viernes, 28 de octubre de 2011

ENIGMAS DE OTRO MUNDO



















“Innecesario y aburrido remake de un clásico del cine fantástico”. “Decepcionante y absurda revisitación sin sentido que suple el ingenio de su glorioso predecesor con un festival de efectos especiales”. “film sin alma, aparatoso, estridente y que basa su presunto gancho en unos efectos especiales que se convierten en protagonistas de una sosa y mareante función”. “film gratuito, ostentoso, un carrusel de sustos gore sin orden ni concierto a mayor gloria del público adolescente ávido de escenas fuertes”. “Una muestra más de que la falta de ideas en el Hollywood moderno lleva a intentar inútiles y descabellados proyectos que en nada mejoran el original”. Podría seguir, pero que nadie se equivoque. Son extractos de algunas de las críticas que recibió “La cosa” (the thing, 1982) con motivo de su estreno. Conservo las críticas. El fracaso fue rotundo y sin paliativos. Y no vale aducir que por aquellas fechas la gente llenaba los cines y hacía colas para ver otra versión del extraterrestre (ET) y que eso perjudicó su carrera comercial. No sirve por que el que nos ocupa se estrenó mes y medio antes en todo el mundo, y para cuando el otro llegó pidiendo volver “a mi caaasa” , esta cinta ya había desaparecido de los cines. Lo que si sirve es para por fin aclarar algunas cosas. Ahora, treinta años después, por fin lo entiendo todo. Si, todo aquello que no entendí en el año 1982, ahora cuadra perfectamente en el año 2011, cuando se estrena un remake disfrazado de precuela del film de Carpenter. A la versión 2011, se le ha recibido también de uñas, ya antes de su estreno. Y después ha recibido calificativos que van desde el desdén hasta la injuria y que no son muy distintos a los que recibió el film de John Carpenter.
















Y es que la mitología cinéfila tiene estas cosas. Hay quien se ha enfadado muchísimo, como si se estuviese gestando un remake de “Apocalipse Now” protagonizado por Justin Timberlake. O uno de “Taxi driver” protagonizado por Justin Bieber. Tocar un film de culto para generaciones de aficionados se ha convertido en una herejía. Vamos a ser sinceros, incluso yo mismo torcí el gesto un tanto airado cuando me enteré del asunto. Por eso las críticas que he conservado durante décadas, y que jamás entendí, ahora cobran sentido. Respondían a la misma indignación que todo aficionado amante del cine de Howard Hawks y concretamente de “el enigma de otro mundo” versión 1951, debió sentir cuando supo del estreno de una película sobre el mismo tema y que venía realizada por lo que entonces era un joven y prometedor realizador. Tocar el nombre Hawks y el Niby, ahí es nada. Estoy convencido que cualquier película les hubiera desagradado, molestado y hasta indignado, de la misma forma que indignó el “psicosis” de Gus Van Sant mucho antes de proyectarse en pantalla alguna.
Es una cuestión visceral que puede llegar a comprenderse en el aficionado, pero que me parece imperdonable en el analista. Sobre todo por que todos los que despreciaron con saña la película de 1982 olvidan algo esencial: “La cosa” de John Carpenter en ningún caso es un remake del film de Niby y Hawks, sino una aproximación libre al texto literario que le sirvió de base, Who goes there? obra de John W Campbell Jr, y sino veamos: “una mano de siete tentáculos se convirtió de pronto en una masa de mutilada carne que rezumaba un licor amarillo verdoso. El ser se lanzó sobre uno de ellos y el hombre descargó el hacha sobre lo que parecía ser, sin serlo, una extraña cabeza. Se oyó un terrible crujido y aquella carne hecha jirones y desgarrada se levantó nuevamente, desafiante, mientras una sombra de destructora amenaza penetró en el cuerpo de todos los hombres, aterrados”. Esos y otros muchos fueron los retos de Carpenter, y los resolvió entregando una obra descomunal que ahora es de nuevo revisitada en 2011 por otro director, en este caso novel, Matthijs Van Heijningen.
















Ante "the thing" en su versión de 2011, pueden adoptarse dos posturas. La primera, Olvidarse de él como ha hecho mucha gente. Total, todo lo que puede ofrecer esta historia lo podemos extraer tanto del estupendo clásico de 1951 como de la visión de 1982. La segunda opción es aventurarse y ver que ofrece en realidad esta nueva entrega y comprobar si en realidad es una operación comercial inoperante o hay algo más. Tras mucho pensarlo, pasé de la primera a la segunda opción. Confieso que entré a ver el film de 2011 con la intención de valorarlo por si mismo y olvidarme de lo que ya conocía. Pero ello resulta imposible, el film de Heininjen no te deja. Sobre todo por que se plantea como una precuela que teóricamente narra lo sucedido en la base noruega de forma que pueda conectarse un film con otro en cuanto a los sucesos, y que finaliza justo donde comienza el de Carpenter. En realidad, aunque ello es así, la precuela es en el fondo un remake sin disimulo alguno. Es más, se busca de forma insistente y obsesiva la identificación con el film anterior, olvidándose, eso si, del de 1951, el cual desde aquí recomiendo. Esta operación, que puede parecer suicida, cuenta sin embargo con varios alicientes. El primero, que se reproduce de forma muy fiel y fidedigna todo el aparato escénico y de diseño de producción hasta el más mínimo detalle. Quien recuerde la visita a la estación noruega en el film de Carpenter, se encontrará aquí con una reproducción exacta de todas las estancias y pasillos y con una fotografía francamente conseguida que calca el mismo tono cromático, tanto en exteriores como en interiores. La sensación ambiental de haber vuelto al lugar de los hechos es practicamente exacta, incluida la estancia donde se guarda el bloque de hielo.
El ritmo narrativo, sobre todo en su primera media hora, busca también esos medios tiempos y tiempos muertos del film anterior. Y el diseño de algunos personajes es también deudor del film previo. Se nota que existe un respeto casi reverencial hacia el film de Carpenter. Incluso podría decirse que lejos de buscar autonomía propia, el film de 2011 intenta hacer con el de 1982 lo que el propio ente extraterrestre, capaz de copiar exactamente las células de cualquier ser vivo. Aquí se trataría de asimilar celuloide. Y es cierto que por momentos se consigue cierta atmósfera semejante a la anterior, y que la devoción y el respeto por la obra previa son no solo evidentes, si no extremos, lo que provoca que no se haga trizas ni se machaque el antecedente, tal y como sucedió con “la niebla”.














Es curioso, por cuanto estamos ante una operación de mímesis de similares características a la llevada a cabo hace unos meses con el cine ochentero en “Super 8”, solo que con una diferencia que beneficia al film de Abrams. Es mucho más facil escanear y devolver a la vida el espíritu de films entretenidos y joviales como “exploradores” o “los goonies”, que resucitar la atmósfera de una compleja obra maestra con mayúsculas. Y ese es el auténtico talón de aquiles de “la cosa” versión 2011. Pretende medirse con un auténtico monstruo cinematográfico. Una obra cumbre donde se dan la mano forma y fondo de manera modélica. Carpenter es un narrador a la manera clásica, y dota de una inigualable textura a su relato que lo convierten en un elegante pasaporte hacia el horror nihilista difícil de imitar.
Por lo pronto, el film de 2011 nace con un espectador que posee mucha información sobre el tema. Todo lo contrario que el de 1982, cuyas primeras fascinantes imágenes provocan una insólita extrañeza. Un desasosiego e incertidumbre producto de una situación irracional, inexplicable, de la que solo surgen interrogantes inquietantes, infinitas preguntas sin respuesta que descolocan a los protagonistas y al espectador. Un lugar en el que en principio no pasa nada, se convierte paulatinamente  en un foco de sombríos y fatales presagios que estallarán de forma aberrante,atroz y voraz. Y ello es narrado por Carpenter con mano maestra y sobre la base de una premisa que llevará hasta sus últimas consecuencias. El piloto Mcready juega una partida de ajedrez contra un ordenador y al perder arroja su whisky sobre él destrozándolo. Auténtica metáfora de la película. El ser humano inteligente se enfrentará también a lo largo de todo el film a algo que lo supera con creces, intentará vencer con inteligencia, pero de forma determinista y oscura el film se encamina hacia un oscuro pozo sin fondo en una batalla perdida. Hacia la nada más escalofriante. Es la derrota del hombre, individualmente y como grupo. Y al final solo queda la autodestrucción, la aniquilación total.

















Ese fatum puramente nihilista impregna los poros de cada fotograma y del protagonista, quien pese a tener inequívocos aromas de western, posee  una carga introspectiva y reflexiva de héroe a disgusto muy particular, sabedor, casi desde el comienzo, de que la batalla está perdida. La razón irá dando paso sin tregua y sin pausa a las sombras más oscuras y siniestras en la base nevada de la Antártida. Y pese a que se suelen valorar las espectaculares apariciones del ente sin forma, que liberan una tensión acumulada, siempre he considerado que el verdadero valor de “la cosa” está en su progresivo, obsesivo e inalterable camino hacia la nada más abstacta, abyecta y atroz. Y muchos de sus valores están en su poder de sugerencia, que lleva a ideas cada vez más aberrantes sobre el destino que espera a los personajes. Es por ello que sus momentos más terroríficos están en aparentes y sugestivos tiempos muertos. En este sentido, la visita al campamento noruego es ejemplar. Carpenter nos muestra muy despacio y con suaves travellings el devastado escenario y los restos de algo que no se comprende, pero que se adivina enigmático, brutal, inenarrable. Otro tanto ocurre con el descubrimiento de la inmensa  nave espacial en medio del hielo, de gran hermosura visual, pero que da a los protagonistas la verdadera dimensión de que se están enfrentando a algo muy superior. O la inquietante autopsia de un ente indescriptible. O el pavoroso visionado de un vídeo recogido en la base noruega. O el abatimiento de Blair ante el ordenador al comprobar los datos que este arroja sobre el alienígena. O la desolación de Mcready hablando solo y dejando su fúnebre y tétrico testamento de lo ocurrido en un magnetófono, siendo plenamente consciente de que nadie va a sobrevivir. Todo ello sobre la base de un score fúnebre, escalofriante de Ennio Morricone y narrado con una elegancia y sentido del ritmo asombroso.














Y es ahí, entre plano y plano donde asoman los aromas de Lovecraft y las montañas de la locura, donde se da cita el infierno de Dante, donde aparecen tintes que recuerdan a Joseph Conrad y el corazón de las tinieblas,o de Edgar Allan Poe, sin perder de vista ciertos ecos de William Burroughs y del Nietzche más desaforado, el de Ecce Homo. Carpenter confiesa haber tenido muy en cuenta a Delacroix y su cuadro “la barca de Dante" también conocido como "Dante y Virgilio en los infiernos” así como todas sus versiones pictóricas como “la balsa de la medusa” de Gericault. Y es que el director se emplea a fondo a la hora de plasmar su visión del averno, del infierno más dantesco. Como si a la tierra hubiera llegado la versión más aberrante y perversa del mal, justo a un lugar inhóspito donde residen curiosamente doce hombres que conocerán de primera mano el apocalipsis en primera persona. Si, esta película no descarta tampoco una lectura bíblica.
Por tanto, no estamos solo ante un extraordinario film fantástico, con ciertos aromas de western clásico combinado con insertos del whodonit de Agatha Christie. Estamos ante una obra de profunda raigambre filosófica donde el determinismo de raíz nihilista vence al ser racional y que incluso permite lecturas diversas al amparo de una muy lúcida visión de la paranoia humana, la cual para colmo está expuesta con un pulso narrativo maestro. Su capacidad de sugerencia es tal que hasta Oliver Stone afirma que vio este film un par de veces antes de acometer “JFK”, cinta que también trata de un héroe enfrentado a un monstruo inabarcable de múltiples cabezas.















Obvia decir que los responsables de la versión de 2011 no alcanzan esas cimas, aunque estoy seguro que son conscientes de ello. No basta con fotocopiar el clima y ciertas soluciones visuales. Su visión, sin ser despreciable ni arrojar una mala película, está más a ras de suelo. Un terror en la Antártida que funciona como mecanismo narrativo pero que ciertamente se queda a cierta distancia de la obra cumbre que es el film de Carpenter.
De entrada, el ente digitalizado da mucho menos pavor, desde luego. Aun así, la idea de introducir a una paleontóloga mujer como private eye del relato, con el buen hacer de Mary Elizabeth Winstead, parece una solución acertada. Sobre todo para marcar cierta distancias con Kurt Russell en 1982, al que pese a todo aquí se homenajea a través del personaje del piloto. Y puede decirse que se consigue, aunque con menos fuerza que en el oiriginal, suspender la incredulidad del espectador cuando este personaje desaparece y vuelve a aparecer y sembrar las dudas en el equipo. Al igual que se palpa cierto pulso narrativo.
















En conjunto podría afirmarse que, pese a que los personajes estén menos trabajados, y la amplitud de miras  sea menor, esta nueva versión 2011 es en si mismo un film aceptable y curioso. Ahora bien, no todo el mundo narra como Carpenter, y las muchas deudas asumidas con el anterior film son muy evidentes. Y ni que decir tiene que esto nada tiene que ver con la propuesta de Howard Hawks y Niby, la cual daría por si sola para un artículo, razón de que no se incluya aquí. Habría que ver si esta gente, tan estudiosa del film de los 80, ha visto el de 1951, o ha leido el relato de Campbell. Podríamos llevarnos alguna sorpresa. Concluyendo, que estas operaciones de escaneado reflejan algo que ya se comentó y valoró respecto de “super 8”. Allí se hacía una pregunta retórica que ahora se repite ¿Es que el señor Van Heininjen no tiene nada propio y personal que contar?. En esas estábamos hace unos meses, y en las mismas seguimos ahora.    



viernes, 14 de octubre de 2011

REBECCA PIDGEON: CAMALEONICA


















Una de las frases que se repite con insistencia a lo largo de la obra de teatro de Terence Rattigan “The Winslow boy” hasta convertirse en su leit motiv es “que se haga lo justo”, auténtico motor de la acción, la cual no obstante toca muchos otros temas de índole personal, familiar, social y hasta político. La obra conoció dos adaptaciones cinematográficas, una clásica, concretamente de 1948 protagonizada por Robert Donat y Margaret Leighton y otra posterior en la década de los 90 de la que se encargó David Mamet y que protagonizaron Nigel Hawthorne (espléndido) y un Jeremy Northam realmente inspirado. Este último interpreta al prestigioso y en apariencia arrogante abogado sir Robert Morton, que ha de defender al cadete Winslow, al que se acusa de haber sustraido cinco chelines de la escuela naval, lo que le cuesta la expulsión. El asunto, que crea gran conmoción familiar, llegará hasta la cámara de los comunes, donde se debatirá mucho más que la injusta expulsión y las cinco monedas de marras. Es una cuestión de ética, de salvaguardar la dignidad y honor personal y familiar ante nada menos que la corona y el pueblo inglés. Sir Robert Morton llega a decir “hacer justicia es sencillo, lo difícil es hacer lo justo”. Vamos a agarrarnos a esa frase, que encierra no pocos interrogantes y derivadas abiertos al debate.













Y sirve de excusa esa frase, pues ya va siendo hora de hacer lo justo con una actriz que pertenece por derecho propio a ese grupo de excelentes intérpretes que jamás tendrán una estrella en el paseo de la fama ni pasarán al olimpo de la mitología cinéfila, y no por falta de méritos. Estaba un tanto olvidada esta sección relativa a la operación rescate de aquellos menos favorecidos por la diosa fortuna. Si alguien merece que de una vez se le haga justicia es la mujer que, precisamente en ese film, se convierte en uno de los pilares básicos de la trama hasta resultar inolvidable. La hermana del cadete e hija del clan, Margaret Winslow, librepensadora, lectora compulsiva, activa sufragista, confesa feminista y fumadora avant la lettre. La interpreta esa gran actriz y más cosas según veremos llamada Rebecca Pidgeon.


Parece casi un tópico decir que esta mujer ha vivido a la sombra de su pareja, el dramaturgo, guionista y director David Mamet. Como todos los tópicos no es ni mucho menos cierto. Es verdad que ha tenido papeles en las películas de Mamet, primero secundarios, como en “Homicidio” o “State and Main” y más tarde cobrando un merecido protagonismo, caso de “El ultimo golpe” “the spanish prisoner” o la ya citada “El caso Winslow”. Curiosamente en todas ellas compone personajes inteligentes, para los cuales está especialmente dotada. Huelga decir que hacer de tontita suele resultar más facil, eso si salvo que seas inteligente, como le pasaba a Marylin, en cuyo caso las cosas cambian, por utilizar un título de Mamet que convendría rescatar. En el caso que nos ocupa esta claro que su marido le regala papeles jugosos y de enjundia, y ella simplemente los aprovecha.
Rebecca Pidgeon, que no es extraordinariamente alta, ni rotundamente guapa ni atesora un cuerpo escultural, posee sin embargo un atractivo especial, genuino, sobre todo cuando le da por usar el sarcasmo y sacar a pasear su innata ironía. En “la trama” y “el último golpe” compone dos mujeres fatales que aparentan no serlo, siempre peligrosas, siempre con la navaja del sentido del humor afilado. A todo ello ayuda su sólida formación teatral. Esta es una actriz que interpreta con todo el cuerpo, comenzando por el uso dramático que siempre da a su cabello, pasando por su particular sonrisa maliciosa y terminando con una mirada penetrante,  tremendamente peculiar y transmisora de datos.
















Aunque posteriormente ha vuelto ha trabajar con su marido en “Cinturon rojo”, film a recuperar, su composición en “El caso Winslow” es de esas que no se olvidan. En ella sabe ser hija tolerante, hermana comprensiva, novia repudiada, deseada desde la adolescencia por un ser de segunda al que jamás amará y de caracter impetuoso, valiente y tenaz.
Sus duelos dialécticos con Jeremy Northam son antológicos, similares a los que tendrá aunque en otro registro con Gene Hackman en su siguiente película. En esos choques de trenes con el sexo opuesto Margaret Winslow se reafirma a si misma practicando con elevadas dosis de pasión, sarcasmo, cinismo e inteligencia la más pura flema británica, esa que siempre oculta un verdadero volcán tapado por las formas. Un personaje dónde la lucha feminista y sufragista se dan la mano con los prejuicios hacia determinado tipo de hombre, justo el que encarna el arrogante abogado. Su relación viene marcada por diferentes enfrentamientos absolutamente vibrantes y que convergen en una conversación final, absolutamente deliciosa, pasional, emotiva e irónica que remata una película redonda que se nos ofrece como una auténtica pieza de cámara con interpretaciones de lujo.



En realidad todo el film es una auténtica lección de austero y clásico cine victoriano que por su profundidad de campo y alcance pasa por la piedra a otras muchas producciones fastuosas de época que se quedan solo en la epidermis. Por cierto, con una banda sonora magnífica que puntúa los momentos álgidos de un retrato familiar extremadamente minucioso. Un film extraordinario sobre el que habrá que volver con más detenimiento.
Sin embargo, la faceta como actriz de Rebecca Pidgeon no se limita a participar en las películas de su marido. Ha trabajado en films nada despreciables e interesantes como “Edmond” “Cat City” o un curioso film que da la vuelta al más puro estilo Bollywood titulado “Provoked”, e incluso se ha permitido meterse en un extraño coctel de espionaje y acción titulado “Red”, un pasatiempo junto a Helen Mirren y John Malkovich, que no son mala compañía. También ha hecho mucho teatro.


¿Terminamos aquí? Pues no, ni mucho menos, ya que Rebecca también es cantante, faceta en la que también ha tenido un discreto discurrir. Es más, ella misma se define como song & songrwiter, o lo que es lo mismo, cantante y compositora. Ha practicado el bluegrass cercano al jazz, y hasta ha coqueteado con el country. Y ella solita se embarcó no hace mucho en una gira titulada “wine, woman and song tour” en la que presta ayuda con su música y su apoyo organizando conciertos gratuitos a las granjas vinícolas afectadas gravemente por la crisis en un programa titulado wine of the rocks. Ha publicado tres discos. Y es evidente que no ha triunfado.
















La vamos a dejar con un tema que ella ha intentado llevar a su terreno. Y conste que se ha metido en un auténtico campo minado en esta ocasión. Lo digo por cuanto se trata de una versión de un tema mítico de los Beach Boys, y a nadie se le escapa que sus fans son legión, y pueden sentirse un tanto ofendidos al escuchar una versión muy peculiar de uno de sus temas clave. Rebecca le aporta un tono menos surfista y playero y mucho más intimista y naif, una versión bucólica y pastoril acorde con una visión más cercana al toque que podria darnos un cantautor que pretende susurrarnos dulcemente al oido lo que en su versión original no deja de ser un auténtico y potente hit. El resultado aunque resulta ocurrente, delicado y muy personal muestra perfectamente cuales son tanto sus virtudes como sus límites. Ahí dejo el tema.Volviendo a su carrera de actriz, sería una pena que se fuese diluyendo en el olvido su sensualidad y su saber hacer. Por si acaso estaremos atentos a la evolución de esta actriz camaleónica de muchas caras, y que muda de piel constantemente sin dejar de ser ella misma.
  

miércoles, 5 de octubre de 2011

DE LA VIDA DE LOS ARBOLES















Me parece que esto va a quedar un poco largo, conste que aviso en la primera línea. A propósito de “El arbol de la vida” y sin saber muy bien las razones surge la evocación de algunas ideas que parecen venir a colación. En su cuaderno de travesía Rafael Argullol sostiene que los grandes optimistas, los humanistas hijos de la ilustración, siempre consideraron que el hombre era el centro del mundo, mientras los grandes pesimistas apegados a la angustia existencial lo redujeron hasta el punto de considerarlo un grano de arena en una infinita playa deshabitada. Según él, lo verdaderamente prodigioso es que cada uno de nosotros puede experimentar en un solo día, en una hora incluso, que unos y otros tienen razón.
En “La delgada línea roja” el soldado Witt reflexiona mientras pasea precisamente por una playa paradisíaca:”Recuerdo a mi madre cuando estaba a punto de morir. Había encogido y su piel se volvió gris. Le pregunté si estaba asustada y me dijo no con la cabeza. Me dio miedo la forma en que llegó su muerte. No vi belleza ni esperanza cuando ella se reunió con Dios. La gente suele hablar de la inmortalidad, pero yo no la vi”. La escena ilustra de modo diáfano algunas de las cuestiones que preocupan a Terrence Malick, y que vuelven a aflorar de nuevo en “El árbol de la vida” su último trabajo.
















Antes de abordar cualquier tipo de análisis he de decir que aunque lo he intentado con fuerzas ha sido imposible sustraerse a todo tipo de comentarios referentes a este film. El muestrario es muy variado. Hay quien considera esto una summa teológica, otros aplicando criterios literarios opinan que estamos ante un “poema visual”, concepto para mi absolutamente desconcertante que admito no saber en qué consiste, cual es su composición y que a su vez implicaría admitir la existencia de “prosa visual”, supongo. Hay quien dice que estamos ante una película de la envergadura e intenciones de 2001 y ven paralelismos con Kubrick. Respetando a quien así opina, que sus razones tendrá, sostengo que Malick y Kubrick están tan alejados en intereses y formas como pueden estarlo la tierra de saturno. He llegado a escuchar que esta película tiene influencias evidentes de Tarkovsky y hasta de Erice, Dreyer y Kieslovsky, lo cual me deja aun más atónito si cabe. En un término medio están los que consideran que esto es un ejercicio pretencioso, manierista y repleto de estampas preciosistas tirando a vacías. Luego hay quien directamente se aburre y mucho, sobre todo en los pasajes de la creación del universo, pues  aseguran que en cualquier ordenador hay salvapantallas más chulos. Y por último, por cubrir toda la gama, están los que solo aguantan un cuarto de hora o veinte minutos y se van. Este grupo se puede dar la mano con otro no menos numeroso que entiende que debió marcharse, pero que aguantó como pudo hasta el final. Como ven hay de todo. Por lo que a mi respecta decir que un film que genera tal variedad de opiniones debiera suscitar de por si una inmediata y redoblada curiosidad y apetencia por verlo.
















Pero olvidaba algo importante. Sí hay algo en lo que todo el mundo coincide: lo que se debate al parecer es una presunta dialéctica entre religión y naturaleza por ver quien gana. Pero no seamos injustos con Malick. Ese tema ya lo trató Amenabar en “Agora”, solo que con una diferencia, allí la maestría no fluía de forma portentosa como aquí. Y es que como en todas las obras magnas, y esta lo es, su importancia radica no solo en la riquísima complejidad de su discurso, sobre el que luego iremos, sino también en la posesión de unos recursos narrativos y cinematográficos realmente asombrosos. No sé de qué conjuro se vale Malick para convocar de forma tan armónica la belleza en su máximo esplendor, pero lo hace. Formalmente, dejémonos de comparaciones inútiles, Malick se parece exclusivamente a Malick, y no hay más que hablar. El único autor actual que, aun estando a años luz de él pudiera tímidamente hacerle sombra a mucha distancia en su estilo es Godfrey Reggio en sus Films “koyaaniskatsi” y “Powakaatsi”.
En el apartado argumental “El arbol de la vida” vuelve a deleitarnos con otra demostración de lo que no es sino una compleja explosión natural y una implosión ética y espiritual. Como poseído por el espíritu de la revolución copernicana, aquella que corrió pareja al humanismo renacentista, Malick no desaprovecha ocasión para que el espectador se deleite una y otra vez con el maravilloso espectáculo de la vida en movimiento, la creación, su evolución y sus múltiples manifestaciones, haciendo de ello una fiesta total para los sentidos. Ello ya era marca de la casa en sus films anteriores, pero ahora eleva el discurso si cabe a un nivel mayor que roza el misticismo. Sin embargo, el asunto no se queda en la mera delectación de la naturaleza en sus más variadas formas. Ello  resultaría escaso, postmoderno y new age. Sus ambiciones van mucho más allá.















Por tanto, la ecuación se complica. Y como su discurso es ambicioso y de hondo calado, ya de entrada nos pide paciencia incrustando una cita del libro de Job. Ese comienzo y el final, que no vamos a revelar, han hecho a más de uno pensar que estamos ante un film religioso. Es cierto que lo religioso aparece, pero no precisamente para ser bendecido. De esta forma, el film adquiere una radicalidad inusitada en sus planteamientos. ¿Alguien se ha preguntado a estas alturas el porqué del título del film?. Pues no precisamente por ser una mixtura entre la cabalística y las recientes “el arbol” y “la fuente de la vida”. Aquí se apunta mucho más alto, nada menos que a una singular relectura de Milton y “El paraiso perdido” donde el arbol del bien y el mal y el arbol de la vida cobran esencial protagonismo. A lo que habría que añadir todo el caudal aristotélico sobre la función intrínseca de la naturaleza como parte de un estudio antropológico más amplio.
Las grandes cuestiones son por tanto ¿Realmente nos han construido un paraíso? ¿Estaba previsto que al estar el hombre dotado de conciencia para interrogarse sobre si mismo y su papel en el mundo ello pudiera crear angustia y zozobra en el ser inteligente? ¿la capacidad para amar, pero también sufrir puede llevarnos a vivir el infierno en la tierra? ¿Es ese Dios del que nos hablan nuestro amigo o un severo juez implacable capaz de arrebatarnos nuestros propios frutos más queridos?. Preguntas sin descanso sobre la esencia de la naturaleza humana, el ser y la nada que diría Sartre.
















Malick lleva la dicotomía al terreno del simbolismo y traslada esos y otros enigmas al corazón de una familia media. Allí, entre el desconcierto vital, la angustia y la búsqueda de respuestas se produce la sorda batalla entre la madre naturaleza y el Dios severo y exigente, personificados ambos en los personajes que asombrosamente incorporan Jessica Chastain y Brad Pitt. Ante la muerte de uno de sus hijos la madre (naturaleza) llora con desconsuelo mientras el dios padre impertérrito controla sus sentimientos y afirma tenso ante unas vecinas “muchísimas gracias, estamos bien”.
Dice Jostein Gaarder en su libro “Maya” que “se tardó miles de millones de años en crear a un ser humano pero solo son necesarios un par de segundos para morir”. Las escenas que cubren el nacimiento y primeros pasos del niño, sus iniciales juegos y el regocijo de la creación pasarán a la historia del cine como uno de esos fragmentos que cuesta definir con palabras y de los cuales solo se puede recomendar el disfrute de su belleza primigenia y natural. No es fácil filmar la dicha y el milagro de la vida.















Más tarde llegan los interrogantes, la perplejidad, el cuestionamiento y con todo ello la angustia existencial. Un adolescente reconociendo en voz alta, con abatimiento, que su propia evolución le ha llevado a parecerse a su padre. Y es que si el cosmos está en continua transformación, el alma humana no le va a la zaga. Y los hombres, como árboles vivos son zarandeados como juncos en la tormenta (como en el "tratado de la naturaleza humana" de Hume).  Para todo ello Malick utiliza ese particular e inimitable estilo suyo donde parece captar la esencia de cada escena y cada gesto al vuelo, de forma evanescente, convirtiéndolo en un cazador de instantes para formar un todo. Como si escogiese notas musicales al azar que terminan formando una perfecta sinfonía. Escenas triviales de la vida cotidiana que en sus manos cobran un profundo sentido trascendente. Un niño tocando la guitarra en el porche de su casa es observado con perplejidad por su hermano, que desconcertado no termina de completar la ecuación que de sentido a la vida, hermosa en ocasiones, cruel y despiadada otras.
No obstante, como ya ocurría en otras películas, el regocijo y abandono fugaz a la suerte de la madre naturaleza da lugar a momentos milagrosos. Y ello sucede justo cuando el padre ha de partir.
Se va el dios-padre e inmediatamente se obra el milagro maravilloso de una vida y un mundo diferentes y absolutamente libres, lejos de reglas, jerarquías, compromisos y ordenes. Como le sucedía al soldado Witt, tras fugarse por sexta vez del ejército y vivir unos días de placidez total al comienzo de “la delgada línea roja”. Al ser detenido su sargento le informa que como última oportunidad le va a enviar a un destacamento donde se ocupará de los heridos. “Soportaré cualquier castigo que me imponga, soy mucho más hombre que usted” dice el soldado. El sargento le responde “Mira Witt, en este mundo un hombre solo, en si mismo, no es nada, y no hay más mundos, solo este”. Wit replica “se equivoca sargento primero, yo he visto otro mundo, aunque a veces, creo que solo lo imaginé”. Semejante estado de gracia temporal vivirá también el protagonista de “el nuevo mundo” cuando se mezcla feliz en otro paraíso perdido con los ingenuos salvajes.















No obstante esa plenitud vital es solo fugaz. Los devastadores planos de la edad adulta son la muestra de que la vida para ese niño no ha dejado de ser una constante indagación existencial que no ha aportado respuestas claras ni concretas. Parece que Sean Penn se ha quejado de recortes en su personaje. En mi opinión no necesita ni un plano más. La abstracción, la indagación y la frustración vital así como el desgaste que ocasionan las eternas preguntas sin solución que se repiten sin cesar están expuestas de forma modélica. Hemos construido rascacielos inmensos, ascensores hasta el infinito, pero no hemos resuelto las claves, los enigmas básicos de nuestra existencia.
Tal y como afirmaba Marcuse "si tuviéramos la oportunidad de pesar las miles de ideas que generamos continuamente para justificar nuestro temor a la vida, moriríamos aplastados por el peso de eso que desprejuiciadamente llamamos conciencia". Y ese peso infinito carga como una losa sobre los hombros del personaje de Sean Penn.















¿Algun pero? Tal vez que las ambiciones del proyecto son de tal envergadura que sobrepasan los límites de una sola película. Realmente es una tarea un tanto utópica o suicida tratar de explicar el sentido de la vida en un solo film, y en este aspecto si que el marco fílmico puede resultar insuficiente para abordar tan magno proyecto. Segundo pero: es materialmente imposible mantener el nivel de una obra de arte durante 140 minutos. Aun así, exceptuando a los devotos de su cine, parece ser que para un amplio sector de la parroquia Malick debería pedir disculpas por reflexionar más de lo acostumbrado y a su vez hacernos reflexionar a los demás. Y sobre todo por narrar a su manera y ofrecer un espectáculo fastuoso. Pero conste que ahora ya no sirven los falaces discursos engañosos, ya no podemos seguir culpando a la implacable maquinaria capitalista americana de vendernos insustanciales productos empaquetados de usar y tirar. Esa cantinela ya no cuela. Cuando se nos ofrece otra cosa diferente a lo que se pide y espera, mucha gente abandona la sala y se va rauda en busca de su última dosis de “entretenimiento”. Una donde Brad Pitt  y Sean Penn hagan de pareja de policías rebeldes que persiguen a la carrera a malos malísimos a velocidad de videoclip. Tal vez algunos debiéramos aplicar igual disidencia y empezar a desfilar más a menudo de según que bodrios.