viernes, 4 de julio de 2014

SALTOS AL VACIO


No siempre se presenta la ocasión propicia. Pero el otro día sí. La escritora Clara Sánchez tuvo a bien pasarse por estas tierras. La excusa era la presentación de su última novela. Aunque bien podría decirse que lo que hizo fue una formidable defensa numantina de su texto, galardonado con el Premio Planeta, y de su forma de entender la literatura.
Respecto de lo primero, no se escondió en ningún momento a la hora de defender “El cielo ha vuelto” frente a las críticas que ha recibido, al parecer muy numerosas, desde que le fue concedido el galardón. Y respecto de lo segundo, hizo una firme reivindicación de la literatura como constante evolución hacia lo desconocido, como una continua búsqueda hacia lo intangible.
Apeló para ello a Ana María Matute, quien la aconsejó en cierta ocasión que no se dejara manipular. Según ella la manipulación y el vampirismo dominan las relaciones humanas y la existencia. Y para ello es importante conocer las particularidades de su mecánica y sus trampas, en muchas ocasiones emocionales. Y como ejemplo de ello recurrió tanto al Drácula de Bram Stoker como al fatalismo de Ana Karenina.



No he leído “El cielo ha vuelto”, y no sé si narra las frívolas peripecias de una modelo, como afirman sus detractores, o el torbellino existencial y ético de una joven atrapada en mil y una trampas emocionales. Saldré de dudas cuando la lea.
En realidad, mi presencia en el acto poco tenía que ver con todo lo anterior, sino con otro tipo de inquietudes.
Admito que no resulta un trago fácil tomar el micrófono en el turno de preguntas para decir a la autora que no le voy a preguntar sobre su novela ya que no la he leído, sino sobre otras cuestiones. Pero el momento se hizo más llevadero, ya que ella durante la conferencia relató su fascinación inspiradora por el mundo de Hitchcock.
Aprovechando esa referencia entro en materia. Clara Sánchez es una gran aficionada al cine. Y ha comentado y analizado películas en diferentes medios. Incluidas adaptaciones literarias. Curiosamente, ahora se ve en la tesitura inversa. Una de sus novelas, “Presentimientos” ha sido llevada a la pantalla.



La cuestión es cómo ha vivido como autora literaria todo el proceso. Cómo ha convivido con las diferentes relecturas que se han hecho desde el primer borrador de guión a lo largo de más de cuatro años. A lo que hay que añadir que ella no ha participado en la redacción del guión, obra de Santiago Tabernero y Eduardo Noriega.
Y sobre todo, cual ha sido su experiencia como autora ante el primer visionado. Concretamente, si al autor de la novela le resulta posible o imposible abstraerse del texto y ver el film de forma autónoma como mera espectadora, o si por el contrario le sucede como a cualquier otro lector, que siempre tiene (tenemos) la tentación intrínseca de comparar dos medios de expresión tan diferentes.



Vamos con sus respuestas. Contar con una escritora llana y afable que no exhibe un ego desmedido, ni fuerza un posible malditismo literario, ni va de epatante ayuda y mucho. Ante todo, se mostró tremendamente sorprendida de que una novela como “Presentimientos” fuera llevada a la pantalla. Comparto esa opinión. La novela al igual que la película presenta una estructura muy compleja y en varios planos (presente y pasado, consciente y subconsciente) que en principio efectivamente hace pensar que una adaptación no será fácil.
En segundo lugar, la sensación de que otras manos reescribieran una y otra vez sobre unos personajes y unas pulsiones internas que partían de la trama y el alma de su novela, le suscitaban dos sentimientos encontrados. Por un lado no dejaba de sentir cierto halago, cierta indisimulada vanidad, a la vez que conforme pasaba el tiempo el asomo de la inquietud era inevitable. Formar una y otra argamasa partiendo de su texto lo llevaba bien por su fe ciega en la pasión de los autores a la hora de dar vida y forma a la historia, que incluso igualaba a la suya propia con el texto original.
Sentarse el día del estreno ante la pantalla en blanco y reconocer al instante las pulsaciones más íntimas de su obra le llevaron, según afirma, a una rotunda satisfacción.



Estamos ante una novela inusual. Y como no podía ser de otra forma, ante una película también inusual. Dos auténticas rara avis en el panorama del cine patrio. “Presentimientos” como novela parte de un aparente costumbrismo, de una contemplación de las actuales relaciones de pareja que paulatinamente se van tornando más y más complejas a partir de un desarrollo en el que interviene lo sobrenatural y una indagación en los propios sentimientos sin rumbo fijo. Dice la propia autora que estamos ante la envolvente y misteriosa historia de una mujer atrapada en un escenario irreal por el que deambula en búsqueda de una salida.
Una pareja que parte de un itinerario cotidiano (unas vacaciones) se enfrenta a un escenario repleto de claroscuros, de espejos deformantes, de fantasmas irreales que rompen todo concepto preconcebido. Y lo que en principio debía moverse en el terreno del tópico, se adentra en lo irreal, lo desconocido, lo imposible y la incertidumbre, conformando un aire de extrañeza que dota a la historia de un aroma surreal.
Exactamente la misma sensación se produce en la película. Marta Etura y Eduardo Noriega, pareja en crisis de no se sabe qué, parten de vacaciones. Y los acontecimientos irreales comienzan a sucederse. La esposa no encuentra al marido, se produce un robo inesperado que nadie ha visto, hay un accidente no menos chocante, el espacio físico cobra nuevas formas... Y la película entra en diferentes planos narrativos. Lo que demuestra una decidida apuesta por el riesgo narrativo apoyado en una ambientación y un cuidado por las imágenes de gran belleza que no es habitual ni por estos lares, ni por otros.



Este es uno de esos casos en los que se aprecia cómo la cámara se convierte en una herramienta no sólo para mostrar, sino como instrumento para envolver e indagar bajo una mirada personal.
Una narrativa que puede parecer errática en algunos momentos, pero que aúna delicadeza, desconcierto, misterio y desgarro emocional. Un film que no desdeña el coqueteo firme con lo sobrenatural, lo fantasmagórico, la alteridad. Con una puesta en escena imaginativa y hermosa al mismo tiempo, acompañada de una atmósfera decididamente propia y genuina.
Unas sensaciones que nos remiten al cine en su esencia como fuga de la realidad, a la fantasía como reino de lo desconocido y lo simbólico. El film apunta muy alto y no es difícil reconocer ciertos elementos que recuerdan al universo de David Lynch, aunando lo extremadamente físico con lo extraño y sobrenatural. O pasajes que pueden hacer recordar al aficionado el universo irreal de films enigma como “Jennie”.
Ese es tal vez el gran talón de Aquiles tanto de la novela como de la película. Su intermitencia y la posible comparación con esas obras. El hecho de estar ante fogonazos de auténtico cine, de imágenes de gran potencia y de interpretaciones a la altura, no evita decir que estemos ante una gran película fallida, si es que tal cosa es posible. Personal y audaz muchas veces, pero que no puede evitar altibajos fruto de su compleja dramaturgia.



Aun así, bienvenidas sean novelas como esta, alejadas de la rutina aunque no lo parezca, arriesgadas al proponer un relato que combina lo social, lo íntimo y lo fantástico. Y proyectos cinematográficos como este, que aunque no gozaron del favor del público, demuestran una posibilidad de escape para el cine español, en el que aun tienen cabida, mientras el presupuesto lo permita, los saltos al vacío con doble tirabuzón.



sábado, 10 de mayo de 2014

LA ESCUELA DE CALOR


Saber o no saber. Disponer de información o no. Esa es hoy parte de la cuestión. Uno puede leer a escritores como Carmen Martín Gaite o Juan Benet y sumergirse en su prosa sin necesidad de saber nada más que todo lo que sus historias y su prosa nos ofrecen, que es mucho. Sin embargo, es imposible que la percepción del lector no cobre otra dimensión cuando sabe que ambos mantuvieron una correspondencia muy intensa en la que la autora de “Nubosidad variable” le decía cosas como “el tener que sentirme avergonzada de acudir a ti me parece la más injusta y dolorosa servidumbre a que puedo estar sometida”. Incluso es necesario tomar un respiro, ya que a esto le añadía frases como “de tarde en tarde me veo acorralada, impelida a caer en ti como único expediente posible”. Nada de esto debiera afectar a su calidad literaria ni al goce de su narrativa. Y sin embargo…
En el cine ocurre otro tanto. Y más cuando ha pasado el tiempo. El espectador actual puede darse el lujo de ver “La Piscina” libre de polvo y paja. Pasando olímpicamente de toda la carga morbosa que la acompañó en su estreno. No tiene por qué saber que Romy Schneider y Alain Delon fueron la pareja más chic del cine europeo, que mantuvieron un romance sonado que finalizó de aquella manera y que esta película suponía su reencuentro profesional tras la ruptura en una cinta de alto voltaje cuya primera escena los muestra en su faceta más icónica y mítica.



Él tumbado junto a una piscina tomándose un coctel con sus inconfundibles “rayban” negras. Marcando estilo. Ella dándose un baño en la misma piscina, luciendo figura y bikini negro, escultural y magnífica. Una auténtica efigie saliendo del agua…Conste que por razones de puro análisis cinematográfico (la duda ofende) antes de describir la escena la he visto dos veces. Se pulsa pausa…atrás…adelante y Romy reaparece como una diosa subiendo otra vez la escalinata de la piscina. El encuentro entre ambos es como la fusión del átomo: “ráscame la espalda, nadie lo hace como tu”.
Parece ser que en 1969 se montó mucho revuelo por esas escenas en la que la antigua emperatriz de Austria perdía el bikini y se entregaba al deseo. Y uno no sabe si el hecho de que lo hiciese con su antigua pareja añadía más leña al fuego en la mente del espectador o no. Es un juego de espejismos que en su día avivó el celuloide.
La cuestión es que hoy podemos ver “La piscina” desprovistos de esas cargas adicionales. Sin el plus de esa información extra que cuatro décadas después resulta meramente anecdótica. Hoy, pese a conocer, el espectador puede, si lo desea, tomar distancia y disfrutar de este drama psicológico y sensual a pleno sol. Recrearse en la exploración visual de esta deconstrucción de la pareja progresivamente obsesiva y envolvente abstrayendose de asuntos privados.



La premisa es sencilla y tiene ecos impresionistas en el trazo. Una pareja, Romy Schneider y Alain Delon disfrutan de sus vacaciones en una envidiable casa de campo con una no menos envidiable piscina. Alejados del mundanal ruido. Las caricias del sol, el tacto de la piel, la sensualidad de un entorno natural y el verde intenso de los árboles invitan al goce continuo, al sexo sin prisas, a la exploración de los sentidos entre cócteles y baños. Apuntados a una particular escuela de calor en la que el reloj no cuenta, pronto descubriremos que el tiempo libre también da para jugar con los sentimientos y el deseo. El animal no duerme dice la poeta Ada Salas. Como diría mi vecina, son ganas de complicarse la vida…
La excusa propicia la proporciona un amigo de la pareja que es invitado a pasar unos días (Maurice Ronet). Un ejemplar de seductor amante de la juerga continua y el ego sin fronteras. No viene sólo. Le acompaña nada menos que su hija de 18 años (estupenda Jane Birkin). El director nos la muestra como una auténtica delicatessen recién salida de una de las comedias y proverbios de Rohmer. Un aparentemente asustadizo cervatillo entre lobos. Sensual, lánguida, fresca e irresistible incluso sin mover un solo músculo. Absolutamente francesa. Luciendo unas inocentes minifaldas que Jaques Deray filma deliberadamente como una llamada a la puerta del pecado.



Como es lógico, con estas piezas sobre el tablero, la tensión sexual se empieza a masticar a varias bandas. El cuadro dramático es más complejo de lo que aparenta. El amigo ha sido amante de Romy y antiguo jefe de trabajo de Alain Delón, que adoptando las formas sinuosas de Ripley ve la posibilidad de consumar la venganza de todas las humillaciones sufridas en la carne del cervatillo. Se van desvelando cosas inquietantes. Como que Alain es un escritor fracasado y maldito que ahora se dedica a hacer publicidad. Para colmo el recién llegado, una versión masculina del mito Rebeca, no duda en dar rienda suelta a su fama de maduro ligón de la costa azul, exhibiendo su egolatría sin disimulo. Su imperial narcisismo. Su inagotable vanidad.
Hagamos un paréntesis. En este punto uno termina por acordarse de Carly Simon y su canción enigma en la que pone firme a un hombre tan vanidoso que va de yate en yate y de fiesta en fiesta mirándose al espejo y acostándose con las parejas de sus amigos. Tan vanidoso que, como dice la letra, pensará que la canción está dedicada a él. Carly Simon nunca ha desvelado a quien se refería cuando escribió “you’re so vain”. Y aunque las especulaciones son muchas, todo el mundo sabe que hay dos candidatos claros en la parrilla de salida: Mick Jagger, que hizo los coros, y Warren Beatty, que en un acto de pura vanidad no tuvo complejo alguno en auto atribuirse el dudoso honor de afirmar que la canción está dedicada a él. Al final coloco el tema. Fin del paréntesis.



Volviendo a la película, instalados los cuatro el film avanza en un continuo flujo y reflujo de aparente mansedumbre en el que los embates emocionales y las cuitas dialécticas se mezclan con una exploración visual de la explosión de los sentidos y los dilemas éticos. Toda la marejada del juego de la seducción se pone al descubierto y a la parrilla al abrigo del tacto de la piel, el charme francés, los rayos de sol, los baños en la piscina y los límites del deseo. La liberación y relajación de las costumbres sin embargo es sólo aparente y sobrepasa a los protagonistas, a los que el juego se les va de las manos.
El acierto de la película está en presentar a presuntos personajes liberados y desinhibidos atrapados en férreos dilemas morales. Es entonces cuando el relato adopta las formas de un tejido pesimista en el que la servidumbre humana y las llagas del pasado hacen su aparición.
Con el paso de los minutos el espectador, junto con los personajes, va sintiendo también la transformación de un decorado, que ahora ya no es un relajante y envidiable remanso de paz, sino una cárcel sin salida de la que todos desean escapar sin saber cómo. Es el atractivo, discreto,  obsesivo y engañoso encanto de la burguesía y su doble moral. Ese que permite, en una cena al aire libre, compartir un arroz chino y charlar sobre comida tailandesa mientras subyace de fondo la certeza de que todos han sido infieles a todos hace diez minutos. Magnífico el momento en el que la presunta educación plagada de sonrisas pretende soslayar lo evidente.



Y si en algunos momentos “La piscina” parece una curiosa e imposible mixtura entre el preciosismo de Renoir, la placidez entomológica de Rohmer, el misterio de Hitchcock y la intriga criminal de Patricia Highsmith, finalmente el castigo moral se impone en un pulso que corrobora que la toma de riesgos en biología supone pagar una factura ética. Estos personajes, tal y como afirma Paul Bowles en “el cielo protector” viven como si cada uno de sus actos no tuviera consecuencias. Y el precio que se paga es caro: “jamás podré volver a bañarme en esta piscina” afirma Romy cuando es consciente hasta dónde han llegado los juegos estivales.
Y es que, el delicado arte de mantener el equilibrio, no en un columpio ni en una piscina, sino el emocional y ético, resulta más complicado de lo que parece. También para el director, Jacques Deray, que en 2014 también ha de pagar el peaje de construir su película con una banda sonora sesentera a lo dabadabada. Cuando esto pedía a gritos una orquesta clásica o incluso la ausencia de música. De todos modos, el complejo armazón dramático-criminal bañado por el sol funciona. Y con esos actores más. Esta película muestra que Hitchcock no debió preocuparse tanto cuando Grace Kelly dejó el cine. Precisamente en la costa azul tenía una sustituta perfecta para dar rienda suelta a sus obsesiones.



Y como lo prometido es deuda, aquí dejo el misil en forma de balada que Carly Simon dedicó en 1972 a todavía no se sabe quien, aunque bien pudiera ser el de la foto. Aunque como decíamos al principio, en el fondo da igual. El tema funciona por si solo sin necesidad de conocer su trastienda privada.

viernes, 4 de abril de 2014

BAILARINA, SOLDADO, SIRVIENTA, ESPIA


Se ha escrito un crimen. O mejor seamos exactos, que ya van siete. Como viajeros del tiempo nos situamos en el año 1947. Londres aún se está recuperando de los efectos de la Segunda Guerra Mundial. Y aunque Hitchcock se haya marchado a Estados Unidos, eso no quiere decir que a orillas del Támesis el mal intrínseco haya desaparecido. Ni las mujeres hermosas. Ni la tentación del asesinato, que es una cosa muy british. El brumoso paisaje urbano sigue siendo muy atractivo para  misterio, romance y crimen. Esas calles vestidas de adoquines. Esas farolas que iluminan levemente. Su imperturbable niebla ominosa. Y por supuesto esas sombras ambiguas dando vida al asfalto. Siniestras y atractivas a un tiempo. Que unos entiendan que son de raíz expresionista y otros busquen en ellas simbologías freudianas es otra cuestión.
Mucho antes que el asesino de Sharon Tate, Charles Manson, enviase una inquietante misiva casi indescifrable al cantante Marilyn Manson. Y antes aún de que el asesino del Zodiaco hiciese de las suyas en San Francisco con sus criptogramas y sus crímenes, el cine ya reflejó el asunto por la vía literaria. Nada menos que un asesino en serie que antes de cada crimen, afila su pluma y envía un refinado poema a la policía anunciando cómo y de que manera morirá la víctima.


Son ya siete las chicas asesinadas y siete poemas en la mesa del reflexivo inspector de policía interpretado por el flemático Charles Coburn: “No se trata de que nosotros nos estrujemos la cabeza intentando descifrar cada texto, sino de penetrar en la suya, en su mente criminal”.
La película, “El asesino poeta”, está dirigida por Douglas Sirk antes de su explosión como maestro del melodrama. Un bávaro filmando Londres. En ocasiones se olvida que Sirk no sólo sublimó el melodrama. También transitó otros géneros en títulos como “Tempestad en la cumbre” o “Ángeles sin brillo”. Sin embargo, en los años cuarenta, aún no adaptaba a Eric María Remarque o William Faulkner. Y se acercó con acierto al cine de misterio, caso de “Pacto Tenebroso” o este asesino poeta.
El film describe en sus primeros minutos con una agilidad narrativa y eficaz economía de medios el proceder del asesino y la frustración policial. Sin ánimo peyorativo ni comparativo, todo lo que cuenta “Zodiac” en su primera hora lo ventila “El asesino poeta” en diez minutos. El uso de las calles sombrías y los restaurantes sirven de clima para mostrarnos como el refinado criminal se vale de jóvenes cargadas de carmín que tientan a la suerte contestando a anuncios por palabras del periódico y se citan con ese desconocido al que la cámara no muestra.


Después Sirk nos invita a una particular sesión forense. Su analítica versión C.S.I años cuarenta de Scotland Yard. El análisis del poema, escrito siempre con la misma máquina de escribir. La textura del papel, adquirido en la misma tienda, los versos premonitorios…el desconocido poeta resulta ser un romántico desesperado que según un experto, plagia a Baudelaire y su idea de la belleza en la muerte y más allá de la muerte. Baudelaire, aquel que dejó escrito que “la poesía es como una danza graciosa y terrible, cuya apariencia vaporosa esconde la auténtica materia embriagadora embellecida por un halo musical”. De acuerdo.Aunque siempre habrá quien pensará: Con lo fácil que es decir eso de “¿y tu me lo preguntas? Poesía eres tu".  
Las víctimas son siempre chicas jóvenes y atractivas. Y que mejor lugar para escoger a su próxima musa que un night-club donde las girls, atención, se ganan la vida bailando con pesados con una copa de más. A Sandra Carpenter (Lucille Ball) le toca un tonto a las tres que por supuesto le dice que es la más guapa del local. Ella, aburrida de escucharlo todas las noches con diferentes tipos poco recomendables se limita a entornar los ojos.
La señorita Carpenter y su amiga, poco dadas de entrada a dejarse convencer por un verso suelto, aspiran a una vida mejor. Lo que significa un night club mejor. Curiosamente, anda apurada ya que en 1947 también hay bancos y tiene pendiente un vencimiento. Y de ahí a bailar con un borracho por unas libras sólo hay un paso. En ocasiones nada como el cine de género para mostrar la realidad social.


Sólo es preciso un instante para que la vida de un vuelco. Para Lucille, la desaparición de su amiga le llevará a otro tipo de proxenetismo light. Si antes danzaba para costearse la vida, ahora lo hará para la policía. Al espectador también le sirve para constatar (como en su otro acercamiento al noir “Envuelto en la sombra”) su versatilidad. Esta chica tuvo prestancia suficiente como para ser algo más que la cómica televisiva por excelencia durante décadas. Hubo vida más allá de Lucy.
Memorable esa escena en la que el inspector le pide que se levante la falda por encima de la rodilla para ver sus piernas: “le felicito, señorita”. Se necesita a una joven lo suficientemente atractiva para servir de cebo. Y Lucille no se lo piensa mucho. Comenzará a contestar a todos los anuncios por palabras del periódico que piden citas para dar con el asesino poeta. Y para ello mutará en dama misteriosa, aristócrata por una noche, sirvienta y espía.
Se puede debatir si existe en todo ello una reafirmación femenina que convierte a la dama en heroína…o si por el contrario hay una actitud un tanto misógina al colocar a la fémina en situación de serio peligro, de conejillo de indias, de cebo a la fuerza.


Esa dicotomía otorga al film una sensación de cierta turbiedad ambigua que se solventa con la naturalidad ingenua y decidida con la que la nueva detective se somete a todas las pruebas. Algunas entrañables, incluido ese niño con un ramo de flores que acude a la cita a ciegas sustituyendo a su hermano que ha sido alistado. Otras decididamente delirantes y bizarras, como la extraña en un decorado vacío con un alienado Boris Karloff, un encuentro que por su retorcimiento recuerda y mucho al que muestra Polanski en “La Venus de las pieles”.
Sin embargo, Lucille no pierde la compostura ni se ve amenazada por serios problemas psicológicos como Clarice Starling cuando escucha a los corderos. Su vitalidad e ingenio, la alejan del personaje atormentado y la acercan a una detective tan ingénua como analítica y perspicaz que se usa a si misma como trampa para resolver el misterio- crucigrama.
No obstante justo cuando el truco del cebo femenino parece no dar los frutos deseados, aparece un sofisticado playboy, un bon vivant encantador y mujeriego, rico y atractivo. Nada menos que George Sanders. Sofisticado, elegante, ambiguo, seductor…los calificativos se quedan cortos para describir con que soltura se mueve en escena y con que habilidad se divierte jugando al gato y al ratón con Lucille y con el espectador.


La idea de la película es llevarnos a los terrenos de “La sombra de una duda” y sobre todo “Sospecha”. ¿Será el irresistible y encantador George Sanders el refinado y lírico asesino poeta? ¿El exquisito nuevo Cyrano con inclinaciones criminales? Para ello el guión mete una marcha más e incluye la inevitable trama amorosa. Nuestra heroína cae rendida. Y cuánto más apuntan las sospechas en dirección al caballero símbolo del ideal amado, más se empecinará ella en defenderlo con la única arma de que dispone. Su noble corazón no le puede fallar, piensa.
No vamos aquí a desvelar el misterio, que por otra parte apunta a una reflexión analítica muy aguda sobre la autoestima, los complejos, el arte y las relaciones sociales magnífica, aunque es inevitable pensar que la sombra de “Laura” es alargada  Sólo dejar constancia que en su resolución Lucille Ball es sometida de nuevo a la prueba de ser “again” la sufrida cobaya que se utiliza para cazar al criminal. Para que luego se diga que el morboso y fetichista era el marido de Alma Reville.
“El asesino poeta” es una de esas películas en las que el regocijo va acompañado de cierta ligereza. Mezclar suaves aromas noir con comedia sofisticada y toques sociales arroja un film con ciertos altibajos que en ningún caso estropean la función.

El trhiller asoma en ciertos pasajes, cierto. Y la resolución del whodunit (¿Quién lo hizo?) importa tanto o más que la descripción de un ambiente moral subversivo y oscuro propio del noir más característico y descarnado. Una lectura atenta permite vislumbrar que aquí también se tratan entre líneas y a contraluz la frustración y los tormentos del hombre hastiado y rodeado de banalidades, los abismos de la creación como vía de escape y el odio por una sociedad que menosprecia la belleza y el arte.
No obstante, el film, sin renunciar a ese trasfondo, prefiere decantarse por el glamuroso juego detectivesco. Es por ello que esta película no tenga tal vez el sabor de los whiskys fuertes a palo seco. Es más bien un licor suave, sofisticado y con un peculiar sentido del humor, que eso sí, se degusta con agrado. La ligereza de estos misterios de Lucille, detective con medias de seda, ni ángel ni diablo, arrojan una película correcta y aromática. Eso sí, no se busquen los abismos de “Retorno al pasado” ni “Perversidad”. Estamos ante una delicatessen ligeramente escarlata que juega con la gramática de la sospecha.