Cuando María Zambrano estudió las perspectivas ontológicas, éticas, sociológicas y trascendentales del ser humano intentando acotar la realidad y sus formas, se encontró con un concepto inesperado pero esencial para entender las múltiples circunstancias que afectan al yo: La perplejidad. Cuándo y cómo aparece y de que forma se manifiesta resulta clave para comprendernos a nosotros mismos. De lo que no hay duda es que, según su visión, todo ser racional capaz de hacerse interrogantes debiera terminar de una forma u otra siendo un hombre (o mujer) perplejo. Y a partir de ahí comenzar a cuestionar, a dudar, a evolucionar.
Es más, Zambrano llegó a la absoluta convicción, contraviniendo la tesis del buen salvaje, de que el hombre que no se interroga ni cuestiona nada, el que no participa de forma creativa en el desarrollo de su propio esplendor tenderá a sentirse sediento y abatido. Fracasado. A un paso de verse humillado como ser humano.
Diana (Uma Thurman) no puede conciliar el sueño. Vive inquieta, atenta a cada detalle de cuanto le rodea, intentando asimilar y comprender la realidad que le ha tocado vivir. Sus pulsaciones no descansan ni cuando hace footing para esta mujer casada, profesora de arte y madre de una niña con demasiados interrogantes sin respuesta. En el coche, camino del colegio, cuando su hija le pregunta qué es la conciencia, no sabe que responder. Le sudan las manos, los recuerdos se amontonan y su única solución como respuesta es admitir que la pregunta es demasiado difícil y buscar un canal de radio en el coche que le permita coger aire al menos por un instante. Diana podría contestar a Heráclito que para ella no todo fluye.
De hecho hay que admitir que no vive su semana más apacible. En su pueblo del medio oeste, se conmemora a los fallecidos quince años antes cuando un alumno perturbado entró en su instituto con un arma. Uno de esos momentos límite que en un segundo puede alterar la vida de cualquiera para siempre. Y comprobamos como volver a recordar los días de instituto suponer volver a vivir la sacudida de los juveniles días placenteros mezclados y agitados con lo más amargo, aquello que gustaría desterrar. Y es ahora, en la etapa adulta cuando cada aroma, cada detalle, cada esquina, cada baldosa, cada aula, cada estatua, cada flor, cada nube, cada estampa condicionan el estado de ánimo actual y rememoran aquellas sensaciones. Las que culminan el fatídico día en que ante sus ojos, la vida cambió para siempre.
Hoy vamos a hablar de una insólita obra maestra. Una película bellísima, inmensa e inabarcable, de esas que no terminan al encenderse las luces sino que se quedan grabadas a fuego para siempre. Su título “La vida ante sus ojos” (the life before her eyes) dirigida por Vadim Perelman, quien ya entregó un notable melodrama repleto de sugerencias con “Casa de arena y niebla”.
Para el film que nos ocupa indaga con absoluta maestría en el efecto atmosférico, moral y metafísico que cada acto de la vida cotidiana tiene en el pasado, presente y futuro de cada ser humano, hilvanando un majestuoso collage audiovisual en el que se intercalan tiempos, emociones, sensaciones y sugerencias para llegar a una reflexión ética de profundísimo calado y deleite indiscutible. Y eso que se parte de lo que podría parecer un tema manido: el recuerdo de un tiempo no tan lejano y la amistad con una compañera que dejó una huella imborrable a la luz de la conmemoración de unos hechos que las separaron para siempre.
A partir de ahí Vadim Perelman, con un minucioso gusto por el detalle, elabora una sinfonía sublime en la que cada nota está en su lugar exacto. Alternando los episodios del pasado con los del presente forma una ecuación tan perfecta como repleta de sugerencias. De este modo, sin solución de continuidad y en un montaje sincopado cargado de sensualidad, se irá conociendo a Diana en su fase Juvenil (interpretada por Evan Rachel Wood) su vida adolescente y su íntima amistad con otra chica de nombre Maureen (Eva Amurri) intercalado con el devenir cotidiano que vive Uma Thurman, que incorpora a Diana en la edad adulta.
Argumentalmente, nada de lo dicho con anterioridad llamaría poderosamente la atención. No obstante hay varios elementos, dramáticos y estilísticos, que elevan la película a unas cotas de inspiración sobresalientes. El primero de ellos es la estudiada descripción de personajes y ambientes. Nada es dejado al azar a la hora de describir las pulsiones internas y externas de los personajes. Se podría decir que este sí es el relato del auténtico crepúsculo, pues hacía mucho tiempo que no se veía en pantalla una visión del mundo adolescente tan compleja, detallada y acertada.
La adolescencia contemplada con minuciosidad, cargada de ambivalencias en las que se dan la mano la euforia, la irreverencia propia de la edad y los arrebatos de felicidad intensa junto a momentos de desánimo, desaliento, incomprensión, furia y depresión. En la adolescencia, periodo de crecimiento y aprendizaje, de dicha y sufrimiento, conviven la conversación frívola y banal con la mirada profunda hacia la propia existencia. Y eso Perelman lo capta de maravilla. Dos caracteres en principio antagónicos se encontrarán en una visión hermosísima y muy adulta de la amistad femenina.
En Diana se dibuja el perfil de la adolescente avispada, talentosa, chispeante, pero también fragil y plenamente consciente de su carga fatalista, de sus errores fruto de un carácter impetuoso y rebelde que no atiende a demasiadas normas. Una chica que disfruta y sufre al mismo tiempo cuando las incumple. Y que es plenamente consciente de que vivir al instante le proporciona un goce irrefrenable no exento de amargura que puede condicionar su futuro. Su profesor le dice que no basta con tener excelentes alas si no existe rumbo alguno. Por su parte Maureen es en principio la recatada, religiosa, cauta y formal. Pero a su vez está deseosa de experimentar las revoluciones a las que vive la vida su amiga, aunque no se vea capaz de ello. Ambas se preguntan cuando va a comenzar su vida. Lo magistral llega cuando el espectador comprueba como sus respectivos caracteres interactúan y se influyen mutuamente de forma aparentemente involuntaria.
Todo ello tiene su repercusión en la vida adulta, en la que Diana se ha convertido en una mujer que huye de todo lo que ella misma fue y mira con pavor como su propia hija repite frases y actitudes propias de su fase adolescente, mientras que ella misma inconscientemente reproduce los cautos comportamientos de su amiga e incluso de su madre. Es lo que Xavier Zubiri entendía cuando explicaba que la individualidad no tiene un carácter absoluto sino diferencial. Cuando se entiende la diversidad como una más de las dimensiones del yo.
Vadim Perelman tiene la sabiduría de intercalar sin descanso ambos tempos hasta fundirlos. Afrontando en un flujo de corrientes alternas como el pasado ha influido en el presente, como lo ha condicionado, y como ha variado el rumbo de los acontecimientos vitales en lo más íntimo de la existencia humana.
No obstante, la maestría del relato subyace en que para colmo, nada de lo que estamos viendo tiene carácter objetivo y la narración se despliega y repliega sobre si misma apuntando la posibilidad real y puramente física de que estemos asistiendo al fascinante desarrollo de una historia sobrenatural con toques fantásticos en la que absolutamente nada es lo que parece y los tiempos, las sensaciones, el ahogo juvenil, la dicha de ayer y las angustias de hoy conformen un caudal ilusorio de caracter fantasmagórico y torrencial que parece no tener final.
En el continuo juego de espejos, Uma Thurman da ahora clases de arte. Y se preocupa sin éxito por una alumna inteligente pero pasota que es su propio reflejo adolescente. Y les muestra a sus alumnos un cuadro de Gauguin que sirve para interrogarse sobre como en el arte y en la vida se pueden romper todas las fronteras que separan lo real de lo imaginario.
Cuando los recuerdos se agolpan sin descanso todos sin excepción se disparan. Y reaparecen como despertando de un sueño las bromas, el sensual baño en la piscina o la hamburguesa compartida. Pero también llegan a la memoria los momentos agridulces. Y los ejemplos que permanecen intactos en la memoria. Como aquel día en el que un profesor dijo a la clase que jamás olvidasen tres cosas: Que el corazón es el músculo más fuerte del cuerpo humano, que el cerebro tiene más células que toda nuestra galaxia, y que más del 70% de nuestro cuerpo es agua. Y como influyó decisivamente en su vida aquella conferencia en la que otro profesor citando a William James les habló de la conciencia como motor para proyectar y moldear nuestro propio ser, nuestro futuro.
Todas esas experiencias, los anhelos adolescentes, esos consejos impagables, el ejemplo de la amiga, los errores propios, la reflexión sobre los mismos y el cultivo de una sincera camaradería forjada en acero tomaran cuerpo el día que el estudiante armado entra en el baño del instituto y se encuentre a las dos chicas. Ese día en que apareció de improviso lo desconocido enfrentando al ser a su propia moral y hubo que poner en práctica los principios. El momento crucial en el que hace acto de presencia la perplejidad y es necesario resolver en un instante todos los interrogantes. Obligando a activar al máximo dos músculos:el del corazón y el de la conciencia. Y todo ello para resolver los enigmas perpetuos del ser más esencial. Esos que reaparecen como una incógnita perpétua quince años después en la edad adulta, si es que alguna vez se fueron.
“La vida ante sus ojos” aborda por tanto de forma magistral cuestiones como la conciencia, la fe, la amistad, el peso de los errores cometidos, el individuo contemplado como el caminante y su sombra, el futuro soñado, los sueños truncados. Pero sobre todo, sobrevolando a todo lo anterior un estudio magnífico sobre el ser perplejo en el marco de su propia existencia.
Estamos por tanto, ante una obra de máxima envergadura que además culmina de forma apoteósica con un giro final que deja casi en pañales a los acontecidos en “El sexto sentido” o “Los otros”. Aquí no se trata sólo de dar un sensacional golpe de efecto que haga girar el sentido de la historia vista revolucionando la lógica interna del relato, sino que su aparición tiene como misión además acentuar aun más si cabe lo complejo de la existencia y su devenir, poniendo un notable acento en el poder de la imaginación como catalizadora e impulsora del devenir humano. La audacia de Vadim Perelman es formidable. Y no se priva del aliento romántico ni de la lírica de buena ley. Si comúnmente se dice que ante un momento límite y catártico uno ve pasar “La vida ante sus ojos” el director lleva esta premisa hasta sus últimas consecuencias conjugando pasado, presente y futuro, para ofrecer, adentrandose en lo hipotético, una visión cosmogónica de la existencia.
Nada de lo anterior serviría de mucho si a la vez no se tuviese la oportunidad de disfrutar de un espectáculo visual y narrativo fastuoso. Podría decirse que la narrativa de Perelman contiene elementos que recuerdan a la sensualidad física del Peter Weir en su fase australiana, de Bergman, Erice, Malick, Anderson, Dreyer o de Aranofsky. Sería injusto. Este director posee una personalidad propia, genuina e incontestable.
Su manejo del puro y esencial lenguaje cinematográfico es tan elegante como exquisito, y en todo caso personal. Su trabajo con cada encuadre y los sensitivos movimientos de cámara para formar su particular collage son únicos. Y de un talento a la altura de los grandes. La imaginería visual para plasmar los saltos en el tiempo es cine en estado puro. Su particular uso del cromatismo, bellísimo y nada esteticista, se da la mano con un uso del formato panorámico cargado de hermosas sugerencias e inquietantes presagios. Su muy personal atención al rostro humano como generador de emociones y reflejo del mundo interior, lo consagran como autor mayor.
Y como sucede con las notas de las mejores partituras, parece que a un plano soberbio solo puede seguirle el siguiente y no otro. Y siempre al servicio de la historia narrada. Pura hipnosis cinematográfica. A lo que no es ajeno un James Horner lejos de azucares y efectismos que entrega una banda sonora ajustada como un guante a las imágenes.
Podría decirse que en el ámbito formal y narrativo estamos ante un auténtico festival para los sentidos, entre los que también hay que incluir muy especialmente el sexto. Y en el que se da un absoluto protagonismo a la naturaleza en todo su esplendor como co-protagonista del relato y generadora de sugerencias oníricas.
A ello ayudan de forma decisiva unas actrices en estado de absoluta gracia. Si Uma Thurman se esfuerza en componer su personaje confuso y progresivamente atormentado, la relativa sorpresa la da la pareja adolescente. Eva Amurri ofrece un personaje riquísimo en matices, ingenuidad, tesón y dudas. Y Evan Rachel Wood sencillamente ofrece una interpretación magistral, insuperable a la hora de mostrar las diferentes caras de la adolescente confusa y abierta, simpática y atormentada, rebelde y asustada. Las miradas y complicidades entre ambas, sus discusiones sinceras, sus paseos compartiendo camaradería, sus lazos aparentemente irrompibles, toman cuerpo en la escena cumbre del asalto al colegio. Un auténtico tour de force de resonancias simbólicas y existenciales, recordando vagamente, más que a Chris Marker, al Terry Gilliam de “12 monos” en su plasmación del caos con pretensión cósmica.
Un proyecto de semejante alcance es normal que pase casi desapercibido en el negocio de las multisalas como una presunta rareza. Pero un momento de potencia narrativa y suprema lírica como ese en el que Diana reconoce abatida y llorando que “en su caso, el músculo más fuerte no es el corazón” no abunda hoy en día. Como se comentaba al inicio, esta soberbia película, como sucede con las más subyugantes películas-enigma como “Jennie” de William Dieterle, no acaban jamás. El proyectil romántico existencial se traslada al espectador, que sumará más motivos para la perplejidad y encontrará nuevas razones para seguir cuestionándose sobre el ser y la naturaleza humana.





























