jueves, 9 de junio de 2016

RAICES PROFUNDAS


Cualquier excusa sirve para volver al cine y abrir la sala oscura. En este caso, un spot publicitario sobre la última película de Icíar Bollain “El olivo”. Decía que era “una película necesaria”. A nadie sorprenderá que Bollain y su guionista Paul Laverty continúen inasequibles al desaliento inmersos en su particular cruzada por mostrar al espectador todas aquellas lacras que asolan al mundo moderno elaborando una vez más un film de tesis con varias lecciones morales. En este caso en torno al ecosistema, las raíces, nuestra íntima relación con la tierra y los lazos sanguíneos que nos unen a la naturaleza para terminar apuntando su diana al corazón de la tormenta económica. Todo en el marco de esa aldea global presa de una globalización mal entendida. Al respecto he de decir que este humilde cronista se equivocó, como la paloma de Alberti. No atiné bien las coordenadas cuando en 2011 finalizaba la crítica de la película de Bollain “También la lluvia” pronosticando que tras agitar su bienintencionada conciencia turística de tesis en Sudamérica, su próximo destino tal vez fuese Birmania, Marruecos o el Sahara.


Craso error de cálculo, se fue a Katmandu, film que no he tenido oportunidad de ver. Para cerrar el círculo ineludible, en esta ocasión, siempre acordes a su sincero compromiso social,  Laverty y Bollain nos proponen un viaje al corazón del problema. Convencidos sin duda de que ya han aleccionado y avisado suficientemente al espectador mostrando las desigualdades sociales y derramas éticas en diferentes partes del planeta, toca dirigirse al núcleo, al alma en el que yace el mal del neoliberalismo capitalista depredador. Por tanto su film opera en dos direcciones. Por un lado, el citado apego a la tierra, al vínculo intrínseco que nos une a la naturaleza como marco. Una lección que lleva en la mochila un claro aviso a la necesidad urgente de recuperar el humanismo más solidario como fuente de salida a nuestros muchos problemas.


Pero el asunto no queda ahí. Bollain da un paso más y embarca a sus protagonistas en una misión tan quiijotesca como valerosa apuntando con su lanza hacia el origen del mal, introduciendo a sus héroes en las mazmorras del castillo de donde surge toda la mancha que corroe el sistema. Un molino de viento muy real. Abusando de simbolismos un tanto impropios para una empresa de este calibre no duda en cargar a sus héroes con una enorme estatua de la libertad viento en popa hacia una multinacional alemana sita en Dusseldorf, empresa falsaria que por supuesto, engaña implantando como marca de fábrica la imagen bíblica del olivo del abuelo de la protagonista, mientras incumple deliberadamente con los niveles medioambientales contaminando a destajo. La lección de pedagogía fílmica no deja ningún cabo suelto a la hora de elaborar un discurso evidente, que habrá quien disfrute, si se reactiva esa conciencia que Bollain considera dormida y habrá quien ignore.


Y aquí volvemos al comienzo. Al debate sobre el carácter pedagógico del arte. No deja de ser curioso que sea John Fowles en su ensayo titulado “El árbol” quien manifieste que” la naturaleza y el arte son hermanos, ramas de un mismo árbol”. La utilización del arte en sus diversas expresiones como elemento de arma política, partiendo de la idea primigenia de la función docente del arte, fue objeto de agitadas discusiones al hilo del pensamiento decimonónico. En un artículo publicado en 1879 Emile Zola se alineaba en contra de la función pedagógica del arte defendida por Proudhon, quien consideraba que la pintura debía decir algo más allá de lo estrictamente pictórico. Zola, defendiendo a Manet, atacaba a Proudhon considerando que no se puede exigir al artista obligatoriamente que nos instruya, negando tajantemente la influencia de una imagen presuntamente didáctica sobre las ideas y costumbres de la sociedad. Joseph Sloane reivindicó lo importante que es la conquista por el artista de lo que él denominó la “neutralidad del sujeto”, afirmando que lo importante en el arte es cómo se pinta y no solo lo que se pinta.


No obstante, y viajando hasta el celuloide, el debate sigue abierto. No faltan voces que denuncian en la actualidad la mística de las imágenes vacías. Films plagados de fotogramas huecos e inertes, carentes de cualquier discurso articulado y destinados al mero disfrute fugaz, con ausencia de tema, discurso, alma. A Iciar Bollain no podrá acusársele jamás de eso. Su cine de tesis está plagado de ideas. Su periplo fílmico, del que “El Olivo” no es una excepción, viene siempre cargado de un didactismo que roza el adoctrinamiento. No estamos ante el disfrute del epicúreo, sino ante la lección moral. Y ello no tendría por qué ser un debe en el film, si sus valores intrínsecamente fílmicos estuviesen a la altura. 


Pero lamentablemente, es precisamente en el apartado fílmico en el que Bollain tropieza una vez más pese a sus  intenciones. No se trata ya de lo obvio, esquemático y simbolista del guión, es que su plasmación en imágenes aleja al menos a este espectador de aquello que se busca desesperadamente con cada fotograma: la indignación y la toma de conciencia de aquellos presuntos valores olvidados. Sus lecciones sobre la importancia de la tierra y el vínculo con la sangre están muy lejos de Milton y “el paraiso perdido”. Su simbología con el abuelo y el árbol de la vida resulta pedestre, esquemática y azucarada. Muy lejos de la complejidad que se expresa en novelas tan contundentes y recias como “la higuera” de Ramiro Pinilla.  La peor noticia llega cuando una película que se pretende revolucionaria en sus planteamientos reivindicativos, termina asemejándose en su primera mitad a conservadoras películas amables de reconsideración moral, como “Un buen año” de Ridley Scott, en la que un agente de bolsa redescubre sus valores esenciales olvidados al abrigo de los viñedos de su abuelo. 


Y en su segunda parte, la del viaje y enfrentamiento a una multinacional, el planteamiento de misión al filo de lo imposible no está muy lejos de otra película de Ridley Scott. En este caso “the martian”, en la que también se hace un canto humanista de corte naif, un “sí se puede” sideral al otro lado de la galaxia, mientras el héroe redescubre el valor de sembrar patatas. Lejos estamos aquí de “el árbol” film de Julie Bertucelli, con aromas místicos y fantásticos o “Amama” film de Asier Altuna que deja, por la belleza y sinceridad de sus imágenes y complejidad dramática casi en pañales al de Bollain. Planteando idénticos temas pero profundizando con mucho mayor pulso en las razones atávicas y esotéricas del conflicto del hombre ante el milagro natural, los lazos de sangre y el apego a la tierra. Sin esconder sus aristas. Aun así queda en el aire si esta es o no una película necesaria, pues pese a su eje dramático de corto alcance (esto tampoco es “una historia verdadera” de Lynch) dibuja un relato, que sin tanta carga ideológica podría resultar sugerente, incluso como metáfora o cuento. 


Iciar Bollain y Paul Laverty, dibujan parábolas que aspiran a hacernos mejores personas en un hipotético mundo mejor, desconociendo que hay personas irrepetibles, que sin dar lecciones de nada, sí reactivan el flujo sanguíneo y moral sin impartir grandes discursos. Personas que simplemente dan un ejemplo de libertad, compromiso e independencia insuperable. Personas, estas sí, necesarias, que disfrutan de la vida y de la naturaleza en todo su esplendor practicando la camaradería, la generosa solidaridad y el humanismo sin necesidad de sermonear. Personas que no necesitan que nadie les explique la importancia de plantar un árbol, ya que tienen su finca llena, de amigos y de manzanos, limoneros, perales y ciruelos en flor. Personas en suma de raíces muy profundas. En un rincón de Orense hay un árbol bautizado V.

 Esta entrada está dedicada a la memoria de mariajesusparadela 

jueves, 10 de septiembre de 2015

SEARCHING FOR P F SLOAN




Aún no se ha acabado el verano, de modo que estamos a tiempo de cumplir con la tradición musical. Para la ocasión no se va a escarbar a la caza de futuras promesas, como es costumbre. Hoy vamos a hacer un ejercicio de búsqueda y valerosa reivindicación a través de una canción. Y lo vamos a relatar de forma cronológica, tal y como uno fue desentrañando la madeja musical.
Capítulo primero: Siempre he pensado que la historia de la música ha sido particularmente injusta con Jennifer Warnes. Pudiera parecer lo contrario, pues es una cantante muy exitosa. Posee tres oscar. Dos temas interpretados por ella son mundialmente famosos. Todo el mundo conoce los temas centrales de las películas “Oficial y caballero” y “Dirty dancing”. La de de Norma Rae también se llevó la estatuilla.  Sin embargo, ello siempre me ha parecido un lastre. Como si sólo tuviese tres canciones. Además, siempre parecía como en segundo plano. Joe  Cocker y Bill Medley parecían los cantantes que iban como “acompañados por”. Ella, aunque estaba, se diría que actuaba como en segunda instancia. Y ello es tremendamente injusto. Jennifer tiene obra y talento para brillar con luz propia, incluso a más altura que sus acompañantes. Su larga trayectoria ofrece muchas facetas de la compositora y cantante. Por ejemplo sus muchos años mano a mano con Leonard Cohen o Jackson Browne, y sobre todo su excelente carrera en solitario, con discos muy estimables que merecen ser rescatados. Para muestra un botón. Canta Jennifer Warnes. Título, P F Sloan 





Capitulo segundo:Sin embargo, lástima, no se debe olvidar que una de las facetas de Jennifer Warnes se centra en interpretar y sacar todo el jugo a temas ajenos. Y este en concreto no es suyo. No es difícil encontrar al autor, que no es otro que uno de los más grandes y prolíficos compositores de la historia de la música pop. Injustamente olvidado también. Ha trabajado con los mejores y ha compuesto canciones para, agárrense, Frank Sinatra, Linda Ronstadt, Brabra Streisand, Judy Collins, James Taylor, América, Carly Simon, Billy Joel, Everly Brothers, Art Garfunkel, John Denver, Thelma Houston, casi es mejor no seguir que la lista es larga….incluso una canción navideña para The Supremes.
El compositor de “Macarthur Park” no ha recibido jamás un grammy (aunque otras fuentes indican que si), esos se los llevan Taylor Swift,  Justin Bieber y Beyoncé. Entre sus canciones está P F Sloan, que ni siquiera fue nunca un single suyo. Aparecía en su primer disco. Y creo de justicia poder escucharla en voz de su autor. Por tanto compone y canta Jimmy Webb.






Capítulo tercero: Quien piense que son los únicos que la han interpretado, cometerá un grave error. Jackson Browne, buen amigo de Jennifer Warnes la incluye al parecer en muchos de sus conciertos. Y recientemente, y por sorpresa, me he vuelto a encontrar con otra versión muy diferente a las anteriores. En la búsqueda constante y a contracorriente de piezas de los años sesenta y setenta que ha emprendido Rumer, sacando a la luz discos prodigiosos a partir de baladas clásicas, no se le podía escapar su particular versión del tema de Jimmy Webb,  “P F Sloan”, vamos con Rumer dándole su particular giro. El vídeo ya da suficientes pistas sobre de que va la canción y la investigación.




Epílogo.Solo queda desvelar el enigma P F Sloan. Y más después de ver el vídeo anterior. Cualquier mente mínimamente curiosa ha de preguntarse por fuerza a quien corresponde ese nombre, si es real o ficticio. Si es una cábala o responde a la realidad. A qué se debió que Jimmy Webb escribiera una canción con ese título, que luego han interpretado de diferente forma, entre otros, Jennifer Warnes, Jackson Browne y Rumer. Y si ese título se corrersponde con alquien en particular. Pues bien, según parece, hay varias versiones incluso del tema original. Corre el rumor de que la canción no llevaba título y que a un periodista de Rolling Stone le pareció tan buena que automáticamente le asignó el nombre de ese gran cantautor.
Ya que P F Sloan, por supuesto, existe, nació en New York en 1945 y disfrutó de cierto éxito en los años sesenta y setenta. Su nombre además va asociado a la historia con mayúsculas. Se le conoce, básicamente, por su contribución a la implantación de la Vigésimo Sexta enmienda en la Constitución Americana, ya que su tema “eve of destruction” contenía el famoso lema “eres lo suficiente mayor para matar pero no para votar”. Ese grito fue utilizado como consigna para presionar en favor de la enmienda que rebajase la mayoría para poder ejercer el derecho al voto a los 18 años en vez de a los 21, lo que se logró en 1971. Sin embargo, cuestiones políticas aparte, y aquí llega el postre del tardío regalo veraniego, P F Sloan ya no es sólo el título de una canción,ni un fantasma nostálgico en el recuerdo de una música que ya nos dijo Don Mclean, nunca volverá. Es un cantautor que suena de esta forma, que lo disfruten. 

jueves, 21 de mayo de 2015

EL DESIERTO DE LAS ALMAS PERDIDAS






“Los filibusteros eran seis en total. Ni uno más. El resto habían muerto”. Robert Louis Stevenson lo escribió en “La Isla del  tesoro”. Seis jinetes cruzan el agreste paisaje del oeste sin aparente prisa. Dos minutos le bastan a William Wellman para imprimir ritmo a la película, dar una idea del grupo y crear una fuerte y soterrada tensión dramática. Observando su comportamiento natural, pronto sabremos de qué pasta están hechos. Y lo primero es analizar qué terreno pisan. Una flecha india atraviesa un cráneo en el suelo. Territorio apache. Se otean los cuatro puntos cardinales: a un lado agrestes acantilados y ríos salvajes, al otro altísimas montañas nevadas. Al fondo el árido desierto infinito.
Sin embargo, todas esas adversidades no les van a impedir variar el rumbo de sus propósitos, que van encaminados a robar el banco del pueblo más cercano, último punto cardinal. Pese a que el espectador ya conoce que el asunto de la huida no será fácil, el grupo se lo toma con una calma propia de quien conoce muy bien su oficio y lo ha practicado con anterioridad. Lo primero es recabar información en el pueblo, tomarse una copa, cargar las cantimploras y cerciorarse de que el sheriff no está, para limpiamente y sin desenfundar un arma hacerse con el botín.
La huida se convierte en una espectacular cabalgada perseguidos por el ejercito que les conduce directamente al desierto. “un desierto es un espacio, y un espacio se cruza” dice Gregory Peck. La película se titula “Cielo amarillo”.

Si el prólogo descrito resulta modélico por la tensión acumulada y envuelta en una tensa calma, se ve realzado aun más por detalles de puesta en escena formidables. La aparente camaradería del grupo a la hora de servirse el whisky y pasarse los vasos en la barra del bar, las miradas cómplices de quienes van a cometer un delito sin armar ruido, la avidez sexual de quienes hace tiempo que no ven una mujer ante el cuadro de una amazona, las composiciones horizontales de una fotografía bellísima tanto en exteriores como en interiores.  Pequeños rasgos que van definiendo los caracteres de cada miembro de la banda, antiguos  soldados, perdedores de la guerra recién terminada.
Podría decirse sin arriesgar que “Cielo amarillo” comienza del mismo modo que films como “Tres padrinos” de Ford o “El tren de las 3:10” de Daves. Y que el fatigoso y dramático  cruce del desierto posee una fisicidad con tremendas cargas de profundidad: “Si alguien no me da un trago de agua creo que acabaré muriendo de sed” dice uno, respuesta lacónica de otro “sí, es muy posible”. Cuando ya todo parece perdido y las fuerzas y los recursos están agotados, encuentran un pueblo fantasmagórico y surreal llamado “Yellow sky”. Y también podría añadirse que lo que sucede a continuación en ese pueblo, recuerda a lo que sucede en films como “Desafío en la ciudad muerta” de Sturges o en “Hombre del oeste” de Mann. Y que este western es uno más en la línea argumental en la que un grupo de hombres se ven atrapados en el dilema moral de su propia codicia, y lo resuelven, como se resuelven estas cosas en el cine del oeste. Y terminar aquí. 


No se va a hacer, por cuanto considero que se caería en la simplificación. Estamos tan familiarizados con ciertos esquemas narrativos, arquetipos, estructuras visuales y dramáticas, que resulta fácil establecer las analogías citadas, cuando  estamos ante una obra maestra que despliega un abanico tal de sugerencias, que dudo pueda abarcarlas todas.
Es “Cielo amarillo” una cinta que a medida que avanza rompe con todas sus ataduras genéricas, de modo que este cruento relato del viaje a ninguna parte cobra un sentido cercano al fantástico más atávico, sin abandonar la aventura. Una vez llegados cual alienígenas al fantasmal decorado inerte en forma de pueblo sin vida, asistimos a un festival en el que se dan la mano el expresionismo, el aroma del noir, las raíces que alimentan el substrato de los cuentos infantiles, los simbolismos freudianos, la aventura en su sentido más clásico, el relato de terror gótico, pulsiones sexuales exacerbadas, fascinación ante el paisaje, avaricia, lealtad a la palabra dada….y todo ello sin perder su esencia como western.


En este caso, los forajidos aterrizan en una ignota tierra de nadie, como Charlton Heston en “El planeta de los simios”. Y lo que encuentran en ese callejón de las almas perdidas, no es un oasis,  es el máximo exponente de enigma de otro mundo: nada menos que  Anne Baxter con rifle y pantalones acompañada de su abuelo, que aparecen cual espectros guardianes de un siniestro cementerio. No es una tópica femme fatale propia del cine negro, esto no es “Encubridora”, sino una muchacha enigmática, asustada pero valerosa, de ademanes  masculinos e incipiente despertar sexual. Y que piensa defender lo suyo con uñas y dientes. En el momento en que sale a la luz que nieta y abuelo guardan un valioso tesoro, es inevitable volver a Stevenson y su novela inmortal.
La fascinación que ejerce el decorado como islote marciano sobre todos los personajes y el espectador es eléctrica, inaprensible y rotunda. La poderosa, salvaje, inexperta y fuerte personalidad de Anne Baxter, a la que su abuelo llama por nombre masculino “Mike” nos permite rememorar algunos pasajes de la segunda mitad de la tenebrosa y fascinante isla en la que Jim Hawkins libró su particular madre de todas las aventuras.


El cambio de sexo aporta diferencias, cierto. Pero la idea de los bucaneros a la búsqueda implacable del tesoro en terreno inhóspito aporta muchas similitudes. No sólo es que el abuelo recuerde a Ben Gunn. Además, vemos a ambos bandos concediéndose una tregua y parlamentando una solución, bandera blanca incluida. Otros datos muy significativos de la novela también aparecen en la película. Caso, de la búsqueda física del tesoro y la discusión del liderazgo.
Hasta el punto de que, tal y como sucede en la novela, Gregory Peck se ve destronado y junto con la chica y el abuelo deben hacerse fuertes en la cabaña frente a los ataques del grupo de filibusteros en el que no es difícil distinguir diferentes perfiles: ingenuos, amorales, sádicos y codiciosos. No debe olvidarse que Richard Widmark anda por ahí, con una romántica y trágica historia detrás.
Para quienes consideramos que la novela de Stevenson posee lúgubres aires siniestros, esta atípica versión libre, contiene audacias que le permiten explorar incluso otros campos. Anne Baxter al igual que Jim Hawkins, siente una continua sensación de rechazo-atracción por el forajido Peck remarcada  por prodigiosos claroscuros que conforman una atmosfera irreal y asfixiante que pide a gritos una liberación en forma de catarsis sexual. Wellman apuesta por el uso extremo de la luz como forma de dar fuerza a las tormentas afectivas y codiciosas que jalonan el relato. Y es esa permanente dualidad la que permite poner esta película a la altura de otra joya única en el tratamiento del mal en estado puro y de los miedos infantiles de carácter atávico.


En ese paraje físico y anímico próximo a las montañas de la locura de Lovecraft, Anne Baxter debe decidir si conviene seguir los consejos de Lilliam Gish al comienzo de “La noche del cazador”: “desconfiad niños desconfiad”. El dilema moral en ese irreal paraje mortuorio que roza lo fantasmagórico es si Gregory Peck no será otra alimaña diabólica como Robert Mitchum que intente engatusarla para quedarse con el dinero y su virtud. Asistimos a una ceremonia animal azotada por el polvo y el viento en el que la atracción sexual libra un desaforado combate con el intelecto y el deseo para resolver cuestiones de las que depende la supervivencia.
En este sentido, formalmente la película es prodigiosa, y nada tiene que envidiar en imaginería visual y empleo del  blanco y negro a la película de Laughton. Este último acentúa aun más el carácter mordaz y siniestro de su relato al abrigo de las tinieblas y un impresionante despliegue natural y moral.


Pero William Wellman no se queda atrás a la hora de dibujar las texturas del retrato plástico de la fémina rodeada de lobos en un escenario espectral. Su narrativa es muy poderosa. Lo hace además, en varias direcciones: no es sólo que las fieras acechen el oro y a la fémina. Hay más. Es la propia Anne Baxter quien no puede dormir producto de su fuego en el cuerpo y ha de salir a tomar la brisa al encuentro del lobo estepario en un cóctel en el que la sensualidad y el deseo se dan la mano con el peligro latente. 
El dilema, finalmente, se resuelve en una secuencia magnífica y clave en la película en la que Gregory Peck revela la cara opuesta de Robert Mitchum utilizando sus mismas armas. Prodigioso el momento en que se desnuda moralmente ante la chica y su abuelo y recuerda que él fue un granjero y que leía la biblia. Y posando sus manos sobre el libro, jura sobre esas páginas sagradas que respetará el acuerdo alcanzado de repartirse al 50% el tesoro. La esmerada convicción con que está narrado e interpretado el momento dota a la escena de toda su esencia.


Y es ese respeto por la palabra dada, el que permite marcar diferencias éticas entre este personaje y el de de la novela de Stevenson. En este sentido, sin esa escena de íntima confesión, podría decirse que el final de la novela es más acorde con el espíritu bucanero e irredento del que se nutren las leyendas al margen de la ley. 
El de la película es muy distinto, y la evolución del personaje de Peck es modélica en cuanto ha entendido que ha encontrado una inspiración mejor y una motivación más auténtica y real. En definitiva, un tesoro de mucha mayor valía. A cada espectador le corresponde creerse o no una redención de tal calibre. Stevenson es fiel al espíritu aventurero y sagaz del atractivo del bellaco superlativo de su héroe. Wellman nos dice que su forajido, inmerso en esas arenas de muerte también puede sacar fuerzas de flaqueza y ser fiel a su biblia particular. La que tal vez le enseñó alguien muy parecido a Lilliam Gish. La que dice que los sombreros, aunque cuesten cuatro chelines, se pagan. Y más, si son un regalo para la persona amada.