sábado, 10 de mayo de 2014

LA ESCUELA DE CALOR


Saber o no saber. Disponer de información o no. Esa es hoy parte de la cuestión. Uno puede leer a escritores como Carmen Martín Gaite o Juan Benet y sumergirse en su prosa sin necesidad de saber nada más que todo lo que sus historias y su prosa nos ofrecen, que es mucho. Sin embargo, es imposible que la percepción del lector no cobre otra dimensión cuando sabe que ambos mantuvieron una correspondencia muy intensa en la que la autora de “Nubosidad variable” le decía cosas como “el tener que sentirme avergonzada de acudir a ti me parece la más injusta y dolorosa servidumbre a que puedo estar sometida”. Incluso es necesario tomar un respiro, ya que a esto le añadía frases como “de tarde en tarde me veo acorralada, impelida a caer en ti como único expediente posible”. Nada de esto debiera afectar a su calidad literaria ni al goce de su narrativa. Y sin embargo…
En el cine ocurre otro tanto. Y más cuando ha pasado el tiempo. El espectador actual puede darse el lujo de ver “La Piscina” libre de polvo y paja. Pasando olímpicamente de toda la carga morbosa que la acompañó en su estreno. No tiene por qué saber que Romy Schneider y Alain Delon fueron la pareja más chic del cine europeo, que mantuvieron un romance sonado que finalizó de aquella manera y que esta película suponía su reencuentro profesional tras la ruptura en una cinta de alto voltaje cuya primera escena los muestra en su faceta más icónica y mítica.



Él tumbado junto a una piscina tomándose un coctel con sus inconfundibles “rayban” negras. Marcando estilo. Ella dándose un baño en la misma piscina, luciendo figura y bikini negro, escultural y magnífica. Una auténtica efigie saliendo del agua…Conste que por razones de puro análisis cinematográfico (la duda ofende) antes de describir la escena la he visto dos veces. Se pulsa pausa…atrás…adelante y Romy reaparece como una diosa subiendo otra vez la escalinata de la piscina. El encuentro entre ambos es como la fusión del átomo: “ráscame la espalda, nadie lo hace como tu”.
Parece ser que en 1969 se montó mucho revuelo por esas escenas en la que la antigua emperatriz de Austria perdía el bikini y se entregaba al deseo. Y uno no sabe si el hecho de que lo hiciese con su antigua pareja añadía más leña al fuego en la mente del espectador o no. Es un juego de espejismos que en su día avivó el celuloide.
La cuestión es que hoy podemos ver “La piscina” desprovistos de esas cargas adicionales. Sin el plus de esa información extra que cuatro décadas después resulta meramente anecdótica. Hoy, pese a conocer, el espectador puede, si lo desea, tomar distancia y disfrutar de este drama psicológico y sensual a pleno sol. Recrearse en la exploración visual de esta deconstrucción de la pareja progresivamente obsesiva y envolvente abstrayendose de asuntos privados.



La premisa es sencilla y tiene ecos impresionistas en el trazo. Una pareja, Romy Schneider y Alain Delon disfrutan de sus vacaciones en una envidiable casa de campo con una no menos envidiable piscina. Alejados del mundanal ruido. Las caricias del sol, el tacto de la piel, la sensualidad de un entorno natural y el verde intenso de los árboles invitan al goce continuo, al sexo sin prisas, a la exploración de los sentidos entre cócteles y baños. Apuntados a una particular escuela de calor en la que el reloj no cuenta, pronto descubriremos que el tiempo libre también da para jugar con los sentimientos y el deseo. El animal no duerme dice la poeta Ada Salas. Como diría mi vecina, son ganas de complicarse la vida…
La excusa propicia la proporciona un amigo de la pareja que es invitado a pasar unos días (Maurice Ronet). Un ejemplar de seductor amante de la juerga continua y el ego sin fronteras. No viene sólo. Le acompaña nada menos que su hija de 18 años (estupenda Jane Birkin). El director nos la muestra como una auténtica delicatessen recién salida de una de las comedias y proverbios de Rohmer. Un aparentemente asustadizo cervatillo entre lobos. Sensual, lánguida, fresca e irresistible incluso sin mover un solo músculo. Absolutamente francesa. Luciendo unas inocentes minifaldas que Jaques Deray filma deliberadamente como una llamada a la puerta del pecado.



Como es lógico, con estas piezas sobre el tablero, la tensión sexual se empieza a masticar a varias bandas. El cuadro dramático es más complejo de lo que aparenta. El amigo ha sido amante de Romy y antiguo jefe de trabajo de Alain Delón, que adoptando las formas sinuosas de Ripley ve la posibilidad de consumar la venganza de todas las humillaciones sufridas en la carne del cervatillo. Se van desvelando cosas inquietantes. Como que Alain es un escritor fracasado y maldito que ahora se dedica a hacer publicidad. Para colmo el recién llegado, una versión masculina del mito Rebeca, no duda en dar rienda suelta a su fama de maduro ligón de la costa azul, exhibiendo su egolatría sin disimulo. Su imperial narcisismo. Su inagotable vanidad.
Hagamos un paréntesis. En este punto uno termina por acordarse de Carly Simon y su canción enigma en la que pone firme a un hombre tan vanidoso que va de yate en yate y de fiesta en fiesta mirándose al espejo y acostándose con las parejas de sus amigos. Tan vanidoso que, como dice la letra, pensará que la canción está dedicada a él. Carly Simon nunca ha desvelado a quien se refería cuando escribió “you’re so vain”. Y aunque las especulaciones son muchas, todo el mundo sabe que hay dos candidatos claros en la parrilla de salida: Mick Jagger, que hizo los coros, y Warren Beatty, que en un acto de pura vanidad no tuvo complejo alguno en auto atribuirse el dudoso honor de afirmar que la canción está dedicada a él. Al final coloco el tema. Fin del paréntesis.



Volviendo a la película, instalados los cuatro el film avanza en un continuo flujo y reflujo de aparente mansedumbre en el que los embates emocionales y las cuitas dialécticas se mezclan con una exploración visual de la explosión de los sentidos y los dilemas éticos. Toda la marejada del juego de la seducción se pone al descubierto y a la parrilla al abrigo del tacto de la piel, el charme francés, los rayos de sol, los baños en la piscina y los límites del deseo. La liberación y relajación de las costumbres sin embargo es sólo aparente y sobrepasa a los protagonistas, a los que el juego se les va de las manos.
El acierto de la película está en presentar a presuntos personajes liberados y desinhibidos atrapados en férreos dilemas morales. Es entonces cuando el relato adopta las formas de un tejido pesimista en el que la servidumbre humana y las llagas del pasado hacen su aparición.
Con el paso de los minutos el espectador, junto con los personajes, va sintiendo también la transformación de un decorado, que ahora ya no es un relajante y envidiable remanso de paz, sino una cárcel sin salida de la que todos desean escapar sin saber cómo. Es el atractivo, discreto,  obsesivo y engañoso encanto de la burguesía y su doble moral. Ese que permite, en una cena al aire libre, compartir un arroz chino y charlar sobre comida tailandesa mientras subyace de fondo la certeza de que todos han sido infieles a todos hace diez minutos. Magnífico el momento en el que la presunta educación plagada de sonrisas pretende soslayar lo evidente.



Y si en algunos momentos “La piscina” parece una curiosa e imposible mixtura entre el preciosismo de Renoir, la placidez entomológica de Rohmer, el misterio de Hitchcock y la intriga criminal de Patricia Highsmith, finalmente el castigo moral se impone en un pulso que corrobora que la toma de riesgos en biología supone pagar una factura ética. Estos personajes, tal y como afirma Paul Bowles en “el cielo protector” viven como si cada uno de sus actos no tuviera consecuencias. Y el precio que se paga es caro: “jamás podré volver a bañarme en esta piscina” afirma Romy cuando es consciente hasta dónde han llegado los juegos estivales.
Y es que, el delicado arte de mantener el equilibrio, no en un columpio ni en una piscina, sino el emocional y ético, resulta más complicado de lo que parece. También para el director, Jacques Deray, que en 2014 también ha de pagar el peaje de construir su película con una banda sonora sesentera a lo dabadabada. Cuando esto pedía a gritos una orquesta clásica o incluso la ausencia de música. De todos modos, el complejo armazón dramático-criminal bañado por el sol funciona. Y con esos actores más. Esta película muestra que Hitchcock no debió preocuparse tanto cuando Grace Kelly dejó el cine. Precisamente en la costa azul tenía una sustituta perfecta para dar rienda suelta a sus obsesiones.



Y como lo prometido es deuda, aquí dejo el misil en forma de balada que Carly Simon dedicó en 1972 a todavía no se sabe quien, aunque bien pudiera ser el de la foto. Aunque como decíamos al principio, en el fondo da igual. El tema funciona por si solo sin necesidad de conocer su trastienda privada.

viernes, 4 de abril de 2014

BAILARINA, SOLDADO, SIRVIENTA, ESPIA


Se ha escrito un crimen. O mejor seamos exactos, que ya van siete. Como viajeros del tiempo nos situamos en el año 1947. Londres aún se está recuperando de los efectos de la Segunda Guerra Mundial. Y aunque Hitchcock se haya marchado a Estados Unidos, eso no quiere decir que a orillas del Támesis el mal intrínseco haya desaparecido. Ni las mujeres hermosas. Ni la tentación del asesinato, que es una cosa muy british. El brumoso paisaje urbano sigue siendo muy atractivo para  misterio, romance y crimen. Esas calles vestidas de adoquines. Esas farolas que iluminan levemente. Su imperturbable niebla ominosa. Y por supuesto esas sombras ambiguas dando vida al asfalto. Siniestras y atractivas a un tiempo. Que unos entiendan que son de raíz expresionista y otros busquen en ellas simbologías freudianas es otra cuestión.
Mucho antes que el asesino de Sharon Tate, Charles Manson, enviase una inquietante misiva casi indescifrable al cantante Marilyn Manson. Y antes aún de que el asesino del Zodiaco hiciese de las suyas en San Francisco con sus criptogramas y sus crímenes, el cine ya reflejó el asunto por la vía literaria. Nada menos que un asesino en serie que antes de cada crimen, afila su pluma y envía un refinado poema a la policía anunciando cómo y de que manera morirá la víctima.


Son ya siete las chicas asesinadas y siete poemas en la mesa del reflexivo inspector de policía interpretado por el flemático Charles Coburn: “No se trata de que nosotros nos estrujemos la cabeza intentando descifrar cada texto, sino de penetrar en la suya, en su mente criminal”.
La película, “El asesino poeta”, está dirigida por Douglas Sirk antes de su explosión como maestro del melodrama. Un bávaro filmando Londres. En ocasiones se olvida que Sirk no sólo sublimó el melodrama. También transitó otros géneros en títulos como “Tempestad en la cumbre” o “Ángeles sin brillo”. Sin embargo, en los años cuarenta, aún no adaptaba a Eric María Remarque o William Faulkner. Y se acercó con acierto al cine de misterio, caso de “Pacto Tenebroso” o este asesino poeta.
El film describe en sus primeros minutos con una agilidad narrativa y eficaz economía de medios el proceder del asesino y la frustración policial. Sin ánimo peyorativo ni comparativo, todo lo que cuenta “Zodiac” en su primera hora lo ventila “El asesino poeta” en diez minutos. El uso de las calles sombrías y los restaurantes sirven de clima para mostrarnos como el refinado criminal se vale de jóvenes cargadas de carmín que tientan a la suerte contestando a anuncios por palabras del periódico y se citan con ese desconocido al que la cámara no muestra.


Después Sirk nos invita a una particular sesión forense. Su analítica versión C.S.I años cuarenta de Scotland Yard. El análisis del poema, escrito siempre con la misma máquina de escribir. La textura del papel, adquirido en la misma tienda, los versos premonitorios…el desconocido poeta resulta ser un romántico desesperado que según un experto, plagia a Baudelaire y su idea de la belleza en la muerte y más allá de la muerte. Baudelaire, aquel que dejó escrito que “la poesía es como una danza graciosa y terrible, cuya apariencia vaporosa esconde la auténtica materia embriagadora embellecida por un halo musical”. De acuerdo.Aunque siempre habrá quien pensará: Con lo fácil que es decir eso de “¿y tu me lo preguntas? Poesía eres tu".  
Las víctimas son siempre chicas jóvenes y atractivas. Y que mejor lugar para escoger a su próxima musa que un night-club donde las girls, atención, se ganan la vida bailando con pesados con una copa de más. A Sandra Carpenter (Lucille Ball) le toca un tonto a las tres que por supuesto le dice que es la más guapa del local. Ella, aburrida de escucharlo todas las noches con diferentes tipos poco recomendables se limita a entornar los ojos.
La señorita Carpenter y su amiga, poco dadas de entrada a dejarse convencer por un verso suelto, aspiran a una vida mejor. Lo que significa un night club mejor. Curiosamente, anda apurada ya que en 1947 también hay bancos y tiene pendiente un vencimiento. Y de ahí a bailar con un borracho por unas libras sólo hay un paso. En ocasiones nada como el cine de género para mostrar la realidad social.


Sólo es preciso un instante para que la vida de un vuelco. Para Lucille, la desaparición de su amiga le llevará a otro tipo de proxenetismo light. Si antes danzaba para costearse la vida, ahora lo hará para la policía. Al espectador también le sirve para constatar (como en su otro acercamiento al noir “Envuelto en la sombra”) su versatilidad. Esta chica tuvo prestancia suficiente como para ser algo más que la cómica televisiva por excelencia durante décadas. Hubo vida más allá de Lucy.
Memorable esa escena en la que el inspector le pide que se levante la falda por encima de la rodilla para ver sus piernas: “le felicito, señorita”. Se necesita a una joven lo suficientemente atractiva para servir de cebo. Y Lucille no se lo piensa mucho. Comenzará a contestar a todos los anuncios por palabras del periódico que piden citas para dar con el asesino poeta. Y para ello mutará en dama misteriosa, aristócrata por una noche, sirvienta y espía.
Se puede debatir si existe en todo ello una reafirmación femenina que convierte a la dama en heroína…o si por el contrario hay una actitud un tanto misógina al colocar a la fémina en situación de serio peligro, de conejillo de indias, de cebo a la fuerza.


Esa dicotomía otorga al film una sensación de cierta turbiedad ambigua que se solventa con la naturalidad ingenua y decidida con la que la nueva detective se somete a todas las pruebas. Algunas entrañables, incluido ese niño con un ramo de flores que acude a la cita a ciegas sustituyendo a su hermano que ha sido alistado. Otras decididamente delirantes y bizarras, como la extraña en un decorado vacío con un alienado Boris Karloff, un encuentro que por su retorcimiento recuerda y mucho al que muestra Polanski en “La Venus de las pieles”.
Sin embargo, Lucille no pierde la compostura ni se ve amenazada por serios problemas psicológicos como Clarice Starling cuando escucha a los corderos. Su vitalidad e ingenio, la alejan del personaje atormentado y la acercan a una detective tan ingénua como analítica y perspicaz que se usa a si misma como trampa para resolver el misterio- crucigrama.
No obstante justo cuando el truco del cebo femenino parece no dar los frutos deseados, aparece un sofisticado playboy, un bon vivant encantador y mujeriego, rico y atractivo. Nada menos que George Sanders. Sofisticado, elegante, ambiguo, seductor…los calificativos se quedan cortos para describir con que soltura se mueve en escena y con que habilidad se divierte jugando al gato y al ratón con Lucille y con el espectador.


La idea de la película es llevarnos a los terrenos de “La sombra de una duda” y sobre todo “Sospecha”. ¿Será el irresistible y encantador George Sanders el refinado y lírico asesino poeta? ¿El exquisito nuevo Cyrano con inclinaciones criminales? Para ello el guión mete una marcha más e incluye la inevitable trama amorosa. Nuestra heroína cae rendida. Y cuánto más apuntan las sospechas en dirección al caballero símbolo del ideal amado, más se empecinará ella en defenderlo con la única arma de que dispone. Su noble corazón no le puede fallar, piensa.
No vamos aquí a desvelar el misterio, que por otra parte apunta a una reflexión analítica muy aguda sobre la autoestima, los complejos, el arte y las relaciones sociales magnífica, aunque es inevitable pensar que la sombra de “Laura” es alargada  Sólo dejar constancia que en su resolución Lucille Ball es sometida de nuevo a la prueba de ser “again” la sufrida cobaya que se utiliza para cazar al criminal. Para que luego se diga que el morboso y fetichista era el marido de Alma Reville.
“El asesino poeta” es una de esas películas en las que el regocijo va acompañado de cierta ligereza. Mezclar suaves aromas noir con comedia sofisticada y toques sociales arroja un film con ciertos altibajos que en ningún caso estropean la función.

El trhiller asoma en ciertos pasajes, cierto. Y la resolución del whodunit (¿Quién lo hizo?) importa tanto o más que la descripción de un ambiente moral subversivo y oscuro propio del noir más característico y descarnado. Una lectura atenta permite vislumbrar que aquí también se tratan entre líneas y a contraluz la frustración y los tormentos del hombre hastiado y rodeado de banalidades, los abismos de la creación como vía de escape y el odio por una sociedad que menosprecia la belleza y el arte.
No obstante, el film, sin renunciar a ese trasfondo, prefiere decantarse por el glamuroso juego detectivesco. Es por ello que esta película no tenga tal vez el sabor de los whiskys fuertes a palo seco. Es más bien un licor suave, sofisticado y con un peculiar sentido del humor, que eso sí, se degusta con agrado. La ligereza de estos misterios de Lucille, detective con medias de seda, ni ángel ni diablo, arrojan una película correcta y aromática. Eso sí, no se busquen los abismos de “Retorno al pasado” ni “Perversidad”. Estamos ante una delicatessen ligeramente escarlata que juega con la gramática de la sospecha.       

viernes, 21 de marzo de 2014

LA ESTRATEGIA HUMANISTA


Se llama Jesse Fisher y se explica así: “el otro día al cruzar la calle empecé a divagar, cosa poco extraña en mi. Gracias por regalarme esta música. Creo que está alterando mi percepción de Nueva York. He descubierto que cambiando los gritos y bocinas por los acordes de Schubert o Vivaldi la ciudad adquiere una belleza insoportable”.
Decía Conrad que hay hombres de acción e individuos más inclinados a la especulación. No todo el mundo es Zalacaín el aventurero, Ivanhoe o D’artagnan. Otros se mueven en un indefinido terreno observando la gran partida de ajedrez de la vida antes de mover ficha. Deleitándose estupefactos ante el panorama que contemplan. Intentando descifrar antes de actuar.
Hoy nos centraremos en la última hornada de tipos taciturnos, anhelantes, reflexivos, meditabundos y nostálgicos. Abstenerse por tanto aquellos que sufran alergia ante ciertas historias ligadas al último cine indie. Acompañaremos a locuaces inofensivos, románticos y modernistas a la vez, silenciosos pero irónicos. Y muy dados a especular (léase divagar). Su sistema coronario y su mente aunque parezcan aletargados hierven y no descansan. Curiosamente, existe una novela de Thomas Wolfe titulada precisamente “Especulación”, en la que un tipo tranquilo vuelve a su pueblo, no lo reconoce y no deja de hacerse preguntas.


Las cuestiones habituales de estos personajes pueden ser de muchos tipos, por ejemplo: ¿en que sociedad vivimos? ¿en la de la mercantilización de la cultura o en la de la culturización de ciertas mercancías? ¿O en ambas?
Pero siempre está presente el eterno misterio del ideal amoroso, las inquietudes sociopolíticas y la vanguardia cultural. Estos urbanitas soñadores conjugan la nostalgia por un tiempo pasado y los infinitos miedos ante un futuro incierto en el que una palabra pesa como una losa. Responsabilidades. Es gente que observa el mundo con asombro y perplejidad intentando descifrar sus enigmas a la vez que destilan melancolía a raudales. Ante lo que surge una pregunta ¿Es la melancolía peligrosa para estos entrañables seres desubicados inmersos en la efímera cultura pop?.
Mejor vamos con ellos. Que vamos a  reducir a tres. Zach Brach, Joseph Gordon Lewitt y Josh Radnor. El primero se ha especializado en componer a ese personaje reflexivo, autocompasivo y taciturno que libra una continua y feroz batalla por comprenderse a si mismo y su entorno. Asolado por implosiones internas, turbulencias varias y dudas existenciales, su objetivo base es que el mundo no se hunda bajo sus pies. En “The last kiss” (no importa que sea un remake) él solito se monta un complejo y monumental embrollo en torno a lo que debe o no debe ser el curso de su vida que lo cortocircuitan completamente.


No es extraño por ello verlo constantemente mirando al horizonte, en un permanente horror vacui, pensando qué hacer ¿Sigo de juerga, bebiendo cervezas y filosofando mientras el tiempo se agota o digo definitivamente adiós y cruzo la puerta hacia la edad adulta?
En semejante estudio sobre la percepción, la mirada contemplativa y la ubicación de quien observa e intenta comprender, se encuentra el mismo actor en “Algo en común” (Garden State). Y podría formar pandilla con los dos anteriores Joseph Gordon Lewitt en “Brick” y “500 días juntos”. Salvo por un detalle.
Aunque todos ellos son gente estupenda, tienen su lado outsider. Un componente extraño que les hace ser vistos a los ojos de quien les rodea como peculiares, curiosos especímenes con un toque excéntrico y singular. Sujetos que pasarían desapercibidos, pero que poseen un poderoso imán que irán llamando la atención en segunda instancia, siendo muy valorados por personajes aun más indefinibles y extraños. Igual de desubicados e infelices.


Josh Radnor en “Liberal arts” (cómo me gusta ese título, amor y letras en castellano) podría considerarse el compendio de todos ellos. Y por eso le vamos a dedicar más espacio. Radnor es Jesse Fisher. A sus 35 años ya denota cierta fatiga ante lo quebradizo de ciertos sueños. Ya vive en una gran ciudad, como siempre quiso. Ya pasó por la universidad, que es lo que deseó. Lee y se interesa por toda actividad cultural, que es lo que le va. Y sin embargo el rostro de la melancolía y el vértigo asoma en cada una de sus sonrisas sin avisar, disfrazada bajo una capa de ironía y cáustico sentido del humor.
Jesse Fisher, paradigma del ingenuo reflexivo e inconformista, de hombre desplazado, dice mantener una relación un tanto hostil con Nueva York, una ciudad que no percibe como soñó. En ese momento, recibe una invitación al pasado. Concretamente al acto de despedida del que fuese uno de sus más admirados profesores.
Eso supone zambullirse en un mundo que hace tiempo dejó atrás. El universitario, del que dice guardar los mejores recuerdos de su vida. A su llegada, cargada de buen rollo e ingenuidad, no puede reprimir tumbarse a mirar el cielo en el verde césped del campus, como antaño. El presunto aroma a “carpe diem” se instala casi de inmediato en sus poros. Y se obra el milagro de volver a revivir esos instantes irrepetibles en los que podía sentarte junto a un árbol a descifrar un poema sin percibir que la rueda del mundo seguía dando vueltas. Cuando el tiempo viajaba a diferente velocidad.


El regreso a la Universidad de Jesse Fisher recuerda al que hace Edward Norton en “La última noche”. Ambos tienen un alto sabor nostálgico. Pero uno es el reverso del otro. Para el personaje de Spike Lee supone recordar con grandísima amargura lo poco que aprovechó aquellos años.
Por eso a la hora de desahogar su frustración, para Norton sobran refinamientos. Su grito desesperado, su alegato contra todo y contra todos cuando la vida le vuelve la espalda es contundente y directo a la yugular. Y puestos a disparar, mejor en todas direcciones: “que se joda la ciudad y todos sus habitantes, que se jodan los mendigos y los negros con su puto basket, que se jodan los puertorriqueños y sus desfiles cutres, que se jodan todos los putos aprendices de terroristas, que se jodan los spaguetti italianos, sus pelos engominados y sus trajes de nylon, que se jodan los agentes de bolsa de wall street, supuestos maestros del universo, que se jodan Bush y Chayne, que se jodan Osama Bin Laden, Al Quaeda y todos los fundamentalistas, que se jodan los polis corruptos y sus porras para dar por el culo, que se jodan los curas que abusan de niños y la iglesia que los protege, que se jodan las esposas de la quinta avenida con sus pañuelos de Hermés, sus trajes de diseño y sus caras operadas y estiradas etc, etc”.


Jesse Fisher en “Liberal arts” jamás se permitiría algo así. Su abultado paquete universitario y su bagaje cultural se lo impiden. Su talante es otro, más apegado a la conjetura. Y el de su película también. La bofetada existencial de Spike Lee es sustituida por un agradable cóctel indie mezcla de melancolía y cinismo. Lo cual no le impide plantear cuestiones: “¿te has dado cuenta de que aquí todo el mundo habla con hipérboles? Todo es lo mejor. El mejor libro, el mejor profesor, la mejor hamburguesa…como si hubiesen leído todos los libros o hubiesen probado todos los profesores y hamburguesas del planeta, lo cual sabemos que es logísticamente imposible”
Pero es que además su regreso cargado de nostalgia supone una especie de puerta abierta a su particular paraíso soñado con sabor a bombón envenenado. Un microclima que en su memoria es idílico y que sólo la sinceridad del director/actor nos revelará sus auténticas luces y sombras.
“Sólo recordamos y nos quedamos con lo agradable” admite. La realidad es bien distinta. Pues esa etapa también lo fue de frustraciones e ideales no cumplidos. Y dolor. En “amor y letras” flota en el ambiente una ambivalencia sobre la etapa estudiantil. Fructífera en sus aspectos más lúdicos, humanistas e intelectuales. Pero que a su vez se rebela como una falsa burbuja, una brújula dorada, una enorme pompa de jabón que poco tiene que ver con la vida real que uno se encuentra después y para la que nadie está preparado. De ahí cierta melancolía y desconfianza en las miradas en su retorno al verde campus.


Eso sí, Jesse Fisher adoptará una visón contemplativa y balsámica con el entorno, ayudando con su experiencia a otros estudiantes e incluso profesores más amargados de lo que presuponía. Él ya ha salido de esa burbuja y sabe lo que hay fuera. A todo ello beneficia y mucho que estamos ante un tipo tranquilo que se toma su tiempo, sabe escuchar y goza de una bonhomía a prueba de bomba, aunque no deje de sentirse (como los demás) perplejo, inseguro y con muchos interrogantes no resueltos.
Y al igual que le pasa a Zach Brach en “algo en común” dos detonantes abrirán aún más sus poros cerrados: una mujer vivaz y espontánea y el contacto con la música. Y si Zach tiene la suerte de toparse con una deliciosa Natalie Portman, Jesse Fisher lo hace con una espontánea, estimulante y sensual Elizabeth Olsen, que a la segunda conversación ya le advierte que presiente que…es más avanzada que él. Hasta el punto de que es ella quien lleva la iniciativa en todo momento, alcanzando la relación, gran frescura, tacto y espontaneidad. Deja de pensar le dice ella. Estas con la persona equivocada, contesta él


El contacto con la estudiante de frases ingeniosas les llevará a ese periplo plagado de librerías de viejo, bibliotecas, cafés a media tarde, paseos por el campus y  charla imparable…En un acierto muy propio del género (como sucede en la película de Jonás Trueba “Todas las canciones hablan de mi”) deciden comunicarse a través de cartas escritas a mano…
Y el eterno universitario irá explicando de forma muy lírica (que a alguno le parecerá pedante) en un tramo delicioso y vitalista como “la experiencia de abandonarse a escuchar en plena calle “cossi fan tutte” de Mozart convierte inexplicablemente a todos los habitantes atractivos, llenando las calles de Nueva York de miles de posibles parejas románticas”. Solo es cuestión de poner la banda sonora adecuada. Son unos momentos de gran sensualidad narrativa e inspiración visual, incluso superiores a los que refleja el pelotazo musical que vive el protagonista de “500 días juntos” cuando cree haber conseguido a la chica de sus sueños. Y que explican la mentalidad ensoñadora y posibilista del personaje.
Estas dos películas cargadas de música, al igual que las de Zach Brach, le llevan a uno a recordar a Tolstoi, cuando consideraba (no sabemos si de forma irónica) que la música debía ser una primordial cuestión de estado, pues no podía consentirse que los acordes de una pieza musical pudieran hechizar irremediablemente a las masas.
El film va ahondando en ese ambiente climático en el que el caos emocional, el goce cultural y la belleza conviven con el dolor a cualquier edad. De todo ello surgen personajes de carne y hueso y una sensación muy inteligente y agridulce en la que “Amor y letras” no se limita a indagar en el complejo carácter del protagonista, sino que el relato adquiere un carácter más global, universal, un tapiz coral realmente estimulante sobre la posición del individuo en el mundo y las relaciones con los demás.



Para la salvación del alma moderna en el globalizado mundo caótico no cabe sino una sensual estrategia dirigida a la empatía solidaria y los afectos, viene a decir Radnor. Una estrategia humanista que enarbola la bandera de la palabra en un retablo abierto a los sentidos y la camaradería.
Al final, todos los personajes dan y reciben una o varias lecciones involuntarias sobre amistad, libertad, compromiso, solidaridad, romanticismo y madurez. En un panorama que puede ser tan hermoso como emocionalmente quebradizo, al borde del fracaso emocional. Y eso hace a la película muy cercana, muy reconocible y muy emotiva. Una decidida y sincera apuesta por el factor humano. Sin esconder dónde nos duele ni nuestros errores, los propios de la naturaleza humana. Por cierto, quien piense que los problemas de Jesse Fisher y los demás son alergias generacionales, se equivoca de cabo a rabo. O al menos eso creo.