lunes, 21 de febrero de 2011

AL NORTE DE LA COMEDIA



Con los dos géneros cinematográficos por antonomasia, el western y la comedia, siempre ha existido un problema de raíz en su relación con ese espectador de a pie que todos llevamos dentro. Al estar normalmente muy codificados, surge una natural desconfianza derivada de que sus claves cifradas vienen incluidas en la propia etiqueta del producto. Su reconocimiento basado en modelos anteriores permite la anticipación y por tanto, siempre nos sabremos el final, antes incluso de comprar la entrada. En persona he escuchado decir que “la diligencia” es una película lastrada, menor, porque desde la aparición de John Wayne, todo el mundo sabe como va a acabar la cosa. Nadie ha vencido a John Wayne en duelo, es verdad. Pero también es verdad que mucha gente iba al cine para verlo vencer una y otra vez. Con la comedia de raiz clásica sucede otro tanto, pues la pareja finalmente sellará su amor dándose un beso, como no, de película. Estos condicionantes, llevaron a muchos cineastas a intentar salirse de esas marcas de fábrica utilizando el cinismo, la reinvención, o lo que muchas veces se ha denominado reescritura, de cara a evitar ese conflicto, proponiendo alternativas. Lo que algunos olvidan, es que la magia de ambos géneros no está en su resolución conocida, sino en el disfrute del propio itinerario del viaje.
Daniel Sanchez Arévalo en “Primos” actúa en calidad de guionista y director, lo que le permitiría de entrada manejar todos esos hilos con mayor facilidad. El resultado es un mix curioso, cuya originalidad no está en su arquitectura sino en el tratamiento del viaje evolutivo-sentimental al que antes se aludía. De entrada el film parece adscrito a la comedia dislocada y sin rumbo fijo de última generación. La escena inicial parte de una situación dramática que muy finamente se convierte en tragicómica: No se trata de un abandono en el altar, sino de una renuncia previa  de la novia días antes del enlace. La inmadurez propia del personaje masculino, le lleva a asistir a la boda convencido de que la chica finalmente acudirá a la cita. La incomparecencia coloca a la película en un “no mans land” atractivo por cuanto el film comienza dibujando un serio traspiés justamente dando la vuelta al lugar común donde terminan las demás películas.
Los primeros trazos de los personajes llevan el sello de su marcada excentricidad y conforme a ello idean irse al pueblo de su juventud – visiten Comillas, no se arrepentirán- para retornar al punto base, a ese lugar emocional en el que pasaron la adolescencia, donde todo funcionaba y la realidad no torcía las cosas.


Sin embargo, esta decisión coloca al film encuadrado dentro de parámetros diferentes a los enunciados y a la postre, mucho más conservadores. Nos vemos embarcados de pronto en ese ideario tan nostálgico como discutible que dice que cuando las cosas no salen bien y se estropean, una visita temporal al campo, a nuestro pueblo de siempre, donde encontraremos a los característicos de toda la vida, nos dará un baño de pureza y reordenará nuestro universo particular. Y ahí es donde Sanchez Arévalo juega con fuego, dado que aunque Innisfree y “el hombre tranquilo” vienen rápidamente a la mente, si nos ponemos crudos también Lastres y “doctor Mateo” o la francesa “bienvenidos al norte”. La habilidad de la película consiste en saber sortear lo más nefasto de ese modelo y quedarse en un punto medio correcto, por utilizar una de las palabras clave de la cinta. Es el punto emocional que marcan films como “el inglés que subió a una colina y bajo una montaña” o afinando más aun, un film como “Elizabethtown” de Cameron Crowe, cuyas similitudes con este, y salvando las lógicas distancias, son más que evidentes.
Es entonces cuando “Primos”, que parte, como el anterior, de una situación anímica bajo mínimos despega y coge vuelo. El estudio de personajes es volátil, ingenioso y en ocasiones hilarante. El comando masculino vive entre la agonía amorosa, la paranoia y la indecisión, pero a ello se une en una mezcolanza sabrosa una permanente necesidad de soltar amarras y dejarse llevar por el más sano disfrute vital, lo cual se contagia al espectador. En el comando femenino están Inma Cuesta y Clara Lago, siempre dos pasos por delante de los atribulados protagonistas a la hora de lidiar cuitas sentimentales, aunque uno de ellos lo encarne un Raul Arévalo divertidamente contagioso. ¿Qué al guión se le ven las costuras? Pues mucho, la verdad. ¿Qué ese final armónico va contra el espíritu de la película y chirría? Bastante diría yo, pero ¿Qué aun así el conjunto se disfruta? Pues también, por cierto, mucho más que las pretenciosas y arrogantes propuestas del director y la subdirectora de nuestra academia de cine. Aunque no lo aparente, Sánchez Arévalo, aparte de extraer sentido del humor de sus-nuestros pequeños traumas (el lado oscuro ya lo exploró en sus anteriores films), demuestra conocer mejor de lo que parece el terreno que pisa. Ejemplo: Ya sabemos que su obra apunta decididamente a lo sentimental, por eso cuando el personaje de Inma Cuesta detecta que realmente se está jugando los cuartos, o sea su futuro amoroso, su vida, las frivolidades previas se acaban, y si hay que ir a la playa, se va, pero eso si vestidita de arriba a abajo y hasta el cuello. A eso se le llama capacidad de observación.   

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