Tal vez sea una casualidad o fruto de la coincidencia. Aun así, resulta cuando menos curioso que el estreno comercial de “Lo imposible” haya coincidido puntualmente con la efemérides de otra tragedia de esas que nadie olvida. Concretamente el 40 aniversario. Fue un 13 de octubre de 1972, cuando el vuelo 571 del ejército urugüayo se estrelló en la cordillera de los Andes con 45 pasajeros a bordo. De ellos solo 16 sobrevivieron. Con motivo de ello tv emitió una entrevista con Nando Parrado, recordando todo lo acontecido. Ya se sabe que Parrado, que había perdido a su madre y a su hermana en el accidente, fue junto con Roberto Canessa uno de los líderes del grupo y quien se lanzó a tumba abierta en la expedición final hasta conseguir ayuda. Habían pasado 72 días tras el accidente. Una proeza humana en condiciones extremas de la que se suele decir en términos coloquiales que resulta tan increíble como “imposible”. Existen libros y documentales sobre ello y Frank Marshall entregó un film “Viven” en el que disertó sobre la eterna dialéctica entre voluntad, razón y fe, y como ambas fueron, según los testimonios recogidos, claves para superar un reto que parecía “imposible”.
Ahora llega el film de Juan Antonio Bayona. Basado en lo vivido por una familia española durante el tsunami que arrasó la costa de Tailandia. Al sentarme en la sala lo primero que aparece en pantalla son unos rótulos que informan que este macro espectáculo está financiado entre otras instituciones con el apoyo del Ministerio de Cultura y de la Generalitat Valenciana. Que cada uno extraiga sus conclusiones. El primer plano de la película es un innecesario e inesperado vuelo de un avión a velocidad del sonido que cruza la pantalla de improviso y que casi se lleva por delante al espectador. ¿Las razones? Las ignoro, aunque me inclino por la idea infantil de dejar al espectador boquiabierto desde el primer fotograma. Es el primer golpe de efecto de una película que abundará en ellos.
Enumerar la catarata de ideas manidas, ineptitudes fílmicas, plagios sin descaro y soluciones argumentales de patio de colegio de esta cinta puede resultar tan cansino que no se si merece la pena.
En lo que si conviene detenerse es en la deriva del nuevo cine español. ¿Esta es la hoja de ruta a seguir? ¿debemos sentirnos orgullosos simplemente con batir records de taquilla mientras nos tapamos la nariz por el hedor? ¿Podemos auto engañarnos afirmando que una operación comercial y especulativa como esta es tan lícita y ética como cualquier otra? ¿Cuántos juguetes caros y defectuosos como este nos podemos permitir? ¿no ha sido precisamente por jugar a nuevos ricos que estamos donde estamos? Si este es el nuevo e internacional cine español, orgulloso de poder “competir” en el box office con las grandes producciones, con todos los respetos, prefiero quedarme con el antiguo, incluida “La tonta del bote”. Antes que buscar un cine auténtico y sincero que narre historias de ahora mismo que conmuevan, hay quien anda mirando de reojo a la taquilla, mientras pretenden engañarnos vendiendo un tsunami espectacular con la coartada de que esto es un sensible drama humano universal. Veamos con que resultados artísticos.
En “Lo imposible”, Bayona nos vuelve a entregar su particular ración de anhelos y delirios adolescentes. De cinefilia muy mal entendida y peor asumida. Este director pertenece a esa generación que como Martin Luther King tienen un sueño. Consiste no en potenciar y dar rienda suelta su personalidad, sino en llevar a la práctica y concretar como cineasta el cine con el que disfrutó horrores siendo adolescente. En su megalomanía, intentará no solo emular, sino sobrepasar a los que considera sus maestros, a los que se ve que no ha entendido en absoluto.
Mucho se ha dicho respecto de las influencias de este film. De entrada podría decirse que cualquier obra está incluso inconscientemente influenciada por los libros que se han leído, la música que se ha oído, las películas que se han visto, los museos que se han visitado, los viajes que se han realizado….Es algo inevitable. El gravísimo problema aquí no es que se detecte una influencia u otra, sino que todo el proyecto está pensado sobre la base de la imitación, del calco, del ejercicio de cine sobre cine sin auténtica personalidad. En el presente caso, el asunto es mucho más aterrador de lo que parece. Es evidente viendo el film que Bayona disfrutó con el comienzo de “salvar al soldado Ryan”, con “El imperio del sol” de Steven Spielberg y con “La delgada línea roja” de Malick. También es evidente que solo se ha quedado con la cáscara, con la envoltura formal de aquellos films complejos y desgarradores y que los copia sin descaro, sin profundizar en absoluto, y lo que es peor, sin adoptar una mirada personal. Sin embargo, ojala fuese ese el único grave atasco de este film. Al fin y al cabo, sería un mal menor. Esto es mucho más aberrante.
Lo peor de este lujoso espectáculo con tsunami incluido disfrazado de docudrama es que está confeccionado, pensado y concebido desde su inicio para ver con palomitas en una mano y un refresco en la otra. Un viaje aparentemente hiperrealista estratégicamente calculado como una visita a un parque de atracciones con emociones fuertes y final feliz, en el que no se arriesga más que algún escobazo, como en el tren de la bruja. Estamos ante un viaje guiado por Port Aventura, Terra Mítica o Eurodisney. En definitiva, un parque temático. ¿Y cual es el parque temático cinematográfico por excelencia? Esta claro “Parque Jurásico” de Spielberg, película con la que “Lo imposible” guarda muchísimas semejanzas. El gravísimo error de Bayona es que pese a que habrá visto esta película varias veces, no ha comprendido su significado en la carrera del director, el cual tuvo la aguda perspicacia de darse un toque de atención a sí mismo.
Sin tener en cuenta la carga irónica y sobre todo autocrítica que el propio Spielberg aplicó al film, Bayona ejerce aquí de Richard Attemborough, aquel tierno profesor Hammond que como él también tenía un sueño: Poblar una isla de dinosaurios. Construir un espectáculo prefabricado tan aparentemente inocente como a la postre delirante. Jugar a ser más listo que la propia naturaleza y dar gato por liebre al visitante.
Spielberg siempre ha considerado al personaje del profesor Hammond como un aviso, el perfecto ejemplo de lo que el cine moderno (incluso su cine) estaba a un peligroso paso de convertirse: Un falso parque de atracciones turísticas donde todo es de mentira aunque parezca muy espectacular. Lo curioso es que Spielberg fiel a su discurso, se olvidó progresivamente de espectáculos grandilocuentes y se adentró en apuestas más personales y adultas. Esa es una de las razones por la que los falsos fuegos de artificio como “Twister” (Jan de Bont) no los dirija él y se los encargue a otros. Él prefiere “Inteligencia Artificial”.
Al final de “Parque Jurásico”, el multimillonario John Hammond, cuando su proyecto infantiloide se va al garete, admite haberse equivocado en su megalomanía al pretender recrear un sueño artificial con pies de barro.
Poco podíamos sospechar que en el año 2012, un director español, no solo no tomase debida nota, sino que se erige en el nuevo Hammond a la búsqueda de su imposible sueño cinéfilo, maniqueo, lacrimógeno, efectista y manipulador.
Bayona construye su parque temático, su Excalestric particular, su Ibertren de siete pistas basándose en tres pilares básicos: el impacto a cualquier precio, el efectismo a ultranza y el calco de sus fetiches cinéfilos. Solo un personaje tiene entidad propia y desarrollo en la cinta, el hijo mayor Lucas (Tom Holland). El resto son meros arquetipos, simples marionetas a la deriva, figurantes sin entidad propia ante los que el espectador no siente ninguna empatía, con particular mención para la “esforzada” composición de una Naomi Watts que ha de sacar a flote un personaje de la nada.
Y como los personajes no están debidamente construidos dramáticamente, en el momento del impacto se pierde una de las razones de ser del cine: la citada empatía, la identificación y el imperioso deseo desde la butaca de que se salven. Aquí, como estamos inmersos en un parque temático, el tsunámi y sus efectos forman parte del espectáculo entre palomita y palomita. Es vistoso, faltaría más, pero sin fuerza dramática.
Lo que viene después tiene el armazón dramático de cualquier telefilm de tercera división. No hay una visión global de la magnitud de la tragedia y su impacto en la población local, no hay reflexión alguna sobre el hombre sin brújula en mitad de la aldea global. Solo una obscena exhibición de escenas cargantes y presuntamente fuertes, que no potencian en modo alguno la angustia del relato. Se puede seguir arrastrando a Naomi Watts 50 metros más por el lodo, que tanta acumulación sin construcción dramática satura por exceso. Al final queda una versión caramelizada de “No sin mi hija”. Y una pedestre y trasnochada demostración del viejo aserto de que la unión familiar puede más que cualquier tormenta, tsunami, crisis o lo que venga. Comparar esto con películas como “Missing” de Costa Gavras o incluso la reciente “Monsters” es una pérdida de tiempo. Y mejor obviar la peripatética aparición de Geraldine Chaplin y sus cursis metáforas sobre las estrellas.
Para colmo de males aún queda lo peor. Como Bayona es un tipo avispado, sabe que no puede pasarse hora y media de hospital en hospital mostrando horrores. Y en un ejercicio bochornoso de aparente suspense se permite regalar al espectador la traca final de su castillo de fuegos artificiales. Otra ración de furia acuática submarina, una escena vergonzante en la que Bayona recrea la supuesta belleza interna del tsunami, una hermosa coreografía de objetos, luces y cuerpos bañados por la luz del sol. Es el toque personal, la firma del autor que pese a todo nos viene a decir que “el tsunami es bello”. Se le olvidó a Bayona introducir en esa escena los compases de “así habló Zaratustra” de Richard Strauss para completar el ridículo.
El balance final deja al espectador y al cine español como a los protagonistas. Solo que nosotros y nuestro cine seguimos a la espera. No sabemos si acudirá un agente se seguros al rescate y nos flete un avión en exclusiva ¡para nosotros solos! Mientras tanto, con las salas haciendo caja pero víctimas de un cine desahuciado artísticamente, huérfano, solo atisbo una solución momentánea en espera de tiempos mejores. Ir buscando refugio en algún internado. Perdón orfanato.























