lunes, 29 de diciembre de 2014

LAS CINCO DEL 14



Enemigo de la guerra y su reverso la medalla. Asi lo cuenta y asi lo canta Luis Eduardo Aute en su elegía a la belleza. Pues bien tomemos la estrofa. Enemigo de las listas y su reverso las clamorosas injusticias vamos por una vez a saltarnos nuestras propias reglas. Y navegando contra la propia costumbre vamos a intentar elegir las (mis) cinco canciones del año, como si el asunto fuese fàcil. Por supuesto, los temas se amontonan y llegan en avalancha. La tarea pronto se antoja tan seductora como imposible. En mitad de una autentica marejada musical, pronto me doy cuenta de que hay que acotar de alguna manera. Lo primero que se me ocurre es borrar de un plumazo todos los clàsicos. Aun asì el montòn de notas sueltas danzando dispersas es enorme.
Para no caer en un absurdo sinsentido, descartando y encartando temas en un bucle sin fín, he optado finalmente por una solucion sencilla y aparentemente infalible. Colocar por orden los discos que màs he escuchado a lo largo del ultimo año y elegir un tema de cada uno de ellos. Muchos se han quedado fuera en una dura pugna en la que, debo admitirlo, he cambiado varias veces de opinión y de opción.
No voy a ocultar que una vez se entra en semejante delirio, el proceso tiene un extraño atractivo no exento de componentes adictivos. Tampoco voy a ocultar que he terminado haciendo trampas al solitario, de modo que al final han sido seis los temas escogidos y no cinco. El experimento tendrá su gracia sobre todo con vistas al futuro. Y servirà como termómetro y testimonio de lo que uno escuchaba allà por el año 2014. Vamos pues con el top five, que en realidad es un top seis. Y que mucho me temo tiene muy poco de top.


El primer tema ni siquiera es de este año. Pertenece a un disco, “Egyptology” de World Party que daba por perdido y que apareció dónde menos lo esperaba. Razón por la que ha sonado mucho. Además viene muy bien ya que comienza con ambiente propio de las fechas. Karl Wallinger absorbe y mete en su thermomix particular tantas influencias que bien se podría decir que la sombra es alargada. Han pasado años, décadas, y aunque los músicos parezcan congelados, se diría que ciertos hechizos y algunas notas sólo hay que invocarlas. 





El auténtico perfume número cinco. La delicatessen con sabor genuino. A Rebecca Ferguson también la escuché de casualidad. Y, por supuesto, llegó para quedarse. Me gusta especialmente de su disco "Freedom" su sencillez y rotundidad. Y que no se decante por esa faceta que se inclina hacia el divismo a grito pelado. Una chica que se lo toma con calma en los tiempos medios que en su caso siempre son profundos. El tema suena en los míticos estudios air de Londres...glamour y leyenda que no falten...





Las cosas como son. Y si he de ser sincero, no soy precisamente  un amante  de la música de los aclamados Keane. Si los ponemos en la balanza me han dado más disgustos que alegrías. Aunque confieso que siempre me ha resultado curiosa la pinta de su líder,mezcla de sabelotodo de la clase y hooligan del Manchester. No sé que pensará Robbie Keane de su disolución. Cuando me regalaron su cuarto álbum pensé que poco habría que rascar. Craso error. Me parece el mejor de la banda. El más dinámico y sentido. Y me lo parece ya que contiene temas como el que sigue.




Y llegamos al top tres. Nunca mejor dicho, la cosa se pone caliente. Todo el concierto de Beth Hart en Amsterdam acompañada de una banda portentosa está entre lo más escuchado del año. Absolutamente recomendable el dvd para verlos en acción. Había que escoger una canción. Aquí Beth no sólo desgarra su garganta como acostumbra en un despliegue sensual y contagioso. Atención al solo de Joe Bonamassa a la guitarra, que también dice cosas. Aguardiente y sudor. Y sí, creo que lo que se promete en la alocución inicial se cumple con creces.




Pues sí. El chaval y su disco se colocan por méritos propios en lugar de privilegio. Si tuviese que escoger el disco del año no dudaría un instante. Sería el mágico, inspirado y esplendoroso debut de Tom Odell. Mucho he tardado en escoger una canción de un disco en el que todos sus temas me parecen portentosos. Al final, me quedo con una versión a palo seco que demuestra que el talento de este chico no es ni mucho menos flor de un día. Al tiempo.



Y sin embargo, el tema que se situa en lo más alto de este repaso no está en el disco de Odell. El lugar de honor lo ocupa Sara Bareilles. Artista irregular e impredecible, de vez en cuando es capaz de sacarse de la manga temas como este. No me voy a detener en explicar las razones de que esté aquí y a esta altura, pero así es. Y habiendo dejado reposar esto una semana, no he decido cambiarlo. Por algo será. De los cementerios del odio al abrigo de la esperanza intentando salir a flote cada día. Si ella lo canta me fío. Y al final va a resultar que sí, que hay luz al final del famoso túnel. Sirvan todos ellos para desear salud y viento favorable en la travesía del año que se inicia.

sábado, 20 de diciembre de 2014

LA VERDAD Y OTRAS MENTIRAS


Para el presente caso vamos a acudir al diccionario. The Oxford English Reference Dictionary recoge el término “character assasination” como todo aquel intento malicioso de dañar o destruir la buena reputación de una persona. Se trata de acabar con el personaje, de criminalizarlo desde todos los puntos de vista posibles (legal, moral, familiar, social, ético). Es un “deux ex machina” con una clara premeditación alevosa que opera en dos direcciones: en primer lugar extirpar, exterminar todas la virtudes posibles de la víctima, para en un segundo paso tornar ese asesinato de la reputación en un glosario de las peores lacras que puedan adornar al ser humano hasta la aniquilación moral, el colapso y la anulación como persona.
En diciembre de 2004 Gary Webb, periodista del San José Mercury News, aparecía muerto con dos tiros en la cabeza. Se dictaminó que la causa de la muerte fue suicidio. Aunque al parecer existe una nota dirigida a su ex esposa en la que dice “nunca me arrepentiré de lo que escribí”, las circunstancias no están ni mucho menos claras.


Diez años después, ese Hollywood que no deja de tener preocupantes y ansiosos problemas de conciencia que de vez en cuando intenta conjurar vía celuloide, se ha ocupado del tema. La película que narra el ascenso y caída de Webb, con “character assasination” incluido se titula “Matar al mensajero”. Esta basada en el propio libro de Webb “Dark Alliance: the CIA, the Contras and the crack cocaine explosion” así como en el análisis de Nick Schows cuyo título ya lo dice casi todo “How the Cia`s crack cocaine controversy destroyed journalist Gary Webb”
Estamos ante un film correoso, tenso y de apariencia vibrante que en pleno siglo 21  pretende una arriesgada reformulación de las claves del cine político en su vertiente más realista conjugándolo con el más arraigado film de tesis. La cámara persigue con nerviosismo las andanzas de Gary Webb en tres ámbitos: el profesional, con su lucha constante indagando de contrabando en las cloacas del poder y sufriendo un continuo acoso institucional y mediático; el familiar y personal; y el de la pura investigación periodística a todos los niveles posibles.
Sus pesquisas pronto le conducen a destapar algo de envergadura: nada menos que las conexiones de la CÍA con los cárteles de la droga sudamericana y las operaciones de introducción masiva de crack entre la población negra de Los Angeles y otras ciudades para financiar a la contra nicaragüense en un cóctel en el que no falta el tráfico de armas.


Estamos en lo que la también periodista asesinada Anna Politkóvskaya denominaba la deshonra democrática. La infección de las sociedades presuntamente abiertas que arrastran una auténtica gangrena moral y cito “en la que se somete al poder legislativo, se aplica una justicia selectiva tutelada, se discrimina y persigue cualquier medio de comunicación discrepante tapando verdades e imponiendo la más absoluta arbitrariedad; y en la que a su vez se intenta anular la capacidad crítica ciudadana vendiendo con soflamas libertades y paraísos democráticos”.
El contexto es el de sociedades en las que como se dice en la película los poderes del estado conjugan con demasiada frecuencia las garantías y derechos civiles con los secretos de estado. Como afirma Gary Webb “cuando en una misma frase aparecen seguridad nacional y tráfico de drogas algo no marcha bien”
Palabras que seguramente, no tendría ningún inconveniente en suscribir la también asesinada Veronica Guerin, azote de los turbios manejos de su pais. Gary Webb, muy astuto, afirma en la película que a él no le interesan las teorías, sino las prácticas conspiranoicas, y a ello se dedica full time.


Una historia con un potencial de base arrollador para montar un thriller político de gran altura. Que a su vez sirve para articular un film de tesis a la contra de gran envergadura. Siendo “Matar al mensajero” una cinta de interés, si no consigue plenamente sus objetivos es por varias razones que se resumen en una: el continuo flujo y reflujo de retroalimentación entre la ficción y la realidad, que termina por desequilibrar ligeramente la balanza del crédito. Dicho de otra manera, uno termina por abrazar la idea de que los thrillers políticos de raíz conspiranoica basados como es el caso en hechos reales beben más de las fuentes de los arquetipos propios del género que de la acera de la calle.
Y pese a una ambientación cuidada, realista y veraz, sucede que la construcción dramática de los tipos humanos termina presentando aspectos que se acercan sospechosamente al arquetipo cinematográfico. Comenzando por el protagonista Gary Webb, que pese a una interpretación extraordinaria, vibrante y con nervio de Jeremy Renner, el propio actor ha de levantar por encima de un  personaje tejido sobre la base de ciertos mimbres asociados a arquetipos que al espectador le resultan demasiado familiares.


Estamos una vez más, ante el típico periodista tan entregado a la causa como desastrado, descuidado y mal hablado. Por supuesto indispuesto con sus superiores, a los que se gana por su simpatía y por su arrojo. Y como no podía ser de otra manera, con una vida familiar caótica y desordenada. Resumiendo, un poco en la línea de otros trazados dramáticos conocidos, siguiendo una tradición que recuerda bastante al James Woods de “Salvador”. Si el auténtico Gary Webb era así o no lo ignoro. Si lo era, tal vez quepa preguntarse entonces si ese prototipo fílmico tan codificado está basado en personas como él y similares y el cine ha fagocitado esos esquemas.
Sucede otro tanto con toda la tipología humana que desfila por el film. Desde los torvos y enigmáticos agentes de las CIA, pasando por sus compañeros periodistas, sus jefes, la policía, los jueces, narcos y capos de la droga. Todos tienen ese aire, pese al esfuerzo verista, muy semejantes al arquetipo fílmico codificado por el género, lo que afecta a la sustancia del film. Máxime cuando estamos ante la narración de una historia real y no una ficción al uso.
Sin embargo, y pese a ese leve lastre, la película se viene arriba cuando penetra en el sustrato que la cimienta. Las estrategias narrativas son de buena ley en favor de una tesis contundente y un discurso demoledor. Cuando “Matar al mensajero” se centra en el progresivo acorralamiento ciudadano y la anulación del individuo molesto en una presunta sociedad abierta gana muchos enteros. Esta cinta es una muestra de cómo los aparatos de propaganda democráticos son aun más sibilinos y afilados que los de los regímenes totalitarios. Están tan engrasados que la irrupción de un elemento disonante como un periodista local, no afecta en absoluto al sistema, que lo absorbe, lo tritura, lo digiere y lo elimina.


Cualquier apelación a la ética deontológica, a la noción de lo justo y lo bueno tal y como la entendía Aristóteles son arrasados en función de razones perversas propias de una maquinaria imparable una vez que se activa. Y el individuo, como el caminante y su sombra poco o nada pueden hacer ante un demiurgo de semejante naturaleza. Y ahí el film de Michael Cuesta es tan cristalino como efectivo. Y el corredor sin retorno, emprenderá una lucha que pronto de adivina desigual. Un run for cover hacia la aniquilación que hace que la cinta suba muchos enteros y gane en intensidad sobre la base de una narrativa desigual en sus formas pero implacable en el discurso. Y que conduce a episodios tan trágicos como irónicos.
En una pirueta  que muestra la falacia del sistema, Gary Webb, eliminado como amenaza y víctima de ese crimen alevoso contra su reputación, se encuentra con que el propio sistema que le destruye le depara una última sorpresa irónica digna del más puro maquiavelismo que trata de guardar las formas. Nada menos que verse en el trance de tener que recoger un premio periodístico por sus investigaciones. Una escena desoladora, fantasmal, agónica, en la que actor y director ponen toda su garra para mostrar tanto el desamparo y la soledad de este corredor de fondo como la crueldad de un aparato que pisotea y remata a su víctima aparentando reconocer sus méritos en la presunta tierra de promisión, el refugio de la libertad.


Es el momento en el que uno se puede preguntar (si le apetece) si ese propio sistema implacable con toda disidencia necesita limpiar su mala conciencia dedicando una película al sujeto arrasado, o si por el contrario estamos ante una propuesta honesta y valiente. Verónica Guerin también fue adaptada al cine con menos fortuna. En este caso, parece que incluso el actor Jeremy Renner participó en la producción dado su interés en el tema y en un personaje en el que se vuelca a fondo en su interpretación. Mejor que sea así.
En una película de interpretaciones muy ajustadas, no podemos terminar esto sin hacer una breve referencia a la estelar aparición de una de nuestras estrellas internacionales. Una de esas que, al parecer, colocan al cine español en la “champions league” de las cinematografías mundiales dando el salto a Hollywood y colmando de gloria nuestro cine. Pues bien, la intervención de unos diez minutos de Paz Vega, con uñas, vestido y labios rojo pasión (no, no es mamá Claus, ni caperucita) incorporando el papel de misteriosa y seductora mujer fatal esposa de un capo de la droga colombiano resume a la perfección los defectos que hacen que esta estimable, rotunda y valiente película no alcance la cuota de excelencia que se le podría otorgar.


Lástima que un discurso vibrante, contundente y sin fisuras se vea lastrado por la aparición esporádica de tópicos mal asumidos. Aun así, la  diáfana exposición del drama de la libertad humana y las encrucijadas de la conciencia se alzan con potencia por encima de cualquier otra consideración. Tal vez para hacer justicia poética a todos aquellos que indagan e incluso naufragan en la búsqueda de verdades ocultas. Este tipo de héroe jamás salvará a Gotham de sus numerosos Jokers. Pero a estos tipos irreductibles, con alma de francotiradores y convicciones indomables merece la pena acompañarles en su odisea. Aunque esté condenada al fracaso.  

viernes, 28 de noviembre de 2014

CIENCIAS INFUSAS


En la novela de Grace Mcleen “Un mundo soñado” una joven de nombre Judith vive inmersa entre dos mundos e influencias que le resultan tan complementarias como antagónicas. Por un lado está su padre predicador, que roza el fundamentalismo religioso. Por otro el conocimiento científico que le proporcionan su escuela y sus lecturas. De ese contraste surge una excelente novela que indaga con tacto en esa dialéctica.
Una de las paradojas más curiosas del pensamiento moderno se encuentra en la extraña evolución del fenómeno religioso asociado a los estados liberales occidentales. Aunque no lo parezca, seguimos en una página de cine, e intentaremos llegar a puerto. Prosigamos.  Podría decirse que el binomio libertad - religión se presenta bajo dos formas: Por un lado las democracias liberales occidentales reconocen dentro de su amplia carta de derechos la libertad religiosa. Pero por otro puede darse el caso de que determinadas religiones nieguen o censuren ciertas libertades según criterios que no son éticos ni políticos, sino estrictamente religiosos.


Tal y como afirma Martha Nussbaum esto crea un dilema moral a los estados liberales (tal y como le sucede a la protagonista de la novela de Mcleen). El estado liberal no puede, según su propio mecanismo interno interferir  en la libertad de expresión religiosa sin invadir derechos ciudadanos. Ahora bien, esa no intervención, esa no injerencia puede servir de campo abonado para que florezcan al amparo de la no interferencia, el fanatismo, el fundamentalismo y la discriminación. Que si bien presentan aspectos políticos y sociales, también los pueden tener religiosos.
Los pensadores han tomado diferentes posturas ante el dilema de compatibilizar la fe con un estado moderno y sus derechos. John Stuart Mill critica ácidamente al calvinismo por mezquino, Bertrand Russell razonó su hostilidad hacia la religión de múltiples formas. Cuestión en la que llega a converger con el pensamiento marxista que tiene siempre una visión negativa de la función social de la religión. Marcuse desconfía de la obediencia religiosa y Kant apuesta decididamente por la elaboración de un pensamiento racional ajeno a una fe impostada. No es cuestión de hacer una lista de pensadores ateos. Que por cierto no son los únicos.  


Dado que se va a abordar la cuestión planteada al comienzo en el marco de cuatro películas, y tres de ellas están protagonizadas por mujeres, convendría ampliar el marco y conocer la postura del pensamiento femenino y ya puestos feminista.
Hay pensadoras como Edith Stein cuya moral está indisolublemente unida al fenómeno religioso y otras como Amelia Valcercel o Victoria Camps que indagan sin problemas en la dicotomía entre razón y fé. Pero, curiosamente, el feminismo humanista no se ocupa demasiado del asunto. Siempre según Nussbaum, el feminismo de última hornada, desde Alison Jaggar a Katharine Mackinnon, pasando por Diana Meyer trata muchas cuestiones pero tiende a ignorar el tema religioso.
Aunque existen excepciones. Simone de Beauvoir sin ir más lejos. O Susan Sontag. Mary Becker es muy beligerante. Afirma que la religión perpetúa y refuerza la subordinación de la mujer. Pero para ella la cuestión planteada se convierte en un no-dilema. Y por una razón de peso. Los reclamos morales emplazados en prácticas religiosas tradicionales son sospechosos por cuanto amenazan derechos y valores universales.
Todo lo anterior hay que situarlo en el contexto de la actual sociedad globalizada, mediática, materialista, masificada, consumista y multicultural. Una sociedad presuntamente abierta y en algunos casos laicista, que ha sobrepasado la contracultura para instalarse en un marco global. No olvidemos que para Ortega, la decadencia de occidente provoca una profunda deshumanización y desarraigo cultural pese a todos los avances tecnológicos. 


Ahora, a un paso de ser engullidos por un sistema tecnificado, olvidados y menospreciados los viejos credos ¿se podría decir categóricamente que el árbol de la ciencia ultramoderna se ha convertido en el nuevo catecismo?. Y la religión ¿ha sido sustituida, absorbida totalmente por la solidaridad civil y la apuesta por las conquistas sociales?. Sin olvidar esas cuestiones, sin embargo, lo que aquí nos interesa es valorar la posible compatibilidad e incluso convivencia entre el empirismo de la ciencia y los dogmas de la fe. La posibilidad de vertebrar una doble imagen en la que la más rabiosa modernidad tecnológica encuentre cierta armonía con las creencias religiosas más arraigadas.
E incluso cuestionarse si se puede dar un paso más y si de hecho se ha dado. Es decir, contemplar incluso el devenir del hombre en sociedad al amparo de la razón y la ciencia y al margen de todo credo religioso. ¿Podría ser ello considerado una afrenta por los credos más arraigados? Ante esta perspectiva la ortodoxia religiosa ¿reaccionaría de algún modo o lo dejará correr? La gran cuestión es si los dogmas de la añeja religión y sus múltiples tentáculos se quedarán cruzados de brazos ante el racionalismo laico, el ateísmo laicista, el agnosticismo de nuevo cuño,  el materialismo y la progresiva pérdida de valores o su sustitución por otros laicos.
Fundamentalismos aparte, el nuevo hombre del siglo 21, agnóstico, racional, científico y autoconsciente ¿debe reconsiderar su postura, purgar sus pecados, hacer penitencia y mostrar arrepentimiento? ¿Hay algún altar mejor que el dionisíaco Hollywood para diagnosticar la cuestión? ¿urge indagar en la necesidad de un rearme moral que recobre los valores abandonados? Veámoslo. Bien podríamos utilizar “El fuego y la palabra” o “La noche de la iguana” como campo de experimento. Pero veamos que ocurre en el cine reciente.


Cuatro ejemplos servirán. Y para ello nada mejor que el cine de género, muy capaz de radiografiar la sociedad e introducir mensajes de contrabando.
Primera prueba de laboratorio. Florence Carheart (Rebecca Hall) en “la Maldición de Rookford”. Florence es una escéptica investigadora de fenómenos paranormales. Su cartesiano agnosticismo y su racional visión de la existencia le llevan a cuestionar toda presencia extraña. Para ella, cualquier fenómeno tiene un razonamiento científico. En la primera escena haciendo gala de una sorna británica propia de un personaje de Conan Doyle desenmascara a unos farsantes en una sesión de espiritismo. Basándose en el uso de la razón menosprecia con su fino humor británico todo misticismo de raíz religioso en favor de la razón científica.
Sin embargo, todas sus férreas convicciones basadas en la razón y en la ciencia se pondrán a prueba cuando llegue con todo su arsenal de laboratorio a examinar la posible existencia del fantasma de un niño en un colegio. En principio una superchería más que piensa desmontar con facilidad. La realidad es muy distinta y la tesis de la película también. La investigadora Florence recorrerá un sendero desde la ciencia a la fé en un guión muy astuto y sibilino en el que se nos narran las peripecias de alguien que ha olvidado quien fue y lo ha fiado todo a la razón.
La tesis del film es tan diáfana como soterrada en su exposición, pues plano a plano Florence (y el espectador que se deje arrastrar por la historia con ella) descubrirán que todo su arsenal científico y sus dotes deductivas de nada sirve ante fuerzas superiores. Y lo que se plantea como un film agnóstico y sagaz termina siendo casi un auto sacramental por la vía del sermón.


Segunda prueba al microscopio. Kathleen Winter (Hilary Shwank) en “la Cosecha”. La señorita Winter es una bióloga que se declara también agnóstica y escéptica ante fenómenos paranormales. Como la anterior, no tarda en descubrir las razones científicas que explican el culto religioso a un cadáver en Sudamérica. Su próximo asunto se encuentra en un hermoso pueblo de la América profunda. Esa de la que tanto desconfía, precisamente por mostrar un fundamentalismo religioso a la sombra de las misas dominicales, el ponche tradicional y el country más genuino.
Cuando los lugareños le dicen que el río se ha teñido de rojo ella aduce que algún componente químico ha alterado el agua. Cuando las ranas llueven de los árboles, diagnostica que se trata de algún componente de hidrógeno mezclado con algún fungicida. Winter, realiza todo tipo de pruebas de muestras a lo CSI. Y por supuesto, piensa que los vecinos se acercan al fanatismo religioso cuando sostienen que estamos ante un aviso que reproduce las plagas bíblicas, que por supuesto, para ella, tienen una explicación científica.
Sin embargo la película se inclinará por hacer pasar (nunca mejor dicho) un auténtico vía crucis a la protagonista hasta que la auténtica verdad religiosa que había olvidado en favor de la ciencia le sea revelada. En este caso los análisis microscópicos que de poco sirven, simplemente arrojan resultados de aromas biblícos que refuerzan la idea de que el mal apocalíptico acecha


Tercera prueba empírica. Erin Bruner (Laura linney) en “El exorcismo de Emily Rose”. Erin es una abogada de prestigio a la que le encargan la defensa de un sacerdote acusado de negligencia en la práctica de un exorcismo con resultado de muerte. Un personaje también agnóstico que basará su defensa en la ciencia médica. De este modo, Emily habría sufrido un episodio de aguda crisis epiléptica causado por un daño cerebral diagnosticado por diferentes especialistas. Eso y no otra cosa le causó la muerte. Su sonrisa descreída y hasta pícara cuando el sacerdote (su cliente) le sugiere la posibilidad de que el maligno tenga mucho que ver con el asunto lo dice todo.
Por supuesto, el desarrollo del film irá sembrando de incertidumbres el alma de Erin. Sus firmes convicciones se irán haciendo añicos. Y poco a poco irá convenciéndose de que algo que sobrepasa a la razón analítica y a la ciencia médica rodean tanto el caso como su propia vida.
Cuarta Prueba. No todo van a ser mujeres. Ralph Sarchie (Eric Bana) en “Líbranos del mal”. Sarchie es un curtido policía de Nueva York, acostumbrado a patearse las calles, a gestionar los asuntos más turbios al más puro estilo “Training Day”. Con una diferencia: Denzel Washington trafica con droga y mafias diversas, mientras que Sarchie, además, tiene que vérselas con fenómenos paranormales y reproducciones del maligno. Curtido en mil rondas y detenciones, acostumbrado  a las malas calles, cuando un sacerdote le habla del mal y las fuerzas oscuras del maligno, su sentido común a ras de suelo le lleva a una mueca socarrona. Cuando los acontecimientos se vayan precipitando, terminará abrazando la fe y practicando un exorcismo en la propia comisaría. 


Resulta pertinente y digno de análisis comprobar como el moderno cine fantástico, bajo una primera capa de agnosticismo y tecnología científica, se repliega hacia los dogmas de la religión en su acepción más ortodoxa. No se trata ya de que convivan en un mismo plano ciencia, razón y fe. Es que las dos primeras son finalmente borradas de un plumazo a favor de un discurso sin fisuras. Una tesis en la que todos los protagonistas terminan siendo una suerte de pecadores, mártires que han de recuperar las esencias de la una fe olvidada.
El sendero hacia la luz (religiosa) por tanto, dibuja perfiles muy nítidos que el celuloide reproduce para ese espectador agnóstico sentado en su butaca. Aunque lo haga veladamente y con estilo. Por tanto, ya no se trata sólo del castigo (divino o no) que recibe el Dr, Moreau en su isla por jugar a ser Dios.
En los casos expuestos el agnosticismo es finalmente considerado una suerte de pecado, consecuencia de todos los males de la sociedad moderna, que por supuesto se lleva su ración de crítica acerada. Es por ello que todos los citados habrán de sufrir su fase de arrepentimiento y penitencia. Todos ellos son en cierta medida castigados por su vanidoso ideario racionalista y les tocará sufrir remordimientos varios antes de recobrar la autentica fe perdida. Y no falta el martirio moral e incluso físico antes de someterse de nuevo al dogma verdadero. Lo que no tenemos muy claro es si se sale ganando con el cambio de cromos. 


En esa línea se mueve Rafael Argullol cuando manifiesta que a medida que hemos avanzado en nuestra sofisticada tecnología de la simulación, y hemos “creido” en ella con una “fe” inconmovible, más se han ido invirtiendo los personajes de la parábola platónica, siendo ahora las sombras de la caverna lo único verdadero. Aunque según su visión, lo que no cambiará nunca si seguimos ese patrón que ha sustituido la fe del salmo por la fe en la tecnología es nuestra condición de prisioneros. Formulando la ecuación al revés, según su visión tampoco varía. Sólo lo haría como espejismo, para el creyente que recuperando su fe cree haber resuelto todos sus problemas. Tesis que manejan estos films en los que hay escaso margen para las zonas grises. Estamos aquí lejos de Unamuno y las dudas existenciales de su "San Manuel Bueno Martir". Pues aquí aunque existen dudas y zozobra, están al servicio de un mensaje final muy claro, en las antípodas del libro.
Cabría preguntarse, si a través de este tipo de films Hollywood nos sermonea. Los responsables de los dos últimos ejemplos puestos dirían que no, y reforzarían su tesis sobre la base de que se basan en historias verídicas. No obstante, uno tiene cierta sensación, independientemente de la calidad de cada film, de que ese mensaje implícito es algo más que un mensaje.


Cabe dudar también sobre si este cine moderno juega con una baraja con cartas marcadas utilizando el presunto cine comercial para criticar precisamente el materialismo laico de la sociedad tecnológica. Si existe o no cierta voluntad soterrada de adoctrinamiento queda al criterio de cada espectador. En mi opinión,  se puede ver estos films como un simple pasatiempo inocuo y disfrutar de las excelentes interpretaciones sin ir más allá. Es una opción legítima. Conste que no hemos de olvidar que nos movemos en todo caso en el territorio de la ficción, en la que en principio ninguna opción debe ser censurada de raíz.
Sin embargo, la cuestión no es, tal vez hasta dónde quiera ir o profundizar cada espectador, sino hacia dónde pretenden llevarnos ellos con una alambicada estructura en la que bajo los ropajes del cine mainstream late una versión adulterada pero sin fisuras del sermón de la montaña. Paradojas del cuarto milenio