En ocasiones conviene recordar que no todo el mundo puede formar parte del equipo del entusiasta profesor Keating en “El club de los poetas muertos”. Se ha convertido en una especie de totem fílmico aquella escena en la que el profesor lleva a sus alumnos a contemplar los retratos de antiguos alumnos ya fallecidos mientras les susurra el “carpe diem”. Esa invitación a la creatividad y a construirse a sí mismos lleva a los alumnos a reunirse en una cueva mientras beben y recitan ebrios versos y soflamas al creer haber roto ciertas cadenas. Aunque siempre me llamó particularmente la atención aquella escena en la que colocados en fila y a orden de silbato, uno a uno cada alumno tomaba aire, cogía carrera y decía una frase presuntamente aleccionadora antes de dar con fuerza una patada a un balón. Una implosión de energía liberada para exprimirle el jugo a la vida, según el profesor Keating. Es el momento exacto en el que, a poco que se reflexione, se advierte que en ese ejercicio naif hay algo que no termina de cuadrar. Y más aun si se piensa en todos aquellos que jamás pertenecerán a ese club, ni glorificarán el carpe diem gritando al viento oh capitán mi capitán!
El concepto de poeta maldito fue glosado por Paul Verlaine citando a Baudelaire y Rimbaud entre otros. Y a la hora de perfilar sus características se refería a su vida atormentada y a la incomprensión de la sociedad de su tiempo. Poetas que fueron víctimas de la censura y el escarnio público y que en muchas ocasiones su estilo de vida y su obra representaban a la perfección al poeta rechazado por la sociedad, que se entregaba al desenfreno para mitigar el tedio que les suponía habitar un mundo que ni les comprende y sobre el que sienten un profundo pronunciado hastío. Existe una segunda acepción de poeta maldito, muy relacionada con la anterior, y es el del poeta torturado presa de mil anhelos que rompe folios sin parar y bordea la autodestrucción dado que considera que ninguno de sus versos están a la altura de la suprema belleza a la que aspiran. Incapaces de lograr la maldita perfección en un tortuoso camino a caballo entre el sacrificio y la belleza. En ocasiones con el suicidio como telón de fondo. Pasacal Quignard afirma en “morir de pensar” que el razonamiento y aun más si es en el anhelo y la indagación poética conducen inexorablemente a la melancolía. Y que tanto el pensador como el poeta navegan en muchas ocasiones entre brumas y sin brújula
En este contexto y con estos antecedentes se produce el estreno de “Un poeta”, película colombiana que nos narra las desventuras y miserias de un poeta fuera de espacio y tiempo. Malviviendo su “no mans land” particular. Desastrado, sufriendo humillaciones hasta de su propia familia que lo ve como una carga, de designio claramente fatalista, y siendo víctima de la sociedad cultureta de hoy, aquella que desde organismos públicos varios e instituciones dice gestionar la cultura, constituyendose en el autentico veneno de la serpiente lo que la película retrata sin piedad. Sería muy reduccionista afirmar que “Un Poeta” es la crónica de un fracasado y un canto a la derrota. La película va mucho más allá, mostrándonos un caleidoscoipio que convierten al protagonista, en una mixtura entre el Jorobado de Notre Dame de Victor Hugo, las ilusiones perdidas, una revisión fantasiosa, prosaica y cruel del ingenioso hidalgo de la Mancha y la filosofía vital de supervivencia del bariio del Chavo del Ocho
Un derrotado en el primer asalto que vive de forma ilusoria y choca una y otra vez frontalmente con una realidad que destruye sus molinos de viento de un plumazo. No obstante, su obstinación en la creencia de un mundo poético que está ahí, a la vuelta de la esquina esperándonos a todos, le harán levantarse con una mezcla de insistencia y resignación una y otra vez. En el colmo del delirio y haciendo de la derrota dignidad este ser vapuleado del que Oscar Restrepo hace una composición extraordinaria no dudará en un instante ebrio en disertar sobre la función social de la poesía en plena calle y frente a un homless. Resumen de lo maravillosamente poético y arriesgado de su quijotesca empresa Y aún más, haciendo gala de los paralelismos anunciados cree vislumbrar el auténtico talento literario en una joven de la que se convertirá en tutor haciendo de esta empresa similar a la de la simpar Dulcinea en una versión colombiana de May fair lady de funestas consecuencias
Una lástima que la chica esté
lejos de ser el embrión de una nueva Carson McCullers, y para su desgracia este
mucho más próxima a la picara Chilindrina del Chavo del Ocho, la cual junto a su
familia intentará sacar provecho del asunto.
Particularmente preciso el
retrato que Mesa realiza una vez más sobre los popes oficiales de la cultura a
los que “Un Poeta” coloca en su sitio. Dada su condición humilde y viéndolo participar
en un magazín televisivo entre recetas de cocina y casquería varia, cabe
preguntarse si dada su bohomía y su estoica actitud le veríamos lanzando un
slogan y golpeando un balón como método infalible para revitalizar su carpe
diem. Da la sensación de que los duros y sucesivos vitales le harían torcer el
gesto ante las proclamas vitalistas del profesor Keating, el cual no olviedmos
también sale derrotado pese a su entusiasmo. Por otro lado, el concepto de
poeta maldito, hoy en día tan manoseado y en el que se confunden muchas veces
vidas disolutas con la obra en si misma, a nuestro protagonista le quedan un
peldaño por debajo. Su desgracia vital y sobre todo artística van más allá de
los corsés, etiquetas literarias y malditismo de vanguardia. Y en el fondo nos
interpela a todos como sociedad. Tal vez no hayamos percibido aún que con una
propuesta tan valerosa como “Un Poeta” no asistimos al fracaso de un hombre
ridículo y abandonado a su suerte, sino a la radiografía de nuestro propio
fracaso como sociedad, esa que se permite el lujo de menospreciar todo lo que
este hombre representa sin atrevernos a mirarnos al espejo. Si hay un club de poetas abandonados, es debido a que los abandonamos nosotros


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