jueves, 9 de marzo de 2017

LADY IN THE DARK


La Reina Blanca en “Alicia en el país de las maravillas” afirmaba que es muy pobre la memoria que sólo funciona hacia atrás. Peor aún es cuando la memoria muta no en silencio sino en injusta transfiguración. Hay casos en los que el ejercicio del olvido se torna hasta generoso, menos punzante, vistos los restos del naufragio. ¿Qué hacer cuando el recuerdo obligado por una efemérides se muestra ajeno a la veritá majestuosa? Surgen dos rápidas reflexiones. La primera sirve para constatar la futilidad de ciertas leyendas y mitos que apenas tienen tiempo de florecer y que se distorsionan con rápida avidez en el imaginario colectivo. La segunda permite atisbar la relatividad de las reputaciones, que no siempre se ajustan al esperado equilibrio instalándose en tópicos forjados en un pasado desajustado por una memoria que derrapa e incluso apuñala sin piedad.



El pasado 4 de marzo fallecía Valerie Carter. Y francamente, hubiese sido mejor el piadoso silencio que leer artículos como el titulado “muere la corista más guapa del mundo”.  Las breves referencias se centran en su labor como corista y vocalista trabajando para James Taylor, Jackson Browne, Linda Ronstadt, Randy Mewman o Christopher Cross en diversos álbumes. “A la sombra de”, faltó decir. Citar sólo de pasada su labor como compositora y solista es tremendamente injusto. Valerie Carter, artista de largo recorrido,cultivó de forma notable practicamente todos los géneros: el rock más genuino, blues, pop, country, soul. Y lo más importante, desplegó su versatilidad sobrada de calidad. Su labor como compositora le llevó a escribir grandes temas para multitud de artistas, desde los citados hasta algunos tan alejados aparentemente de su estilo como Earth Wind & Fire. Y los duetos con algunos de los citados son memorables.

Me ha resultado francamente difícil escoger un tema en el que quede constancia de la música de “la corista”. De modo que, ya que la memoria la despacha mal y de dos brochazos he decidido escoger dos, lo cual no ha sido fácil. El primero resume la rotunda energía setentera en la que se movía Valerie Carter en su faceta rock. Y su título es perfecto para el tema que nos ocupa: Lady in the dark. Incluido en el disco "wild child" producido nada menos que por James Newton Howard y contando con varios músicos de Toto en la grabación.

El segundo, de tonos blues, nos descubre a una artista capaz de hacer temas que hoy escasean. Sirva este modesto recuerdo para hacer justicia, ahora sí y que conste en acta, a una gran compositora, instrumentista y cantante con cuatro excelentes discos como solista y que trabajó mano a mano en los setenta con muchos grandes de la época. Contra la desmemoria, nada como su música y su voz.

jueves, 22 de septiembre de 2016

OBSESION EN LA JUNGLA


La  señorita de la foto es Imogen Robertson, alias Imogen Wilson, alias Ingenia Robertson, alias Mary Nolan. Su caso puede resultar ilustrativo para poner en cuestión esa verdad oficial que dictamina que el periodo pre-code fue el territorio de mejor expresión de los divinos y locos años veinte. Un espacio de libertad artística, autoafirmación femenina y creatividad sin censura tanto fuera como dentro de la pantalla. Periodo fulminado por el Código Hays. Robertson se inicia como artista en los años 20, y es reclutada por el gran Ziegfeld como estrella de sus conjuntos musicales en Broadway. La publicidad (siempre exagerada) de la época llegó a decir que había tres motivos para conocer New York. Visitar la estatua de la libertad, conocer al presidente y ver en acción a Imogen “burbujas” Wilson. Su paso por Hollywood sería fugaz. Un tormentoso affaire amoroso con el cómico casado Jack Tinney le llevó al hospital fruto de un par de caricias. Sin embargo, lejos de condenarse el suceso y las agresiones, fue acosada sin tregua y marcada con una letra escarlata que le obligó a abandonar la meca del cine y trasladarse a Alemania, donde trabajó varios años  bajo el nombre de Ingenia Robertson.


Poco podía sospechar lo que le esperaba a su vuelta a Hollywood. Irving Thalberg le dio la oportunidad en 1928 bajo el nombre de Mary Nolan en una película que comienza con un rótulo sobrecogedor: “Ashes to ashes, dust to dust”. Su título “Los pantanos de Zanzibar”, nuevo proyecto del tándem Tod Browning- Lon Chaney, que tan buenos resultados había dado a la Metro. Un viaje desde lo poético a la abyección física y moral de altísimo voltaje. Sin abandonar las constantes artísticas y temáticas de Browning, el film se inicia de forma lírica en el ámbito del espectáculo circense. Lon Chaney es un mago de trucos un tanto macabros. Un romántico que en un instante lo pierde todo.  Esposa, oficio, cuerpo y todo aquello que ama. En un requiebro malabar, ve como su esposa no solo no le ama sino que planea fugarse con otro actor (Lionel Barrymore) a Africa donde piensan hacerse ricos comerciando con marfil. En plena disputa con su antagonista sufre una caída que le deja parapléjico de cintura para abajo. Para colmo, poco después encuentra a su mujer muerta junta a un bebé, una niña fruto del adulterio.


Es  en ese momento en el que se produce una catarsis fílmica de ira sin límites fruto del genio de Browning. Frente a la imagen de una virgen, al más puro estilo Escarlata,desata su cólera, aprieta el puño y maldice sin descanso jurando venganza eterna. Escena de gran poderío dramático. Lo que viene a continuación es el tormentoso relato macabro de una purulenta obsesión sin posibilidad de vuelta atrás. Lon Chaney se traslada siguiendo a su enemigo años después a Zanzibar, zona que Browning describe como una ciénaga repleta de insectos,reptiles,fango, caníbales y mugre. El decorado no puede ser más decadente. Una obscena acumulación de inmundicia. Chaney, ahora rapado al cero arrastrando su tullido cuerpo por el suelo regenta un tugurio subvertido por el vicio y la indolencia en el que corre el alcohol y asoman las más bajas tentaciones.


Todas las constantes de Tod Browning se dan cita: degradación moral y física, deformidades, turbiedad y odio sin freno con un único propósito. Satisfacer los más bajos instintos intentando culminar una venganza contra su enemigo. No le basta arrebatarle el marfil con sucias artes, su tormento le obliga a ir mucho más allá. En el corazón de las tinieblas el plan resulta desquiciante. Nada menos que utilizar a la hija de su enemigo cobrándola como pieza tras un proceso de degradación que pasa por criarla, prostituirla, alcoholizarla y rematar la faena entregándola a una siniestra tribu para que sea pasto de las llamas en un ancestral rito purificador. Papel que le toca en suerte a María Nolan. Una especie de dejá vu de todo el infierno personal que ella ya ha vivido en sus propias carnes, y que ahora debe revivir vía celuloide.


Memorable resulta en “los pantanos de Zanzibar” la fisicidad pegajosa con la que Browning construye el conjunto y la gestualidad de cada rostro. Del mismo modo que lo son sus estrategias narrativas. Lon Chaney se servirá de sus trucos de mago para engañar a las tribus caníbales y proclamarse sumo sacerdote al que adorar, el chamán de la zona al que todos rinden obediencia. Como si de un Coronel Kurtz hablásemos, pero cuya mirada al horror del alma es aun más siniestra y subversiva. Preso de la obsesión vengativa, sus retorcidos planes marchan viento en popa, hasta que de nuevo aparece su antiguo rival. Y el corroído y vengativo Chaney desea mostrarle la obra infecta que ha realizado con su hija y el final que le tiene preparado. No obstante, como suele suceder en Browning, las obsesiones llevadas hasta el último extremo guardan sorpresas fruto del destino o el azar que provocan un repentino giro de los acontecimientos. A semejanza de lo que le sucedía al trapecista Alonzo en “Garras humanas” todo da un vuelco irremediable y atroz cuando Lionel Barrymore le confiese que en realidad la chica que interpreta Mary Nolan no es hija suya sino del propio Chaney.


Tod Browning, no lo olvidemos, es un convencido poeta romántico metido a cineasta. Y el último tercio de la cinta es buena prueba de ello. La lírica majestuosa y la piedad, el patetismo y la melancolía hacen acto de presencia cuando el monstruo selvático asomado al horror deja entrever su lado más poético, humano y liríco. Dedicando ahora contra reloj todos sus esfuerzos en salvar a la chica de la tribu y su funesto rito. Como los héroes infortunados en las grandes tragedias griegas. Para ello utilizará como último recurso sus trucos de mago. Y no será aquí donde se desvele el tremendo desenlace, muy de acuerdo con todo el espíritu de obsesivo sacrificio y poética desmesurada que ha presidido toda la cinta. La propia de un romántico irremediable. Lo que da como resultado una obra irrepetible. 

No  merece la pena comparar este viaje surreal filmado en 1928 con otros que ha realizado el cine. Ni siquiera con versiones posteriores del mismo tema. Sería injusto dada la magnitud y envergadura de la obra, intentar buscar posibles paralelismos en cintas posteriores que hubiesen tomado a esta como referente. Es tarea inútil. Ni las epopeyas delirantes de Werner Herzog ni el “Apocalypto” de Mel Gibson poseen el poder de fascinación de “los pantanos de zanzibar”. No es cuestión de ser más explicito mostrando hipotéticas atrocidades selváticas al amparo de la naturaleza y lo indígena, ya que todo lo que aquí se sugiere y muestra está a otro nivel artístico, el que separa el fotograma hiperrealista de última generación, de la poética de la genialidad, del incunable que auna misticismo macabro y poesía de buena ley. Volviendo al comienzo, cabe preguntarse si una cinta tan arrebatada, sórdida,tremendista, surreal y tenebrosa al asomarse a lo más siniestro del alma, sin obviar su arrebatado lirismo, hubiera pasado el corte del código Hays.

jueves, 9 de junio de 2016

RAICES PROFUNDAS


Cualquier excusa sirve para volver al cine y abrir la sala oscura. En este caso, un spot publicitario sobre la última película de Icíar Bollain “El olivo”. Decía que era “una película necesaria”. A nadie sorprenderá que Bollain y su guionista Paul Laverty continúen inasequibles al desaliento inmersos en su particular cruzada por mostrar al espectador todas aquellas lacras que asolan al mundo moderno elaborando una vez más un film de tesis con varias lecciones morales. En este caso en torno al ecosistema, las raíces, nuestra íntima relación con la tierra y los lazos sanguíneos que nos unen a la naturaleza para terminar apuntando su diana al corazón de la tormenta económica. Todo en el marco de esa aldea global presa de una globalización mal entendida. Al respecto he de decir que este humilde cronista se equivocó, como la paloma de Alberti. No atiné bien las coordenadas cuando en 2011 finalizaba la crítica de la película de Bollain “También la lluvia” pronosticando que tras agitar su bienintencionada conciencia turística de tesis en Sudamérica, su próximo destino tal vez fuese Birmania, Marruecos o el Sahara.


Craso error de cálculo, se fue a Katmandu, film que no he tenido oportunidad de ver. Para cerrar el círculo ineludible, en esta ocasión, siempre acordes a su sincero compromiso social,  Laverty y Bollain nos proponen un viaje al corazón del problema. Convencidos sin duda de que ya han aleccionado y avisado suficientemente al espectador mostrando las desigualdades sociales y derramas éticas en diferentes partes del planeta, toca dirigirse al núcleo, al alma en el que yace el mal del neoliberalismo capitalista depredador. Por tanto su film opera en dos direcciones. Por un lado, el citado apego a la tierra, al vínculo intrínseco que nos une a la naturaleza como marco. Una lección que lleva en la mochila un claro aviso a la necesidad urgente de recuperar el humanismo más solidario como fuente de salida a nuestros muchos problemas.


Pero el asunto no queda ahí. Bollain da un paso más y embarca a sus protagonistas en una misión tan quiijotesca como valerosa apuntando con su lanza hacia el origen del mal, introduciendo a sus héroes en las mazmorras del castillo de donde surge toda la mancha que corroe el sistema. Un molino de viento muy real. Abusando de simbolismos un tanto impropios para una empresa de este calibre no duda en cargar a sus héroes con una enorme estatua de la libertad viento en popa hacia una multinacional alemana sita en Dusseldorf, empresa falsaria que por supuesto, engaña implantando como marca de fábrica la imagen bíblica del olivo del abuelo de la protagonista, mientras incumple deliberadamente con los niveles medioambientales contaminando a destajo. La lección de pedagogía fílmica no deja ningún cabo suelto a la hora de elaborar un discurso evidente, que habrá quien disfrute, si se reactiva esa conciencia que Bollain considera dormida y habrá quien ignore.


Y aquí volvemos al comienzo. Al debate sobre el carácter pedagógico del arte. No deja de ser curioso que sea John Fowles en su ensayo titulado “El árbol” quien manifieste que” la naturaleza y el arte son hermanos, ramas de un mismo árbol”. La utilización del arte en sus diversas expresiones como elemento de arma política, partiendo de la idea primigenia de la función docente del arte, fue objeto de agitadas discusiones al hilo del pensamiento decimonónico. En un artículo publicado en 1879 Emile Zola se alineaba en contra de la función pedagógica del arte defendida por Proudhon, quien consideraba que la pintura debía decir algo más allá de lo estrictamente pictórico. Zola, defendiendo a Manet, atacaba a Proudhon considerando que no se puede exigir al artista obligatoriamente que nos instruya, negando tajantemente la influencia de una imagen presuntamente didáctica sobre las ideas y costumbres de la sociedad. Joseph Sloane reivindicó lo importante que es la conquista por el artista de lo que él denominó la “neutralidad del sujeto”, afirmando que lo importante en el arte es cómo se pinta y no solo lo que se pinta.


No obstante, y viajando hasta el celuloide, el debate sigue abierto. No faltan voces que denuncian en la actualidad la mística de las imágenes vacías. Films plagados de fotogramas huecos e inertes, carentes de cualquier discurso articulado y destinados al mero disfrute fugaz, con ausencia de tema, discurso, alma. A Iciar Bollain no podrá acusársele jamás de eso. Su cine de tesis está plagado de ideas. Su periplo fílmico, del que “El Olivo” no es una excepción, viene siempre cargado de un didactismo que roza el adoctrinamiento. No estamos ante el disfrute del epicúreo, sino ante la lección moral. Y ello no tendría por qué ser un debe en el film, si sus valores intrínsecamente fílmicos estuviesen a la altura. 


Pero lamentablemente, es precisamente en el apartado fílmico en el que Bollain tropieza una vez más pese a sus  intenciones. No se trata ya de lo obvio, esquemático y simbolista del guión, es que su plasmación en imágenes aleja al menos a este espectador de aquello que se busca desesperadamente con cada fotograma: la indignación y la toma de conciencia de aquellos presuntos valores olvidados. Sus lecciones sobre la importancia de la tierra y el vínculo con la sangre están muy lejos de Milton y “el paraiso perdido”. Su simbología con el abuelo y el árbol de la vida resulta pedestre, esquemática y azucarada. Muy lejos de la complejidad que se expresa en novelas tan contundentes y recias como “la higuera” de Ramiro Pinilla.  La peor noticia llega cuando una película que se pretende revolucionaria en sus planteamientos reivindicativos, termina asemejándose en su primera mitad a conservadoras películas amables de reconsideración moral, como “Un buen año” de Ridley Scott, en la que un agente de bolsa redescubre sus valores esenciales olvidados al abrigo de los viñedos de su abuelo. 


Y en su segunda parte, la del viaje y enfrentamiento a una multinacional, el planteamiento de misión al filo de lo imposible no está muy lejos de otra película de Ridley Scott. En este caso “the martian”, en la que también se hace un canto humanista de corte naif, un “sí se puede” sideral al otro lado de la galaxia, mientras el héroe redescubre el valor de sembrar patatas. Lejos estamos aquí de “el árbol” film de Julie Bertucelli, con aromas místicos y fantásticos o “Amama” film de Asier Altuna que deja, por la belleza y sinceridad de sus imágenes y complejidad dramática casi en pañales al de Bollain. Planteando idénticos temas pero profundizando con mucho mayor pulso en las razones atávicas y esotéricas del conflicto del hombre ante el milagro natural, los lazos de sangre y el apego a la tierra. Sin esconder sus aristas. Aun así queda en el aire si esta es o no una película necesaria, pues pese a su eje dramático de corto alcance (esto tampoco es “una historia verdadera” de Lynch) dibuja un relato, que sin tanta carga ideológica podría resultar sugerente, incluso como metáfora o cuento. 


Iciar Bollain y Paul Laverty, dibujan parábolas que aspiran a hacernos mejores personas en un hipotético mundo mejor, desconociendo que hay personas irrepetibles, que sin dar lecciones de nada, sí reactivan el flujo sanguíneo y moral sin impartir grandes discursos. Personas que simplemente dan un ejemplo de libertad, compromiso e independencia insuperable. Personas, estas sí, necesarias, que disfrutan de la vida y de la naturaleza en todo su esplendor practicando la camaradería, la generosa solidaridad y el humanismo sin necesidad de sermonear. Personas que no necesitan que nadie les explique la importancia de plantar un árbol, ya que tienen su finca llena, de amigos y de manzanos, limoneros, perales y ciruelos en flor. Personas en suma de raíces muy profundas. En un rincón de Orense hay un árbol bautizado V.

 Esta entrada está dedicada a la memoria de mariajesusparadela