Se pregunta Silvia Bardelás sobre ese curioso fenómeno que nos permite a los seres humanos asistir de forma lúdica, con un refresco y unos nachos, a la contemplación del apocalipsis en una sala de cine. Ahora incluso con sillones reclinables. Cabría responderle que se hizo toda la vida y bastaría recordar el gran éxito que tuvieron las películas de catástrofes que curiosamente siempre proliferan en sociedades en crisis. No obstante Bardelás introduce un matiz interesante. No se trata ya de pagar una entrada y comprarse unas palomitas para ver como Nolan diserta y te muestra la construcción de la bomba atómica y su explosión o ver el exterminio en “la Lista de Schindler”. Ambos son acontecimientos históricos pasados que se revisitan. Ahora, con la amenaza real del cambio climático o el advenimiento de una nueva era de intolerancia, también podemos pagar para entretenernos viendo como nos consumimos. Podemos entrar al cine huyendo de la enésima ola de calor a 45 grados, para ver al fresco y con aire acondicionado la devastación del planeta
Resaltar que no se trata ya de la posibilidad de ver un espectáculo pirotécnico que convierte el fin del mundo en un flim de aventuras como “Greenland”. O de disfrutar de distopías en mundos post apocalípticos como “Soy leyenda” o “the last of us”. Hoy, podemos ir al cine a ver nuestra propia degradación y al análisis del fin de los tiempos tanto físicos como sobre todo morales. En “la vida de Chuck” asistimos al relato de lo que pudo haber sido y no es. En un primer acto prodigioso y excelentemente narrado Mike Flanagan nos dibuja el “this is the end” de the Doors de un típico barrio residencial. Con excelente pulso narrativo vamos viendo como los móviles y la tv dejan de funcionar, las plantas pierden vigor, la luz se va y como incluso las estrellas se van apagando en un escenario nihilista en el que el ser humano se da cuenta demasiado tarde de su propia responsabilidad en este proceso autodestructivo en el que ya no va a venir un ET a recordarnos que cuidemos nuestra casa. Y Flanagan (y Stephen King autor del relato) en los dos actos siguientes que componen el tríptico nos recuerda que pudimos tener un mundo diferente en el que seres humanos que no se conocen son capaces de construir algo armónico y musical que funciona a partir de una chica que toca la batería en plena calle. Maravillosa la escena del baile improvisado en un lugar cualquiera en contraste a la melancolía (que recuerda a la de Lars Von Trier) del fin de los tiempos, en lo que lo primero que falla es la comunicación que ahora es digital.
Dice Santiago Beruete en su libro “Filosintesis” que no hemos sabido cuidar nuestro jardín y que por eso se muere. Y que toda esperanza pasa por asumir una conciencia viticultora en la que cada cual asuma que todos tenemos nuestra responsabilidad a la hora de mantener el planeta- jardín libre de malas plantas y aseado. La metáfora es tan bonita como naif ya que olvida en parte la dimensión moral. En la película “Anniversary” Diane Lane es una profesora de filosofía que en principio ha cuidado maravillosamente su jardín. Es la matriarca de una familia de espíritu felizmente capriano en la que reina la tolerancia y la camaradería, el libre pensamiento, la conciencia responsable y el buen humor. Pero a ese jardín armónico se incorpora como pareja de uno de sus hijos una nueva flor de aspecto cándido y precioso (para la que en un acierto de casting absoluto el director ha escogido a la protagonista de “Los Bridgerton”). Un ejemplo de belleza, amabilidad de porcelana y buenos modales, que no obstante resulta ser una recluta perfecta de esa nueva era negacionista que cree firmemente que los viejos principios democráticos están podridos y caducos y es imperioso instaurar un nuevo orden, mundial por supuesto. Ese en el que el individuo pierde sus derechos en favor de una nueva era totalitaria e intolerante.
La película nos va narrando a través
de las sucesivas celebraciones de aniversario del matrimonio en la casa
familiar, la degradación ética, familiar y global de ese presunto jardín en el
que reinaba el libre pensamiento y los valores. Y el personaje de Diane Lane, profesora
de filosofía que tuvo como alumna al germen de la intolerancia, aunque lo
detecta a tiempo, nada puede hacer para evitar el derrumbe social y el
apocalipsis moral.
Curioso como “Anniversary” tal vez sin pretenderlo está íntimamente relacionada con otros dos films que abordan el tema. Por un lado “Civil war” de Alex Garland, se convierte en el perfecto espejo, ya que si en “anniversary” nunca salimos del jardín familiar y no vemos la devastación exterior, la película de Alex Garland nos muestra las consecuencias de todo lo visto en ese ámbito familiar en el que nunca se sale de la casa con piscina. Esa que era paz y camaradería al comienzo y que con la implantación de lo totalitario ya no sirve ni como bunker. Ambas protagonistas son testigos directos pero pasivos del apocalypse now. Tanto Diane Lane como Kirsten Dunst resultan ser dos private eyes de excepción del desmoronamiento de una sociedad. Y asisten en primera fila, derrotadas, aterradas e impávidas a la fiesta del fin del mundo según lo describe Natalia Castro Picón.
Curiosos los paralelismos también entre “anniversary” y otra película que afronta el gran problema del hombre desprovisto de moral, sin atributos y las sociedades que asumen su degradación con asombrosa naturalidad como es “la zona de interés”. En ambas apenas vemos el horror exterior que sí nos muestra en contraplano Alex Garland en “Civil war”. Pero si en “anniversary” asistimos a una versión siglo 21 de lo que ya nos mostraba Frank Borzage en “Tormenta mortal”, en la que los intelectuales contemplan con pavor la instauración de un nuevo régimen, en “la zona de interés” se da un paso más en el análisis ético del ser humano sin conciencia. Jonathan Glazer radiografía con una frialdad quirurjica milimétrica como la banalidad del mal es capaz de convivir con el horror mientras se prepara una merienda de cumpleaños.
Queda preguntarse si la mirada
del espectador que busca respuestas o simplemente distraerse durante dos horas
es inocua a este tipo de relatos que nos tocan tan de cerca y en primera persona.
Se supone que el hombre ilustrado busca en el séptimo arte enaltecer sus sentidos,
emociones, intelecto y pasiones. Pero no queda claro si nuestra mirada ingenua
ante la pantalla es la del sujeto pasivo que observa como un epicúreo la
belleza estética del desastre apocalíptico o bien se reactivan los resortes
éticos ante discursos tan contundentes. La cuestión sigue siendo si entre una
palomita y otra, tomamos un trago de refresco valorando la hermosura del plano
o bien somos conscientes de que la conciencia simplemente estaba adormecida,
echando una pequeña siesta y admitimos que ciertas películas no son sólo un pasatiempo lúdico. Se
atreven a formular dialécticas sobre nuestro tiempo en forma de excelente
celuloide. Lo que es palmario es que nunca podremos decir que el cine no nos avisó.

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