finch. Si señores, estamos ante una película mucho más grande de lo que aparenta. Y no son necesarios alardes circenses ni persecuciones estrambóticas. Basta con una cámara que sabe captar multitud de matices reconocibles. Que sabe escrutar el rostro humano y llegar a lo más hondo. El camino que se recorre no va a ser fácil y habrá obstáculos, los propios que nos pone la vida. Pero al final flota un manto de optimismo.
Tampoco es necesario usar complejísimos sistemas de captura en movimiento. Este es un film que mira cara a cara a la pupila de los actores, a su sonrisa y a su dolor. Cada mirada de los dos protagonistas penetra de forma fulminante mostrándonos verdades como puños. Y de ahí se extraen auténticas pepitas de oro sobre el mundo de la infancia, los lazos afectivos, la dificultad de crecer, el necesario y reconfortante apoyo en los demás y el sano espíritu de camaradería compartida que puede llegar a alcanzarse con quien menos se espera. Una auténtica lección de tolerancia. Y de cine. Y es que a la chita callando y sin hacer ruido coviene decir que estamos ante una de las peículas del año. 















 
Tintín va a ser objeto de otros dos films. Al parecer tendrá una trilogía para él solo. Son las cosas de ser un chaval famoso, aunque sea belga. Su perro fiel le acompañará en todas ellas. El chico de los Dardenne, el niño de la bicicleta, no necesita tanto alarde, se basta y se sobra con una sola película, espléndida por cierto. No tiene perro que le ría las gracias, pero se agarra a su bici como si fuese su particular amuleto, y por cierto, tiene amigos de verdad. Sin salir de su barrio belga ha aprendido en poco más de hora y media ciertas lecciones sobre la vida de esas que se guardan para siempre. El espectador también.  

miércoles, 30 de noviembre de 2011

REQUIEM POR LOS QUE VAN A MORIR















El análisis de algunas películas debiera comenzar como y donde al comentarista le parezca o tenga a bien. En el caso de  “Melancholía”, vamos a seguirle el juego a su director. Por cierto, no es que esté mal escrito, es que los distribuidores tienen por costumbre no traducir las obras de los autores de prestigio. Sus razones tendrán. Así pues, decía, este comentario fílmico estará también estructurado, pero en seis partes. Preludio, que va a ser breve, incidente, prólogo, primera parte (Justine), segunda parte (Claire), y una última que vamos a denominar Lars Von Trier.
Preludio: Que en realidad es un aviso. Las hamburguesas de El Corte Inglés no son ni mucho menos lo que eran. Me comí una justo antes de ver el film. Que yo sepa siempre hubo dos tamaños, el normal y el extra grande, que era enorme. Ahora, sin avisar y conservando la nomenclatura, resulta que han eliminado la supergrande y han introducido un tamaño mini, que es el que te dan cuando pides “la normal” de toda la vida, que ahora según ellos es la grande. Resumiendo, la hamburguesa normal es hoy una cosa minúscula y sin chicha. Y la grande es la que antes era de tamaño normal. Cuando se lo digo poco puedo hacer ¿Ah, usted ha pedido la normal, no? Pues eso le hemos traído. La discusión kafkiana se eterniza sin solución posible. Que cada cual saque sus conclusiones, pero conste que si incluyo estos detalles pre partido es por que creo que influyen en el estado de ánimo a la hora de ver un film. Otro tanto sucede con el apartado segundo.
El incidente: Sentados en la sala oigo gente hablando justo detrás cuando llevamos minuto y medio de metraje: ¿Esto es ya la película? Puesss será, contestan ¿seguro? ¿tu crees? “esa yo creo que es la que salía en spiderman 2 ¿no?”. Todo esto con música de Wagner de fondo. Como voy bien acompañado, la que se sienta conmigo presa de cierta ira se vuelve e interviene. A ver si lo reproduzco literal: “Vamos a ver si se dan ustedes cuenta de que sus comentarios de texto no aportan absolutamente nada a la trama. Están de más ¿les queda claro?”. Hasta yo me asusto. Fin del incidente.















Prólogo. En esas lamentables condiciones, y bajo los efectos de una cutre hamburguesa mini presencio uno de los arranques cinematográficos más poderosos y subyugantes que uno recuerda de un tiempo a esta parte. La armonía entre las sucesivas estampas y el acompañamiento musical, extraído del preludio de “Tristan e Isolda” de Wagner, suponen un impacto total que sumerge al espectador en un deleite difícil de describir. Son planos casi estáticos de clara raigambre pictórica en los que se despliega un poderío visual sin límites sobre la base de aparentes trozos vivos de naturaleza muerta. Es cierto que se pueden aventurar influencias, muchas, pero eso no resta un ápice de potencia al conjunto, que ya desde el comienzo tiende hacia el onirismo, la contemplación y lo operístico. Imágenes con auténtico nervio donde el constructivismo, Alain Resnais, el arte prerrafaelista, Brueghel, Carl Sagan y hasta ecos de Edward Hopper se dan la mano sin chirriar en absoluto. Insisto, ello no condiciona la entraña de un minucioso montaje que hipnotiza absolutamente fruto de una imaginería visual desconcertante, extraña y muy hermosa a un tiempo. Emotiva en todo caso. Un prologo que deslumbra por cuanto se eleva al más puro cine, el que reside en el poder intrínseco de la imagen como generadora de arte con mayúsculas. Una cosmovisión poblada de multiples texturas cargadas de fisicidad. La apuesta es alta y arriesgada. Decía Hitchcock que toda película debía comenzar generando un terremoto en el espectador, y de ahí ir hacia arriba. Áquí aun quedan 120 minutos de película. Veamos.
De forma demasiado abrupta el film cambia absolutamente de registro en su capítulo dedicado (aparentemente) a los episodios de Justine y Claire, los cuales se van a analizar conjuntamente. Y ahí es cuando hay que comenzar a hilar muy fino a la hora de comentar, ya que la cinta lo merece. En principio la trama se desarrolla al hilo de la boda que la primera celebra con sus familiares y amigos. Pero lo que en realidad nos narra es el lento pero inexorable, implacable camino hacia al cataclismo del escaso equilibrio emocional de la protagonista para elevarse y reconciliarse consigo misma cuando por fin reina el caos. “Hay algo terrible en la realidad, y no se lo que es” decía Monicca Vitti en “desierto rojo” de Antonioni. En este tramo, Lars Von Trier vuelve a sus tiempos cámara en mano, y como no, vuelve a darnos otro ejemplo de sus maravillosas virtudes y por desgracia de sus defectos de casi siempre. Dibuja con trazo fino y penetrante la relación entre las dos hermanas y el frágil equilibrio que preside todo el enlace, favorecido por dos interpretes entregadas a la causa. Se insinúa desde el comienzo que esa celebración nupcial es un trago incómodo que conviene digerir cuanto antes. Y se nos hace intuir de forma muy sutil que hay un soterrado y tenebroso mundo interior, malos augurios y un aura de fatalismo de consecuencias imprevisibles. Ese caballo que se niega a cruzar el puente actúa como ente revelador.















Todo ese cerrado microcosmos viciado no deja de tener un claro eco metafórico, y toda la comitiva nupcial, la orquesta completa, aunque se supone que se sabe la partitura, empieza a desordenarse y a desafinar, y su solista principal, la novia del mundo, no puede con semejante empeño. Tanto es así, que más que novia parece mártir que necesita liberarse de toda atadura ligada a la comunidad y a lo convencionalmente mundano. Poco a poco el espectador va impregnandose de esa tupida maleza donde el pavor y el vértigo convierten en doloroso trance ese amago de evento en el que se intentan guardar las apariencias. Esas que ocultan el ahogo, el desgarrador grito existencial que va adueñándose del clima.
Se llega a duras penas a cortar la tarta. Pero la eterna e infinita angustia en la que depositamos nuestro pesar no se va ni dando un lacerante y vertiginoso paseo a caballo. De forma estremecedora vuelve a sonar Wagner como leit motiv por tercera vez. Curioso, dado el tema podría haberse tirado de algún réquiem, el de Bizet por ejemplo, o de la Pasión según san Mateo de Bach, pero se ha preferido ir por el lado del romanticismo al más puro estilo germánico. Y es entonces, a la tercera audición, cuando comenzamos a detectar ciertos desajustes y entramos en el terreno de la redundancia innecesaria. Ya habíamos intuido perfectamente lo frágil y quebradizo del ambiente familiar y laboral. Sobran pues las gratuitas exhibiciones de Charlotte Rampling (que por cierto, a los que estaban sentados detrás les hizo mucha gracia) las de John Hurt robando cucharas, y por supuesto todo lo referente al jefe que pretende explotar a la débil novia incluso el día de su boda con miradas lascivas y proposiciones ridículas.
Todo ello arroja un bloque desequilibrado, con fascinantes momentos excelsos en los que el director sabe sacar petróleo de la evanescencia y del pánico en la escena. Esa cámara que se mueve entre los invitados permite al espectador extraer a través de la sugerencia mucha información sobre su estado de ánimo y sus miedos. Pero luego hay otros pasajes decididamente obvios, reiterativos y prescindibles, que solo pretenden despejar incógnitas que ya estaban resueltas. ¿O es que no sabíamos todos lo que no iba a suceder en el dormitorio y si en el jardin?.
En el segundo tramo (Claire) la ecuación se complica extraordinariamente. Se toman otros ángulos que arrojan nuevas perspectivas. No se trata ya solo del choque melancólico y brutal de Justine contra el mundo, ni de la confrontación (otro choque) cargada de mutua dependencia entre las dos hermanas. Ahora resulta que un planeta de nombre Melancholía se acerca peligrosamente a la tierra. Y Lars Von Trier nos impone de nuevo otro lento pero inexorable viaje hacia el Apocalipsis. Now, por supuesto. Es su particular y lírico argameddon, repleto de íntimos recovecos que afectan al espíritu. Un trance de nuevo con una fuerte carga operística en el que se contraponen dos formas de ver el final absoluto. Por un lado, la angustiosa de Claire, presa de una ansiedad progresiva y creciente, que se palpa a cada latido, en cada exhalación al respirar. Por otro, la de quien se siente cómoda inmersa en el caos (Justine) y de forma estoica mira de frente una realidad irrefrenable muy reconocible para ella. Hasta tal punto que incluso se ve con fuerzas para organizar el rito de la ceremonia final, correspondiendo así a su hermana, que organizó su boda. En todo caso, un seductor viaje contra reloj por las distintas caligrafías del yo cargado de fatalismo.















Dentro de ese éxtasis y progresivo delirio romántico cabe rescatar, una vez más, momentos de auténtica inspiración visual y emocional, junto con otros de afectada trascendencia operística, como ese que nos presenta a madre e hijo bajo un manto de nieve incapaces de avanzar. Estamos ante un catártico deep impact, una implosión demoledora que devuelve al hombre (en este caso la mujer) a su estadio más primitivo. Y las dos heroinas se convierten en una suerte de diosas griegas castigadas por una ignota mitología cósmica. No así el personaje masculino que adolece de menor definición. Asi pues, esa vuelta al origen resulta sugerente. Y  Aunque se poseen complejos catalejos ultramodernos, se descartan y al final será un primitivo palo con una simple argolla de alambre el que marque el timming de la distancia a la tierra del planeta que se acerca, midiendo su circunferencia. Otro tanto cabe decir del final, que nos devuelve casi a Platon y su caverna. En última instancia, la auténtica inspiración se da la mano en todo momento con el plúmbeo esteticismo en un torbellino arrollador en su irregularidad, pero que pese a todo no defrauda.
El último apartado lo habíamos denominado Lars Von Trier. Y se incluye precisamente para dar gusto al director. Este decidió no terminar su película aquí. Pues bien, vamos a complacer al personaje y juguemos a su juego. Tras el pase de la cinta en el festival de Cannes decidió incluir un epílogo en forma de rueda de prensa de alto voltaje, declarándose ferviente admirador de Hitler y del movimiento nazi, del cual, según él, hay muchas enseñanzas positivas que extraer y cosas que aprender. También arremetió de forma furibunda y sin venir a cuento contra la directora Suzanne Bier, poniendo en tela de juicio la capacidad de las mujeres cineastas y vertiendo insultos sobre ella claramente machistas.
Hay quien le disculpa argumentando que los artistas de verdad tienen estas cosas y que no hay que prestar mayor atención, que una cosa es su obra y otra sus excéntricas salidas de pata de banco. En absoluto. Quiero pensar que esa rueda de prensa fue un premeditado acto deliberado, perfectamente calculado, milimetrado hasta el más mínimo detalle para conseguir sus efectos. Lo contrario sería sencillamente abominable,aunque no lo descarto. el esperpento incluyó incluso la participación estelar de Kirsten Dunst, que interviene en el acto e intenta aparentemente frenar la cadena de despropósitos de forma infructuosa. Por supuesto el citado epílogo termina muy bien. Dicen que “Melancholía” no fue premiada en el palmarés a excepción de la interpretación femenina. Grave error. Para un polemista y provocador nato como este, no hay mejor premio que el que Cannes le concedió este año emitiendo un solemne comunicado en el que se le declaraba persona non grata. Eso si, temporalmente, pues la vigencia del castigo termina a final de año, supongo que para que pueda presentar su próxima obra el año que viene.
















Lars Von Trier es un buen cienasta, excelente en algunos casos, irregular y tedioso otros, no tan original como él cree. En ningún caso un autor mayor. Pero su vergonzoso y continuo marketing de si mismo a costa de procaces polémicas y su calculada, constante y vomitiva autopromoción es absolutamente injustificable, bochornosa y lamentable. Le define y no precisamente para bien. Claro que nunca se sabe, como va vendiendo por ahí que es una mezcla de genio e idiota inclasificable, y como nos cuenta que es un artista maldito que usa sus presuntas depresiones como inagotable fuente de inspiración, pues no sabemos cual será lo próximo que saldrá de su boca. En ocasiones se habla y diserta mucho sobre el concepto de inteligencia emocional. Muy pocas se hace sobre su reverso, la estupidez emocional.
Ahora bien, sus exégetas son numerosos, lo se. Este hombre que se considera y es considerado por muchos un artista total, cree muy iluso estar a la altura de los grandes maestros. Hay quien le considera el nuevo Dreyer, la resurrección de Bergman, el Antonioni de la nueva era. Por supuesto se considera y le consideran más allá de Tarkovski y tan complejo como Visconti o Bresson. O al menos a su altura. Pero no perdamos tiempo con comparaciones inútiles, es Lars Von Trier, el mismo que es capaz de rodar, es cierto, planos inspirados e historias sugerentes, pero que en mi opinión todavía a día de hoy no ha entregado esa majestuosa obra maestra absoluta que tanto se preconiza. El culpable no es otro que él mismo. Esta última película es ejemplo de ello. Tiene momentos sublimes pero analizada en su conjunto peca de un exceso de grandilocuencia.















Cabe por tanto hacerse la siguiente pregunta ¿Puede una obra ser víctima de un exceso de autoría? ¿Es posible ese supuesto? Pues si, este es el caso. Hay muchos que fracasan por defecto, por falta de inspiración o talento o por desconocimiento del medio. No es su caso. Lars Von Trier, cineasta ambicioso, siempre dispara por elevación y termina errando por exceso. Este es un autor que construye siempre limusinas hermosas pero hipertrofiadas, tan enormes que terminan teniendo problemas al encarar una simple curva. Y todo ello lleva a una reflexión final. Este señor muy capaz y dotado para el cine tiene un problema y acabo de dar con él. No es un planeta el que se dirige hacia la tierra para arrasarla, es el inmenso e inabarcable ego de su autor el que se nos viene encima, con todas sus virtudes y defectos. Ante ello, dos soluciones tiene el espectador. La primera es rendirse a su belleza indiscutible pero intermitente y postrarse desnudo a la luz de la luna como hace Kirsten Dunst a medio metraje reconfortándose ante la epicúrea belleza de lo que se avecina. La segunda es buscar desesperadamente refugio ante el posible empacho de una egolatría sin límites. No hay término medio. Lo digo por cuanto los de la fila de atrás se marcharon a los 45 minutos de metraje.          


miércoles, 23 de noviembre de 2011

CUESTIONES DOMESTICAS















Uno de los debates más curiosos que se están produciendo en el ámbito musical procede del matrimonio que han formado el legendario Lou Reed y el grupo Metállica (vale, para no ser injustos y no hacerlos de menos digamos que también tienen su particular leyenda). Juntos y no sé si revueltos han editado un cd que está dando mucho que hablar. ¿Son compatibles los mundos musicales de la banda trash heavy con el del heredero más díscolo de la Velvet Underground? Como siempre sucede, hay opiniones para todos los gustos. Hay quien está encantado, hay quien dice que ambos abren nuevos caminos en sus respectivas carreras, hay quien se muesta ecléctico y sugiere que ¿por qué no? y por supuesto está el sector más purista que opina que no puede ser. Que es una abominación y que por mucho que se agite, el agua y el aceite no se mezclan ni a la de tres. En mi opinión, en principio cualquiera puede ponerse a cantar con cualquiera, aunque desde luego a uno se le ocurren combinaciones que chirriarían muy mucho. No voy a poner ejemplos facilones que luego las introducciones se eternizan.
Vámonos al cine. Aquí otro curioso maridaje está haciendo furor. El de la escritora y dramaturga Yasmina Reza y el director Roman Polanski. Ambos se han puesto manos a la obra y han adaptado para el cine el texto teatral de la francesa “carnage”, por estos lares “Un Dios Salvaje”. Polanski lo ha dirigido y lo protagonizan actores de mucho nombre dentro del escaparate actual. La cinta se exhibió en el festival de Venecia, donde por lo visto llamó mucho la atención, y ahora llega a España donde está recibiendo numerosos elogios. Incluso se habla de ella y sus intérpretes como futuribles premiados en esa gala que afortunadamente para todos los aficionados vuelve a presentar Billy Cristal.















Yo que me pregunto tantas cosas, algunas sin sentido aparente, no sé como no se me había ocurrido esta: ¿Puede uno llegar a experimentar en el cine sensaciones idénticas a las que se recogen en la trama de un film pero inversamente proporcionales a lo que se pretende con este? Igual la pregunta es un tanto retorcida y pluscuamperfecta, pero trataré de explicarlo por el camino. Al final a lo mejor se entiende algo.
No es lo mismo entrar a ver un film de un desconocido con actores que no conoces y de cuyo guionista jamás has oido hablar que enfrentarse a esta película. Estamos hablando de Polanski, sobre el que aun se conserva un estupendo buen sabor de boca tras el visionado de “el escritor”. El autor de “Repulsión” “Chinatown” o “La semilla del diablo” por citar solo tres. Es más, incluso cuando uno está a punto de comprar la entrada el subconsciente le traiciona y está a punto de decir, no “déme para la sala 4” o para “un dios salvaje” sino “déme dos entradas para la última de Polanski” .Y luego está el maridaje con la siempre controvertida e irónica Yasmina Reza, la misma que en una entrevista a propósitio de su obra “Arte” manifestaba que había que reivindicar con fuerza el término “frivolidad”. Declaraciones que, dicho sea de paso, uno nunca sabe que porcentaje tienen de provocación.















Así las cosas, la visión de esta película viene un tanto marcada por lo que sabemos y hemos visto de los artífices. La cuestión, como decía al comienzo, es si el maridaje entre el quimérico inquilino y la francesa de rompe y rasga cuaja. No voy a demorarlo más, esto es una chapuza pseudo intelectual y con pretensiones que sobrepasa con creces el ridículo más espantoso. Solo faltan las risas enlatadas. Si, como en las telecomedias que protagoniza Charlie Sheen. Un cúmulo de tópicos insufribles sobre la sociedad burguesa, la inmadurez de los adultos y las convenciones sociales con vuelta de tuerca a la caverna más cutre que produce auténtico sonrojo.
“Creo que voy a vomitar” dice Kate Winslet. Yo también, se lo aseguro. El cúmulo de lugares comunes, arquetipos sin desarrollar y fáciles chistes sin gracia alguna se suceden en lo que pretende ser un ácido retrato de la sociedad contemporanea que se queda en un sobado manual a lo readers digest absolutamente indigesto. Y encima tan previsible como un chupa chups, y eso que pretende sumarse a la teoría del caos, lo que le viene muy grande a esta tontería.
La historia es conocida. Para solucionar una incidente nimio, se reunen dos parejas adultas que de entrada conservan a la fuerza ciertos modales y exquisiteces formales, para luego ir perdiéndolas paulatinamente hasta llegar al patetismo. Lo curioso es que eso nunca tendría por que afectar al film, que degenera en una película bochornosa y de tercera regional. Y es que este rollito light muy propio de la muy moderna Yasmina Reza poco tiene que ver con el turbio y en ocasiones sórdido mundo de Polanski. Y ahí está el problema. La francesa, que nos cree tontitos, pretende darnos una clase intensiva de sociología. Cree estar descubriéndonos con cada frase un nuevo continente, con réplicas siempre con segundas intenciones en lo que ella cree que es una disección aguda del matrimonio, la paternidad, la pareja, el rol de la mujer y no se cuantas cosas más. Como no se profundiza en absolutamente nada y se reitera una única situación hasta la nausea, lo que queda es un episodio elitista y para enteradillos de las famosas matrimoniadas que emite tv. Todo muy cultureta y muy cool. Pero el resultado no pasa la prueba del algodón. Solo hay que poner en casa los primeros cinco minutos de “¿Quién teme a Virginia Wolf?” para dejar esta fantochada a la altura del betún y ponerla en evidencia.












 No se crean, podría terminar perfectamente aquí, pero desafortunadamente, queda lo peor. Por ejemplo, un tratamiento fílmico del espacio escénico paupérrimo. Filmar en un único apartamento podría haber dado lugar a un ejercicio de estilo interesante. No le voy a pedir a Polanski que alcance las cimas del maestro Hitchcook en “La soga”. Tampoco le voy a exigir el tour de force de Mankiewicz en “la Huella”. Pero él mismo había sabido ser mucho más penetrante y había sabido captar los sentimientos a flor de piel y la tensión de cuatro personajes en un solo decorado en esa maravilla titulada “La muerte y la doncella”, de lo que esto no es sino una mala sombra caduca. Claro que este artefacto se nos presenta como ácida comedia. Supongo que para que nos riamos de nosotros mismos y reflexionemos sobre lo mal que está la raza humana. No necesito este bodrio para eso, que lo único que me confirma es que estoy viendo un fraude protagonizado por grandes estrellas con presunta coartada cultural.
Pero incluso ahí falla. Para redondear el fiasco, atentos al despropósito de los actores, cuyos personajes no son tales, sino que cada uno es un mero arquetipo de una idea preconcebida en la preclara mente de Yasmina Reza. Juzgue el lector. Kate Winslet, es la asesora financiera sin vida privada, y salvo en los primeros minutos, no termina en ningún momento de dar con su personaje, mal diseñado por cierto. Jodie Foster naufraga en un texto imposible cargado de millones de tópicos sobre lo políticamente correcto. Es ama de casa pero, cuidado, está escribiendo una tesis sobre una tribu africana (¡hay que fastidiarse!) y en su casa no se fuma. John C.Reilly, representante del mundo obrero, aparenta ser bonachón y conciliador, en todo momento es presentado de forma nauseabunda como menos inteligente que el resto, y por tanto, pronto saca un primitivismo de pacotilla ¿propio de la clase obrera, Yazmina?. Pero la peor parte se la lleva Crhistoph Waltz y su delirante y cínico abogado, el cual ha de cargar con una trama paralela vía movil sobre corporaciones corruptas y medicamentos caducados absolutamente paupérrima, decadente, y mil veces vista (me refiero a la trama, por supuesto). Y es que pese a su título esta es una película poco salvaje y si muy domesticada.















Es entonces cuando vuelvo a la pregunta rara esa que me hacía más arriba. Y la respuesta es si. Sí que se pueden seguir los sentimientos que despierta la trama pese a que uno aborrezca todo este mejunje. Y si al principio uno comienza el visionado esperanzado y con ánimo, poco a poco me voy irritando paulatinamente con lo que se me ofrece, hasta llegar al cabreo absoluto ante el despropósito vergonzante y exhibicionista de los últimos diez minutos. La escena que marca el punto de no retorno es esa en la que el tramposo abogado coge el teléfono para hablar con la madre del otro haciéndose pasar por su médico. Justo ahí me doy cuenta de que esto es, definitivamente, una auténtica tomadura de pelo sin solución. La película dura 79 minutos y se hace larga. Ahora lo entiendo. Quizá le sobren 75. O quizás no debió meterse Polanski en semejante abrevadero y al menos yo me habría ahorrado mi tiempo, que no es que sobre.
Todo esto sirve al menos para sacar tres conclusiones. La primera, que hasta un gran director puede firmar un soberano gatillazo y hacer un borrón. No pasa nada. Al fin y al cabo tampoco sería la primera vez. Algo parecido pensará Lou Reed respecto de lo suyo. La segunda, que Yasmina Reza no es Jean Claude Carriere, por poner un caso. Y la tercera y última,  es más honda y compleja. Si este texto es representativo de la más aguda intelectualidad del siglo XXI y propio de un análisis profundo de la cultura que vivimos, agárrense que vienen curvas. Y no es que con intelectuales así demos la razón a la tesis del film y vayamos camino del salvajismo propio  de Golding y “El señor de las moscas”. Es que vamos camino del insulto a la inteligencia del espectador, en mayor grado incluso que cualquier película taquillera que solo busca entretener. Por cierto,se me olvidaba,con propuestas como esta, también vamos camino del sopor.