
Deconstrucción. Partamos de una cotidiana estampa familiar. De la imagen serena de un ama de casa leyendo el periódico mientras desayuna con su marido. ¿Cuánto tardará Alfred Hitchcock en poner en tela de juicio a la dama? ¿Cuánto en sembrar dudas sobre la institución familiar? ¿Qué tiempo le llevará crear en el espectador una sensación de hipocresía y falsas apariencias en la pareja? Nada mejor que poner el cronómetro en marcha. Exactamente 48 segundos. Y ya nada es lo que parece. Pasado un minuto ya sabemos que la mujer es infiel, que el marido lo sabe y que no se va a quedar de brazos cruzados. Pero, cuidado, su refinamiento no le permite planear una vulgar venganza pasional fruto de los celos.
Aquí no hierve la sangre ni se pierden las formas. El cornudo caballero, con frialdad matemática, simplemente aprovecha la coyuntura que se le pone en bandeja para sanear sus míseras finanzas y perder de vista a una mujer con la que se casó por interés. Según se insinúa ella también. Lo que le llamó la atención es que era un atlético y apuesto tenista. Ahora, pasado el primer fulgor y el atractivo de la fama, se refugia en brazos de algo mucho más chic: y que mejor que un elegante y bronceado norteamericano que escribe cartas. Para su encuentro, la dama se viste de rojo pasión y juega a mostrarse como una víctima atrapada en un matrimonio en el que el yanqui hace las veces de Lancelot que cabalga al rescate.
Muchos momentos iconográficos posee la filmografía de Alfred Hitchcock. Son tan conocidos que resultaría obvio enumerarlos. Esta película cuenta con uno de ellos, el tour de force con Grace Kelly alargando el brazo para alcanzar las tijeras. Suerte de la que no dispuso Marion Crane en “Psicosis”. El de la foto superior no figura entre ellos. Corresponde a Ray Milland en “Crimen Perfecto”. Y sin embargo, ejemplifica perfectamente uno de los ejes de su cine: asomar al espectador al inexplicable deleite que produce el mal.
Ray Milland, tras elaborar lo que considera un plan infalible, maquiavélico y sin fisuras, se sienta con comodidad a saborear el instante. Delitándose orgulloso de su propia perversidad. Y Hitchcock, profundo conocedor de la naturaleza humana, nos convierte en testigos privilegiados del momento. Nos invita con su cámara a compartir el atractivo de lo malsano, la peculiar faceta artística de un minucioso puzzle en el que el ejercicio y la práctica del mal se ejercen sin cortapisas, ya que se cree que los actos no tendrán consecuencias
Ray Milland, tras elaborar lo que considera un plan infalible, maquiavélico y sin fisuras, se sienta con comodidad a saborear el instante. Delitándose orgulloso de su propia perversidad. Y Hitchcock, profundo conocedor de la naturaleza humana, nos convierte en testigos privilegiados del momento. Nos invita con su cámara a compartir el atractivo de lo malsano, la peculiar faceta artística de un minucioso puzzle en el que el ejercicio y la práctica del mal se ejercen sin cortapisas, ya que se cree que los actos no tendrán consecuencias
El gozo de Ray Milland llega a extremos psicológicamente retorcidos y de un atractivo solo entendible desde la posición del que contempla el crimen como un arte refinado. Solo así se puede explicar como el esposo cornudo invita a una copa a quien le roba a su esposa y como después insiste a propósito en que ambos vayan solos a cenar. Existe una mirada sibilina e indescifrable cuando los despide con una excusa que va más allá de lo anecdótico.
Cierto es que su ausencia le viene bien para rematar la detallista cocción de alta cocina de su “crimen perfecto”. Para ello Hitchcock se sirve de un modelo utilizado en otros films. El de la relación masculina disfrazada de falsa camaradería, con un punto fuerte y otro más débil.Ello trae al recuerdo otras cintas del autor, básicamente las que se contienen en “La soga” y “Extraños en un tren”. En ambas existe también un individuo confuso que se ve dominado por el maquiavelismo y el atractivo de otro más inteligente y seductor. Y ello hasta el punto de considerar que merece la pena brindar por ser tan astutos de burlar no ya la ley, sino la inteligencia mundana, incluidos los agentes del orden.
En realidad, lo que se pone en práctica es un acto subversivo que trata de colocar al hombre a la altura de su potencial creador y por encima de toda ética y moral subyacente. Ray Milland en su sillón, contemplando su obra se regodea considerándose un Dios. Es el ser supra inteligente de Nietzche, capaz de burlarse de su destino y manejar a los hombres como a marionetas en un tablero de ajedrez. Y eso, como diría el personaje, bien merece una copa.
Para colmo, el desarrollo le llevará a confirmar sus sospechas bañadas de ego. Si el plan falla, el demiurgo es capaz de reorganizarlo y trazar nuevas rutas. Cosa que hace hasta en tres ocasiones de forma que sus propósitos se lleven a efecto. Y todo ello lo plasma Hitchcock con una soltura impecable. No se priva de accionar su implacable mecanismo de relojería a la vez que disecciona a esa sociedad de suaves maneras y atroces comportamientos, de sonrisas, cortesías y amables virtudes públicas, en contraste con el abismo interior que esconde la hipocresía burguesa. Y todo ello al ritmo calculado que impone un delicioso run for cover sin descanso.

No obstante, las cosas como son. Ciertamente,esta no es precisamente una de las películas más reputadas del autor. Todo lo contrario. Es más, cuando Truffaut le preguntó por “Crimen perfecto” en su libro-entrevista, el mago del suspense se encogió de hombros y manifestó que “no tenía gran cosa que decir”. No importa, ya que Claude Chabrol, en su defensa numantina de todas y cada una de las obras del británico, llegó a negar al propio Htchcock cuando el británico afirmaba que muchas de sus películas eran simplemente fruto de una técnica impecable. Y que de la misma forma que Ford era un cineasta “que hacía películas del oeste” él las hacía de suspense. Y que en muchas ocasiones no había que buscar mayores trascendencias, ni místicas, ni metafísicas.
Fue entonces cuando Chabrol, en su condición de abogado defensor, llegó a decir aquello tan rotundo de “Hitchcock miente, nos vuelve a engañar”. Lo que equivalía a proclamarlo una vez más como un maestro.
Es entendible que dentro de su obra esta pieza pueda parecer menor. Aunque el calificativo menor no conjugue para nada con Hitchcock. En “Crimen perfecto” desarrolla un juego metalingüístico de gran interés en torno a la realidad y la ficción. Partiendo del hecho de que el amante (Robert Cummings) es escritor de novela negra, se pone sobre el tapete la idea de fabricar una ficción que parezca real para salvar la vida de Margot (Grace Kelly). E inventa una aparentemente descabellada historia que curiosamente coincide con lo que realmente sucedió. A lo que habría que añadir. Sí, pero en la ficción fílmica. Relatado por el amante desesperado resulta como dice Ray Milland: “Absurdo. Si lo cuento así, parecerá el desesperado intento del esposo por salvar a su mujer y nadie lo creerá”. Incluso al inspector el relato in extremis le parece inverosímil y ridículo.
Sin embargo, el espectador sabe que no es así. Como dispone de toda la información, sabe que esa versión aparentemente descabellada es la correcta. Y lo sabe ya que se lo acaba de tragar con avidez y sin pestañear.Lo cual demuestra una vez más la maestría del director para llevarnos de la mano por terrenos tan atractivos que hacen posible que hasta lo más descabellado sea racionalmente creible y cierto. Una vez más somos víctimas del maestro que vuelve a engatusar al público con una maniobra que afecta a la propia esencia del lenguaje cinematográfico.
Sin embargo, el espectador sabe que no es así. Como dispone de toda la información, sabe que esa versión aparentemente descabellada es la correcta. Y lo sabe ya que se lo acaba de tragar con avidez y sin pestañear.Lo cual demuestra una vez más la maestría del director para llevarnos de la mano por terrenos tan atractivos que hacen posible que hasta lo más descabellado sea racionalmente creible y cierto. Una vez más somos víctimas del maestro que vuelve a engatusar al público con una maniobra que afecta a la propia esencia del lenguaje cinematográfico.
Ahora ya sabemos que las realidades paralelas y los pliegues entre realidad y ficción se inventaron mucho antes que en "Origen", el film de Christhoper Nolan. Por eso resulta tremendamente irónico y malévolo que la película comience y termine como un film de propaganda en el que las fuerzas de Scotland Yard siempre vencen y hacen cumplir la ley. Esa es una de las esencias del film. Una muy aguda reflexión sobre la creación cinematográfica. Se diría que el audaz director está detrás susurrando con su habitual picardía: “¿Scotland Yard? sí que vencen, pero sólo en las películas, no lo olviden”.
Podría aventurarse por tanto, que toda la labor de sabueso del severo y dígido innspector incorporado por John Williams, no deja deja de estar teñida de cierta ironía sobre el rigor y la eficacia policial. Similar a la que protagonizaba Michael Caine figurando ser un tópico y aguerrido inspector en "La huella" el formidable film de Mankiewcz. Cinta en la que derrotaba en su terreno a otro demiurgo del crimen, Laurence Olivier, y posteriormente se quitaba la máscara de un personaje impostado y prefabricado. Como aquí, pura ficción fílmica.
Podría aventurarse por tanto, que toda la labor de sabueso del severo y dígido innspector incorporado por John Williams, no deja deja de estar teñida de cierta ironía sobre el rigor y la eficacia policial. Similar a la que protagonizaba Michael Caine figurando ser un tópico y aguerrido inspector en "La huella" el formidable film de Mankiewcz. Cinta en la que derrotaba en su terreno a otro demiurgo del crimen, Laurence Olivier, y posteriormente se quitaba la máscara de un personaje impostado y prefabricado. Como aquí, pura ficción fílmica.
Alfred Hitchcock, no solo se permite jugar con los conceptos de realidad y ficción, sino que lo hace sin renunciar ni al suspense ni a la malévola ironía. Por cada fotograma respiran gotas de su habitual veneno narrativo. Es cierto que dejó que el inspector ganara la partida jugando a ser más suspicaz que su oponente. Pero que quede constancia. La victoria final, apretada y por los pelos, de Scotland Yard sobre el artista del crimen no encierra para el director, por mucho que lo aparente, ninguna lección moral sobre el triunfo del bien sobre el mal. Y si mucha ironía y segundas lecturas. Lo cual no priva al espectador de contemplar un agudo combate entre el inspector y el maquinador repleto de astucia, sofisticación y geniales vueltas de tuerca. El maquiavélico protagonista gana enteros cuando debe enfrentarse por fin a alguien de su altura intelectual.
Para Hitchcock, no obstante, el mal en sus variadas formas no se detiene jamás. Y su intención no es dar una lección al mal, sino disfrutar con él. La ambigüedad y el refinamiento malsano llevan al director a deleitarse más con la excitación que puede llegar a producir al protagonista el chantaje a la propia esposa, siempre bajo las apariencias de un gentleman. O como esta se permite lujos como tomar un aperitivo con marido y amante como si tal cosa.
Y es que a Grace Kelly, el director le prepara un auténtico vía crucis como castigo por sus alegres aventuras e infidelidades. Aquí habría que volver sobre la eterna cuestión, tan debatida, sobre si Hitchcock era o no un moralista misógino que disfrutaba viendo arder en la hoguera a sus actrices. Cuestión que no pienso resolver hoy. Otra cosa es su indiscutible excelencia como cineasta, también en películas menos reconocidas como esta. Y es que el británico maneja los juegos de llaves fílmicas mucho mejor que su protagonista.
Y es que a Grace Kelly, el director le prepara un auténtico vía crucis como castigo por sus alegres aventuras e infidelidades. Aquí habría que volver sobre la eterna cuestión, tan debatida, sobre si Hitchcock era o no un moralista misógino que disfrutaba viendo arder en la hoguera a sus actrices. Cuestión que no pienso resolver hoy. Otra cosa es su indiscutible excelencia como cineasta, también en películas menos reconocidas como esta. Y es que el británico maneja los juegos de llaves fílmicas mucho mejor que su protagonista.
En 1998, Andrew Davis, con más presupuesto y muchos más escenarios volvió sobre el tema en “Un crimen perfecto”. Ello podría servir para constatar una vez más el saqueo continuo de los clásicos. Para evidenciar cómo se narraba ayer y como se hace hoy. Y cómo palidece el star system de hoy en relación al de ayer, por mucho que la película la protagonicen Michael Douglas, Viggo Mortensen y Gwynett Paltrow. A esta última, Hitchcock le hubiera sacado muchísimo más partido en ese papel.
Pero los problemas son otros, comenzando por el guión. En realidad son tantos que se resumen en uno. Vuelvo a tomar el cronómetro. En este caso para medir durante cuanto tiempo me aburro. Resultado: 107 minutos. Termino con una frase que no es de Hitchcock, es de Wilder. La auténtica medida de una buena o mala película la marca el aburrimiento.
























