viernes, 19 de octubre de 2012

CAMINO DEL ORFANATO




Tal vez sea una casualidad o fruto de la coincidencia. Aun así, resulta cuando menos curioso que el estreno comercial de “Lo imposible” haya coincidido puntualmente con la efemérides de otra tragedia de esas que nadie olvida. Concretamente el 40 aniversario. Fue un 13 de octubre de 1972, cuando el vuelo 571 del ejército urugüayo se estrelló en la cordillera de los Andes con 45 pasajeros a bordo. De ellos solo 16 sobrevivieron. Con motivo de ello tv emitió una entrevista con Nando Parrado, recordando todo lo acontecido. Ya se sabe que Parrado, que había perdido a su madre y a su hermana en el accidente, fue junto con Roberto Canessa uno de los líderes del grupo y quien se lanzó a tumba abierta en la expedición final hasta conseguir ayuda. Habían pasado 72 días tras el accidente. Una proeza humana en condiciones extremas de la que se suele decir en términos coloquiales que resulta tan increíble como “imposible”. Existen libros y documentales sobre ello y Frank Marshall entregó un film “Viven” en el que disertó sobre la eterna dialéctica entre voluntad, razón y fe, y como ambas fueron, según los testimonios recogidos, claves para superar un reto que parecía “imposible”.
Ahora llega el film de Juan Antonio Bayona. Basado en lo vivido por una familia española durante el tsunami que arrasó la costa de Tailandia. Al sentarme en la sala lo primero que aparece en pantalla son unos rótulos que informan que este macro espectáculo está financiado entre otras instituciones con el apoyo del Ministerio de Cultura y de la Generalitat Valenciana. Que cada uno extraiga sus conclusiones. El primer plano de la película es un innecesario e inesperado vuelo de un avión a velocidad del sonido que cruza la pantalla de improviso y que casi se lleva por delante al espectador. ¿Las razones? Las ignoro, aunque me inclino por la idea infantil de dejar al espectador boquiabierto desde el primer fotograma. Es el primer golpe de efecto de una película que abundará en ellos.



Enumerar la catarata de ideas manidas, ineptitudes fílmicas, plagios sin descaro y soluciones argumentales de patio de colegio de esta cinta puede resultar tan cansino que no se si merece la pena.
En lo que si conviene detenerse es en la deriva del nuevo cine español. ¿Esta es la hoja de ruta a seguir? ¿debemos sentirnos orgullosos simplemente con batir records de taquilla mientras nos tapamos la nariz por el hedor? ¿Podemos auto engañarnos afirmando que una operación comercial y especulativa como esta es tan lícita y ética como cualquier otra? ¿Cuántos juguetes caros y defectuosos como este nos podemos permitir? ¿no ha sido precisamente por jugar a nuevos ricos que estamos donde estamos? Si este es el nuevo e internacional cine español, orgulloso de poder “competir” en el box office con las grandes producciones, con todos los respetos, prefiero quedarme con el antiguo, incluida “La tonta del bote”. Antes que buscar un cine auténtico y sincero que narre historias de ahora mismo que conmuevan, hay quien anda mirando de reojo a la taquilla, mientras pretenden engañarnos vendiendo un tsunami espectacular con la coartada de que esto es un sensible drama humano universal. Veamos con que resultados artísticos.


En “Lo imposible”, Bayona nos vuelve a entregar su particular ración de anhelos y delirios adolescentes. De cinefilia muy mal entendida y peor asumida. Este director pertenece a esa generación que como Martin Luther King tienen un sueño. Consiste no en potenciar y dar rienda suelta su personalidad, sino en llevar a la práctica y concretar como cineasta el cine con el que disfrutó horrores siendo adolescente. En su megalomanía, intentará no solo emular, sino sobrepasar a los que considera sus maestros, a los que se ve que no ha entendido en absoluto.
Mucho se ha dicho respecto de las influencias de este film. De entrada podría decirse que cualquier obra está incluso inconscientemente influenciada por los libros que se han leído, la música que se ha oído, las películas que se han visto, los museos que se han visitado, los viajes que se han realizado….Es algo inevitable. El gravísimo problema aquí no es que se detecte una influencia u otra, sino que todo el proyecto está pensado sobre la base de la imitación, del calco, del ejercicio de cine sobre cine sin auténtica personalidad. En el presente caso, el asunto es mucho más aterrador de lo que parece. Es evidente viendo el film que Bayona disfrutó con el comienzo de “salvar al soldado Ryan”, con “El imperio del sol” de Steven Spielberg y con “La delgada línea roja” de Malick. También es evidente que solo se ha quedado con la cáscara, con la envoltura formal de aquellos films complejos y desgarradores y que los copia sin descaro, sin profundizar en absoluto, y lo que es peor, sin adoptar una mirada personal. Sin embargo, ojala fuese ese el único grave atasco de este film. Al fin y al cabo, sería un mal menor. Esto es mucho más aberrante.



Lo peor de este lujoso espectáculo  con tsunami incluido disfrazado de docudrama es que está confeccionado, pensado y concebido desde su inicio para ver con palomitas en una mano y un refresco en la otra. Un viaje aparentemente hiperrealista estratégicamente calculado como una visita a un parque de atracciones con emociones fuertes y final feliz, en el que no se arriesga más que algún escobazo, como en el tren de la bruja. Estamos ante un viaje guiado por Port Aventura, Terra Mítica o Eurodisney. En definitiva, un parque temático. ¿Y cual es el parque temático cinematográfico por excelencia? Esta claro “Parque Jurásico” de Spielberg, película con la que “Lo imposible” guarda muchísimas semejanzas. El gravísimo error de Bayona es que pese a que habrá visto esta película varias veces, no ha comprendido su significado en la carrera del director, el cual tuvo la aguda perspicacia de darse un toque de atención a sí mismo.
Sin tener en cuenta la carga irónica y sobre todo autocrítica que el propio Spielberg aplicó al film, Bayona ejerce aquí de Richard Attemborough, aquel tierno profesor Hammond que como él también tenía un sueño: Poblar una isla de dinosaurios. Construir un espectáculo prefabricado tan aparentemente inocente como a la postre delirante. Jugar a ser más listo que la propia naturaleza y dar gato por liebre al visitante.
Spielberg siempre ha considerado al personaje del profesor Hammond como un aviso, el perfecto ejemplo de lo que el cine moderno (incluso su cine) estaba a un peligroso paso de convertirse: Un falso parque de atracciones turísticas donde todo es de mentira aunque parezca muy espectacular. Lo curioso es que Spielberg fiel a su discurso, se olvidó progresivamente de espectáculos grandilocuentes y se adentró en apuestas más personales y adultas. Esa es una de las razones por la que los falsos fuegos de artificio como “Twister” (Jan de Bont) no los dirija él y se los encargue a otros. Él prefiere “Inteligencia Artificial”.
Al final de “Parque Jurásico”, el multimillonario John Hammond, cuando su proyecto infantiloide se va al garete, admite haberse equivocado en su megalomanía al pretender recrear un sueño artificial con pies de barro.
Poco podíamos sospechar que en el año 2012, un director español, no solo no tomase debida nota, sino que se erige en el nuevo Hammond a la búsqueda de su  imposible sueño cinéfilo, maniqueo, lacrimógeno, efectista y manipulador.
 


Bayona construye su parque temático, su Excalestric particular, su Ibertren de siete pistas basándose en tres pilares básicos: el impacto a cualquier precio, el efectismo a ultranza y el calco de sus fetiches cinéfilos. Solo un personaje tiene entidad propia y desarrollo en la cinta, el hijo mayor Lucas (Tom Holland). El resto son meros arquetipos, simples marionetas a la deriva, figurantes sin entidad propia ante los que el espectador no siente ninguna empatía, con particular mención para la “esforzada” composición de una Naomi Watts que ha de sacar a flote un personaje de la nada.
Y como los personajes no están debidamente construidos dramáticamente, en el momento del impacto se pierde una de las razones de ser del cine: la citada empatía, la identificación y el imperioso deseo desde la butaca de que se salven. Aquí, como estamos inmersos en un parque temático, el tsunámi y sus efectos forman parte del espectáculo entre palomita y palomita. Es vistoso, faltaría más, pero sin fuerza dramática.
Lo que viene después tiene el armazón dramático de cualquier telefilm de tercera división. No hay una visión global de la magnitud de la tragedia y su impacto en la población local, no hay reflexión alguna sobre el hombre sin brújula en mitad de la aldea global. Solo una obscena exhibición de escenas cargantes y presuntamente fuertes, que no potencian en modo alguno la angustia del relato. Se puede seguir arrastrando a Naomi Watts 50 metros más por el lodo, que tanta acumulación sin construcción dramática satura por exceso. Al final queda una versión caramelizada de “No sin mi hija”. Y una pedestre y trasnochada demostración del viejo aserto de que la unión familiar puede más que cualquier tormenta, tsunami, crisis o lo que venga. Comparar esto con películas como “Missing” de Costa Gavras o incluso la reciente “Monsters” es una pérdida de tiempo. Y mejor obviar la peripatética aparición de Geraldine Chaplin y sus cursis metáforas sobre las estrellas.


Para colmo de males aún queda lo peor. Como Bayona es un tipo avispado, sabe que no puede pasarse hora y media de hospital en hospital mostrando horrores. Y en un ejercicio bochornoso de aparente suspense se permite regalar al espectador la traca final de su castillo de fuegos artificiales. Otra ración de furia acuática submarina, una escena vergonzante en la que Bayona recrea la supuesta belleza interna del tsunami, una hermosa coreografía de objetos, luces y cuerpos bañados por la luz del sol. Es el toque personal, la firma del autor que pese a todo nos viene a decir que “el tsunami es bello”. Se le olvidó a Bayona introducir en esa escena los compases  de “así habló Zaratustra” de Richard Strauss para completar el ridículo.
El balance final deja al espectador y al cine español como a los protagonistas. Solo que nosotros y nuestro cine seguimos a la espera. No sabemos si acudirá un agente se seguros al rescate y nos flete un avión en exclusiva ¡para nosotros solos! Mientras tanto, con las salas haciendo caja pero víctimas de un cine desahuciado artísticamente, huérfano, solo atisbo una solución momentánea en espera de tiempos mejores. Ir buscando refugio en algún internado. Perdón orfanato. 
 


jueves, 4 de octubre de 2012

MANZANAS Y PIEL DE TORO




Algunos proyectos deben completarse. Hace unos meses se analizó el mito de Blancanieves usando como excusa la coincidencia en cartelera de dos versiones del cuento de los hermanos Grimm. En el mismo texto se habló de las películas. Puede revisarse pulsando aquí. Muy injusto sería dejar fuera de juego esta tercera aproximación, que para colmo está causando admiración. Tal vez la aparente radicalidad de la propuesta tenga algo que ver, sin descartar los resultados. Para solventar cualquier duda nada como ver la película. Y para realizar un comentario sobre ella surgen dos opciones. Una rápida y otra más sosegada. Vamos con la rápida que consiste en acogerse al núcleo central del cuento, aprovechar la coyuntura y realizar tres o cuatro preguntas al “espejito”. Primera pregunta ¿Cuál de estas tres últimas películas sobre Blancanieves es la más bonita? La española, sin duda. Segunda Pregunta, en su papel de malvada madrastra ¿Quién es la más retorcida, esquiva, cruel y sibilina, y que interpretación es mejor? Pues aunque puedan surgir dudas, finalmente se impone la concursante local, Maribel Verdú. Cada mirada suya inyecta veneno y bilis. Tercera pregunta, y de las chicas puras y blancas como la nieve ¿Con quien nos quedamos? No hay duda, con la mirada limpia, la frescura inmaculada, la ternura y la sonrisa del dúo Macarena García y Sofía Oria. Cuarta ¿Que film resulta más innovador y sorprendente como adaptación del cuento tradicional? Pues el de Pablo Berger again. Y por último ¿Cuál de las tres versiones perdurará más en la memoria cinéfila? Pregunta tramposa que elude convenientemente la versión Disney. Pues la española otra vez, y eso que es un film mudo en blanco y negro y las otras dos son superproducciones carísimas. No hacen falta más preguntas. Ahí lo tienen: Cinco de cinco. Ganas dan de sacar la camiseta de “la roja” que no tengo a la ventana y celebrarlo como cuando Iniesta fusiló la portería holandesa y España ganó el mundial de futbol.


Quien desee puede dejar de leer aquí. Vamos con el análisis más reposado. Este proyecto que se gesta por parte de su responsable Pablo Berger como un viaje en el tiempo, un homenaje al cine mudo, una experiencia sensorial y un melodrama gótico, todo en uno, provoca de entrada curiosidad no exenta de perplejidad ante lo que se concibe como una relectura del cuento inusitada en el fondo y ciertamente arriesgada en la forma. Si todo proyecto debe contener en su esencia un punto de locura, de genio cinematográfico, este puede presumir de ser, al menos sobre el papel, innovador y rupturista, al borde de la extravagancia, pero apetecible, sobretodo teniendo en cuenta el marasmo tedioso que domina hoy la mayor parte de producciones españolas.


En lo formal, apostar por los cánones del cine mudo con orquesta, carteles explicativos y música popular es una opción cuando menos insólita en estos tiempos del 3D digital. En cuanto al fondo, situar el meollo del cuento en el marco de todas y cada una de las referencias a la España cañí con fiesta nacional incluida, coplas, pasión gitana, sangre española y toros en el albero, parece estéticamente chocante, aunque pasado el primer efecto-sorpresa resulta adecuado y compacto. Un marco que termina por resultar idóneo para dotar de músculo al drama y que aflore la magia del cine. Y esa idea es de principio a fin de Pablo Berger, que pudiendo situar la historia en el espacio, en el oeste, en la edad media o en el futuro opta por conectar dos mitos, el del cuento y el de lo español con “ñ” mayúscula.  La conjunción de forma y fondo cuaja, aunque de forma intermitente ya que tropieza con algunos lastres que impiden que esta sea la obra maestra que tanto se proclama.


Resulta curiosa esa incidencia de “Blancanieves” en el tópico y en el arquetipo de la España más reconocible y que eso sea reconocido sin fisuras como uno de los grandes logros de la película.
Paradojas del destino. No imagino que pensarán los responsables de “Manolete”, con “nuestra” Penélope Cruz a la cabeza. Su película, problemas financieros a parte, ha sido masacrada sin piedad precisamente por constituir un catálogo sin fin de los más rancios tópicos sobre el mundo del toreo y la España profunda, con copla incluida y jazmín en el ojal. Todos aquellos especialistas que abominaron de la supuesta grosería que significaba utilizar todos esos arquetipos de forma al parecer vergonzante, ahora se deshacen en elogios y no dudan a la hora de hablar de acierto absoluto, de maravilla y obra maestra. Coartadas no sobran. Entre sus exégetas, abundan las citas y referencias a Murnau, a Buñuel, al expresionismo alemán, a King Vidor, a Abel Gance, a Max Ophüls, al esperpento, a Picasso y como la cosa acaba en una circense feria ambulante, como no a Tod Browning. Que es tanto como decir que uno acaba de ver un óleo en un museo que le recuerda a Rembrandt, a Cezanne, a Sorolla, a Monet, a Kandinsky y a Tintoretto a un tiempo. El entusiasmo es así. He llegado a escuchar que “Blancanieves” recuerda a “La mujer marcada” (Victor Sjoström 1926), adaptación de “la letra escarlata” de Nathaniel Hawthorne protagonizada por Lilliam Gish. Cuestión que deja perplejo si uno conoce uno y otro film.  



Flaco favor se hace con toda esta catarata de elogios a una película que posee aciertos considerables y errores de bulto en igual medida. Cierto que está narrada con pasión y lirismo, que otorga cierta fuerza visual a su particular ideario del mito, pero  a su vez adolece de cierta falta de complejidad en su conjunto, sobre todo en su armazón dramático, pese a pasajes excelentes.
Pablo Berger se entrega a su reconstrucción fílmica con una imaginería surrealista y fantasmal no exenta de claroscuros que la benefician. Y salta al ruedo recibiendo de rodillas, entregado a fondo a la causa melodramática, con sus intrigas y pasiones desde el primer momento. Pero para ello se sirve tanto del capote como de la muleta. O lo que es lo mismo, de la complejidad dramática como del tópico. Las escenas que abren el film en la plaza de toros son muestra de ello. “Traicionando” las formas clásicas mudas a las que intenta homenajear no duda en usar la steadycam para, cámara en mano aproximarse al torero y plasmar de forma vigorosa la tensión del diestro antes de enfrentarse al astado. Y el resultado dramático es un completo acierto. Del mismo modo que utiliza idéntico sistema para recoger el momento del brindis fallido a su amada. Ello potencia el fatalismo y la tensión contenida, muy bien acompañados por el contrapunto musical. Y el espectador palpa, mastica en primera persona la vibración del momento, las pisadas en la arena, el sudor frío y el miedo a la muerte. Sin embargo, la escena es periódicamente estropeada por las exageradas composiciones de Imma Cuesta y Angela Molina sonriendo, moviendo el abanico y aplaudiendo desmesuradamente durante la faena, digámoslo ya, como marcan los cánones del cine mudo. Diríase que estamos ante el pago de un innecesario peaje estilístico.



Esta alternancia o bipolaridad entre clasicismo teñido de homenaje al mudo y modernidad narrativa se convertirá en una constante en todo el film. El uso de la elipsis que transforma a la enfermera en señora de la casa, los barridos de cámara violentos, los travellings circulares en torno a la niña mientras baila y se prueba su traje de comunión, alternan con una idea un tanto rancia de homenajear al periodo mudo, incluyendo planos muy reconocibles y tópicos que el espectador asocia al periodo, como el de la multitud acudiendo a la plaza o el de Angela Molina gritando al cielo tras la tragedia. Pero eso no evita que dentro del film haya cabida para buenas ideas subversivas y vitriólicas, tan oníricas como sugestivas, como esa en la que diferentes personas se fotografían junto al cadáver del torero muerto y vestido para la ocasión, de un fetichismo fúnebre inesperado.


Sin descanso, los aciertos conviven con momentos banales. Entre estos, la aparición del  espíritu del mono Amedio de Marco en forma de gallo. Es el preludio de un largo episodio repleto de miradas lánguidas y sonrisas de fotonovela en el que padre e hija juegan a ser Heidy y Clara. Esta cuestión no es baladí. Aunque esas escenas tienen una función clave para la resolución de la trama, son en exceso almibaradas y afectan sobremanera al personaje de Maribel Verdú, que a punto está de tirar por la borda su personaje y convertirse en una Srta. Rotenmeyer con tendencias sado. Afortunadamente, la actriz se encarga de que no sea así. Y pese a escenas poco trabajadas y demasiado evidentes sobre su condición de malvada de cartón piedra, termina remontando el vuelo, pero gracias a la actriz, no al guión. Ese es el hándicap con el que carga la película: Si su imaginería visual funciona de forma poética pero arrítmica, la mala noticia es que su cuerpo dramático también es en blanco y negro, sin apenas matices. Como en los cuentos que se cuentan deprisa.
  

De todas formas, personajes patéticos en su formulación como el de Pere Ponce conviven con otros de más calado como el del enano-torero enamorado. Estas irregularidades no evitan que Pablo Berger practique con éxito toda una notable lección dramática sobre la pérdida de la inocencia y el acceso a la edad adulta del personaje “Blancanieves”. Estamos ante un narrador que, con aciertos y errores, con influencias o sin ellas, se lanza a practicar el lenguaje del cine en su pura esencia, esto es con plena confianza y fe ciega en el poder de la imagen como generadora y propulsora de estados de ánimo y como auténtico motor del melodrama. Y eso es de agradecer. El resultado no es una obra maestra, pero si una obra que bombea sangre. Que más allá de las estampas rezuma una intermitente vitalidad. Y que es capaz de trazar una curva elíptica ingeniosa para despedirse tras un emotivo final taurino (eso si, políticamente correcto) con una filigrana poética de altura. Tal vez no merezca las dos orejas y el rabo. Ni siquiera una oreja, pero si una vuelta ruedo. O lo que es lo mismo, al cine.              


viernes, 28 de septiembre de 2012

LA OLIMPIADA DEL TERROR




Ya sabemos que Fukuyama se encargó de proclamar a los cuatro vientos el fin de la historia. Poco importa que Hegel ya hubiese disertado sobre el tema mucho antes.  El asunto hizo mucho ruido, aunque al final las nueces recogidas tampoco fueron tantas. Pero nos va a servir como punto de partida. Siguiendo el mismo planteamiento, cabe cuestionarse si en materia de cine los géneros clásicos también han muerto. Y si es así cuando y de que modo. Mucho se ha discutido sobre la presunta muerte del western. Incluso hay quien sin problemas sabe exactamente cuando se escribió su epitafio. Al parecer lo rubricó Ford la noche en que liquidó a Liberty Valance y sentó unos minutos más tarde las bases del estado de derecho al oeste del Pecos.
Sin Embargo, esta tesis choca o tropieza con algunos inconvenientes. El primero es que obliga a preguntarse que es entonces “El gran combate” firmada por el mismo Ford después. Para solucionar esta cuestión puede acudirse a una explicación mística. Muerte y resurrección del western. Así queda aclarado que pintan por ahí sueltas películas como “El fuera de la ley” “Wild Bill” o “Appaloosa” por citar alguna. La resurrección permite además acoplar el adjetivo crepuscular a la ecuación. Una argucia lingüística para decir que en realidad el western clásico sí que ha muerto, pero que de cuando en cuando reaparece dando espasmos, transformado y con otra cara, crepuscular en todo caso. Aunque eso no sea siempre así ¿un ejemplo? “Silverado”.

Por otra parte, es obligado decir que no hay unanimidad al respecto. Y no hay que olvidar que fue un western “La puerta del cielo” el que según otros certifica no solo el acta de defunción de un estudio (United Artist), sino del género. Aunque siempre queden cabos sueltos. ¿Es “Vivir y morir en los Angeles” un western, lo es “Harry el sucio”? ¿Lo es “Cowboys & aliens”? En realidad el celuloide actual vive inmerso en una continua miscelánea en la que el trhiller convive con el cine de acción y otros derivados tales como el cómic y los videoclips, formando todo parte de una macedonia no muy fácil de definir. Es muy habitual alabar determinadas películas tipo “La seguridad de los objetos” precisamente por su agridulce mezcolanza genérica, aunando drama y ácida crónica social con unas gotas de humor. Desde luego, si alguien como Todd Haynes se atreve con un melodrama de corte clásico como “Lejos del cielo” siempre tropezará con quienes le acusen de cocinar un pastiche postmoderno a lo Douglas Sirk, aunque la película funcione. 



Lo que si parece claro es que con la desaparición de los estudios, el free cinema, la nouvelle vague y demás inventos surgió por generación espontánea esa famosa mezcla de géneros (como si antes eso no existiera) y por otro lado surgen dos aparentes géneros nuevos que en realidad son más antiguos que el scope: el cine independiente y el cine aún más independiente, ese que está al margen tanto del aparato comercial como de los festivales indies. Cada día son más los directores que a las primeras de cambio se desmarcan de ambas tendencias. Hoy lo que se lleva es el director al que le encanta proclamar que vive en la republica independiente de su casa mientras espera ganar un premio en Sundance o Montreal. Aquellos que están contra el sistema ( ese que ocupan el mercado y las vacas sagradas que tienen plaza fija en Venecia o Berlin) pero que si pueden colocan su película en la quincena de realizadores de Cannes o en Locarno. Es una estrategia que usa hasta Angelina Jolie, que ha realizado una película sobre el conflicto en la ex Yugoslavia y la pretende vender como indie debido a que no cuenta con estrellas, adopta un estilo documental y está realizada (dice) con un presupuesto ajustado. Habría que saber lo que significa eso para ella.     




A simple vista, lo que parece que aguanta  inasequible al desaliento es la comedia y el cine fantástico y de terror. No me voy a detener hoy en la degradación (salvo excepciones) cuesta abajo que vive la comedia actual. La más comercial con boda incluida es una auténtica pandemia peor que el ébola. Los clásicos como Woody Allen, visto su último film pueden aplicarse el cuento. Y ya que los viajes no le sientan bien y está visto que canta mucho mejor en la ducha, lo mejor es que vuelva cuanto antes a Manhattan, su bañera particular. Queda la comedia supuestamente independiente, la alternativa, que cada vez se conforma más con abonarse a texturas que simplemente la distingan del  modelo comercial a través de una fotografía más verista y ciertos detalles, como un aparente y calculado desaliño en el diseño de producción. Si  una parece realizada en un estudio de fotografía y viste de Prada,  la otra lo hace en plena calle con esos atuendos tipo homless que portan las estrellas para pasar ¿inadvertidas? cuando van de paisano. Pero en el fondo no hay tanta diferencia como la que aparenta a simple vista entre “La proposición” y “Happy thank you more please”, por citar una cinta puramente mainstream y otra que va por la vida de indie.
El cine fantástico y sobre todo el de terror parecen tener el campo más abonado para la imaginación. Y es cierto que existe gran variedad y una oferta en principio más amplia. Además son dos géneros que permiten trabajar en ocasiones con escaso presupuesto e ideas atractivas, sobre todo en los márgenes del cine independiente, de donde se pueden extraer algunas gemas. Sin embargo, en el cine comercial el terror no es lo que era. Y temporada tras temporada nos entregan el enésimo capítulo del mismo pack archisabido. Llevan años haciéndolo, aunque en las últimas temporadas resulta particularmente descarado y censurable.


Desde que Henry James escribiese su novela “Otra vuelta de tuerca” y se comenzase a adaptar al cine la historia de la institutriz y los niños, la maldita tuerca ha dado demasiadas vueltas sobre si misma. Basta con la excelente adaptación de Jack Clayton con Deborah Kerr. Pero es que aunque hay otras incursiones, el mismo tema disfrazado ha sufrido de una forma u otra un expolio sin precedentes. Son diferentes movimientos sobre una misma partitura desgastada. Para comprobarlo he realizado un curioso experimento. Y es ver una serie de películas que en principio no tienen conexión alguna. Por separado e individualmente algunas resultan hasta aceptables y con puntos de interés. Vistas todas en un corto espacio de tiempo (tres meses) el ensayo resulta abominable por reiterativo y uno descubre la aberración carente de originalidad que nos cuelan temporada tras temporada disfrazada de nueva modernidad.
Las películas objeto de estudio son todas recientes y fueron las siguientes: “Silent Hill” de Christopher Gans, “Expediente 39” de Christian Alvart, “Frágiles” de Jaume Balagueró, “La huérfana” de Jaume Collet-Serra, “La llave del mal” de Iain Softley, “el Orfanato” de Juan Antonio Bayona, “Dark Water” de Walter Salles, “El elegido” de Guillaume Niclaux y como colofón “The ring” de Gore Vervinsky. Como dirían en un trailer de una película de terror, no se le ocurra a nadie practicar semejante experimento. Su grado de confianza en el cine actual puede sufrir un serio revés.




Todas responden a una misma fórmula que se aplica a rajatabla y sin faltar a ninguna de sus premisas. Una atractiva mujer en circunstancias personales ansioso-depresivas producto de algún trauma del pasado será la absoluta protagonista. Existirá un traslado a un hábitat nuevo, desconocido y amenazante. Parejas masculinas inanes cumplen la función de un molesto y marchito florero. En casi todas hay una necesidad imperiosa de paliar su ansiedad a través del ejercicio de la maternidad. Se producirá (casi siempre) una adopción de consecuencias problemáticas.  Habrá pérdida (emocional) o desaparición (incluso física) del vínculo materno-filial. O bien desequilibrios graves en la relación entre madre e hija. Pasillos muy largos y oscuros. Lucha a muerte de la madre “contra las fuerzas del mal” por recuperar al retoño perdido o desequilibrado así como la unidad familiar. Sustos varios en dolby stereo y  multitud de presencias siniestras. La heroína vivirá su odisea en soledad absoluta, pues nadie la cree, llegándose a poner en duda su salud mental (como sucede en Henry James). Y por supuesto, como gran guiñol final un giro sorpresa que da un vuelco total a todo lo visto con anterioridad. Todo ello con banda sonora altisonante, ruido que no falte.
No se va a negar que algunas de ellas poseen cierta atmósfera malsana, que están cuidadas en cuanto a su factura y diseño, y que permiten intuir ciertas dotes como narradores en sus autores. Incluso contienen ciertos tiempos muertos sugerentes. Pero no puede ser que a todos los niños (a todos) les de por dibujar cosas extrañas o realizar rompecabezas que hay que descifrar. Y resulta muy repetitivo que en muchos casos exista un trasfondo relativo a creencias atávicas, maleficios e integrismo religioso origen de todos los males. La única película sin aparente “problem child” es “La llave del mal” pero que nadie se engañe, la criatura es sustituida aquí por un anciano que en el fondo es como un niño.

 Aún así, no todo es morralla. En “Silent Hill” se atisban referencias a Lovecraft y “Dark Water” apunta detalles sobre la sociedad moderna en descomposición. Aunque ello no evita la sensación de estar viendo la misma película multiplicada por seis. Y con encuadres y puesta en escena que se repite sospechosamente. De todas formas, hay un asidero al que agarrarse. Una de las gratas sorpresas que proporciona un ejercicio de esta naturaleza es ver la entrega y despliegue de sus actrices protagonistas. A saber, las estupendas Radha Mitchell, Monica bellucci, Jennifer Connelly, Vera Farmiga, Naomi Watts, Calista Flokhart, Kate Hudson y compañía. Entregadas todas a la causa de la angustia con total frenesí. Un auténtico tour de force, como si compitiesen en una olimpiada de gritos, sustos y coraje femenino. Todas dispuestas a sufrir lo indecible e inimaginable. Sus performances solo tienen un problema y es que sus esquemáticos papeles son perfectamente intercambiables a la película de su vecina de desdichas. Hasta en eso salimos perdiendo. Ya metidos en faena, mucho mejor Barbara Stanwick sufriendo de lo lindo y como es debido en “Voces de muerte” (Anatole Litvak 1948).

Por el camino del sendero trillado y con el escaneado funcionando a pleno rendimiento, Henry James, Poe, Lovecraft, Freud y algún otro son una vez más masacrados de mala manera. Y se ha dado, nunca mejor dicho, otra pusilánime vuelta de tuerca al mismo asunto, solo que cada función es peor que la anterior. Alguien podría detener la fotocopiadora de una vez. Sobre todo debido a una razón esencial. El cine de terror hoy, tal vez no hay que buscarlo en la repetición de una fórmula gastada. la realidad de las matanzas en Siria sobrecogen mucho más que estos presuntos cuentos alegóricos para no dormir. Pero algunos hacen como que no se enteran y siguen haciendo caja. Parece ser que Amy Adams hará la versión americana de “El orfanato”. Será buena ocasión para revisar por ejemplo “Una mujer atrapada”, en la que Olivia de Havilland da un recital en una película de verdad.