sábado, 4 de octubre de 2014

LAS ILUSIONES PERDIDAS




En 1789 se aprobó la declaración de derechos del hombre y del ciudadano. Ante tal envido, Olympe de Gouges se atrevió con un órdago y publicó en 1791 “la declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana”. No era una frivolidad ni una redundancia. De convicciones profundamente arraigadas proclamó aquello tan rotundo de “si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso debe tener también el derecho de subir a la tribuna”.
Sin embargo, no todo el mundo es Marie Curie, ni Simone de Beauvoir, ni Susan Sontag, Mary Wollstonecraft, ni Josephine Baker, ni Amelia Earhart por citar alguien que probó sus alas sin metáfora alguna.
Hubo (y hay) mujeres sobradas de inquietudes, impetuosas, dotadas de gran arrojo intelectual y valentía a la hora de defender sus derechos y su condición. Y que sin embargo ven truncados sus sueños, atrapadas en una maraña de intereses creados, normas sociales, imposiciones de clase, condicionantes políticos…a lo que hay que añadir la siempre peliaguda cuestión del compromiso marital cargado de hipotecas. Es el terreno de una solapada discriminación que asoma su feroz rostro entre licores espumosos y perfumes exquisitos.  

Este último aspecto era de capital importancia en la burguesía tradicional y en la nobleza, y ni siquiera la ilustración acabó con ello. Ya lo explica con diáfana claridad John Stuart Mill en “la sujeción de las mujeres” cuando dice: “El hombre no quiere únicamente la obediencia de la mujer, quiere sus sentimientos. Todos los hombres desean tener en la mujer más íntimamente relacionada con ellos, no una esclava forzada, sino una favorita. Por eso harán todo lo posible por esclavizar su espíritu. De ahí que todas las mujeres sean educadas desde su niñez en la creencia de que el ideal de su carácter consiste en no tener iniciativa, sometiéndose a voluntades ajenas”.
Es oportuno recordar que estas palabras fueron escritas en 1869. Y si tienen plena vigencia hoy o no lo dejamos a juicio del lector.
Dos recientes películas centradas en dos mujeres amputadas como tales van a servir para ilustrar la cuestión. Por una parte Georgina Spencer, Duquesa de Devonshire. Por otra, al otro lado del canal de la mancha Thérèse Desqueyroux. Las películas, “La duquesa” y “Thérèse D”, protagonizadas respectivamente por Keira Knightley y Audrey Tautou. 





Uno puede pensar que ambas tuvieron la desgracia de no llegar a tiempo de conocer a las nuevas musas del eco feminismo new age, como Eva Lootz o Yasmina Reza. O rompedoras como Caitlin Moran, que en un libro titulado “Cómo ser mujer” explica con ironía digna de mejor causa la importancia del color del vello púbico, el valor terapéutico de ir o no de compras, los mil y un nombres sexys con que bautiza a su “vestíbulo interior”, la relevancia del tacón como arma sexual femenina y el curioso sabor de la sangre menstrual.
Georgina Spencer y Thérèse Desqueyroux suponemos accederían a otras lecturas. No parece que “las amistades peligrosas” esté entre ellas. Tal vez “Moll Flanders”, Jane Austen, o quizás “las bostonianas” de Henry James, novela en la que una sufragista expone “me gustaría que los hombres nos admirasen menos y confiasen un poco más en nosotras. Hemos delegado demasiado en ellos y creo que tal vez ha llegado el momento de juzgarlos”.    
La primera escena de “La duquesa” es tan rotunda como directa. Mientras la aun doncella flirtea y juega alegremente al pañuelo con unos amigos, su madre (Chartlotte Rampling) y el duque de Devonshire (Ralph Fiennes) conciertan notarialmente las estrictas condiciones de su casamiento a sus espaldas.





Conste que la primera puñalada se la da su propia madre al comunicarle la noticia y manifestarle un falso e hipócrita pesar: Desearía que continuase con ella hasta que alcanzase la mayoría de edad, pero sería muy egoísta por su parte poner freno a la “felicidad” que le espera.
De forma implacable y sinuosa la nueva duquesa, menor de edad, forzada una y otra vez para concebir un varón, ultrajada de mil formas, unas más sutiles que otras, irá adentrándose en un vía crucis doloroso con diferentes paradas. El suntuoso mundo de porcelana, lienzos y tapices repleto de ornamento, palacios, fiestas, bailes, cortesía y oropel esconde en cada aposento un auténtico descenso a los infiernos con parada en el purgatorio de la subordinación. Un vaiven con tenebroso sabor a habitación cerrada, a tormento interior. Wellcome to the pleasure down, se titulaba una famosa canción.
Pronto la ingenuidad de la nueva duquesa, su actitud librepensadora, sus muchas inquietudes le jugarán una mala pasada. Durante una cena con unos políticos, un representante de la cámara manifiesta que no conviene ser radicales, que la libertad está bien pero con moderación. La mujer de ideas propias responde al instante que no se puede ser moderadamente libre ni moderadamente esclavo, que no hay término medio posible.





Pues bien, toda la película gira en torno a esa idea, que actúa como condena. Un vibrante y angustioso corredor sin retorno en el que todas las aspiraciones, amorosas, políticas, éticas, sociales y familiares se irán truncando una tras otra en una continua implosión sin descanso que le lleva a una conclusión atroz: la búsqueda entre tanto hastío disfrazado de machismo y clasismo de una felicidad mínima, moderada incluso, que le permita respirar.
Excelente el momento en el que ebria de alcohol y de tanto sopor, se tambalea como una muñeca, como un maniquí fuera de órbita en un salón de baile repleto de máscaras empolvadas que la miran con patetismo al no ser capaz de guardar las obligadas apariencias.
Ni siquiera se le concede un mínimo triunfo cuando inicia una aventura amorosa…el machismo clasista y misógino del duque y la intransigencia implacable de la madre (excepcionales ambos en sus roles) actuarán una y otra vez de cortafuegos. Estamos muy lejos de los corteses juegos y lances amorosos victorianos en la campiña tan celebrados en el cine actual. Aquí la realidad es más cruda y cruel.
Y cuando encuentra una amiga en su misma situación, esta utilizará su lecho para conseguir el favor del duque ¡ojo! no en su propio beneficio, sino para que este interceda y le permitan ver a sus hijos de los que está separada.






Este personaje, vital en la película, será poco a poco comprendido por Georgina, compartiendo ambas infortunios varios en un panorama desolador. En una misma escena de gran tensión son insultadas y vejadas por el duque por igual. Esposa y amante son para el patriarca dos cargantes y lloriqueantes bustos parlantes, más molestas que sus fieles perros de caza.
En ese coctel de lujo y vejación, la duquesa asiste a la crónica de su particular oprobio. Atrapada entre visillos en un opaco jardín eterno y oscuro, anulada como persona, terminará por adoptar un castrante pragmatismo que le permitirá fingir en los actos sociales como una marioneta más. Lucir moda, falsas sonrisas e indagar en las relatividad de los dogmas.
Saltamos a Francia. Para Thérèse, mujer hermética, lacónica e indescifrable, las cosas comienzan mal. Cuando uno concierta su boda en función del número de pinos que sumarán ambas familias, la ecuación no puede salir bien. El autoengaño de la vida palaciega dura muy poco, ya que para colmo Thérèse se hace confidente de su cuñada, amiga de juventud que sufre un amor prohibido, arrebatado, real y apasionado truncado por su familia por razones de clase y religión.





Ese espejo coloca a Thérèse definitivamente ante todo lo hueco y falso que rodea su aparente vida armoniosa carente de vida y de chispa. Ello le llevará a tomar decisiones drásticas que una vez fracasen, la sumen en un letargo sin fin, en un ser aislado y meditabundo, enrocada en un caparazón emocional y moral del que no es fácil salir. Esa imagen de los pinos ardiendo mientras Thérèse, auténtica naturaleza muerta, asiste inmutable e impasible al fuego fatuo del símbolo de su unión lo dice todo.  
Ambas películas afianzan su discurso al tomar como punto de partida a mujeres privilegiadas y rodeadas de lujos materiales que, pese a su posición, terminan perdiendo su condición humana convirtiéndose en parte del suntuoso decorado. En estatuas inertes. Sin embargo, los dos films son ambiguos en este sentido, por cuanto articulan un discurso con una tesis clara, pero no renuncian a la exquisitez del cine de época, a la qualité de última hornada como coartada. Regodeándose en la banalidad de los escenarios del arte.
Se diría que ambos directores juegan a la vez dos cartas. La del film con mensaje por un lado, y la de la vistosidad ornamental por otra. De tal modo que si lo primero no seduce, el espectador puede caer en la misma trampa que sus protagonistas. Esto es, verse inmerso en un paseo lujoso por los decorados, fotografía y ropajes detallistas del cine histórico de gran aparato y diseño.



El espectador que busque en estos dos retratos lances y requiebros sentimentales y heroínas impetuosas que al final vencen en la partida del amor contra toda convención social a la luz de hermosas campiñas se equivocará de película. Como las dos protagonistas, relegadas a la penumbra, vagará como un fantasma por fastuosos decorados y en última instancia verá, como el protagonista de Balzac, sus ilusiones perdidas.
Ahora bien,  quien busque un retrato ambiguo y amargo de la tenebrosa miseria de la condición femenina a merced de los designios de clase y del peso del yugo masculino encontrará perlas a su gusto. Y quien prefiera indagar en el desorden anímico y el desgarro ético preso de un pensamiento cautivo, tendrá mucho y bueno donde rascar. Eso sí, para penetrar en estas tormentas de hielo, mejor ir bien provisto. Un buen picahielos, por ejemplo. 



viernes, 4 de julio de 2014

SALTOS AL VACIO


No siempre se presenta la ocasión propicia. Pero el otro día sí. La escritora Clara Sánchez tuvo a bien pasarse por estas tierras. La excusa era la presentación de su última novela. Aunque bien podría decirse que lo que hizo fue una formidable defensa numantina de su texto, galardonado con el Premio Planeta, y de su forma de entender la literatura.
Respecto de lo primero, no se escondió en ningún momento a la hora de defender “El cielo ha vuelto” frente a las críticas que ha recibido, al parecer muy numerosas, desde que le fue concedido el galardón. Y respecto de lo segundo, hizo una firme reivindicación de la literatura como constante evolución hacia lo desconocido, como una continua búsqueda hacia lo intangible.
Apeló para ello a Ana María Matute, quien la aconsejó en cierta ocasión que no se dejara manipular. Según ella la manipulación y el vampirismo dominan las relaciones humanas y la existencia. Y para ello es importante conocer las particularidades de su mecánica y sus trampas, en muchas ocasiones emocionales. Y como ejemplo de ello recurrió tanto al Drácula de Bram Stoker como al fatalismo de Ana Karenina.



No he leído “El cielo ha vuelto”, y no sé si narra las frívolas peripecias de una modelo, como afirman sus detractores, o el torbellino existencial y ético de una joven atrapada en mil y una trampas emocionales. Saldré de dudas cuando la lea.
En realidad, mi presencia en el acto poco tenía que ver con todo lo anterior, sino con otro tipo de inquietudes.
Admito que no resulta un trago fácil tomar el micrófono en el turno de preguntas para decir a la autora que no le voy a preguntar sobre su novela ya que no la he leído, sino sobre otras cuestiones. Pero el momento se hizo más llevadero, ya que ella durante la conferencia relató su fascinación inspiradora por el mundo de Hitchcock.
Aprovechando esa referencia entro en materia. Clara Sánchez es una gran aficionada al cine. Y ha comentado y analizado películas en diferentes medios. Incluidas adaptaciones literarias. Curiosamente, ahora se ve en la tesitura inversa. Una de sus novelas, “Presentimientos” ha sido llevada a la pantalla.



La cuestión es cómo ha vivido como autora literaria todo el proceso. Cómo ha convivido con las diferentes relecturas que se han hecho desde el primer borrador de guión a lo largo de más de cuatro años. A lo que hay que añadir que ella no ha participado en la redacción del guión, obra de Santiago Tabernero y Eduardo Noriega.
Y sobre todo, cual ha sido su experiencia como autora ante el primer visionado. Concretamente, si al autor de la novela le resulta posible o imposible abstraerse del texto y ver el film de forma autónoma como mera espectadora, o si por el contrario le sucede como a cualquier otro lector, que siempre tiene (tenemos) la tentación intrínseca de comparar dos medios de expresión tan diferentes.



Vamos con sus respuestas. Contar con una escritora llana y afable que no exhibe un ego desmedido, ni fuerza un posible malditismo literario, ni va de epatante ayuda y mucho. Ante todo, se mostró tremendamente sorprendida de que una novela como “Presentimientos” fuera llevada a la pantalla. Comparto esa opinión. La novela al igual que la película presenta una estructura muy compleja y en varios planos (presente y pasado, consciente y subconsciente) que en principio efectivamente hace pensar que una adaptación no será fácil.
En segundo lugar, la sensación de que otras manos reescribieran una y otra vez sobre unos personajes y unas pulsiones internas que partían de la trama y el alma de su novela, le suscitaban dos sentimientos encontrados. Por un lado no dejaba de sentir cierto halago, cierta indisimulada vanidad, a la vez que conforme pasaba el tiempo el asomo de la inquietud era inevitable. Formar una y otra argamasa partiendo de su texto lo llevaba bien por su fe ciega en la pasión de los autores a la hora de dar vida y forma a la historia, que incluso igualaba a la suya propia con el texto original.
Sentarse el día del estreno ante la pantalla en blanco y reconocer al instante las pulsaciones más íntimas de su obra le llevaron, según afirma, a una rotunda satisfacción.



Estamos ante una novela inusual. Y como no podía ser de otra forma, ante una película también inusual. Dos auténticas rara avis en el panorama del cine patrio. “Presentimientos” como novela parte de un aparente costumbrismo, de una contemplación de las actuales relaciones de pareja que paulatinamente se van tornando más y más complejas a partir de un desarrollo en el que interviene lo sobrenatural y una indagación en los propios sentimientos sin rumbo fijo. Dice la propia autora que estamos ante la envolvente y misteriosa historia de una mujer atrapada en un escenario irreal por el que deambula en búsqueda de una salida.
Una pareja que parte de un itinerario cotidiano (unas vacaciones) se enfrenta a un escenario repleto de claroscuros, de espejos deformantes, de fantasmas irreales que rompen todo concepto preconcebido. Y lo que en principio debía moverse en el terreno del tópico, se adentra en lo irreal, lo desconocido, lo imposible y la incertidumbre, conformando un aire de extrañeza que dota a la historia de un aroma surreal.
Exactamente la misma sensación se produce en la película. Marta Etura y Eduardo Noriega, pareja en crisis de no se sabe qué, parten de vacaciones. Y los acontecimientos irreales comienzan a sucederse. La esposa no encuentra al marido, se produce un robo inesperado que nadie ha visto, hay un accidente no menos chocante, el espacio físico cobra nuevas formas... Y la película entra en diferentes planos narrativos. Lo que demuestra una decidida apuesta por el riesgo narrativo apoyado en una ambientación y un cuidado por las imágenes de gran belleza que no es habitual ni por estos lares, ni por otros.



Este es uno de esos casos en los que se aprecia cómo la cámara se convierte en una herramienta no sólo para mostrar, sino como instrumento para envolver e indagar bajo una mirada personal.
Una narrativa que puede parecer errática en algunos momentos, pero que aúna delicadeza, desconcierto, misterio y desgarro emocional. Un film que no desdeña el coqueteo firme con lo sobrenatural, lo fantasmagórico, la alteridad. Con una puesta en escena imaginativa y hermosa al mismo tiempo, acompañada de una atmósfera decididamente propia y genuina.
Unas sensaciones que nos remiten al cine en su esencia como fuga de la realidad, a la fantasía como reino de lo desconocido y lo simbólico. El film apunta muy alto y no es difícil reconocer ciertos elementos que recuerdan al universo de David Lynch, aunando lo extremadamente físico con lo extraño y sobrenatural. O pasajes que pueden hacer recordar al aficionado el universo irreal de films enigma como “Jennie”.
Ese es tal vez el gran talón de Aquiles tanto de la novela como de la película. Su intermitencia y la posible comparación con esas obras. El hecho de estar ante fogonazos de auténtico cine, de imágenes de gran potencia y de interpretaciones a la altura, no evita decir que estemos ante una gran película fallida, si es que tal cosa es posible. Personal y audaz muchas veces, pero que no puede evitar altibajos fruto de su compleja dramaturgia.



Aun así, bienvenidas sean novelas como esta, alejadas de la rutina aunque no lo parezca, arriesgadas al proponer un relato que combina lo social, lo íntimo y lo fantástico. Y proyectos cinematográficos como este, que aunque no gozaron del favor del público, demuestran una posibilidad de escape para el cine español, en el que aun tienen cabida, mientras el presupuesto lo permita, los saltos al vacío con doble tirabuzón.



sábado, 10 de mayo de 2014

LA ESCUELA DE CALOR


Saber o no saber. Disponer de información o no. Esa es hoy parte de la cuestión. Uno puede leer a escritores como Carmen Martín Gaite o Juan Benet y sumergirse en su prosa sin necesidad de saber nada más que todo lo que sus historias y su prosa nos ofrecen, que es mucho. Sin embargo, es imposible que la percepción del lector no cobre otra dimensión cuando sabe que ambos mantuvieron una correspondencia muy intensa en la que la autora de “Nubosidad variable” le decía cosas como “el tener que sentirme avergonzada de acudir a ti me parece la más injusta y dolorosa servidumbre a que puedo estar sometida”. Incluso es necesario tomar un respiro, ya que a esto le añadía frases como “de tarde en tarde me veo acorralada, impelida a caer en ti como único expediente posible”. Nada de esto debiera afectar a su calidad literaria ni al goce de su narrativa. Y sin embargo…
En el cine ocurre otro tanto. Y más cuando ha pasado el tiempo. El espectador actual puede darse el lujo de ver “La Piscina” libre de polvo y paja. Pasando olímpicamente de toda la carga morbosa que la acompañó en su estreno. No tiene por qué saber que Romy Schneider y Alain Delon fueron la pareja más chic del cine europeo, que mantuvieron un romance sonado que finalizó de aquella manera y que esta película suponía su reencuentro profesional tras la ruptura en una cinta de alto voltaje cuya primera escena los muestra en su faceta más icónica y mítica.



Él tumbado junto a una piscina tomándose un coctel con sus inconfundibles “rayban” negras. Marcando estilo. Ella dándose un baño en la misma piscina, luciendo figura y bikini negro, escultural y magnífica. Una auténtica efigie saliendo del agua…Conste que por razones de puro análisis cinematográfico (la duda ofende) antes de describir la escena la he visto dos veces. Se pulsa pausa…atrás…adelante y Romy reaparece como una diosa subiendo otra vez la escalinata de la piscina. El encuentro entre ambos es como la fusión del átomo: “ráscame la espalda, nadie lo hace como tu”.
Parece ser que en 1969 se montó mucho revuelo por esas escenas en la que la antigua emperatriz de Austria perdía el bikini y se entregaba al deseo. Y uno no sabe si el hecho de que lo hiciese con su antigua pareja añadía más leña al fuego en la mente del espectador o no. Es un juego de espejismos que en su día avivó el celuloide.
La cuestión es que hoy podemos ver “La piscina” desprovistos de esas cargas adicionales. Sin el plus de esa información extra que cuatro décadas después resulta meramente anecdótica. Hoy, pese a conocer, el espectador puede, si lo desea, tomar distancia y disfrutar de este drama psicológico y sensual a pleno sol. Recrearse en la exploración visual de esta deconstrucción de la pareja progresivamente obsesiva y envolvente abstrayendose de asuntos privados.



La premisa es sencilla y tiene ecos impresionistas en el trazo. Una pareja, Romy Schneider y Alain Delon disfrutan de sus vacaciones en una envidiable casa de campo con una no menos envidiable piscina. Alejados del mundanal ruido. Las caricias del sol, el tacto de la piel, la sensualidad de un entorno natural y el verde intenso de los árboles invitan al goce continuo, al sexo sin prisas, a la exploración de los sentidos entre cócteles y baños. Apuntados a una particular escuela de calor en la que el reloj no cuenta, pronto descubriremos que el tiempo libre también da para jugar con los sentimientos y el deseo. El animal no duerme dice la poeta Ada Salas. Como diría mi vecina, son ganas de complicarse la vida…
La excusa propicia la proporciona un amigo de la pareja que es invitado a pasar unos días (Maurice Ronet). Un ejemplar de seductor amante de la juerga continua y el ego sin fronteras. No viene sólo. Le acompaña nada menos que su hija de 18 años (estupenda Jane Birkin). El director nos la muestra como una auténtica delicatessen recién salida de una de las comedias y proverbios de Rohmer. Un aparentemente asustadizo cervatillo entre lobos. Sensual, lánguida, fresca e irresistible incluso sin mover un solo músculo. Absolutamente francesa. Luciendo unas inocentes minifaldas que Jaques Deray filma deliberadamente como una llamada a la puerta del pecado.



Como es lógico, con estas piezas sobre el tablero, la tensión sexual se empieza a masticar a varias bandas. El cuadro dramático es más complejo de lo que aparenta. El amigo ha sido amante de Romy y antiguo jefe de trabajo de Alain Delón, que adoptando las formas sinuosas de Ripley ve la posibilidad de consumar la venganza de todas las humillaciones sufridas en la carne del cervatillo. Se van desvelando cosas inquietantes. Como que Alain es un escritor fracasado y maldito que ahora se dedica a hacer publicidad. Para colmo el recién llegado, una versión masculina del mito Rebeca, no duda en dar rienda suelta a su fama de maduro ligón de la costa azul, exhibiendo su egolatría sin disimulo. Su imperial narcisismo. Su inagotable vanidad.
Hagamos un paréntesis. En este punto uno termina por acordarse de Carly Simon y su canción enigma en la que pone firme a un hombre tan vanidoso que va de yate en yate y de fiesta en fiesta mirándose al espejo y acostándose con las parejas de sus amigos. Tan vanidoso que, como dice la letra, pensará que la canción está dedicada a él. Carly Simon nunca ha desvelado a quien se refería cuando escribió “you’re so vain”. Y aunque las especulaciones son muchas, todo el mundo sabe que hay dos candidatos claros en la parrilla de salida: Mick Jagger, que hizo los coros, y Warren Beatty, que en un acto de pura vanidad no tuvo complejo alguno en auto atribuirse el dudoso honor de afirmar que la canción está dedicada a él. Al final coloco el tema. Fin del paréntesis.



Volviendo a la película, instalados los cuatro el film avanza en un continuo flujo y reflujo de aparente mansedumbre en el que los embates emocionales y las cuitas dialécticas se mezclan con una exploración visual de la explosión de los sentidos y los dilemas éticos. Toda la marejada del juego de la seducción se pone al descubierto y a la parrilla al abrigo del tacto de la piel, el charme francés, los rayos de sol, los baños en la piscina y los límites del deseo. La liberación y relajación de las costumbres sin embargo es sólo aparente y sobrepasa a los protagonistas, a los que el juego se les va de las manos.
El acierto de la película está en presentar a presuntos personajes liberados y desinhibidos atrapados en férreos dilemas morales. Es entonces cuando el relato adopta las formas de un tejido pesimista en el que la servidumbre humana y las llagas del pasado hacen su aparición.
Con el paso de los minutos el espectador, junto con los personajes, va sintiendo también la transformación de un decorado, que ahora ya no es un relajante y envidiable remanso de paz, sino una cárcel sin salida de la que todos desean escapar sin saber cómo. Es el atractivo, discreto,  obsesivo y engañoso encanto de la burguesía y su doble moral. Ese que permite, en una cena al aire libre, compartir un arroz chino y charlar sobre comida tailandesa mientras subyace de fondo la certeza de que todos han sido infieles a todos hace diez minutos. Magnífico el momento en el que la presunta educación plagada de sonrisas pretende soslayar lo evidente.



Y si en algunos momentos “La piscina” parece una curiosa e imposible mixtura entre el preciosismo de Renoir, la placidez entomológica de Rohmer, el misterio de Hitchcock y la intriga criminal de Patricia Highsmith, finalmente el castigo moral se impone en un pulso que corrobora que la toma de riesgos en biología supone pagar una factura ética. Estos personajes, tal y como afirma Paul Bowles en “el cielo protector” viven como si cada uno de sus actos no tuviera consecuencias. Y el precio que se paga es caro: “jamás podré volver a bañarme en esta piscina” afirma Romy cuando es consciente hasta dónde han llegado los juegos estivales.
Y es que, el delicado arte de mantener el equilibrio, no en un columpio ni en una piscina, sino el emocional y ético, resulta más complicado de lo que parece. También para el director, Jacques Deray, que en 2014 también ha de pagar el peaje de construir su película con una banda sonora sesentera a lo dabadabada. Cuando esto pedía a gritos una orquesta clásica o incluso la ausencia de música. De todos modos, el complejo armazón dramático-criminal bañado por el sol funciona. Y con esos actores más. Esta película muestra que Hitchcock no debió preocuparse tanto cuando Grace Kelly dejó el cine. Precisamente en la costa azul tenía una sustituta perfecta para dar rienda suelta a sus obsesiones.



Y como lo prometido es deuda, aquí dejo el misil en forma de balada que Carly Simon dedicó en 1972 a todavía no se sabe quien, aunque bien pudiera ser el de la foto. Aunque como decíamos al principio, en el fondo da igual. El tema funciona por si solo sin necesidad de conocer su trastienda privada.