viernes, 11 de septiembre de 2026

LA FIESTA DEL FIN DEL MUNDO


Se pregunta Silvia Bardelás sobre ese curioso fenómeno que nos permite a los seres humanos asistir de forma lúdica, con un refresco y unos nachos, a la contemplación del apocalipsis en una sala de cine. Ahora incluso con sillones reclinables. Cabría responderle que se hizo toda la vida y bastaría recordar el gran éxito que tuvieron las películas de catástrofes que curiosamente siempre proliferan en sociedades en crisis. No obstante Bardelás introduce un matiz interesante. No se trata ya de pagar una entrada y comprarse unas palomitas para ver como Nolan diserta y te muestra la construcción de la bomba atómica y su explosión o ver el exterminio en “la Lista de Schindler”. Ambos son acontecimientos históricos pasados que se revisitan. Ahora, con la amenaza real del cambio climático o el advenimiento de una nueva era de intolerancia, también podemos pagar para entretenernos viendo como nos consumimos. Podemos entrar al cine huyendo de la enésima ola de calor a 45 grados, para ver al fresco y con aire acondicionado la devastación del planeta









Resaltar que no se trata ya de la posibilidad de ver un espectáculo pirotécnico que convierte el fin del mundo en un flim de aventuras  como “Greenland”. O de disfrutar de distopías en mundos post apocalípticos como “Soy leyenda” o “the last of us”. Hoy, podemos ir al cine a ver nuestra propia degradación y al análisis del fin de los tiempos tanto físicos como sobre todo morales. En “la vida de Chuck” asistimos al relato de lo que pudo haber sido y no es. En un primer acto prodigioso y excelentemente narrado Mike Flanagan nos dibuja el “this is the end” de the Doors de un típico barrio residencial. Con excelente pulso narrativo vamos viendo como los móviles y la tv dejan de funcionar, las plantas pierden vigor, la luz se va y como incluso las estrellas se van apagando en un escenario nihilista en el que el ser humano se da cuenta demasiado tarde de su propia responsabilidad en este proceso autodestructivo en el que ya no va a venir un ET a recordarnos que cuidemos nuestra casa. Y Flanagan (y Stephen King autor del relato) en los dos actos siguientes que componen el tríptico nos recuerda que pudimos tener un mundo diferente en el que seres humanos que no se conocen son  capaces de construir algo armónico y musical que funciona a partir de la anécdota de una chica que toca la batería en plena calle. Maravillosa la escena del baile improvisado en un lugar cualquiera en contraste a la melancolía (que recuerda a la de Lars Von Trier) del fin de los tiempos, en lo que lo primero que falla es la comunicación que ahora es digital.




Dice Santiago Beruete en su libro “Filosintesis” que no hemos sabido cuidar nuestro jardín y que por eso se muere. Y que toda esperanza pasa por asumir una conciencia viticultora en la que cada cual asuma que todos tenemos nuestra responsabilidad a la hora de mantener el planeta- jardín libre de malas plantas y aseado. La metáfora es tan bonita como naif ya que olvida en parte la dimensión moral. En la película “Anniversary” Diane Lane es una profesora de filosofía que en principio ha cuidado maravillosamente su jardín. Es la matriarca de una familia de espíritu felizmente capriano en la que reina la tolerancia y la camaradería, el libre pensamiento, la conciencia responsable y el buen humor. Pero a ese jardín armónico se incorpora como pareja de uno de sus hijos una nueva flor de aspecto cándido y precioso (para la que en un acierto de casting absoluto el director ha escogido a la protagonista de “Los Bridgerton”). Un ejemplo de belleza, amabilidad de porcelana y buenos modales, que no obstante resulta ser una recluta perfecta de esa nueva era negacionista que cree firmemente que los viejos principios democráticos están podridos y caducos y es imperioso instaurar un nuevo orden, mundial por supuesto. Ese en el que el individuo pierde sus derechos en favor de una nueva era totalitaria e intolerante.  




La película nos va narrando a través de las sucesivas celebraciones de aniversario del matrimonio en la casa familiar, la degradación ética, familiar y global de ese presunto jardín en el que reinaba el libre pensamiento y los valores. Y el personaje de Diane Lane, profesora de filosofía que tuvo como alumna al germen de la intolerancia, aunque lo detecta a tiempo, nada puede hacer para evitar el derrumbe social y el apocalipsis moral.

Curioso como “Anniversary” tal vez sin pretenderlo está íntimamente relacionada con otros dos films que abordan el tema. Por un lado “Civil war” de Alex Garland, se convierte en el perfecto espejo, ya que si en “anniversary” nunca salimos del jardín familiar y no vemos la devastación exterior, la película de Alex Garland nos muestra el pavoroso paisaje tras la batalla.  Un nuevo desolation row. Y nos plasma las consecuencias a pie de calle de todo lo visto en ese ámbito familiar en el que nunca se sale de la casa con piscina. Esa que era paz y camaradería al comienzo y que con la implantación de lo totalitario ya no sirve ni como bunker. Ambas protagonistas son testigos directos pero pasivos del apocalypse now. Tanto Diane Lane como Kirsten Dunst resultan ser dos private eyes de excepción del desmoronamiento de una sociedad. Y asisten en primera fila, derrotadas, aterradas e impávidas a la fiesta del fin del mundo según lo describe Natalia Castro Picón.



Curiosos los paralelismos también entre “anniversary” y otra película que afronta el gran problema del ser humano desprovisto de moral, sin atributos. Y que retrata sin piedad una sociedad que asume su degradación con asombrosa naturalidad. Nos referimos a la escalofriante “la zona de interés”. En ambas apenas vemos el horror exterior que sí nos muestra en contraplano Alex Garland en “Civil war”. Pero si en “anniversary” asistimos a una versión siglo 21 de lo que ya nos mostraba Frank Borzage en “Tormenta mortal”, en la que los intelectuales contemplan con pavor la instauración de un nuevo régimen, en “la zona de interés” se da un paso más en el análisis ético del ser humano sin conciencia. Jonathan Glazer radiografía con una frialdad quirurjica milimétrica como la banalidad del mal es capaz de convivir con el horror mientras se prepara una merienda de cumpleaños.



Queda preguntarse si la mirada del espectador que busca respuestas o simplemente distraerse durante dos horas es inocua a este tipo de relatos que nos tocan tan de cerca y en primera persona. Se supone que el hombre ilustrado busca en el séptimo arte enaltecer sus sentidos, emociones, intelecto y pasiones. Pero no queda claro si nuestra mirada ingenua ante la pantalla es la del sujeto pasivo que observa como un epicúreo la belleza estética del desastre apocalíptico o bien se reactivan los resortes éticos ante discursos tan contundentes. La cuestión sigue siendo si entre una palomita y otra, tomamos un trago de refresco valorando la hermosura del plano o bien somos conscientes de que la conciencia simplemente estaba adormecida, echando una pequeña siesta y admitimos que ciertas películas no son sólo un pasatiempo lúdico. Se atreven a formular dialécticas sobre nuestro tiempo en forma de excelente celuloide. Lo que es palmario es que nunca podremos decir que el cine no nos avisó.


viernes, 28 de agosto de 2026

EL CLUB DE LOS POETAS ABANDONADOS

 


En ocasiones conviene recordar que no todo el mundo puede formar parte del equipo del entusiasta profesor Keating en “El club de los poetas muertos”. Se ha convertido en una especie de totem fílmico aquella escena en la que el profesor lleva a sus alumnos a contemplar los retratos de antiguos alumnos ya fallecidos mientras les susurra el “carpe diem”. Esa invitación a la creatividad y a construirse a sí mismos lleva a los alumnos a reunirse en una cueva mientras beben y recitan versos y soflamas al creer haber roto ciertas cadenas. Aunque siempre me llamó particularmente la atención aquella escena en la que colocados en fila y a orden de silbato, cada alumno tomaba aire, cogía carrera y decía una frase presuntamente aleccionadora antes de dar con fuerza una patada a un balón. Una implosión de energía liberada para exprimirle el jugo a la vida, según el profesor Keating. Es el momento exacto en el que, a poco que se reflexione, se advierte que en ese ejercicio naif hay algo que no termina de cuadrar. Y más aun si se piensa en todos aquellos que jamás pertenecerán a ese club, ni glorificarán el carpe diem gritando al viento oh capitán mi capitán!



El concepto de poeta maldito fue glosado por Paul Verlaine citando a Baudelaire y Rimbaud entre otros. Y a la hora de perfilar sus características se refería a su vida atormentada y a la incomprensión de la sociedad de su tiempo.  Poetas que fueron víctimas de la censura y el escarnio público y que en muchas ocasiones su estilo de vida y su obra representaban a la perfección al poeta rechazado por la sociedad, que se entregaba al desenfreno para mitigar el tedio que les suponía habitar un mundo que no les comprende y sobre el que sienten un profundo y pronunciado hastío. Existe una segunda acepción de poeta maldito, muy relacionada con la anterior, y es el del poeta torturado presa de mil anhelos que rompe folios sin parar y bordea la autodestrucción dado que considera que ninguno de sus versos están a la altura de la suprema belleza a la que aspiran. Incapaces de lograr la maldita perfección en un tortuoso camino a caballo entre el sacrificio y la belleza. En ocasiones con el suicidio como telón de fondo. Pasacal Quignard afirma en “morir de pensar” que el razonamiento y aun más si es en el anhelo y la indagación poética conducen inexorablemente a la melancolía. Y que tanto el pensador como el poeta navegan en muchas ocasiones entre brumas y sin brújula



En este contexto y con estos antecedentes se produce el estreno de “Un poeta”, película colombiana dirigida por Simón Mesa que nos narra las desventuras y miserias de un poeta fuera de espacio y tiempo. Malviviendo cual Dante su particular purgatorio existencial. Desastrado, sufriendo humillaciones hasta de su propia familia que lo ve como una carga, de designio claramente fatalista y errático, y para colmo en su condición de outsider sin rumbo, siendo víctima de la sociedad cultureta de hoy, aquella que desde organismos públicos varios e instituciones dice gestionar la cultura, constituyéndose esta en el autentico veneno de la serpiente, lo que la película retrata sin piedad. Sería muy reduccionista afirmar que “Un Poeta” es la crónica de un fracasado y un canto a la derrota. La película va mucho más allá, mostrándonos un caleidoscopio que convierten al protagonista, en una mixtura entre el Jorobado de Notre Dame de Victor Hugo, las ilusiones perdidas, una revisión fantasiosa, prosaica y cruel del ingenioso hidalgo de la Mancha y la filosofía vital de supervivencia de barrio del Chavo del Ocho

Un derrotado en el primer asalto que vive de forma ilusoria y choca una y otra vez frontalmente con una realidad que destruye sus molinos de viento de un plumazo. No obstante, su obstinación en la creencia de un mundo poético que está ahí, a la vuelta de la esquina esperándonos a todos, le harán levantarse con una mezcla de insistencia y resignación estoica una y otra vez. En el colmo del delirio y haciendo de la derrota dignidad este ser vapuleado, del que Ubeimar Rios  hace una composición extraordinaria, no dudará, en un instante ebrio en disertar sobre la función social de la poesía en plena calle y frente a un homless como único espectador. Resumen de lo dolorosamente poético y atribuladamente arriesgado de su quijotesca empresa Y aún más, haciendo gala de los paralelismos anunciados cree vislumbrar la chispa del genuino y auténtico talento literario en una joven de la que se convertirá en tutor haciendo de esta empresa un trasunto literario a la de la simpar Dulcinea en una versión colombiana de May fair lady de funestas consecuencias. Por tanto quien espere un dibujo fílmico del escritor atormentado cargado de tópicos alrededor del fracaso, lo bohemio, el alcohol y la vida disoluta, apercibirle de que aquí estamos lejos de los retratos crepusculares que el celuloide ha realizado con autores como Henry Miller o Charles Bukowski



Para Oscar Restrepo, el último ancla, su proyecto de Pigmalion,  tampoco resulta como se esperaba. Su posibilidad de acercarse al profesor Keating estimulando la creatividad  de otros no termina de cuajar. Una lástima que la chica esté lejos de ser el embrión de una nueva Carson McCullers, y para su desgracia este mucho más próxima a la pícara Chilindrina del Chavo del Ocho, la cual junto a su familia intentará sacar provecho económico del asunto.

Particularmente preciso el retrato que Mesa realiza una vez más sobre los popes oficiales de la cultura a los que “Un Poeta” coloca en su sitio. Quedan algunas cuestiones. Dada su condición humilde y viéndolo humillarse participando en un magazín televisivo entre recetas de cocina y casquería varia, cabe preguntarse si dada su bonhomía y su estoica actitud le veríamos lanzando un slogan y golpeando un balón como método infalible para revitalizar su carpe diem. Da la sensación de que los duros y sucesivos reveses vitales le harían torcer el gesto ante las proclamas vitalistas del profesor Keating, el cual no olvidemos también sale derrotado pese a su entusiasmo. Por otro lado, el concepto de poeta maldito, hoy en día tan manoseado y en el que se confunden muchas veces vidas disolutas con la obra en si misma, a nuestro protagonista le quedan un peldaño por debajo. Su desgracia vital y sobre todo artística van más allá de los corsés, etiquetas literarias y malditismo de vanguardia. Y en el fondo nos interpela a todos como sociedad. Tal vez no hayamos percibido aún que con una propuesta tan valerosa como “Un Poeta” no asistimos al fracaso de un hombre ridículo, incomprendido y abandonado a su suerte, sino a la radiografía de nuestro propio fracaso como sociedad, esa que se permite el lujo de menospreciar y tirar a la basura todo lo que este hombre representa sin atrevernos a mirarnos al espejo. Si hay un club de poetas abandonados, es debido a que los abandonamos nosotros

 

domingo, 10 de mayo de 2026

LA BESTIA DE LA GUERRA

 


Hay que confesar que en ocasiones, el aficionado al cine, llevado por una primigenia ingenuidad adolescente, se mete en innecesarios berenjenales y ejercicios contra natura visionando films contra los que de entrada tiene serios prejuicios. Luces rojas que advierten que no se debe tomar un desvío que puede llevar a una autopista al infierno fílmico o a un Silent Hill en forma de celuloide sin salida posible. En el caso que nos ocupa, tres son los severos prejuicios que ha habido que vencer. Ante todo el título. Nada menos que como “ángeles del desierto” han traducido el Dirty angels original. Que para un film que se desarrolla en contexto bélico se intuye que no va a remitir precisamente a aquellos ángeles perdidos con Montgomery Clift en la segunda guerra mundial, desolador melodrama con claro sabor neorrealista sobre la orfandad que detallaba como se truncaban las vidas de los más inocentes, los niños, en conflictos bélicos a gran escala. Tampoco estamos en la senda de "ángeles sin brillo" de Douglas Sirk. Por desgracia, este título nos lleva a los inefables aromas de otros ángeles, los de Charlie en misión bélica, lo cual no es precisamente el mejor augurio.

  

El segundo prejuicio viene dado por la constatación de que la velocidad a la que circula la realidad geopolítica actual es mucho mayor que la evolución de los clásicos géneros cinematográficos. En el desquiciado contexto sociopolítico actual, articular un proyecto cinematográfico en el que un grupo de soldados de élite norteamericanos se enfrascan en una peligrosa misión en Afganistan para liberar a unos rehenes, choca frontalmente, hoy más que nunca, con una realidad brutal. Y es que intentar en 2026 reproducir los viejos cánones genéricos mostrándonos una vez más al cuerpo de élite yanki como salvaguarda de las esencias democráticas occidentales y como libertador de pueblos oprimidos sin derechos, tropieza de forma grave con la realidad aberrante del énesimo bombardeo que nos muestra día tras día cualquier informativo. Luego convendría recordarles a ciertos directivos de los estudios que resulta como concepto un tanto delirante plantearse un “comando en el mar de china” o unos patos salvajes actualizados al siglo 21 ya que la realidad hoy es otra. Una muestra más del desquicie absoluto en el que viven los ejecutivos de Hoollyood  atrapados en una red de franquicias sin fin, remakes imposibles y repetición de fórmulas caducas.



Hay más. Ya que esta película pretende además presentarse como novedosa reformulación en clave feminista del asunto. Es decir, que conforme a los dictados de la nueva era, hoy se ha convertido en moda impuesta que ahora los doce del patíbulo en misión suicida lo forme un escuadrón exclusivamente femenino. En unos tiempos en los que ya se comienza a hablar de autodestrucción woke, este film se nos presenta como presunta avanzadilla feminista de lo políticamente correcto. Y si hemos visto desfilar por la nueva pasarela fílmica a actrices como Jessica Chastain o Angelina Jolie haciendo exactamente lo mismo que Jason Stathan ahora parece que el turno le toca a Eva Green. 

Y es aquí donde conviene decir basta de prejuicios, por cuanto la primera sorpresa que depara esta cinta es que contra todo pronóstico y adelantémoslo ya, Eva Gren está espléndida en su composición de soldado de mirada torva, herida en lo más profundo, de apariencia amoral, anárquica, individualista y mal hablada, pero cuyo rasgo distintivo es estar en continua batalla no con el enemigo, sino con el rígido y caduco estamento militar al que pertenece con el que mantiene una relación de desprecio mutuo. La protagonista odia profundamente en lo que se han convertido las guerras y sus ejércitos. Y fruto de ello es una rara avis, un verso suelto en el marco de las actuales guerras tecnológicas con drones y bombardeos teledirigidos desde una pantalla que han olvidado el factor humano.



Y es que en ocasiones los prejuicios no son sólo más que eso. Pese a todo lo dicho, estamos ante una película vibrante, bien narrada, áspera y que no solo retrata el desmoronamiento moral de un mundo en constante guerra sin sentido, sino que se permite certeros apuntes sobre la condición humana llevada al límite en tiempos en los que la brújula ética ha perdido completamente el norte. Los soldados de este film rememoran por momentos el fatum patológico y desesperado de cintas pesimistas como “En el valle de Elah”, aunque su apariencia formal parezca una nueva entrega de “The old guard”

Sorprende que esta película haya obtenido un sonoro fracaso comercial por cuanto se podría decir que es prima hermana de otras dos notables. Una mixtura a caballo y con muchas semejanzas entre “Mad Max Fury Road” y aquel extraño western de Ron Howard titulado “Desapariciones”. La pesimista soldado de inquebrantable independencia y tozudez que encarna una soberbia Eva Green, en su papel de nihilista y obstinada héroe a la fuerza, está muy cerca de aquella Charlize Theron huyendo del sumo patriarcado postapocalíptico con unas ninfas vírgenes en la película de George Miller. Del mismo modo que se acerca también a aquella Cate Blanchett que se adentraba en una misión también infinita y obsesiva en busca de sus hijas raptadas por los indios en el film de Howard.



Y es cierto que la coartada que se emplea es un tanto naif y rebuscada. Nada menos que tal y como sucedía en “Argo” utilizar el disfraz y el engaño. En este caso, hacer pasar al comando femenino por una ONG de ayuda humanitaria que reparte medicamentos para adentrarse en el corazón de los grupos extremistas talibanes y proceder al rescate de las ninfas sometidas, tal y como ocurría en “Mad Max Fury Road”.

El film, no exento de tópicos del género, no se queda sólo en la tensa acción vibrante, sino que afortunadamente se permite reflexiones sobre el presente. Eva Green en primera persona es consciente de que, aunque no haya leído a Nietzche, en el mundo actual se ha movido tantas veces y en tantas direcciones la línea que separa el bien del mal, se ha cruzado en tantas ocasiones, que el ser racional vive desnortado, azotado por una tormenta interna en la que todas las piezas del tablero han sido dilapidadas y la reflexión ética y la razón parecen haber pasado a mejor vida. Su forma obsesiva rayando en la locura de cavar a pala unas tumbas tanto de soldados como de afganos muertos en una refriega es el retrato del hombre moderno  absorto y sin respuestas en un mundo desquiciado.



Queda una película que no es redonda. Típico caso en el que un planteamiento desarrollado en la mesa de los estudios caduco, cargado de tópicos y fuera de foco puede ser superado en manos de un director con mano y personalidad (Martin Campbell) que aprovecha un guión cartesiano para ir más allá, dejar su firma y colar entre línea y línea a través de un personaje potente una radiografía lúcida y pesimista de un mundo sin brújula. A la vez que realiza un scanner bastante preciso de la bestia de la guerra. La soldado mal hablada, irascible, enfadada con el mundo y prima hermana de Harry el sucio se sorprende a si misma manteniendo una larga conversación sobre música con un afgano ¿Posibilista? Puede. Pero aquí Martin Campbell nos dice que tal vez no esté todo perdido. Y que el cine en ocasiones sirve para recordárnoslo    


domingo, 3 de mayo de 2026

LA CONCIENCIA DEL VIRUS

 

En la película dirigida a cuatro manos por Jorge Lara y Fer Pérez “Los Justos”, nueve (que no doce) presuntos nuevos hombres y mujeres del siglo 21 (cuesta no decir sin piedad) serán una vez más puestos a prueba. Y de nuevo sus conceptos de justicia, ética y conciencia serán valorados en un particular examen fílmico de fin de curso. Su deliberación en su condición de jurado popular viene marcada por un dato que la propia película en sus primeros compases deja cristalino: No existe ningún tipo de duda razonable sobre el justiciable. Su culpabilidad como autor de varios delitos de cohecho, malversación y tráfico de influencias no presenta para los autores duda ninguna. De modo que el campo de batalla dialéctica se circunscribe a un examen ético sobre esos nueve que la película utiliza como experimento de laboratorio psicosocial. Y como suele suceder en este micro género, al final no asistimos a un proceso sobre el corrupto sobre el que la película ya ha dictado sentencia en el minuto uno, sino al juicio sumarísimo de los nueve elegidos. A su particular retrato de Dorian Grey que la película pretende expandir como scanner de toda una sociedad. 




Para su experimento, la película nos presenta un abanico variado de personajes de diferentes extractos sociales y los somete a una juguetona versión del relato de Mark Twain “el billete de un millón de libras” en el que dos excéntricos millonarios usan de cobaya a un ciudadano anónimo sometiéndole a bruscos cambios de fortuna. Sin embargo, no es este simplemente el retrato distorsionado de la tradicional picaresca española aderezado a los nuevos tiempos sino un examen crítico de las nuevas corrientes de pensamiento como el posthumanismo y el  transhumanismo que pretenden construir nuevas utopías renacentistas al estilo de “la nueva Atlántida” de Francis Bacon. Esta película  les viene a decir  a todos aquellos que preconizan que es necesario volver a examinar el “quien soy” socrático para retomar un “quienes somos” reconstruyendo una sociedad armónica sobre la base de la restauración de los valores  públicos y dejando de lado el individualismo de las sociedades neoliberales, que no. Que no hay manera de avanzar de forma armónica edificando un espacio público de encuentro. Al menos por el momento. Y que tal y como advertía Kant, todas las teorías sobre la razón tropiezan con un escollo casi insalvable pues “con semejante madera tan torcida como está hecho el hombre, debemos ser escépticos. Difícil construir nada recto, razonable y armonioso con semejante materia prima”.




Por tanto, ante la tentación económica a que son sometidos los nueve justos pronto se advierten fisuras. Y ya advirtió Tolkien de la facilidad corruptora del hombre denominando precisamente ”los nueve” a aquellos humanos presa de la codicia que se entregaban a servir al Señor Oscuro como si hubieran leído el clásico aforismo de Montaigne que advierte que la codicia es como beber agua salada, cuanto más se bebe más sed se tiene. 

Sin embargo, en este contexto la película no apunta ni entra a fondo en todas las posibilidades que plantea. No se aborda la culpa ni el sentido de justicia en su sentido más calvinista y profundo tal y como hizo Eastwood en "el jurado nº 2". De Bergman ni hablamos. Nos quedamos en un mero enunciado un tanto superficial en el que curiosamente se termina condenando éticamente precisamente a aquellos más desfavorecidos víctimas de una sociedad ultraliberal y competitiva. De este modo, el diagnóstico no es completo, ni en lo individual ni en lo colectivo. Estamos muy lejos de crimen y castigo. Cierto que se  describen los males morales del hombre moderno falto de principios en  la sociedad de la desconfianza según Victoria Camps.Y hay un intento no sé si consciente de cuestionar todos los ensayos buenistas que proponen utópicas sociedades solidarias sobre la base de la colaboración mutua. Aunque hay que apuntar que de forma involuntaria se termina en última instancia haciendo un diagnóstico incompleto y sesgado en el que en gran parte, los responsables de las miserias humanas terminan siendo precisamente quienes las padecen, víctimas de una sociedad injusta. Pero no se aborda ni se profundiza  en un cuestionamiento social y moral íntegro que apunte a la raíz de un sistema nocivo y agotado, sino que nos quedamos en las debilidades humanas, simples fallas individuales que solo nos permiten vislumbrar el mapa completo a distancia,  leyendo entre líneas y sin mostrar al verdadero y auténtico enemigo.




Resulta interesante conectar esta película con otra que aborda el mismo tema. En “La fiebre de los ricos”  Mary Elizabeth Winstead es una broker implacable que también es sometida a bruscos cambios económicos en una sociedad ultraliberal, pasando de tenerlo todo a vivir en la más absoluta indigencia. El nuevo orden natural que el ultra liberalismo ha construido se convierte de pronto en implacable losa para quien disfrutaba de sus mieles. Aquí podríamos citar a Fitche, quien aseveraba que no es la naturaleza, sino la libertad misma, la que produce los mayores y más terribles desordenes de la raza humana, convirtiendo al hombre en su enemigo más cruel. Pero en este caso afortunadamente los autores no se quedan ahí y van más allá.

En su propuesta distópica pero muy real, en esa sociedad depredadora, liberal y tecnológica que cree vivir la emancipación del yo, Galder Gaztelu Urrutia sí plantea un diagnóstico más avanzado y profundo del estado de las cosas, no limitándose a las fallas naturales del hombre y los vicios propios de su naturaleza, sino apuntando directamente en su diagnóstico a la voracidad del capitalismo como sistema nocivo que vive inoculado como un virus afectando a todo el sistema, y lo que es más desolador, sin receta ni vacuna posible a la vista. Esa fiebre a la que alude el título de la película, retrata de modo formidable no una simple picaresca audaz futo de la codicia humana para obtener un rápido beneficio tal y como ocurre en “los justos”, sino la totalidad de la experiencia de pertenecer a un mundo regido por unas reglas contaminadas en su esencia y que afectan al núcleo del sistema.




En su relato, más lúcido, nihilista y desolador, las utopías renacentistas y los nuevos intentos en forma de ensayo sobre la necesidad de crear un espacio público plural que nos salve de ese virus ultraliberal que está en la raíz del sistema son también puestos en cuestión. Y quedan mejor expuestos. En “la fiebre los ricos” la propuesta se articula hasta el extremo de llevar a su protagonista a un “no mands land” en el que retorna al estado más primitivo del ser humano. El de la tribu solidaria y el intercambio en forma de trueque de las escasas pertenencias que quedan cuando su protagonista ya no controla los hilos de un sistema injusto y desbocado. Y los autores en un final formidable y demoledor nos dicen que pese a los loables intentos de reconstruir un nuevo Walden, nada se puede hacer si no se ha erradicado antes el virus. Si persiste la conciencia capitalista ultra liberal base del sistema, la construcción de una arcadia solidaria deviene utopía por cuanto no se ha erradicado el mal primigenio. Y en ese contexto, los conceptos de justicia y moral e incluso el gobierno de las emociones quedan supeditados no a una nueva conciencia solidaria, sino a un virus letal. Al final, la conclusión lógica y cinematográfica de films como estos, su secuela, no sería el hedonismo de "une partie de campagñe" ni "belle epoque". Son films post apocalípticos como "Soy Leyenda" o "The road"




Los protagonistas tanto de “Los justos” como la de “los fiebre de los ricos” obtienen una aparente victoria pírrica saltándose los conceptos de moral y justicia, pero con una diferencia evidente. Mientras los primeros practican el autoengaño y la justificación para sus acciones, la segunda en un último plano magistral, es de forma aterradora plenamente consciente del implacable virus que la habita. Y del post apocalipsis que le aguarda.     

viernes, 24 de enero de 2020

ACORDES Y DESACUERDOS


Uno de los fenómenos musicales del pasado año 2019 ha sido el lanzamiento de un nuevo grupo entre folk y country que lleva por nombre “The highwomen”. Integrado por cuatro fuerzas vivas y potentes del panorama actual, su presunto valor no está solo en sus melodías, sino en lo comprometido de sus letras, en las que se hace un continuo alegato reivindicativo y abiertamente feminista de reafirmación de la mujer. A destacar que su lanzamiento ha venido rodeado de comentarios de todo tipo. Han proliferado adjetivos positivos. De revolucionarias a valientes, desde proyecto rompedor hasta impulso que marca una nueva era. Pero también hay quien lo ha criticado de oportunista como estrategia calculada al amparo del movimiento “me too”. ¿Estamos ante un producto manufacturado y programado o una obra con músculo y raíces propias?


En la película de Scott Cooper “Corazón Rebelde” Maggie Gyllenhaal, periodista novata, entrevista al veterano cantante country interpretado por Jeff Bridges. “¿En estos tiempos de country prefabricado y de plástico es más difícil reconocer las autenticas canciones?”. La película, al igual que otra reciente titulada “Country Strong”, se preocupa mucho en retratar con nitidez una clara contraposición entre el añejo folk de carretera, bourbon, polvo y resacas amorosas en abierta pugna con un nuevo country postmoderno, de sonido limpio e impecable en las formas y que suena a producto gestado por las compañías para escalar en las listas de éxitos utilizando reclamos comerciales. El encuentro del resacoso loser Jeff Bridges con la actual estrella del country interpretado por Colin Farrell, está descrito con fino detalle. Farrell es un ídolo de masas con sus fans y su parafernalia de luces que según se nos insinúa por el camino ha ido perdiendo su alma de bluesman auténtico. Esa que no va recuperar por mucho que insista en repetir de cara a la galería que todo lo aprendió del auténtico y viejo vaquero Jeff Bridges al que supera ampliamente en discos de platino. Incluso esa apelación en el propio escenario ante la multitud suena tramposa. Como la búsqueda de un salvoconducto que legitime su apuesta musical definitivamente comercial. 


En el mismo sentido en “Country Strong” Gwyneth Paltrow tiene que lidiar en su gira post desintoxicación con una cantante de nueva hornada y amplia sonrisa que canta muy bonito pero de espaldas a lo más añejo. Sin sangre en las venas.  Aunque quizás el ejemplo más extremo y a la postre más honesto y menos maniqueo con esta dialéctica es un film hoy olvidado titulado “Georgia” en el que dos hermanas cantantes ejemplificaban las dos caras expuestas sin deslegitimar totalmente a ninguna de ellas, aunque mostrando un nostálgico cariño por la perdedora pasada de bares, copas, carreteras e infortunios amorosos que interpreta Jennifer Jason Leigh.  No nos vamos a extender en que los tres films citados comparten una adhesión inquebrantable al estribillo del arquetipo y el tópico asumidos sin complejos.


Sí que resulta destacable un aspecto en el dibujo del paisanaje que aparece muy acentuado en “Corazón rebelde”: la plasmación de un insalvable salto generacional. Todos los locales y garitos que recorre Jeff Bridges tienen como público fiel a gente que sobrepasa los 50. Tradicionales admiradores del clásico trovador de carretera, anclados en esa América profunda que exhiben con orgullo su admiración por unas costumbres que en lo musical van asociadas al polvo del camino,  el whisky añejo y  la granja del condado. Curiosamente, los mismos personajes que pueblan “Comanchería”. Desconectados absolutamente de las nuevas tendencias. ¿Podría esta gente estar interesada en el disco de “the highwomen” y sus alegatos de empoderamiento femenino? ¿Las reivindicaciones y verdades en la voz de un grupo de chicas interesan al potencial público amante del folk y el country? ¿y a la industria? Un ejemplo, una canción, puede ilustrar hasta qué punto puede cambiar el panorama. 

 Hay temas que valen tanto o más por su origen y significado que por ellos en si mismos.  Es el caso de "on with the song" de la cantante y compositora Mary Chapin Carpenter. La historia: En 2003, el grupo femenino de country rock "Dixie Chicks" cometió el "delito" de lanzar un discurso en pleno concierto abogando contra la guerra de Irak y las mentiras de Bush en el que consideró al presidente una doble vergüenza: como ser humano y particularmente una verguenza para Texas, patria chica del grupo. El precio que pagaron no fue el mismo que el de otras estrellas tipo Madonna o Bono que también se posicionaron contra la guerra de Irak sin consecuencias. Para las Dixie Chicks el boicot fue inmediato. Las emisoras country del medio oeste americano dejaron de pinchar sus canciones, dejaron de aparecer en las listas de country y tuvieron que cancelar muchos conciertos y apariciones en tv. Calificadas como antiamericanas y amigas de Saddam, lo peor estaba por llegar. Y es que muchos cantantes country y folk ligados a las discográficas de Nashville o bien se pusieron de perfil o abiertamente las calificaron de antipatriotas. Todo ello llevó a un retiro forzoso al grupo que no reapareció hasta finales de 2006. 


Y mientras la mayoría asistió al boicot al amparo del mismo patriotismo que tan bien retrata Costa Gavras en "El sendero de la traición" sucedió lo impensable: Mary Chapin Carpenter dedica expresamente "on with the song" incluida dentro del álbum "the calling" expresamente a las Dixie Chicks con una letra absolutamente contundente en la que lo más importante no es ya la dedicatoria al trio, sino el repaso sin paliativos que realiza respecto de la doble moral de toda esa gente no tan pura que se traga las consignas, boicotea y reparte carnets de patriota, con especial recado también para el presidente, aquel que a raíz del asunto manifestó que Usa es un país muy libre de no querer oir las canciones de las Dixie Chicks. Aunque el repaso más duro se lo llevan esas emisoras que se negaron a programar sus canciones. A Carpenter, el tema le creó ciertos problemas con su discográfica, ya que la cantante quería que "on with the song" fuese el single de lanzamiento del álbum. Ignoro si lo logró. De lo que no hay duda es que Mary Chapin Carpenter  decidió abrir sus conciertos en todo el país con esta canción. Las Dixie chicks reparecieron casi cuatro años después con un disco titulado "Taking the long way" que no sé si fruto de la mala conciencia fue galardonado con un par de grammys.


Ignoro qué opinión tienen años después las Dixie Chicks y Mary Chapin Carpenter del fenómeno The highwomen como baluarte musical de empoderamiento femenino. Y en un ejercicio de contorsionismo, qué pensaría el personaje de Jeff Bridges y su público de carretera del episodio de las Dixie Chicks. Aunque Mary Chapin Carpenter o fue muy osada o pareció tenerlo muy claro si decidió abrir sus conciertos en el medio oeste con un tema que no deja títere con cabeza.  Sabemos que a Sheryl Crow, Miranda Lambert o Dolly Parton les encanta el proyecto. A las mediáticas Ellen Degeneres y Oprah Winfrey les entusiasma. Aunque ya puestos, ya que la música no nació anteayer, sería jugoso saber qué dirían Billie Holliday,  Edith Piaf , Joan Baez, Janis Joplin o Patti Smith de todo este revival. O que opinarían las sufragistas de hace dos siglos


 Sí conocemos la opinión de Joni Mitchell. A ella la nueva hornada de cantantes folk y country le deja un tanto fría, en sintonía con las tesis de las películas mencionadas. “I was a freedom rider” cantan The Highwomen. Pero para Joni Mitchell el panorama folk no es el que era. Y si tiene que destacar un álbum de los últimos 20 años elige como flor en el desierto un disco que pasó practicamente desapercibido, “Revival” de Gilliam Welch que acompañada a la guitarra canta “I am an orphan on God’s highway, but I’ll share my troublers if you go my way, I have no mother, no father, no sister, no brother, I am an orphan girl”. Tras escucharlo detenidamente se comprende. La pregunta que la periodista le hace a Jeff Bridges es hoy más pertinente que nunca. Strange fruit, cantaba Billie Holliday.

Las imágenes son de The Highwomen, del film Corazón Rebelde y Country strong, Dixie Chicks, Mary Chapin Carpenter, Joni Mitchell y de Gilliam Welch


sábado, 27 de enero de 2018

ABAJO LA MUSICA

















Por esta casa se habían abandonado algunas añejas costumbres. Una de ellas consistía en hacer un repaso de la música que nos había llamado la atención por alguna razón en el año que terminaba. Y consideré para reaparecer que no estaría nada mal retomar la idea y reavivar con música esta sala adormecida durante demasiado tiempo.
Eso sí. Esta vez no voy a colocar los vídeos como en otras ocasiones. He utilizado un sistema distinto que hace tiempo deseaba probar y al que me he lanzado. El resultado, como no podía ser de otra forma, ha quedado un tanto chapucero y primerizo. Pero dado que lo realmente importante es la música, tampoco me preocupa demasiado. Ruego tengan por tanto cierto grado de indulgencia con el paliza que suelta la chapa. Su puesto pende de un hilo ahora mismo.
A nivel técnico, espero se pueda escuchar directamente en la propia página. Voy a intentar que así sea. No obstante, si hay algún valiente que prefiera o desee escucharlo en su móvil u otro aparato similar, o que le acompañe de otra manera, basta descargarse ivoox de forma gratuita, entrar en música en la sala oscura y bajarse el podcast si se desea. Espero que al menos una canción les guste.


jueves, 9 de marzo de 2017

LADY IN THE DARK


La Reina Blanca en “Alicia en el país de las maravillas” afirmaba que es muy pobre la memoria que sólo funciona hacia atrás. Peor aún es cuando la memoria muta no en silencio sino en injusta transfiguración. Hay casos en los que el ejercicio del olvido se torna hasta generoso, menos punzante, vistos los restos del naufragio. ¿Qué hacer cuando el recuerdo obligado por una efemérides se muestra ajeno a la veritá majestuosa? Surgen dos rápidas reflexiones. La primera sirve para constatar la futilidad de ciertas leyendas y mitos que apenas tienen tiempo de florecer y que se distorsionan con rápida avidez en el imaginario colectivo. La segunda permite atisbar la relatividad de las reputaciones, que no siempre se ajustan al esperado equilibrio instalándose en tópicos forjados en un pasado desajustado por una memoria que derrapa e incluso apuñala sin piedad.



El pasado 4 de marzo fallecía Valerie Carter. Y francamente, hubiese sido mejor el piadoso silencio que leer artículos como el titulado “muere la corista más guapa del mundo”.  Las breves referencias se centran en su labor como corista y vocalista trabajando para James Taylor, Jackson Browne, Linda Ronstadt, Randy Mewman o Christopher Cross en diversos álbumes. “A la sombra de”, faltó decir. Citar sólo de pasada su labor como compositora y solista es tremendamente injusto. Valerie Carter, artista de largo recorrido,cultivó de forma notable practicamente todos los géneros: el rock más genuino, blues, pop, country, soul. Y lo más importante, desplegó su versatilidad sobrada de calidad. Su labor como compositora le llevó a escribir grandes temas para multitud de artistas, desde los citados hasta algunos tan alejados aparentemente de su estilo como Earth Wind & Fire. Y los duetos con algunos de los citados son memorables.

Me ha resultado francamente difícil escoger un tema en el que quede constancia de la música de “la corista”. De modo que, ya que la memoria la despacha mal y de dos brochazos he decidido escoger dos, lo cual no ha sido fácil. El primero resume la rotunda energía setentera en la que se movía Valerie Carter en su faceta rock. Y su título es perfecto para el tema que nos ocupa: Lady in the dark. Incluido en el disco "wild child" producido nada menos que por James Newton Howard y contando con varios músicos de Toto en la grabación.

El segundo, de tonos blues, nos descubre a una artista capaz de hacer temas que hoy escasean. Sirva este modesto recuerdo para hacer justicia, ahora sí y que conste en acta, a una gran compositora, instrumentista y cantante con cuatro excelentes discos como solista y que trabajó mano a mano en los setenta con muchos grandes de la época. Contra la desmemoria, nada como su música y su voz.

jueves, 22 de septiembre de 2016

OBSESION EN LA JUNGLA


La  señorita de la foto es Imogen Robertson, alias Imogen Wilson, alias Ingenia Robertson, alias Mary Nolan. Su caso puede resultar ilustrativo para poner en cuestión esa verdad oficial que dictamina que el periodo pre-code fue el territorio de mejor expresión de los divinos y locos años veinte. Un espacio de libertad artística, autoafirmación femenina y creatividad sin censura tanto fuera como dentro de la pantalla. Periodo fulminado por el Código Hays. Robertson se inicia como artista en los años 20, y es reclutada por el gran Ziegfeld como estrella de sus conjuntos musicales en Broadway. La publicidad (siempre exagerada) de la época llegó a decir que había tres motivos para conocer New York. Visitar la estatua de la libertad, conocer al presidente y ver en acción a Imogen “burbujas” Wilson. Su paso por Hollywood sería fugaz. Un tormentoso affaire amoroso con el cómico casado Jack Tinney le llevó al hospital fruto de un par de caricias. Sin embargo, lejos de condenarse el suceso y las agresiones, fue acosada sin tregua y marcada con una letra escarlata que le obligó a abandonar la meca del cine y trasladarse a Alemania, donde trabajó varios años  bajo el nombre de Ingenia Robertson.


Poco podía sospechar lo que le esperaba a su vuelta a Hollywood. Irving Thalberg le dio la oportunidad en 1928 bajo el nombre de Mary Nolan en una película que comienza con un rótulo sobrecogedor: “Ashes to ashes, dust to dust”. Su título “Los pantanos de Zanzibar”, nuevo proyecto del tándem Tod Browning- Lon Chaney, que tan buenos resultados había dado a la Metro. Un viaje desde lo poético a la abyección física y moral de altísimo voltaje. Sin abandonar las constantes artísticas y temáticas de Browning, el film se inicia de forma lírica en el ámbito del espectáculo circense. Lon Chaney es un mago de trucos un tanto macabros. Un romántico que en un instante lo pierde todo.  Esposa, oficio, cuerpo y todo aquello que ama. En un requiebro malabar, ve como su esposa no solo no le ama sino que planea fugarse con otro actor (Lionel Barrymore) a Africa donde piensan hacerse ricos comerciando con marfil. En plena disputa con su antagonista sufre una caída que le deja parapléjico de cintura para abajo. Para colmo, poco después encuentra a su mujer muerta junta a un bebé, una niña fruto del adulterio.


Es  en ese momento en el que se produce una catarsis fílmica de ira sin límites fruto del genio de Browning. Frente a la imagen de una virgen, al más puro estilo Escarlata,desata su cólera, aprieta el puño y maldice sin descanso jurando venganza eterna. Escena de gran poderío dramático. Lo que viene a continuación es el tormentoso relato macabro de una purulenta obsesión sin posibilidad de vuelta atrás. Lon Chaney se traslada siguiendo a su enemigo años después a Zanzibar, zona que Browning describe como una ciénaga repleta de insectos,reptiles,fango, caníbales y mugre. El decorado no puede ser más decadente. Una obscena acumulación de inmundicia. Chaney, ahora rapado al cero arrastrando su tullido cuerpo por el suelo regenta un tugurio subvertido por el vicio y la indolencia en el que corre el alcohol y asoman las más bajas tentaciones.


Todas las constantes de Tod Browning se dan cita: degradación moral y física, deformidades, turbiedad y odio sin freno con un único propósito. Satisfacer los más bajos instintos intentando culminar una venganza contra su enemigo. No le basta arrebatarle el marfil con sucias artes, su tormento le obliga a ir mucho más allá. En el corazón de las tinieblas el plan resulta desquiciante. Nada menos que utilizar a la hija de su enemigo cobrándola como pieza tras un proceso de degradación que pasa por criarla, prostituirla, alcoholizarla y rematar la faena entregándola a una siniestra tribu para que sea pasto de las llamas en un ancestral rito purificador. Papel que le toca en suerte a María Nolan. Una especie de dejá vu de todo el infierno personal que ella ya ha vivido en sus propias carnes, y que ahora debe revivir vía celuloide.


Memorable resulta en “los pantanos de Zanzibar” la fisicidad pegajosa con la que Browning construye el conjunto y la gestualidad de cada rostro. Del mismo modo que lo son sus estrategias narrativas. Lon Chaney se servirá de sus trucos de mago para engañar a las tribus caníbales y proclamarse sumo sacerdote al que adorar, el chamán de la zona al que todos rinden obediencia. Como si de un Coronel Kurtz hablásemos, pero cuya mirada al horror del alma es aun más siniestra y subversiva. Preso de la obsesión vengativa, sus retorcidos planes marchan viento en popa, hasta que de nuevo aparece su antiguo rival. Y el corroído y vengativo Chaney desea mostrarle la obra infecta que ha realizado con su hija y el final que le tiene preparado. No obstante, como suele suceder en Browning, las obsesiones llevadas hasta el último extremo guardan sorpresas fruto del destino o el azar que provocan un repentino giro de los acontecimientos. A semejanza de lo que le sucedía al trapecista Alonzo en “Garras humanas” todo da un vuelco irremediable y atroz cuando Lionel Barrymore le confiese que en realidad la chica que interpreta Mary Nolan no es hija suya sino del propio Chaney.


Tod Browning, no lo olvidemos, es un convencido poeta romántico metido a cineasta. Y el último tercio de la cinta es buena prueba de ello. La lírica majestuosa y la piedad, el patetismo y la melancolía hacen acto de presencia cuando el monstruo selvático asomado al horror deja entrever su lado más poético, humano y liríco. Dedicando ahora contra reloj todos sus esfuerzos en salvar a la chica de la tribu y su funesto rito. Como los héroes infortunados en las grandes tragedias griegas. Para ello utilizará como último recurso sus trucos de mago. Y no será aquí donde se desvele el tremendo desenlace, muy de acuerdo con todo el espíritu de obsesivo sacrificio y poética desmesurada que ha presidido toda la cinta. La propia de un romántico irremediable. Lo que da como resultado una obra irrepetible. 

No  merece la pena comparar este viaje surreal filmado en 1928 con otros que ha realizado el cine. Ni siquiera con versiones posteriores del mismo tema. Sería injusto dada la magnitud y envergadura de la obra, intentar buscar posibles paralelismos en cintas posteriores que hubiesen tomado a esta como referente. Es tarea inútil. Ni las epopeyas delirantes de Werner Herzog ni el “Apocalypto” de Mel Gibson poseen el poder de fascinación de “los pantanos de zanzibar”. No es cuestión de ser más explicito mostrando hipotéticas atrocidades selváticas al amparo de la naturaleza y lo indígena, ya que todo lo que aquí se sugiere y muestra está a otro nivel artístico, el que separa el fotograma hiperrealista de última generación, de la poética de la genialidad, del incunable que auna misticismo macabro y poesía de buena ley. Volviendo al comienzo, cabe preguntarse si una cinta tan arrebatada, sórdida,tremendista, surreal y tenebrosa al asomarse a lo más siniestro del alma, sin obviar su arrebatado lirismo, hubiera pasado el corte del código Hays.

jueves, 9 de junio de 2016

RAICES PROFUNDAS


Cualquier excusa sirve para volver al cine y abrir la sala oscura. En este caso, un spot publicitario sobre la última película de Icíar Bollain “El olivo”. Decía que era “una película necesaria”. A nadie sorprenderá que Bollain y su guionista Paul Laverty continúen inasequibles al desaliento inmersos en su particular cruzada por mostrar al espectador todas aquellas lacras que asolan al mundo moderno elaborando una vez más un film de tesis con varias lecciones morales. En este caso en torno al ecosistema, las raíces, nuestra íntima relación con la tierra y los lazos sanguíneos que nos unen a la naturaleza para terminar apuntando su diana al corazón de la tormenta económica. Todo en el marco de esa aldea global presa de una globalización mal entendida. Al respecto he de decir que este humilde cronista se equivocó, como la paloma de Alberti. No atiné bien las coordenadas cuando en 2011 finalizaba la crítica de la película de Bollain “También la lluvia” pronosticando que tras agitar su bienintencionada conciencia turística de tesis en Sudamérica, su próximo destino tal vez fuese Birmania, Marruecos o el Sahara.


Craso error de cálculo, se fue a Katmandu, film que no he tenido oportunidad de ver. Para cerrar el círculo ineludible, en esta ocasión, siempre acordes a su sincero compromiso social,  Laverty y Bollain nos proponen un viaje al corazón del problema. Convencidos sin duda de que ya han aleccionado y avisado suficientemente al espectador mostrando las desigualdades sociales y derramas éticas en diferentes partes del planeta, toca dirigirse al núcleo, al alma en el que yace el mal del neoliberalismo capitalista depredador. Por tanto su film opera en dos direcciones. Por un lado, el citado apego a la tierra, al vínculo intrínseco que nos une a la naturaleza como marco. Una lección que lleva en la mochila un claro aviso a la necesidad urgente de recuperar el humanismo más solidario como fuente de salida a nuestros muchos problemas.


Pero el asunto no queda ahí. Bollain da un paso más y embarca a sus protagonistas en una misión tan quiijotesca como valerosa apuntando con su lanza hacia el origen del mal, introduciendo a sus héroes en las mazmorras del castillo de donde surge toda la mancha que corroe el sistema. Un molino de viento muy real. Abusando de simbolismos un tanto impropios para una empresa de este calibre no duda en cargar a sus héroes con una enorme estatua de la libertad viento en popa hacia una multinacional alemana sita en Dusseldorf, empresa falsaria que por supuesto, engaña implantando como marca de fábrica la imagen bíblica del olivo del abuelo de la protagonista, mientras incumple deliberadamente con los niveles medioambientales contaminando a destajo. La lección de pedagogía fílmica no deja ningún cabo suelto a la hora de elaborar un discurso evidente, que habrá quien disfrute, si se reactiva esa conciencia que Bollain considera dormida y habrá quien ignore.


Y aquí volvemos al comienzo. Al debate sobre el carácter pedagógico del arte. No deja de ser curioso que sea John Fowles en su ensayo titulado “El árbol” quien manifieste que” la naturaleza y el arte son hermanos, ramas de un mismo árbol”. La utilización del arte en sus diversas expresiones como elemento de arma política, partiendo de la idea primigenia de la función docente del arte, fue objeto de agitadas discusiones al hilo del pensamiento decimonónico. En un artículo publicado en 1879 Emile Zola se alineaba en contra de la función pedagógica del arte defendida por Proudhon, quien consideraba que la pintura debía decir algo más allá de lo estrictamente pictórico. Zola, defendiendo a Manet, atacaba a Proudhon considerando que no se puede exigir al artista obligatoriamente que nos instruya, negando tajantemente la influencia de una imagen presuntamente didáctica sobre las ideas y costumbres de la sociedad. Joseph Sloane reivindicó lo importante que es la conquista por el artista de lo que él denominó la “neutralidad del sujeto”, afirmando que lo importante en el arte es cómo se pinta y no solo lo que se pinta.


No obstante, y viajando hasta el celuloide, el debate sigue abierto. No faltan voces que denuncian en la actualidad la mística de las imágenes vacías. Films plagados de fotogramas huecos e inertes, carentes de cualquier discurso articulado y destinados al mero disfrute fugaz, con ausencia de tema, discurso, alma. A Iciar Bollain no podrá acusársele jamás de eso. Su cine de tesis está plagado de ideas. Su periplo fílmico, del que “El Olivo” no es una excepción, viene siempre cargado de un didactismo que roza el adoctrinamiento. No estamos ante el disfrute del epicúreo, sino ante la lección moral. Y ello no tendría por qué ser un debe en el film, si sus valores intrínsecamente fílmicos estuviesen a la altura. 


Pero lamentablemente, es precisamente en el apartado fílmico en el que Bollain tropieza una vez más pese a sus  intenciones. No se trata ya de lo obvio, esquemático y simbolista del guión, es que su plasmación en imágenes aleja al menos a este espectador de aquello que se busca desesperadamente con cada fotograma: la indignación y la toma de conciencia de aquellos presuntos valores olvidados. Sus lecciones sobre la importancia de la tierra y el vínculo con la sangre están muy lejos de Milton y “el paraiso perdido”. Su simbología con el abuelo y el árbol de la vida resulta pedestre, esquemática y azucarada. Muy lejos de la complejidad que se expresa en novelas tan contundentes y recias como “la higuera” de Ramiro Pinilla.  La peor noticia llega cuando una película que se pretende revolucionaria en sus planteamientos reivindicativos, termina asemejándose en su primera mitad a conservadoras películas amables de reconsideración moral, como “Un buen año” de Ridley Scott, en la que un agente de bolsa redescubre sus valores esenciales olvidados al abrigo de los viñedos de su abuelo. 


Y en su segunda parte, la del viaje y enfrentamiento a una multinacional, el planteamiento de misión al filo de lo imposible no está muy lejos de otra película de Ridley Scott. En este caso “the martian”, en la que también se hace un canto humanista de corte naif, un “sí se puede” sideral al otro lado de la galaxia, mientras el héroe redescubre el valor de sembrar patatas. Lejos estamos aquí de “el árbol” film de Julie Bertucelli, con aromas místicos y fantásticos o “Amama” film de Asier Altuna que deja, por la belleza y sinceridad de sus imágenes y complejidad dramática casi en pañales al de Bollain. Planteando idénticos temas pero profundizando con mucho mayor pulso en las razones atávicas y esotéricas del conflicto del hombre ante el milagro natural, los lazos de sangre y el apego a la tierra. Sin esconder sus aristas. Aun así queda en el aire si esta es o no una película necesaria, pues pese a su eje dramático de corto alcance (esto tampoco es “una historia verdadera” de Lynch) dibuja un relato, que sin tanta carga ideológica podría resultar sugerente, incluso como metáfora o cuento. 


Iciar Bollain y Paul Laverty, dibujan parábolas que aspiran a hacernos mejores personas en un hipotético mundo mejor, desconociendo que hay personas irrepetibles, que sin dar lecciones de nada, sí reactivan el flujo sanguíneo y moral sin impartir grandes discursos. Personas que simplemente dan un ejemplo de libertad, compromiso e independencia insuperable. Personas, estas sí, necesarias, que disfrutan de la vida y de la naturaleza en todo su esplendor practicando la camaradería, la generosa solidaridad y el humanismo sin necesidad de sermonear. Personas que no necesitan que nadie les explique la importancia de plantar un árbol, ya que tienen su finca llena, de amigos y de manzanos, limoneros, perales y ciruelos en flor. Personas en suma de raíces muy profundas. En un rincón de Orense hay un árbol bautizado V.

 Esta entrada está dedicada a la memoria de mariajesusparadela