sábado, 15 de noviembre de 2014

ESTELAR O NO ESTELAR





Siete son las notas musicales y siete los colores del arco iris. Y la combinación, como todo el mundo sabe, puede dar lugar a infinitas posibilidades. La cuestión se puede ir complicando por cuanto las notas pueden ser consonantes o disonantes y existen diferentes tonos (crescendo, vibrato, pianísimo, etc) y a su vez escalas. Con la paleta de colores sucede otro tanto. Por eso no es lo mismo un cuadro neoclásico que uno prerafaelista o uno impresionista.
A la hora de narrar una historia vía celuloide el responsable también combina temas,obsesiones, notas y colores que cristalizan en fotogramas. No vamos a insistir en lo evidente. Vayamos con un ejemplo, el último Nolan “Interestellar”. Toda opción es de entrada lícita. Y uno puede proponerse adentrarse y profundizar en las relaciones paterno filiales, los vínculos afectivos, la recuperación de la fe en las posibilidades del ser humano, el afán de superación, el instinto de supervivencia, la degradación de nuestro modo de vida, el paso del tiempo, el olvido, la memoria y los lazos inquebrantables que nos unen. Y se puede hacer de muchas formas.
Y quien pilota la nave para contarlo puede extenderse cuanto quiera en la narración de los desastres y la degradación natural,el páramo vital, la resurrección del superhéroe y los abismos que separan y unen a los seres queridos. Y puede reservarnos asiento en primera fila para emprender odiseas siderales, atravesar agujeros de gusano y viajar en el tiempo hasta el descubrimiento de la cuarta o quinta pared. Y se puede hacer con calma o a distintas velocidades, en un bucle sin fin. Bueno, mejor dicho sin fin en la historia, ya que el celuloide dura 168 minutos.
En cierta ocasión alguien me dijo que aunque no lo parezca, ya que es un género de por sí enigmático, es muy fácil reconocer un gran libro o film de ciencia ficción. Partiendo de la base de que esté bien escrito o bien filmado, tan sólo hay que cuestionarse si ese libro o ese film resuelven y despejan dudas o por el contrario plantean interrogantes y nuevas incógnitas. La clave de bóveda estaría en que la obra que aspire a conjugar la ciencia con la ficción alcanzaría mayores niveles de calidad e interés cuantos más interrogantes surgiesen de la obra generados por el propio texto. Y la razón es muy sencilla. Es más lo que nos queda por saber que lo que conocemos.
No sé si se puede tomar esa tesis al pie de la letra ni si es esa la esencia de la ciencia ficción. Tal vez sea excesivo. Pero viendo  “Interestelar” el primer interrogante surgió a los cinco minutos de visionado “pero ¿de verdad es imperiosamente necesario cargarse de buenas a primeras todos esos maizales?". Los hermanos Nolan creen que al parecer su pluscuamperfecta película incluye otras muchas incógnitas. Muchísimas. Y no seré yo quien les lleve la contraria.
Sin embargo, y hablo en primera persona (cada cual vivirá su propia experiencia) el segundo interrogante que surge es el de la actual hipertrofia fílmica frente a la economía expresiva. ¿Es necesario todo este ampuloso paquete espacio temporal de gran aparato para llegar al nido del alma humana? ¿para volver a redescubrir los sentimientos?. Posible es, la película está en los cines, necesario, necesario...no exactamente. Otra pregunta, y van tres, ¿se puede hacer igual o mucho mejor, con un presupuesto ínfimo, en un cuarto de hora y contando más o menos lo mismo? La respuesta es SI. Con mayúsculas. 

Quien desee pasar 168 minutos embarcado en una aventura iniciática de viajes siderales viviendo la odisea de un resucitado superhéroe que cruzará abismos de pasión en forma de galaxias remotas para recuperar el amor de sus seres queridos, adelante. Es una opción legítima. Y no es una mala película, en absoluto.
Ahora bien, quien prefiera una versión de 15 minutos más potente, escarbando en los mismos temas pero mucho mejor trabajados aquí se la dejo. No aparecen Jessica ni Anne ni Matthew, de acuerdo. Pero la contundencia del discurso y su poética es de buena ley. Su nivel de sugerencia también. Y visualmente es más sutil, elegante y efectivo. Cortesía de Igor Legarreta y Emilio Pérez. Aunque uno de los guionistas seguro que tiene mucho que ver. Algún día resolveremos el enigma de los gorros verdes.

Por supuesto, también para mi existían dos opciones. La primera era hacer una extensa crítica en forma de disección analítica sobre el film de Nolan. La segunda era escribir esto, dejar el vídeo y que cada cual saque sus conclusiones.La mía se resume en que la ambición artística, como los buenos perfumes, también se puede guardar en cofres pequeños.  

viernes, 14 de noviembre de 2014

OTROS FILOS, OTRAS NAVAJAS





De los demonios de la guerra a los abismos del amor. Del devorador íntimo que corroe las entrañas a la inflamación del corazón. Historia e intrahistoria en un mismo segundo. Dignidad, compromiso e infamia. El gozo y la frustración. La memoria y la conciencia. Un viaje dramático y caóticamente gozoso amenazado por la impronta de las sombras. La invasión de tremendas incógnitas. Dos personas inmersas en un viaje laberíntico e innovador.
Vamos primero con la dama. Exploradora en infiernos brumosos. Todo parte de una anécdota.  Resulta ser que Joan Fontaine tiene una amiga. Y esta amiga dice tener un novio soldado. Pero aun no hay compromiso y el tiempo apremia. Estamos en 1942, en plena guerra mundial y el joven está a punto de partir hacia el frente. El caso es que cuando el soldado llega no viene solo, sino que le acompaña un amigo. Y la señorita pretende que Prudence (Joan Fontaine) vaya con ella a la cita y distraiga al otro, dejando el camino libre para que ella pueda estar a solas con el soldado y así arrancarle la petición de mano.    
El caso es que Prudence, o sea Joan Fontaine, casi siempre dispuesta a hacer el bien (menos en algunos episodios de su vida real y en “Nacida para el mal”) acepta sumergirse en lo enigmático. Se encienden las alarmas. Curioso que en la película que nos ocupa “Sé fiel a ti mismo” se llame precisamente Prudence. Pero aún así, conociendo el trato y manejo de Hollywood con sus estrellas, conviene ojear el expediente de la Fontaine y ver su historial. Si nos atenemos al guión de “Mujeres” de George Cukor, al comienzo de la película, se asignaba de forma discutible un animal al carácter de cada dama. Norma Shearer era el cervatillo, Joan Crowford un leopardo, Paulette Godard un zorro, Rosalind Russell una gata….y ¿con que animal se equiparaba a Joan Fontaine?….un desvalido cordero. Lo menos indicado para una cita a ciegas con un desconocido.





Sus pasos por el celuloide, salvo excepciones, son para echarse a temblar. Predispuesta a enamorarse perdidamente a golpe de primer vistazo del primer galán que se le pone delante. Ahí están los casos “Sospecha” “Rebeca” “Alma rebelde” o “Carta de una desconocida”. Y en ocasiones cayendo rendida ante tipos caraduras y misteriosos de los que nada sabe. Luego llegan los sufrimientos, los accesos de melancolía y las bajadas de tensión.
Sin embargo, pese a la imagen que los estudios intentasen proyectar de la actriz, nada hay que temer con Prudence, señorita resuelta de clase alta que contra el parecer de casi toda su familia, se alista en el ejército como voluntaria y soldado raso. El comienzo de la película es estremecedor, pues pronto descubrimos que se libran dos batallas. Una en el frente y a cañonazos. Otra en el salón de casa y por principios. La familia de Prudence, londinenses de alta sociedad aún creen que cerrando las cortinas y apagando la radio que narra los bombardeos se conjuran y  espantan todos los peligros. Su política es no hablar de política. Están convencidos de que en su particular burbuja de sedas y tapices pueden seguir con sus cócteles brindando a la salud de su opulencia.


Todo iría de perlas para ellos si no fuese por Prudence, ese caprichoso espíritu libre. En un formidable alegato ético, Prudence deja de lado la prudencia y les acusa de vivir anclados en el pasado y estancados en sus privilegios, de espaldas a la realidad. Y les advierte que los soldados que combaten en el frente tal vez estén comenzando a tomar conciencia de que no lo hacen para sustentar los privilegios de clase de los que viven tomando brandy tras las cortinas. Su compromiso con la libertad le lleva a ponerse el uniforme ante el avance de las tropas nazis. Y en los barracones se hace amiga de una chica que nos conduce a la cita a ciegas. Al repentino encuentro con la sorpresa.
Vamos pues con el caballero misterioso. Invadido por una larva introspectiva producto de una nausea. De entrada, parece no dar la cara ocultándose bajo su sombrero y la oscuridad de la noche. Cuando por fin enciende un cigarrillo vemos a un Tyrone Power enigmático, carcomido por infiernos interiores. Un hombre que pareciera salido de la pluma de Erich María Remarque o Scott Fitzgerald y que nunca haría migas con John Milius o Kathryn Bigelow, ya que para él la violencia no genera adicción ni dispara la adrenalina. En su ética no cabe el elogio de la barbarie ni siquiera de forma estética.






Al contrario. Moralmente tocado ante lo que ha visto en el frente, hastiado de los uniformes y de los horrores de la guerra, va incluso más allá de la frustración moral resignada de John Gavin en “tiempo de amar tiempo de morir”. Clive (Tyrone Power) es el ser transfigurado en sus entrañas tras una experiencia traumática.  No sólo es que sin conocer a Mafalda haya dicho hasta aquí, paren el mundo que yo me bajo. Estamos ante el atormentado héroe de guerra que ha dicho adiós a las armas. La vileza de lo vivido ha tocado sus fibras más íntimas y tiene muy claro que de la guerra y el combate no puede salir nada bueno salvo dolor, miseria,  pérdidas y humillación moral.
Curiosamente, el personaje recuerda y mucho al que el mismo Tyrone Power interpreta en “El filo de la navaja”. Ambos buscan sin descanso una paz interior que la guerra les ha arrebatado. Ambos padecen de heridas morales que tratan de restituir incluso poniendo tierra de por medio. Y sobre todo ambos exhiben un posibilismo utópico de raíz profundamente humanista.  Los dos son transgresores y rupturistas. Creen que existe otro mundo posible, una posibilidad de escape hacia horizontes limpios.





Si recordamos, la situación que vive Tyrone Power al comienzo del film de Edmund Goulding es muy similar a la que vive Joan Fontaine al inicio de “Sé fiel a ti mismo”. De cierta condescendencia, humillación y menosprecio por parte de la sociedad.  El clasismo bienpensante abomina de una opción libre y distinta que se rechaza por no ser propia de la clase que cree imponer las normas de conducta. Las puñaladas constantes con lengua viperina del acomodado y lenguaraz Clifton Webb acusando a Power de vago, indecente y caradura por no seguir su patrón de clase son idénticas a las que le dedica la venenosa Gladys Cooper a Joan Fontaine en “Sé fiel a ti mismo”.
No obstante, la dramaturgia de uno y otro film opera en distinta dirección. “Al filo de la navaja” propone un viaje de conocimiento interior y exterior (no confundir con la experiencia tibetana de Julia Roberts en “Come, reza, ama”  ni tampoco con la búsqueda del horizonte virgen y natural de raíz entre psicodélica y new age de “Hacia rutas salvajes” de Sean Penn) al margen de los condicionantes sociales y sobre todo de clase.
“Sé fiel a ti mismo” ofrece un discurso que en principio podría parecer más plano pero que en el fondo es tan ambiguo y complejo como el anterior. La colisión entre la comprometida voluntaria que lucha por las libertades y el personaje que huye de la bestia de la guerra da mucho juego. No es una simple atracción entre opuestos. Podría haberse planteado de forma panfletaria abogando por el film de tesis a favor del compromiso idealista de la soldado voluntaria. Sin embargo, aunque así parece, el film discurre narrativamente por una serie de corrientes alternas que permiten al espectador reflexionar sobre ambas opciones y sus motivaciones.






Prudence (Joan Fontaine) entiende la guerra como un mal necesario para conservar todas las conquistas ciudadanas, el respeto a los derechos civiles, las libertades, la cultura y las artes. Y como un freno al totalitarismo. Es un argumento discutible que por cierto, ha utilizado de forma lastimosamente demagógica más de un presidente antes de bombardear algún que otro país. Pero claro, aquí no hay trampa ni falsa demagogia. Joan Fontaine lo expresa de forma sincera y además, lo usa como mecanismo de defensa, ya que los bombardeos sobre Londres son inminentes.
Clive Briggs (Tyrone Power) considera la guerra un mal en si mismo. El cáncer irreversible que corroe las entrañas humanas en su máxima expresión. Y aunque ha sido condecorado varias veces por acciones heroicas salvando a compañeros de trincheras, eso para él supone la glorificación de todo cuanto detesta en la lucha entre seres humanos. Aunque es precisamente su humanismo el que le impide no ayudar a un herido en combate
Su historia de amor por tanto alcanza dos niveles de los cuales la película se nutre con una elegancia romántica que permite también el ejercicio de una jugosa dialéctica y la reflexión. Así pues, el aspecto puramente romántico pleno de melancolía regala escenas deliciosas y pasajes intensos cargados de sensualidad. Por otro lado el film ofrece un segundo plano de lectura basado en esa vivencia truncada.Una visión en la que cada opción ética determina lo personal. Y en la que para avanzar como pareja hay que vencer diferentes obstáculos, barreras que trascienden lo amoroso para adentrarse en lo moral.
Los vasos comunicantes son inevitables y lamentablemente, el romance se ve una y otra vez interrumpido por el conflicto bélico y las distintas posturas éticas. Incluso cuando escapan a un balneario de la costa huyendo del clima bélico, el panorama es desolador. Una imagen de los dos amantes en el exterior del hotel contemplando una preciosa vista es estropeada por las vallas de alambre de espino y las sirenas de alarma. Pero hay más. Eso les lleva a un interrogante continuo sobre otras vallas invisibles fundadas en diferentes opciones morales y vitales sobre el ser que están por resolver. Y ahí están las grandes bazas que juega muy sabiamente el film, ya que la pelota queda siempre en el tejado del espectador, que sacará sus propias conclusiones.

En la actualidad, los eufemismos son muy variados. Hoy se habla mucho de los ejércitos como fuerzas de paz y de ayuda humanitaria, interviniendo en conflictos varios. Sin embargo, aún hay una delgada línea roja, que separa a Prudence (Joan Fontaine) de Meg Ryan en “En honor a la verdad”. Como también la hay entre Clive (Tyrone Power) y Charlie Sheen en “Platoon”.
También se habla mucho de las películas de propaganda. Que las hubo y las hay. Y en casos como el que nos ocupa, se puede caer en esa tentación. No obstante, la compleja ambigüedad de la propuesta de la cinta de Anatole Litvak le hace alejarse a distancia de otros ejemplos mucho más evidentes. Aquí la línea separadora con los films amigos de la apología de brocha gorda es más gruesa que delgada. Vamos, que esto no es en el amor y en la guerra, ni la recluta benjamín, ni amar en tiempos revueltos. De eso nada. Todo depende de lo afilada que esté cada navaja, léase guión. Y cuando el guión está bien afilado, el apurado queda sino perfecto, de notable alto.        

viernes, 31 de octubre de 2014

SANSEACABÓ



Pues sí, sanseacabó. Los cines Groucho de Santander cerraron ayer. Se jodió el invento. O a tomar viento la bicicleta o a la farola, como cada uno prefiera. No es una mascarada, es tan real como la vida misma. En realidad, cierran pequeños negocios cada día, no es una novedad. Aunque Groucho lo ha hecho con estilo. Bien pensado, está muy bien escogido el momento para decir adiós. Con cierta ironía y una mueca de humor negro. En mitad de la semana de la presunta fiesta del cine. La víspera del día de difuntos. Para añadir más simbolismo al tema, la última película que proyectaron y que visioné en los Groucho trataba sobre otra despedida, sobre otra desintegración. Nada menos que “la desaparición de Eleanor Rigby”. Perfecto para una adiós que a algunos, como a la protagonista, nos deja huérfanos.
El señor de la foto es José Pinar, su dueño, taquillero, acomodador y lo que hiciese falta. Ayer bajó el telón tras diez años de duro esfuerzo y aventura. El ultimo bastión de resistencia y búsqueda por proyectar otro cine, al que hoy las plumas más escogidas se atreven a denominar cine “marginal”. Como lo oyen. Un cine que al parecer no bastó. Está visto que buscarse la vida para traer el último Oso de oro de Berlín o la última Palma de Oro de Cannes no ha sido suficiente. El IVA galopante, el ninguneo sistemático y las puñaladas traperas que ha sufrido han terminado en k.o en el décimo asalto.
Como siempre en este país, tarde, mal y nunca, todos (incluido yo) nos apuntamos a la hora del entierro. Y cuando voy ayer a estrechar su mano ¿qué me encuentró? A la prensa que siempre le ignoró tomando fotos de la incineración. Y cuando abro el periódico esta mañana ¿qué veo? Nada menos que una catarata de panegíricos. Y cuando pongo la radio ¿qué pasa? Pues el manoseado réquiem habitual cargado de glucosa y que a estas alturas ya no sirve.
No faltan las referencias a la nostalgia del cine, las bobinas que se paran, la luz que se apaga, los fotogramas inolvidables, la magia del celuloide y demás monsergas. Nostalgias impostadas y de manual, lecciones impartidas por quienes, en algunos casos, pasan demasiado tiempo a la sombra de la cultura oficial asociada al presupuesto público. Unos cines a los que jamás se les dedicó más allá de un breve en una esquina, a los que siempre se menospreció por proyectar cine “rarito”, ahora sirven para ejercicios de hipocresía sobre la pantalla que cierra sus ojos y el aroma del séptimo arte. Todo ello adornado, como no, con referencias a la poética de “Cinema Paradiso” y citas, faltaría más, de Groucho Marx. 





Si alguien piensa que aquí vamos a contribuir a semejante lágrima facilona con almíbar barato y de garrafón está muy equivocado. Esto requiere un análisis con la cabeza fría. Y ante todo entonar un mea culpa. Aunque en ocasiones se hizo, en este blog tal vez se debió hablar un poco más de las películas que se vieron en Groucho. Si no se ahondó más, tal vez fue por cuanto el balance a reseñar no era muy positivo. Sin ir más lejos “La desaparición de Eleanor Rigby” está lejos de ser una gran película. Aunque eso es lo de menos y tampoco sirve de disculpa.
No obstante, la desaparición de Groucho debiera llevar a un análisis más general, que es el fracaso no de un negocio privado, sino del balance cultural de una ciudad y sus espectadores, entre los que por supuesto me incluyo. Un fracaso sin paliativos ante una propuesta cultural, la única por estos lares, que abría sus puertas al cine más inesperado. Fuese noruego, coreano, búlgaro o uruguayo. Un lujo que no hemos sabido degustar como se merece y que, salvo los irreductibles, se ha ignorado.
El cierre de Groucho es por tanto una formidable puerta que la ciudad se cierra a si misma. Una bofetada cultural en plena cara a nosotros mismos. Un giro ciudadano que da la espalda a un cine, mejor o peor, pero en todo caso distinto al habitual pack de multisala. Un definitivo peldaño cultural de retroceso, en claro descenso sin freno y en caida libre, un trompazo escaleras abajo camino de las catacumbas de la mediocridad.
Por tanto, más que nostálgicos recuerdos a la magia del celuloide, lo que procede es un severo correctivo a nosotros mismos. Todos aquellos que decimos degustar este arte y tacita a tacita no lo mimamos lo suficiente hasta que cae en desgracia con la inestimable ayuda del 21% y ante la indiferencia general. Además, supone una radiografía muy nítida de qué tipo de  cultura se consume en la sociedad actual. Lamentablemente, el verbo consumir asociado a la cultura es correcto en estos tiempos. Verbo viciado y venenoso que por supuesto nunca se puede conjugar con cines Groucho.


En el colmo de lo nauseabundo, ayer escuché en una radio que lo de los Groucho tal vez sea un problema de mercadotecnia, de no haberse adaptado a la nuevas tecnologías digitales, junto a su rechazo al cine comercial. Argumentos de este tipo terminan resultando lógicos si pienso que la semana pasada entré en una librería y en el primer estante de novedades está un libro titulado “Por qué unas tiendas venden y otras no”. Al parecer, a eso andamos y así nos va.
No nos engañemos, Groucho era el refugio de unos pocos. Ajenos al mercado y mucho más atentos al género, al contenido. El resto de potenciales espectadores lo ignoró olímpicamente. Ver, oír y leer cómo se llora su desaparición (y quienes lo lloran) no sólo da grima sino que revela una hipocresía galopante. Más nos valdría buscarnos un espejo y llorar por nosotros mismos, que en más de una ocasión sobrados de vanidad damos la espalda a cuanto nos enriquece. Y si nos queda aliento pasmémonos ante el páramo cultural en el que nos movemos en ciertas provincias, mientras se da la puntilla a los últimos reductos, como es el caso.
Hace un par de años, asistí a una mesa redonda sobre la situación del cine en nuestra región. La mesa de ponentes, como de costumbre, estaba repleta de representantes culturales asociados al sector público. Seis ponentes en total. Podían haberse ahorrado cinco por cuanto el diagnostico era único: el cine vivía un alentador momento de relanzamiento y buena salud. No había duda. Los asistentes éramos tres.  Sí, es correcto, había más ponentes que asistentes. Y adivinen. El único empresario privado, el único emprendedor según el lenguaje actual que podía aportar algo sustancial sin ser un cargo público estaba sentado a mi lado entre el público de tres almas en pena. Ni siquiera había sido invitado. Era el propietario de Groucho. Que cada cual saque sus consecuencias. Las mías las tengo claras. No voy a llorar por Groucho, la indignación ante tanta hipocresía no lo permite.